El mago de Lublin. Isaac Bashevis Singer

El mago de Lublin

ISSN 2171-9985 Núm. 23
21.01.2015

RBA. Barcelona, 2013.
272 páginas – 4,95 €.

En El mago de Lublin (publicado en 1960 y reeditado traducido al español por RBA en 2013) el premio Nobel Isaac Bashevis Singer traza una singular historia: la de un mago escapista que no solo lo es en sus espectáculos itinerantes, sino también en sus múltiples aventuras de índole sentimental; y es que durante sus giras, en cada uno de los lugares por donde pasa, cuenta con amantes pese a que está casado con Esther, una judía fiel cumplidora de la ortodoxia y cuyo carácter contrasta con el de él, extrovertido y excéntrico.

En contraste con su comunidad, el mago (Yasha) vive en un cierto estadio de amoralidad que le permite desenvolverse con soltura a lo largo de sus peripecias:

Era mitad judío y mitad pagano; en el fondo, ni una cosa ni otra. Él había creado su propia religión. Existía un Creador, pero no se revelaba a nadie, ni daba indicaciones de lo que convenía hacer y de lo que estaba prohibido. Los que hablaban en Su nombre eran unos embusteros. (p. 11).

Aunque poco tiene que ver el protagonista de esta obra con el de la novela de Unamuno, San Manuel Bueno Mártir, ambos, curiosamente, padecen las mismas dudas, aunque el cura de la obra unamuniana guarda las formas y se mantiene en su papel; en cambio el mago Yasha, de quien se nos dice que solo tenía dudas, punto en el que coincide con don Manuel, es un artista crápula; la vida de éste es, al menos en los primeros pasajes, muy disipada y no precisamente de incondicional entrega a la comunidad como la del clérigo.

Hijo de un rabino, Singer creció leyendo el Talmud, si bien recibiría otro tipo de influencias en la infancia, fundamentalmente por parte de su hermano Israel, joven de temperamento rebelde y descreído. Asimismo, la calle en la que vivió de pequeño en Varsovia era un hervidero de gánsteres, prostitutas y rabinos, una mezcla heterogénea que le ofrecería una mayor perspectiva de la mundana realidad, ésa que acoge las andanzas de Yasha. De hecho el mago siempre tiene salidas airosas fruto de su escepticismo, como cuando una de las amantes que tiene planes para ambos le presenta la posibilidad de convertirse al catolicismo, a lo que él responde:

¿Qué significa eso? Se hace la señal de la cruz y le rocían a uno de agua. ¿Cómo puedo yo saber cuál es el verdadero Dios? Nadie ha estado en el cielo para saberlo. De todas maneras yo no rezo. (p. 52).

Pero finalmente la azarosa vida que lleva le acaba pasando factura y comenzará replanteándose muchas circunstancias. Pensaba fugarse con la viuda Emilia, pero piensa en las letales consecuencias que tal determinación tendría para su esposa Esther; también se preocupa por las andanzas de Zeftel, otra amante abandonada por su marido y que se mueve en no muy buenas compañías, las de un más que seguro proxeneta, lo que le provoca cierta inquietud; por otra parte, Magdalena, quien lo ayuda en sus espectáculos, se acaba suicidando, siendo tal cosa definitiva en su crisis personal, si bien ya antes hacía la siguiente reflexión:

Otras veces, antes, había tenido simultáneamente media docena de líos amorosos, sin la menor dificultad. Las había engañado a todas sin pensarlo demasiado y se había liberado de ellas cuando lo estimó necesario, sin sentir ningún remordimiento de conciencia. Ahora, se ponía a meditar sobre cosas insignificantes y buscaba hacer siempre lo que fuera más correcto. ‘Acaso me estoy volviendo un santo o qué es lo que me pasa?’, se preguntaba. (p. 125).

Tras dicho impasse, el mago Yasha acabará reconviniéndose a sí mismo y adoptando una vida nueva tras mediar giro copernicano en sus planteamientos vitales. Acaba recluido en un habitáculo sin puerta, tapiado, con un hueco por donde su mujer le sirve la comida. A diferencia del San Manuel… de Unamuno, Yasha se dedica a la meditación tras atisbar cierta luz; el otro morirá con la angustia de su agnosticismo tras una vida de altruista proceder con barniz confesional. Yasha acaba como penitente, San Manuel lleva como penitencia su no poder creer aquello que predica no sin franca destreza sobre todo a través de la obra.

Así, a lo largo de El mago de Lublin se percibe la vulnerabilidad del ser humano en cuanto a la necesidad de asideros espirituales que palíen en alguna manera el vacío existencial que en un momento dado puede asolar a cualquiera. El mago Yasha llega al punto en el que se arrepiente de su anterior vida instintiva y, a salto de mata, se entrega a otra, la contemplativa:

Pronto resultó evidente que los que habían apostado que Yasha no permanecería emparedado más allá de una semana o un mes, habían perdido su apuesta. Pasó un invierno, después, un verano y, luego, otro invierno, pero Yasha el Mago, conocido ahora por Jacob el Penitente, continuaba en su cárcel voluntaria. Esther le llevaba la comida tres veces al día: sémola, patatas con piel, pan y agua fría. En aquellas tres ocasiones, Yasha abandonaba sus meditaciones, y en atención a su mujer, hablaba unos minutos con ella. (p. 233).

Diego Vadillo López