La agonía de Francia. Manuel Chaves Nogales

La agonía de Francia

ISSN 2171-9985 Núm. 10
01.09.2010

Libros del Asteroide. Barcelona, 2010.
187 páginas – 14,95 €.

El 6 de noviembre de 1936, siguiendo los pasos del Gobierno de la República, Manuel Chaves Nogales abandona Madrid camino de Valencia. Demócrata convencido, poco le importa entonces saber el resultado final de la Guerra Civil, saber, como él dice, «si el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras». Ya en Valencia, la efervescente Valencia de Dos Passos, Hemingway y José Robles, minuciosamente narrada por Pisón en Enterrar a los muertos, prepara Chaves su viaje a Francia. Difícilmente podía imaginar que sólo cuatro años más tarde tendría que volver a abandonar una capital, París, asediada entonces por el ejército nazi. Las biografías de los años 30 y 40 del siglo XX están repletas de maletas, hatillos, trenes, barcos y pasos fronterizos. Un general movía sobre el mapa de Europa una división blindada y, como consecuencia, centenares de personas se embarcaban en Marsella rumbo a Argel. Una radio emitía el airado discurso de un dictador y otros cientos se embarcaban en Lisboa rumbo a Nueva York. De Baltimore a Valencia viajó José Robles. De París salieron Benjamin, Zweig y Chaves. En Portbou, Petrópolis y Londres, respectivamente, terminarían sus viajes. Todos morirían sin conocer el desenlace de la guerra.

Hace unos días, durante una sobremesa familiar, quise contrastar algunas teorías de Manuel Chaves con uno de mis numerosos cuñados, estudioso infatigable de estrategias militares. Sus datos no coincidían del todo con los registrados por Chaves Nogales en La agonía de Francia. Pero mi cuñado cuenta con la bibliografía extensa que, sobre este tema, se ha ido acumulando durante los últimos 70 años, mientras que el autor se basaba en su propia experiencia parisina, en sus entrevistas con los protagonistas del momento y en la prensa de aquellos días, prensa considerablemente intoxicada por los distintos aparatos de propaganda.

La agonía de Francia tiene, así, el valor de la narración en directo, de las notas tomadas, por ejemplo, tras reunirse con el ministro del Interior en Burdeos que ya adoptaba sus últimas disposiciones antes de ser detenido, o con un oficial reaccionario que valoraba maravillado la disciplina militar de los reclutas comunistas, o con el pintor abstracto movilizado por el ejército y obligado a pintar “algo divertido y patriótico”, o con la gran dama que, disgustada, arrugaba la nariz al ver su castillo del Loira convertido en albergue de refugiados. Y también con la artista del music hall, con el soldado que parte hacia el frente, con el agente estalinista. Notas apresuradas tomadas en su habitación de Montrouge, en los arrabales de París, con el tamtan guerrero de fondo, preparando de nuevo las maletas, o en la cubierta del contratorpedero británico, viendo serenamente convertirse la tierra de Francia en una línea azul, y esperanzado a pesar de todo:

Era la segunda patria que perdíamos. Pero la catástrofe de Francia, como la de España, no era la derrota definitiva. Era sólo una nueva etapa dolorosa de una lucha que no tiene patrias ni fronteras […] El mar abierto nos mostraba sus rutas innumerables.

La mirada de Chaves Nogales recorre todos los ámbitos y todas las clases sociales, para redactar una guía de las codicias, corruptelas, debilidades, cobardías y utopías totalitarias, que según él, empujaron a Francia a un armisticio con la Alemania nazi. Tan pronto nos describe una panorámica del caos de la gran ciudad previo a un bombardeo, como nos sitúa en la barra de un bar de los alrededores de la Ópera frente a una jovial inglesa del Servicio Auxiliar Femenino. Es en esas instantáneas donde Chaves muestra sus mejores armas, resumiendo en una sola imagen un hecho histórico de gran magnitud. Así describe la llegada a París del ejército alemán:

Mientras en el camino de París a Tours cien mil autos apelotonados marchaban lentamente, tropezándose, empujándose, y quedándose atascados en las cunetas con esa morosidad y esa confusión terrible de los grandes éxodos, los primeros destacamentos alemanes que entraban a París estaban formados por agentes de la circulación que se pusieron tranquilamente a regular el tránsito. París fue conquistado por los agentes de la porra. El último automóvil fugitivo que salía de París tuvo que desviar su ruta en la Puerta de Saint Cloud porque un agente de circulación hitleriano maniobrando las señales luminosas del tráfico había puesto el disco rojo en el cruce para dar paso a los carros de la primera división motorizada alemana que entraba al asalto de París. […] En la puerta de Saint Cloud un guardia de la circulación había sido sustituido por otro. Eso es todo.

F. Sanfélix

 

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