Sólo un muerto más. Ramiro Pinilla

Sólo un muerto más

ISSN 2171-9985 Núm. 6
27.07.2009

Tusquets. Barcelona, 2009.
280 páginas – 19 €.

Chester Himes, autor maldito de novela negra del que estos días se celebra el centenario de su nacimiento, murió hace 25 años en la población alicantina de Moraira. Allí se retiró en 1969, tras un primer exilio en París, desencantado del rechazo, acoso y racismo que la sociedad conservadora estadounidense mostró siempre hacia su trabajo. «Vivir en América no te convierte en americano», dijo Himes poniendo rumbo a Europa, donde alcanzó celebridad con sus detectives de la policía de Nueva York, Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones.

Himes no tuvo que hacer alardes de imaginación en sus libros. En los años veinte frecuentó el submundo del delito, fue arrestado y condenado por robo a mano armada y pasó 7 años en prisión. Antes de desenfundar su máquina de escribir Underwood Himes vivió sus escritos y habitó en la vecindad del lumpen.

Sancho Bordaberri, protagonista de Sólo un muerto más, comprende, tras 16 rechazos editoriales, que lo que falla en su escritura es su intento de narrar una realidad que desconoce:

Ellos escriben de lo que ven en sus ciudades americanas en las que no cabe una rata más, y cuando la gente vive amontonada se matan unos a otros para hacer sitio. Ellos no tienen más que darle a su máquina contando lo que pasa alrededor: tiros, sangre, cadáveres con bonitas corbatas flotando en el río o descuartizados, rubias platino fumando como cosacos, espías, chivatos, matones…Ellos no han de inventar nada, el que tienes que inventar eres tú, porque en Getxo no ocurre nada, dice Koldobike, su ayudante en la librería Beltza, preocupada al verle tan abatido.

Getxo en 1945 no es Chicago ni falta que le hace. Por supuesto que ocurren cosas en Getxo: estraperlo, palizas, chivatos, camisas azules, fusilamientos y crímenes pasionales. El librero y frustrado escritor de novela negra Sancho Bordaberri se transforma entonces en el investigador Samuel Esparta. Antes quería imitar a Chandler y Hammet, ahora quiere ser Sam Spade y descubrir quién encadenó a los gemelos Altube a una peña para que muriesen ahogados por la pleamar.

Sólo cuando el escritor se pone su gabardina, su corbata y su sombrero, interroga sospechosos y recibe palizas la literatura comienza a fluir. No le importa tanto el caso, cuyo interés es limitado, como la novela y demora una resolución que fácilmente intuimos mediado el libro pese a la intención del escritor/detective:

El asesino sólo ha de ser descubierto al final de unas doscientas cincuenta páginas. Si yo resolviera el misterio en las primeras treinta o cuarenta, ¿qué mierda de libro sería? ¡Es que ni siquiera habría libro!

Pero sí hay libro; un libro que más allá de los cánones de la novela negra propone un juego literario, el del escritor que da forma a su escritura obligándose a transformarse él mismo en materia narrativa.

Moraira tampoco es Getxo ni Harlem ni Chicago, ni falta que le hace. Seguro que a Ramiro Pinilla le hubiese gustado que el gran Chester Himes hubiese escrito o vivido una novela negra protagonizada por guardias civiles, alcaldes franquistas, escritores americanos, narcotraficantes alicantinos y turistas francesas. Quizá llegó a frecuentarla.

F. Sanfélix

 

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