¿Puede haber literatura al alimón?

imagen seccion Israel Pedros

15.09.2015

¿Se han fijado alguna vez en lo juguetona que es la expresión «al alimón»? Acostumbramos a no usar las palabras que suenan bien, desconozco el porqué. Hasta no hace mucho había un sinónimo que se usaba mucho: «consenso». En realidad no sé si ambas significan lo mismo pero no he encontrado ninguna filóloga de guardia que me lo resolviese, así que permítanme que especule de oídas. El «consenso» suena más resignado, a una falsa amistad con la melancolía; sin embargo, «al alimón» es como un fin de semana que empieza, entre brincos y haciendo planes. En nuestra literatura seguimos ocultando alalimones en eufemismos, por ejemplo seguimos llamando a la generación luminosa de la república la «Generación del 27», tal y como la bautizó Menéndez Pidal en tiempos oscuros; pero ya no nos debería valer el atenuante, porque ya nos encendieron la luz, y deberíamos reivindicarlos con el tiempo en el que todos ellos creían y crearon al alimón: «La Generación de la República» — y no vincularlos a un número que no dice nada, y más a ellos que dijeron tantas cosas con sentido—.

Otra palabra que exige que vayamos al alimón y suena bien es «solidaridad» — tan solo hay que desgranar el astro y el verbo que la componen— pero exige que rompamos el consenso de las lágrimas de cocodrilo y la inercia de los consensos. Hay que volver a leer a Mafalda pero con calma y osadía. Nuestro presidente también lo dijo en una entrevista: «una cosa es ser solidario, y otra es serlo a cambio de nada». A priori puede parecer una paradoja. Pasados unos minutos sigue pareciendo una estupidez, pero unas horas después, si le damos la vuelta al sentido en que Rajoy lo diría, podemos ir al alimón con él, la solidaridad no debe ser caridad sino que debe servir para cambiar algo. Primo Levi ya lo planteó en sus lúcidos libros los interrogantes dolorosos: cuando la sociedad alemana iba a un mercado dominical repleto de ropa y zapatos baratos ¿no se preguntaba, no sabía el porqué de ese precio? En la literatura este cuestionamiento de la inercia consensuada se ha hecho desde múltiples perspectivas, una muy curiosa la hizo el valenciano Max Aub desde el exilio mexicano en un cuento con título muy seductor La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco. En él se descubre que fue un camarero mexicano el que lo mató pero no por razones de justicia o de ideología, sino que lo hizo para que no se eternizasen las letanías y los cafés de los españoles exiliados allí, y le hiciesen la jornada laboral más distraída…; o tal vez lo hizo sólo para que fuesen más allá del obstáculo y para que pensasen más a largo plazo y al alimón.*

* El cuento de Max Aub es muy breve, así que léanlo: es un descubrimiento curioso.

Israel Pedrós Pastor

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>