La moviola de Eurípides. Juan Benet

La moviola de Eurípides

ISSN 2171-9985 Núm. 20
30.12.2013

Editorial Taurus. Madrid, 1982.
144 páginas – 36/72 €.

Posiblemente el ingeniero Juan Benet fuera una de las personas que mejor aprovechó su tiempo de ocio, haciendo de la literatura una dedicación ejemplar y comprometida, más como arte que como negocio; prueba de ello es el relato editorial y judicial de su novela más conocida, Volverás a Región, cuya historia está recogida en esta extraña publicación, un libro de genuinas e inquietantes argumentaciones a partir de anécdotas aparentemente banales y cotidianas. De los nueve artículos o breves ensayos de los que se compone este libro, dos o tres han sido reubicados en otras ediciones posteriores y más recientes, pero el resto siguen siendo prácticamente desconocidos por su temática y naturaleza dispersa; entre ellos: artículos, discursos y conferencias realizadas en Estados Unidos, en la Universidad de Chicago y Harvard, o como la leída en la BBC de Londres y publicada para esta ocasión en su versión original: A short biographia literaria.

Se trata de un Benet ya descatalogado y con poca visibilidad en librerías de viejo. Parece que su impopular literatura ha hecho que la inmensa minoría que la aprecia, conserve con celo estas ediciones extintas. La moviola de Eurípides apareció en la editorial Taurus en 1982 y habíamos tenido referencias suyas recientemente a través del ensayo que el hispanista sueco Ken Benson publicó en 2004 acerca del pensamiento literario de Juan Benet. Hace algunas semanas lo encontré aquí en Valencia, en El Asilo del Libro, custodiado por un ejemplar de Saúl ante Samuel y otro de Herrumbrosas lanzas.

Desde hace ya tiempo encuentro en su literatura, y también en estos artículos, interesantes analogías con la Pintura, sobre todo con aquella que mantiene un misterio y un enigma que nunca es del todo desvelado, no por falta de esmero y de recursos del medio, sino por prudencia y temor de su autor a no deshacer el hechizo de un particular modelo de comunicación. Quizás, al contrario de lo que se ha dicho siempre, sea verdad aquello de que el pintor, como el escritor, sea un crítico frustrado:

un hombre que por querer llevar al límite imposible el conocimiento del arte que le apasiona no encuentra otra salida que la creación, a la vista del rechazo que la obra de arte opone al conocimiento total analítico (p.78).

El pesimismo feliz de su discurso despeja una actitud paradójica en todas sus argumentaciones, en las que alternan como elementos fundamentales la duda, la fatalidad y la ironía, consciente de que ante todo acecha el desastre natural, sobre todo el fisiológico. No es de extrañar, por tanto, que recurra a la cita de la tragedia y en concreto a la de Eurípides, que marca el comienzo de un arte especulativo y de lucha contra la naturaleza de lo trágico vital.

En su artículo que da nombre a este volumen, y que fue publicado con anterioridad en “Música en España” nº 2 (según dato a pie de página), Benet argumenta sus razones para preferir el disco y la grabación a cualquier interpretación o concierto en el que el músico interfiere con su acción: La música en presencia del intérprete es algo parecido al cuadro en presencia del guía del museo del que el observador puede prescindir (p. 14). Desprecia la figura del intérprete en cuanto que perturba lo esencial de su arte y, en este sentido, acaba encontrando un paralelismo entre lo que es el fin encubierto de la tragedia: hacer desaparecer al actor para dejar a la luz solo su interpretación y ese alarde técnico de la moviola cinematográfica, como la forma más adecuada de visualizar y disfrutar de su auténtico sentido. La tragedia es la historia del hombre escrita al derecho e inspirada al revés (p. 18). Mostrándola como en una moviola, desde el fin hasta el principio y contemplándola de modo inverso, el actor desaparece y queda tan solo su mensaje.

Sirva como curiosidad o anécdota la única fotografía del libro que ilustra uno de los textos. Aparece de pronto y en papel cuché, formando parte de la encuadernación y sin numerar entre las páginas 114 y115: es la reproducción en blanco y negro de una puerta con molduras talladas, bruscamente iluminada. Se trata de una curiosa meditación sobre el valor de la identidad que arranca como excusa de la puerta del lavabo que hay en su rincón de la casa, donde escribe, escucha música y se entretiene en sus ratos libres. Decía el ingeniero que hay que escribir si no hay nada más divertido que hacer y hacerlo puramente por placer (p.59), con esta norma de ociosa disciplina, lo más recomendable y satisfactorio para el lector es ceder absolutamente a su antojo.

Joël Mestre
Universitat Politècnica de Valencia

 

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