La luz es más antigua que el amor. Ricardo Menéndez Salmón

La luz es más antigua que el amor

ISSN 2171-9985 Núm. 11
23.11.2010

Seix Barral. Barcelona, 2010.
176 páginas – 17,50 €.

En su libro El arte como oficio, Bruno Munari comienza con una sentencia, cuanto menos, polémica: «Actualmente resulta necesaria una obra de demolición del mito del artista divo que produce sólo obras maestras para las personas más inteligentes». Unas décadas después, aquí y ahora, todavía me sorprende que alguien piense que para crear algo interesante haya que estar tocado por la mano de dios.

En una entrevista reciente, Vila-Matas apunta que le encanta quitarle importancia a todo, desmitificar las grandilocuentes historias de solemnes vocaciones artísticas. A Menéndez Salmón parece que le gusta lo contrario y, quizá por eso, nos encontramos con La luz es más antigua que el amor.

Y es que, aunque Menéndez Salmón desarrolla un texto que, investigando en el proceso creativo, reflexiona sobre el arte, la relación del artista con el poder o la pequeñez del acto artístico frente al mundo o el paso del tiempo, el resultado es un texto pomposo, como el título, en el que el artista es tratado, al fin y al cabo, como un elegido al que se le ha otorgado un don desde su más tierna infancia:

[…] y tiende a su profesor de Literatura una de las páginas más inquietantes y sorprendentes de la historia privada del talento. Nada en él invita a pensar que es un elegido. Sus ropas no son magníficas; su piel no brilla bajo el astro primaveral; sus pasos no van abriendo aguas prohibidas. No lo rodean aura, nimbo ni mandala de fragancias. Está a solas consigo mismo, como lo pioneros.

Y, sin embargo, en su corazón, calladamente, el gran viaje ha comenzado. Ya no es cualquiera; desde ahora comienza a ser él (p. 45).

Utilizando los orígenes familiares y retazos de la biografía de tres pintores y un escritor, momentos puntuales de sus vidas, Menéndez Salmón quiere desentrañar los misterios de la creación. Intenta de este modo emular a Pierre Michon; pero no siempre la fórmula funciona, sobre todo si los ingredientes no son los mismos.

Y es que aparte de la argumentación, con la que se puede estar de acuerdo o no, Menéndez Salmón utiliza en exceso la metáfora. Para todo. También para la forma: no concibe expresarse si no es con una metáfora:

Entonces apareció Matilde y todo cambió. Se derrumbó. Ardió. Quedó laminado. Convertido en lava. Se disolvió como azúcar en un tanque de agua. No hay metáforas que puedan expresar semejante hallazgo (p. 103).

Las metáforas lo inundan todo, nos ahogan y ahogan el texto, no lo dejan respirar. Aunque en menor medida respecto a anteriores obras, abramos por donde abramos el libro encontraremos varias veces la palabra ‘como’. Y una cantidad excesiva de enumeraciones. Todo se enumera o se dice de otra manera, de modo redundante, por si no lo hemos entendido.

En fin, Menéndez Salmón no me acaba de convencer. Y, para ser sincera, no lo ha hecho en ninguno de sus libros. Pese a que en algunos círculos se le sigue considerando un autor joven, ya no lo es. Es, pues, el momento de empezar a exigirle algo más.

Inés Hermosilla

 

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