Qué falta de respeto, qué atropello a la razón

imagen seccion Balbino Lopez Bouzas

ISSN 2171-9985 Núm. 14 (23.01.2012)

El hecho de que a alguien le guste leer y también le guste correr no significa necesariamente que le guste leer libros sobre correr. Y aunque es agradable que la gente se acuerde de ti, no es obligatorio que cada vez que en la carátula de un libro aparece un tío corriendo ese libro termine siendo recomendado, prestado o regalado al corredor. Algunas veces se puede decir no. No siempre se puede decir no (¡maldita cortesía y educación!). Procedo a hacer la reseña de tres libros sobre correr que me fueron prestados o regalados con todo el cariño del mundo y que tuve que leer.

El primero sería el popular De qué hablo cuando hablo de correr de Haruki Murakami. Murakami es un fenómeno de masas y los listos tenemos tendencia a huir de los fenómenos de masas. Y cada vez que alguien que no distingue a Dostoievski de Tolstoi te mira con gesto de estupor y casi por encima del hombro te pregunta –pero, ¿cómo? ¿No te has leído el libro de correr de Murakami?- pues más te reafirmas en tu huida. Hasta que llegó mi muy querido amigo G., que sí que distingue las barbas de Dostoievski de las de Tolstoi, y, con todo el cariño del mundo, me dijo –toma-. Y tomé.

Miedo me daba leer el libro. Desde el desconocimiento del autor y pensando en su nacionalidad creía que iba a tratar de recubrir de espiritualidad y de trascendencia un gesto que no deja de ser muy natural y que básicamente consiste en pegar coces contra el suelo. También me temía un exceso de épica y de grandilocuencia pues muchas veces no parece que corramos carreras sino que realicemos gestas. Y no. No fue el caso. Me gustó el libro. No deja de ser una autobiografía en la cual utiliza como eje de la misma su descubrimiento del correr y los distintos retos que fue planteándose a lo largo de su vida relacionándolos con el resto de sus actividades vitales. Y lo cuenta con naturalidad, con sencillez, sin aspavientos, sin darse importancia. Y tampoco abruma con datos, ritmos, distancias, promedios, pulsaciones y tiempos. Me gustó el libro, como ya he dicho. Y me gustó no porque me sintiese cómplice del autor y me resultasen muy familiares muchas de las cosas que trataba. Me gustó porque me gustó, porque disfruté leyéndolo, porque me hizo pasar muy buenos ratos como lector y no sólo como corredor. Aún así no he vuelto a leer nada de Murakami. Su legión de seguidores me siguen mirando por encima del hombro cuando me dicen con retintín –de Murakami te has leído sólo el libro de correr, claro. Creo que podré soportar el vivir el resto de mi vida con ese estigma.

El segundo libro sería Elogio de la pasión pura de Sebastián Serrano, escrito originalmente en catalán y que obtuvo el premio de novela Ramón Llull en el año 1990. Este libro me vino de parte de una amiga de Ana con todo el cariño del mundo. El hecho de que estuviese premiado no significaba gran cosa: hay premios que se ganan, hay premios que se conceden y hay premios que se compran. En esta novela hay dos partes: en la primera se nos habla de un mediofondista catalán que prepara los Juegos Olímpicos de Moscú 80. Mitad ficción, mitad realidad, el autor buscó asesoramiento atlético en el gabinete estadístico de la Señorita Pepis (estimado don Sebastián: Said Aouita no fue el primer hombre en bajar de tres treinta en mil quinientos. Hubo un inglés rubio y espigado que llegó un pelín antes). Nuestro corredor es, además, poeta y estudiante de arquitectura (para los que tengan la inmensa suerte de no conocer a los arquitectos he de informar que, ante todo y sobre todo, los arquitectos son artistas que levitan y que en sexto de carrera tienen una asignatura llamada Endiosamiento en la cual todos sacan matrícula de honor). En esta primera parte el autor pone mucho empeño en explicar la gran interrelación que existe entre arte, poesía y la carrera pedestre. Como además nuestro protagonista va y se enamora, pero su amor no es como el de los demás, pues forma parte también de ese todo indisoluble. Calificar esta primera parte como de paja mental desmedida sería quedarse corto. Lo malo es que nuestro corredor, cuando tenía el podio a tiro pues uno o dos meses antes de los Juegos hace tres treinta y uno en un mitin, sufre la desgracia de la muerte de su novia en un accidente de aviación. Y entonces la muerte se une con la poesía, el amor y el arte y echan fuera a la carrera. Y adiós a los Juegos.

Comienza la segunda parte del libro. En ella vemos a nuestro protagonista convertido en un brillante arquitecto, con novia nueva y que, a su vez, recibe el encargo de escribir unos guiones para televisión sobre los próximos Juegos en Barcelona. Todo parece sonreír a nuestro héroe, pero… no. Hay algo que no encaja. Le ocurre algo parecido a lo que cantaba el gran memo de los Celtas Cortos –la música no me cansa, pero me siento vacío-. Pues éste igual: soy pluscuamperfecto ultraferolítico del recoponazo máximo pero no termino de tener todos los chacras alineados. Hay cierta zozobra en mí. Cierto desasosiego. Y para recomponerse se va a visitar a una bruja o medio bruja jipiosa de mucha perspicacia y sensibilidad psíquica y de poco jabón que vive como una ermitaña en un pueblo perdido de la Catalonia profunda. La bruja, mediante unos cuantos aforismos, unas cuantas hierbas y un ponme la mano aquí (Macorina) le aleja todos sus demonios y le cura todos los males (yo hubiese resuelto el problema con una patada en los cojones, pero claro, yo no soy catalán. Ni arquitecto). Y aquí tenemos a nuestro protagonista feliz y contento con el equilibrio recuperado. ¿Y cómo celebra este momento tan hermoso? Pues sí, señores: sale a correr. Y es esa carrera una metáfora de su paz interior recuperada y del hermanamiento que siente en ese momento con el cosmos, con todas las energías positivas posibles y con todas las fuerzas de la naturaleza que puedan existir. Y así, en perfecta armonía con Casiopea, con los musgos, con las coníferas, con las abubillas y con el lirón careto dejamos a nuestro protagonista correteando y colorín, colorado, este bodrio (premio Ramón Llull. Ya ves) ha terminado.

El tercer libro sería Correr del francés Jean Echenoz. Este libro es algo parecido a una biografía de Emil Zatopek, el gran corredor checo. Para mí Zatopek son palabras mayores. De hecho, Balbino siempre va acompañado de una foto del gran Emil tirando como un poseso en el cien en la final de cinco mil de Helsinki 52. Algo he leído sobre él previamente. Bueno, sobre Zatopek he leído todo lo que he podido pues siempre me ha interesado ya que es alguien a quien admiro desde chaval. Un buen amigo corredor consideró que mi cultura estaba huérfana si no me leía este libro y me lo dejó con todo el cariño del mundo. Y me lo leí. Tras acabarlo tengo la sensación de que lo único que me ha aportado este libro ha sido una mala sangre considerable. No recuerdo nada bueno de él. Tal vez que se lee muy rápido. Y si tuviera que reseñar lo peor me quedaría con el tonito en el que el libro está escrito. Echenoz es francés y ha escrito unos cuantos libros que han debido de tener cierto éxito. Esta novela ha sido publicada gracias a la ayuda del Ministerio francés de Cultura y ya se sabe que cuanto más subvencionado está alguien más encantado está de conocerse. Y un subvencionado francés es ya la quintaesencia del comomolismo intelectualoide. A Zatopek hay que entenderlo (como a todo el mundo) dentro de su época: invasión nazi, guerra mundial, estalinismo, guerra fría, Primavera de Praga. Toda esta época está narrada de una manera muy relajada, muy chispeante pues el autor lo relativiza todo menos a él mismo, que por algo es francés y va sobrado. Sólo le ha faltado llamar Fito a Hitler, Pepe a Stalin y Locomotoro o Emilito a Zatopek. Por supuesto que Zatopek es un lelo que no sabe más que correr, algo que hace como un obseso y sin ton ni son. Y va narrando todas sus hazañas y logros siempre desde un pedestal, mirando por encima del hombro a ese bobo simplón que no es más que un pelele en manos de unos y de otros. Desde luego no cuenta nada que no supiésemos. De hecho cuenta menos, mucho menos (¡cómo se puede escribir sobre Zatopek mencionando sólo una vez a Alain Mimoun y únicamente por la fonética de su nombre!). Y tampoco logra explicar, entre otras cosas porque ni se lo ha planteado, por qué Zatopek está considerado como uno de los más grandes atletas de la historia, siendo venerado y respetado en su época y cuya leyenda sigue creciendo con el paso de los años. Que Zatopek era un ser humano y no un ser perfecto es evidente. Que Zatopek no se merece un libro así es más que evidente. Y por mucho que hayas escrito y por muchos planes que tengas para el futuro, dilecto Echanoz (yo te invito, si es que aceptas el consejo de un españolito, tan francés como eres, a que consideres entre tus planes más inmediatos la posibilidad del suicidio. Seguirás siendo un imbécil, pero ya se sabe que a un imbécil muerto se le respeta un poco más) tu pedestal es de aire y Zatopek va a seguir siendo Zatopek a pesar de ti. Y tú, hagas lo que hagas, seguirás siendo un gilipollas. Francés y gilipollas (¿valga la redundancia?). Vive la Grandeur!

Balbino López Bouzas

 

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