Sombrero y Mississippi. Ray Loriga

Sombrero y Mississippi

ISSN 2171-9985 Núm. 10
28.07.2010

El Aleph. Barcelona, 2010.
140 páginas – 18 €.

«Nosotros no somos el asunto de la literatura pero el asunto de la escritura es, en cambio, asunto nuestro». Ray Loriga siente, desde siempre, atracción por la escritura; un afecto casi pasional que le lleva a consumir obras maestras y a apuntar frases como ésta en un cuaderno de notas.

Sombrero y Mississippi, su último trabajo, nace de esta inclinación, de este gusto por el contenido y por la forma de la escritura, por sus técnicas y sus trucos. Loriga nos muestra con él su colección, un álbum repleto de estampas que contiene las herramientas que le han servido durante sus más de veinte años de escritor. Necesité esto, aquello y lo de más allá. Perfecto. Pero como cualquier niño que atesora sus cromos amontonados y sin pegar en el álbum, no se da cuenta de que sin el orden y la nota al pie que corresponde a cada uno de ellos, cualquier neófito está perdido. Sombrero y Mississippi está lleno de cromos sin ordenar: Twain, Beckett, Unamuno, Cervantes, Valéry, Santa Teresa o Vila-Matas se unen a una lista completa de nombres que más parecen querer conformar un canon literario que argumentar ninguna tesis.

Porque si lo que Loriga quería era exponer un texto en el que claramente descubriéramos su trabajo desde dentro, los elementos que lo conforman, ¿no habría hablado de un modo abierto de cómo cruza novelas o mezcla estructuras? ¿no habría, también, citado sus influencias musicales, cinematográficas y televisivas?

Sombrero y Mississippi no es pues un ensayo, no argumenta, no concluye; más bien se presenta como una serie de notas personales (de frases cortas y sencillas, aunque alguna de ellas se atasque) de entre las que se puede adivinar alguna técnica, algún truco del que se desprende cierta manera de trabajar. La literatura es representación, es escenario, tiene su propia escala y hay que saber ajustarla. Loriga se convierte así en un buen lazarillo para todo aquel que quiera iniciarse en el oficio de escribir y en un experto guía a la hora de descubrir que todos los escritores forman parte de una tradición.

Todos los escritores reconocemos miles de influencias, pero siempre le tememos al verdadero padre. Ahora que ya casi no me queda nadie, muerto Bukowski y muerto Carver, tengo la obligación moral de abrir mi maleta y empezar a sacar de ella todos los trajes que no son míos. No para devolverlos, sino para enseñarlos con orgullo antes de robarlos para siempre.

Juana Casimiro.

 

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