Mrs. Hemingway en París. Paula McLain

Mrs. Hemingway en París

ISSN 2171-9985 Núm. 16
24.09.2012

Alianza Literaria. Madrid, 2011.
518 páginas – 21,50 €.

Mucho se ha escrito sobre Ernest Hemingway. El interés que suscita el escritor como personaje ha hecho que proliferen estudios sobre su persona. Convertido en mito, a los lectores no solo nos interesan sus textos sino también su vida y, así, leemos con el mismo ánimo todo lo que se publica sobre él, ya sea sobre las razones que le llevaron a ser corresponsal de guerra, acerca de su afición por el alcohol o los toros o sobre cualquier pista que nos muestre los secretos del oficio de escritor.

Dicen que Hemingway escribía de pie, que volvía reiteradamente sobre las descripciones de sus textos, por lo que usaba para ello el lápiz dejando solo a tinta los diálogos, que no bebía hasta que no daba por terminada la jornada, o que bebía a todas horas, que supo rodearse de las personas adecuadas para triunfar y mil cosas más.

Paula McLain se ha sumado a la lista y en Mrs. Hemingway en París, usando la figura de la primera esposa del autor, relata los comienzos de la carrera de Hemingway como escritor. Hadley Richardson conoce a Hemingway, se enamoran y deciden ir a París. Éste escribe sus primeros relatos y ensaya las técnicas más efectivas de la narración mientras se cruza con los grandes nombres del momento en el París de los años veinte.

Así, Mrs. Hemingway en París mezcla detalles puntuales e históricamente ciertos con el novelado día a día cotidiano de la pareja ideado por Paula McLain. Desde el lejano y tranquilo Starbucks en Cleveland, donde gestó y dio forma a la novela, la autora estadounidense consigue recrear con aparente soltura la atmósfera que se respiraba en los cafés parisinos de aquella época o en las tardes llenas de alcohol y charla.

Pero, asimismo, McLain intenta analizar las múltiples facetas de la personalidad de Hemingway y, para ello, usa como contrapunto a Hadley. Desde el principio, la personalidad llamativa y arrolladora de uno se ve potenciada por el poco ánimo de la otra, lo que, a la larga, aunque ayude a dibujar al primero, no redunda en beneficio de la protagonista que aparece como un personaje plano y apocado:

Al cabo de unos minutos de conversación general, me agarró de la mano y fuimos al «rincón de las mujeres». Sentí cierto pesar por no ser escritora o pintora, alguien lo bastante especial para que la invitasen a hablar con Gertrude, a sentarse cerca de ella delante del fuego, como ahora hacía Ernest, y hablar de cosas importantes. Me encantaba estar con personas interesantes y creativas, formar parte de los elegidos, pero de momento estaba confinada al rincón y era interrogada por la señorita Toklas sobre cuestiones actuales, de las que yo no sabía nada. Me sentía como una idiota, y no hacíamos más que tomar té y más té y pastas diminutas dispuestas artísticamente.

Con todo, Mrs. Hemingway en París es un libro de lectura fácil, con diálogos que le proporcionan agilidad y un magnífico escenario que trasluce la pasión y fascinación de la autora por aquella época.

M. Calatayud

 

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