¿Qué libro me pongo?

imagen seccion Israel Pedros

ISSN 2171-9985 Núm. 20 (30.09.2013)

Cada día antes de salir de casa hay que elegir qué libro coger. Eso plantea dudas de estilo pero también físicas. Hay que decidir si se cogen libros grandes, que obligan a llevar una mochila y no coger metro en hora punta —puesto que al pasar una página podríamos generar colisiones entre la muchedumbre que se agolpa orgiáticamente eufórica en su viaje al trabajo—, o decidir si cogemos libros pequeños que quepan en el bolsillo. Además hemos de pensar en la distancia del trayecto: una novela con mucha intriga nos hará olvidarnos de nuestra estación de destino y vagaremos sin rumbo por esos andenes subterráneos.

Un día me aventuré con una relectura, pensando que sería algo estable, sin sobresaltos; pero no fue así. José Hierro, en su Cuaderno de Nueva York (concretamente en un poema mágico donde asiste sordo a un concierto junto a Beethoven) convoca en un verso a Unamuno para explicarnos que primero se inventaron las cosas y después se inventó su “para qué”; y ese verso me tuvo desvelado varios días debatiendo si adoptarlo o repudiarlo. Tanto es así que sin darme cuenta hice dos transbordos y cogí un ferry a Ibiza.

Otro elemento que me desasosiega antes de salir de casa es pensar si entraré o no a una librería. Porque por un lado me asalta una paranoia y me imagino nervioso dando explicaciones al librero, insistiendo en que no he robado ese libro y preparando coartadas verosímiles para ese delito no cometido. Pero por otro lado, además, siempre tengo miedo de que el libro quiera emanciparse e ir junto a sus iguales: por eso lo agarro fuertemente desde el camal del bolsillo mientras observo pavoroso cómo se asoma. Me sorprendo muy burgués y conservador pensando por él, considerando que los demás no son dignos de andar con él ya que hay libros de Coelho y de Ussía y de… en fin, malas compañías. Y para complicar más las cosas, en ciertas librerías están todos revueltos, sin orden ni concierto, como en una cárcel, como si los libros no merecieran clasificación. Si hasta en España eso se tiene claro: los ladrones los hay de gobierno, de banco o de iglesia del mismo modo que libros los debe haber de ensayo, novela policíaca y poesía. Aunque he de decir que en las buenas librerías donde disponen de rincones con selecciones de interés, sí que dejo un rato al libro que llevo para que confraternice y disfrute, mientras hago tiempo curioseando con la librera sobre descubrimientos recientes o sobre si desea que paseemos a Poe alguna tarde.

Alguna tarde también acudo con mi libro a bibliotecas para que conozca realidades más cooperativas, para que no se acostumbre al paraguas de mi bolsillo o de mis estanterías, aunque no me gusta ver el sudor en su portada, ya que todos los libros que nos encontramos han oído hablar del ‘expurgo’ y, además, vemos novelas descamisadas o amarillentas debido al creciente recorte del personal que las cuida.

Finalmente, he de recordarles que también deben pensar en si combina. Al fin y al cabo el libro en papel sigue resistiendo frente al ebook porque permite conjuntar un pareo con un lomo rosa, o la ilustración de una portada con unos pendientes. Pero además, aunque pierdan un tren, les aconsejo que dediquen tiempo a pensar cómo combinar sus libros con otros elementos: combine la estación, sacando en verano a sus libros más débiles para que no se resfrien; combine el contexto, alternando los libros más combativos cuando el presente lo exija; combine la vitalidad de su pensamiento, desacostumbrándose a las rutinas previsibles. ¡Lean! Tal vez si somos leídos conseguiremos descifrar si lo de Matías Prats es un telediario o un experimento dadaísta.

Israel Pedrós Pastor

 

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