Correspondencia. Carmen Martín Gaite y Juan Benet

Correspondencia. Carmen Martín Gaite y Juan Benet

ISSN 2171-9985 Núm. 14
15.02.2012

Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2011.
237 páginas – 20 €.

Cuenta Claire Goll en sus memorias que Erik Satie, moribundo en la sala común del hospital Saint-Joseph, vociferaba obstinadamente «La carta, ¿pero dónde está la carta?…», y quitándose de encima mantas y lanzando frascos al suelo buscaba furioso el misterioso correo.

En estos días de WhatsAppSMS y redes sociales, encontrar en el buzón una carta personal (no un extracto bancario, no una publicidad de clínica dental) tiene el encanto de ver pasar por tu calle un rally de coches de época. La carta y el sobre manuscrito son ya más infrecuentes que la tienda de un taxidermista. Y los buzones y cabinas telefónicas serán muy pronto incomprensibles cachivaches de museo etnológico.

Pero todavía hay raros ejemplares que se toman el tiempo de escribir unas líneas a mano. Pliegan después cuidadosamente la carta, cierran el sobre, pegan un sello y buscan un buzón callejero. Todo ello les lleva no menos de una hora. ¿Y quién dispone de una hora? Don Balbino, por ejemplo. Don Balbino, colaborador habitual de Cuaderno10, escribe todos los años una carta, una sola carta. Y lo hace, además, sin esperar respuesta pues el destinatario de esas cartas anuales es un ser desalmado, ágrafo e ingrato que, cada 15 de agosto, las ansía, recibe, clasifica y atesora en un archivador como su único vínculo real con otro tiempo y con su verdadero y olvidado yo.

Si el ejercicio de la escritura es una valiosa herramienta de conocimiento, la comunicación epistolar puede convertirse en la mejor gimnasia mental si encontramos el interlocutor ideal, un interlocutor que cuestione nuestros planteamientos y nos haga dudar de nuestras más firmes e íntimas convicciones. La búsqueda de ese interlocutor perfecto es lo que llevó a Martín Gaite a proponer a Juan Benet la intensa correspondencia que ahora edita Galaxia Gutenberg.

El intercambio postal entre los dos escritores se plantea como un juego con reglas que ambos van elaborando y se comprometen a cumplir. Un juego cuya finalidad es exponer y debatir sus ideas sobre la prosa literaria, ensayar un lenguaje intermedio entre la conversación y la narración escrita:

…he decidido acuñar una nueva regla que no es disciplinaria […]: cada corresponsal deberá recoger el hilo del discurso del otro y a ser posible le deberá dar la vuelta […] Al descartar la coincidencia plena se elude en cierto modo el manierismo y se conjura la sombra y la amenaza de un pasatiempo para dos, cosa que como bien decías podríamos hacer con menos esfuerzo haciendo uso de un dominó. Y sobre todo eludiremos el peligro de que degenere la correspondencia en la forma más ñoña de una comunicación: el elogio

Iniciado el juego ambos corresponsales defienden su terreno y proceden a despúar los erizos enviados por el contrario. Benet se sitúa al lado de los artistas que mantienen con pulso firme la regla que corrige la emoción. Martín Gaite al lado de los que aman la emoción que corrige la regla. Benet recela del argumento, de los héroes y de la acción, y afirma que tan válido es una conjunción como un amor contrariado. Para Martín Gaite, sin embargo, el estilo debe estar al servicio del argumento. Lo importante es querer decir algo y querer decirlo bien. No te goces en desconcertar -le escribe a Benet- que el desconcierto, cuando lo tenga que haber, esté en el tema.

Carta tras carta, Martín Gaite y Benet abordan el clásico tema del qué y el cómo literario. Y alrededor de esta cuestión central van surgiendo otros temas de su interés: el tedio, la enfermedad, el juego, la derrota y el permanecer dividido (como decía Wyndham Lewis) entre la ficción y el ensayo, entre el placer de la pura invención y la voluntad de escribir sin más sobre cualquier tema, sin éste o aquél personaje saliendo y entrando por allí sin venir a cuento.

Kafka, Proust y Faulkner son tres escritores que siempre me han obsesionado. […] Hay un rasgo común a los tres: los tres son capaces de abandonarlo todo –el héroe, la narración, la unidad dramática, las proporciones del todo- por indagar el sentido más cabal y último de una sola palabra.

Bajo la evidente pasión por el oficio de escribir que se manifiesta en estas 67 cartas, postales y telegramas, hay otro nivel de comunicación que se lee con cierta incomodidad por lo que tiene de asunto privado hecho público. Es en ese nivel donde aparecen los reproches, el cariño, la competitividad, el anhelo por recibir una llamada del otro o por un próximo encuentro. Dijo Sartre que si se había convertido en filósofo, y si con ello había buscado la fama, había sido, básicamente, para seducir a las mujeres. Semejante ardid parece reconocer, mediada la relación epistolar, el aparentemente frío y técnico Benet:

…porque, a mi parecer, el acto sexual más importante que puede ejecutar un hombre con una mujer (y el más difícil, el más atrevido, el más insólito y el único que es capaz de abrir el uno al otro) es hablar con franqueza con ella.

Leemos ahora como un todo continuo lo que en su día fue intermitente, con intervalos de espera de semanas, meses o años, entre carta y carta. Y leemos como un diálogo completo lo que es fragmentario, y cuyas ausencias -cartas extraviadas o destruidas, llamadas telefónicas, cenas con amigos, largas conversaciones de madrugada dentro de un automóvil y con los pies fríos- debemos intuir con ayuda de las notas del editor. Construimos un relato juntando unas cuantas cartas, pero esas cartas eran en su día puro acontecer, la imagen fugaz de dos escritores reflejada en un escaparate tras una noche de copas. Con total indiferencia abrimos el buzón a diario, guardamos en cajas viejos regalos, aquella porcelana con una japonesita, un bote con lápices usados, preparamos un café, vamos al cine o al hospital y nada de ello adquiere significación especial hasta que se convierte en memoria o en literatura.

Hace un par de meses Don Balbino recibió respuesta a sus cartas anuales y quedó cariacontecido, con aspecto de Erik Satie moribundo. Se trataba de apenas cuatro líneas torpemente manuscritas, quién sabe cómo, por un ofidio.

F. Sanfélix

 

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