Yo no he visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura

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ISSN 2171-9985 Núm. 19 (11.04.2013)

Existe una categoría de libros que denominaría libros que me leí a destiempo, y dentro de esa categoría podría incluir al que ahora reposa sobre mi mesita: En el camino (On the road) de Jack Kerouac. Dudo mucho que de haberme leído este libro en otra época más impresionable o más vulnerable de mi vida me hubiese convertido en un hipster o en un beatnik y me hubiera lanzado a la búsqueda (en coche, por supuesto) de una España subterránea, auténtica y desinhibida, ajena a todo stablishment; pero sí creo que me habría impactado más y habría visto en él algo así como un modelo a seguir. No es el caso ahora, que lo leo desde la distancia y observo a los personajes desde una atalaya y pienso que los Kerouac, los Ginsberg, los Burroughs y los Cassady son una panda de cantamañanas, pero sí que veo que, hace unos cuantos años, me habría comprado un disfraz de beatnik y me lo hubiera puesto en la intimidad.

¿Y cuándo debí leérmelo? La respuesta, en mi caso, es sencilla: años ochenta y tres y ochenta y cuatro, cuando estaba en tercero de BUP y en COU. Recuerdo perfectamente lo que ocurrió en aquellos dos años. No fueron ni por asomo mis dos años más felices, pero sí que son los años en que mi memoria hizo eclosión y anotó hasta el más ínfimo detalle. Recuerdo la música que escuchaba entonces (Beatles, Supertramp, Serrat, Beatles, Beatles, Beach Boys, Pink Floyd, Beatles, Queen, Beatles, Aute, Mamas & Papas, Beatles, Simon & Garfunkel, Alan Parsons, Beatles, Beatles…). Y también recuerdo los libros que me leí. No tenía entonces un criterio muy definido y simplemente me puse en medio de las corrientes que circulaban en nuestro círculo y así, dejando aparte Cuerpos y almas de Maxence van der Meersch, me leí los que estaban entonces de moda: La conjura de los necios de Kennedy Toole (libro que mitifiqué y que cometí el error de releer. No fue lo mismo); La insoportable levedad del ser de Milan Kundera (según Forges este libro debiera haberse titulado La insoportable levedad de ser un coñazo checo, aunque a mí confieso que me gustó mucho, sospecho que porque estaba en la edad en que todo me gustaba mucho. Éste no lo releeré); 1984 de Orwell (estábamos en el año ochenta y cuatro); su hermano mellizo Un mundo feliz de Huxley, etc.

Pero también por aquella época circularon libros-manifiesto del estilo En el camino y así en mis manos cayó Siddharta de Hermann Hesse, grandísimo coñazo que, como estaba tierno y era cursi e impresionable, me gustó llegando incluso a percibir belleza y sabiduría en el texto. Y acto seguido comencé a leer a Rabindranath Tagore. Y menos mal que me quedé ahí, porque detrás de Tagore siempre aparece Khalil Gibran y ése ya sí que es insoportable, y eso lo sé no porque lo haya leído sino porque, después de haber sido invitado a cientos de miles de bodas, he tenido que soportar cómo leían textos suyos infumables en situaciones verdaderamente grimosas que hacen de la carta de San Pablo a los Corintios (que tampoco falla nunca) un remanso de belleza, y mira que empalaga. De hecho soy de la opinión que tanto Khalil Gibran como su sobrino lejano Paulo Coelho son dos seres abyectos que han hecho muchísimo daño, a los cuales alguien debiera pedirles alguna vez responsabilidades y que debieran pagar por ello. Hermann Hesse y Tagore supongo que también habrán hecho daño, pero a estos los perdono. Son parte de mi vida. Reniego de ellos pero tuvieron su momento, como sé que Kerouac también lo pudo haber tenido. Pero ahora no. Ahora ya no.

Balbino López Bouzas

 

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