Relecturas

Desencuentros con un hikikomori esquivo.
F. Sanfélix.

ISSN 2171-9985 Núm. 9
09.04.2010

Recientemente he viajado dos veces a Nueva York y en ambas ocasiones creí que podría coincidir con Enrique Vila-Matas. Las dos veces he llevado un par de diminutos catálogos para regalárselos si se presentaba la ocasión: uno de Encapsulados y otro de Sophie Calle, ambos editados por La Naval, República de Cartagena. El 2 de mayo de 2009 participaba Vila-Matas junto a Paul Auster en el Pen World Voices Festival. Un día después, demasiado tarde, Juana Casimiro y yo llegábamos a Nueva York. Durante las dos semanas siguientes frecuentamos la compañía de algunos escritores pero nunca tuvimos la suerte de coincidir con don Enrique. He de decir que el encuentro era absolutamente improbable pues no existía cita alguna con él, incluso podía ser que el día 3 ya estuviese de camino hacia su encierro hikikomori. Sin embargo la mínima probabilidad de un encuentro casual nos ilusionaba de un modo infantil. Algún tiempo después, ya en Valencia, supimos, por uno de sus textos, que Vila-Matas pudo haberse alojado esos días en el Roger Smith, un hotel que no se encontraba muy alejado del nuestro.Pero sí estuvimos con Geoffrey Young, poeta, editor, traductor, crítico de arte y, como Vila-Matas, buen amigo de Auster. Conocimos a Geoffrey en mayo de 2002 en la inauguración de una exposición colectiva en Williamsburg. Poco después visitó Valencia, comió anchoas en el Cabanyal y bailó un chachachá con mi padre en la puerta del Hotel Inglés. Desde entonces nuestra comunicación ha sido principalmente electrónica, pero frecuente y divertida. Tras la instalación de nuestra exposición portátil en Central Park (bonita costumbre clandestina que, inspirados por Vila-Matas, iniciamos hace tres años en un hotel cápsula de Tokio), Geoffrey nos invitó a pasar un fin de semana en su casa de Great Barrington, población situada a tres horas de autobús al norte de Nueva York. Tras la cena de bienvenida, rodeados de la magnífica colección de dibujos y pinturas que abarrotan su casa, Geoffrey nos regaló un ejemplar de su libro Lights Out que comienza con este poema que parece escrito para acompañar el “salto inglés” de Riba/Vila-Matas en Dublinesca:

Et toi, beauté

I go over to my Sugar’s shack
whenever I need a reminder
that “francophilia” is indeed
one of the five perversities.

Nosotros le regalamos un ejemplar de Bartleby y compañía que habíamos comprado, en su versión inglesa, en una librería próxima al New Museum. Geoffrey leyó en voz alta el primer párrafo de Bartleby & Co. y sonaba de maravilla: «I never had much luck with women. I have a pitiful hump, wich I am resigned to». Me va a encantar, decía Geoffrey entre risas, inmediatamente interesado por la elegante comicidad de Vila-Matas, la joroba de su protagonista y su poca suerte con las mujeres.

Al día siguiente Geoffrey nos llevó de excursión a Monument Mountain que se encuentra a pocos kilómetros de su casa y de Arrowhead, la casa en que Melville escribió Moby Dick. Sólo recorrimos el inicio del ascenso pues el cielo empezó a oscurecerse, a llover con fuerza y a embarrarse el sendero. Durante nuestra breve excursión Geoffrey nos contó cómo, allá por 1850, Herman Melville y Nathaniel Hawthorne subieron con frecuencia esa montaña, compartiendo botellas de vino y teorías literarias. Según la leyenda local, en Monument Mountain nace una nueva visión de la literatura que, tiempo después, llevaría a Melville a crear el personaje de Bartleby, su héroe del No, un hikikomori nihilista del XIX. En uno de aquellos ascensos a Monument Mountain, Melville, recordando sus tiempos de marinero, escaló unas rocas hasta su punto más elevado, y allí, como encaramado en un mástil y dando voces en medio de una tormenta, tiró y tiró de invisibles cuerdas tensando imaginarias velas ante la estupefacta mirada de Hawthorne, mareado quizá por la recreada tempestad, quizá por el vino.

Hace dos meses, mientras preparábamos el siguiente viaje a Nueva York, Juana Casimiro intentaba completar nuestra agenda con algún encuentro literario, algo que le sirviera para escapar de la constante compañía de artistas plásticos. Una tarde me envió un correo electrónico: «Esta vez sí vamos a ver a don Enrique. El día 3 de marzo tiene una conferencia en la Hispanic Society. ‘Cronotipos y dioramas’. ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?». Cuando llegué a casa ya tenía de nuevo en la maleta los pequeños catálogos de Encapsulados y de Sophie Calle, junto a un pase VIP para la feria de arte PulseNY. Esta vez sí íbamos a tener ocasión de dárselos.

Esa misma noche buscamos en Google Transit la mejor manera para llegar desde nuestro hotel en Chinatown a la Hispanic Society en el norte de Harlem. Escribí a mi galerista que el día 3 no contase con nosotros para el cóctel de inauguración de la feria. Invitamos a algunos conocidos de Nueva York para que nos acompañasen a ‘Cronotipos y Dioramas’. Tiramos y tiramos de invisibles cuerdas, tensamos imaginarias velas rumbo a la calle 155 con Broadway, en pleno Harlem. «¡Allí resopla!», parecía decir Juana Ahab. «¡Ahí salta!», decía yo.

Y en uno de esos saltos lo perdimos de vista. La página web de la Hispanic decía que la conferencia de Vila-Matas se había cancelado. La noticia del evento desaparecía de la web del propio don Enrique sin más explicaciones. Juana, cabizbaja, sabía que estaba condenada de nuevo a verse rodeada a todas horas de pintores, escultores, fotógrafos y video-artistas. Pobre Juana.

Con paciencia me acompañó de feria en feria, de museo en museo. De Pulse al Armory Show, de Volta a Fountain, del Metropolitan al MOMA. Yo intentaba ilusionarla: «Igual don Enrique aún está en Nueva York. Igual ha cancelado la conferencia pero está en el Roger Smith, inmóvil ante la reproducción de un cuadro de Hopper. Igual está con Paul Auster diciéndole aquello de yo no soy Paul Auster. Igual lo vemos con una gabardina, caminando rápido contra el viento, simulando tener prisa por llegar a algún sitio. Vamos al Roger Smith. Vamos a la Morgan Library. Seguro que nos encontramos con él…» Juana me agradecía el intento pero me pedía que no insistiera. Ya lo imaginaba en su casa, frente al ordenador, hikikomori perdido.

Paramos un momento a ver la gente patinando en la pista de hielo del Rockefeller Center. Don Enrique patinando con su gabardina hubiera sido una imagen inolvidable. Una imagen próxima al célebre haiku de Matsuo Basho: De ordinario detesto al cuervo, pero esta mañana sobre la nieve… En fin, tampoco estaba allí. Buscamos un sitio para comer próximo al MOMA, pues esa tarde iríamos a ver la exposición de Tim Burton. Caminábamos por la calle 52 cuando le vi venir hacia nosotros. Llevaba gabardina y parecía tener prisa. Apreté la mano de Juana para avisarle pero no lo reconoció. «¿Qué pasa? ¿Quién era?» me preguntó. Se lo dije. «¿No le has reconocido?». Dimos media vuelta y le seguimos tres calles hasta la Séptima. Paró en un quiosco y compró un periódico; Juana le fotografió varias veces sin que él se diese cuenta. «No es él -decía Juana- los zapatos no son bonitos». Yo estaba convencido de lo contrario. Entró en un restaurante barato y encontró un hueco en la barra, junto al televisor. A nosotros nos acomodaron frente a él en una mesa. Pidió una hamburguesa y no levantó la mirada del periódico. Hice una foto de Juana con él al fondo. Nos miró un instante. Parecía decir “Yo no soy Vila-Matas”. Pensé que otra vez nos volvíamos a casa con los catálogos. No era Vila-Matas, era Paul Auster. Y don Enrique, ya nos lo ha dicho muchas veces, no es Paul Auster.

 

Fotografías © Juana Casimiro 2010

! Comentario

  1. 10/05/2014    

    Esta relectura podría pasar por una fragmento de alguno de los libros de Vila-Matas, en las que con frecuencia él también es un personaje que está y a la vez no está.
    Me ha encantado.
    Estupendo blog que acabo de descubrir.

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