Arte y técnica. Lewis Mumford

Arte y tecnica

ISSN 2171-9985 Núm. 23
06.02.2015

Pepitas de calabaza. Logroño, 2014.
208 páginas – 17 €.

Se compone Arte y técnica de seis magníficas conferencias en torno a la íntima relación que a lo largo de la historia ha tenido el impulso creativo humano así como a los mecanismos que han posibilitado muchas veces llevarlo a cabo o avanzar en más sofisticados tecnicismos, hasta el punto de llegarse a un estadio evolutivo en el que lo mecánico parece estar acabando con el alma de ciertas obras nacidas, al fin, de los reductos más entrañables de la humanidad.

Una impronta humanística y lucidísima es la que confiere Lewis Mumford a sus textos. Con lente panorámica, y a la vez concisa, atisba las esencias del arte como compendio de sentimientos, valores, emociones, intuiciones… «La obra de arte —apunta— es el manantial visible y potable en el que los hombres comparten las fuentes subterráneas de su experiencia».

Nos hace ver Mumford por qué arte y técnica, invariablemente, emparentaron de manera tan feliz; y es que el arte —precisa— siempre proviene de la abstracción así como la técnica ha de prescindir de tal universo intuitivo en aras de promover el proceso mecánico.

De la humana capacidad de abstracción brotaría ese caudal de simbólicas estructuras que no es otra cosa que la pugna por hallar fórmulas a través de las que exteriorizar y proyectar todo aquello residenciado en la humana creatividad, que se compone de emociones e intuiciones fundamentalmente. La técnica acudiría, así las cosas, en auxilio de lo conjeturado aportando métodos para, dominando y superando los escollos, dominar asimismo las condiciones externas.

Considera, por tanto, Mumford que sería primero, en la noche de los tiempos, el universo simbólico el que precedería a la herramienta sin menoscabo de que ambas facetas se desarrollasen de forma interrelacionada, y aduce que todas las eras han estado asociadas a su correspondiente hallazgo tecnológico.

Una virtud muy acentuada de Arte y técnica es la forma afinada y accesible al lector de aseverar aspectos que se pasan por alto cuando se observan determinadas circunstancias de manera sucinta. Así, por ejemplo, delata que muchas veces tenderíamos a subestimar, o a no reconocer en la dimensión que merecen, ciertas tareas de índole artesanal, esto es, su dureza, sus tediosas, por lo reiterativas, rutinas… y ello por atender solo a la faceta creativa y atisbarla de manera excesivamente idealizada, no en vano la mayor parte de los artistas se infligen, a sí mismos, duras y penosas rutinas en pos del dominio de una u otra técnica a través de la que erigirán la primaria intuición.

Otorga, en el libro que nos ocupa, nuestro heterodoxo humanista una visión a la vez panorámica y concisa del objeto de atención del mismo; y es que a lo largo de la historia los paradigmas han ido evolucionando, no siendo lo mismo el artista medieval que el ilustrado ni que el contemporáneo. Por ejemplo, nos hace ver el ensayista la asunción del papel de artesano por el artista medieval en su lucha por convertir «la eficiente forma utilitaria en una forma simbólica significativa». De hecho, observa cómo es muchas veces dificultoso deslindar ambas facetas y discernir con precisión entre el artista y el artesano dada la gran importancia de que gozaba el proceso técnico —que entonces se aliaba a la perfección con el impuso creativo—.

Y, apoyado en las anteriores precisiones, llega a considerar nuestro autor aquella época un punto álgido civilizatorio en el equilibrio que representa la armónica relación entre arte y técnica, fantasía y realidad, no prevaleciendo un aspecto sobre el otro, por contrapesarse lo subjetivo y lo mecánico. El perfeccionamiento técnico dotaba al artesano de mayores cualidades incluso para adoptar facetas más creativas.

Pone Mumford un límite cronológico en el predominio de los procedimientos artesanales: mediados del XIX. En tan amplio margen temporal la artesanía sería esa vía intermedia que armonizaría, pondría en conexión, los significados sin utilidad alguna y los utensilios sin el menor atisbo significativo.

También se aportan en el libro interesantes pensamientos sobre la arquitectura, disciplina que aúna diversas facetas: utilidad y significado estético, símbolo y estructura… a lo que se suma el componente de ingeniería, que, siendo extremadamente necesario, no puede dejar cohabitar con el factor expresivo, tenga dicha dimensión más o menos protagonismo. Dicen mucho —apunta Mumford— las construcciones de la personalidad del arquitecto y de la comunidad a la que sirve. Asimismo se percibe a lo largo de toda la lectura un cierto recelo por parte del autor con respecto a la excesiva mecanización de los procesos constructivos en los últimos tiempos por carecer dichas fórmulas del componente representativo del que gozaban en otras épocas.

En definitiva, Arte y técnica es un compendio de enjundiosas reflexiones bien razonadas, oscilantes entre lo filosófico y la eficacia divulgativa, como corresponde al subgénero didáctico que es la conferencia. Pero no pensemos que serán varias conferencias plúmbeas y parceladas lo que hallaremos, ni mucho menos: todo aparece felizmente integrado; además, el lenguaje empleado por Mumford es sugerente, rayano en ciertos pasajes con un cierto lirismo. El libro goza de un eje vertebrador claro que le aporta sin duda cohesión, coherencia y unidad, redundando tales virtudes en su interés y amenidad.

Diego Vadillo López