¿Pensar es cosa de mayores?

imagen seccion Israel Pedros

ISSN 2171-9985 Núm. 16 (16.07.2012)

El otro día, en una de tantas noches improvisadas, surgió la tertulia. La realidad se impuso como temática principal. Mientras escuchaba me abstraje un momento, dándome cuenta de que podemos reiterar las frases mecánicamente solo porque los medios de comunicación ya nos han inoculado el diagnóstico complejo resuelto con algún símil doméstico: un naufragio, una tempestad, un huracán o una operación de neurocirugía.

Me abstraje interrogándome sobre si todos tenemos la solución, porque la realidad no se soluciona. Decidí que tenía que inyectar sentido común en la conversación antes de que llegase el café, pero me entretuve pensando cuáles eran los sentidos comunes y los no comunes y si alguien de la mesa, incluido yo mismo, podría tener alguno en grado superlativo. Al fin, cuando quise volver al mantel de la conversación, la temática había cambiado y un hombre, muy ducho en relaciones comerciales, soltó una frase sobre el cine que me descolocó: —«A mí no me gusta el cine de pensar». Y añadió algo así como que en el cine español hay demasiado dramón. Me descolocó no por la afirmación, que está muy extendida (que la comparta o no ahora no importa), sino porque me parecía una curiosa paradoja.

Le pregunté si podría precisarme un poco qué es eso de “el cine de pensar” y su respuesta me pareció fascinante: —«¡estás de broma, todo el mundo lo sabe!». Si lo tiene tan claro, pensé, y yo no, debe ser porque él ha dedicado más tiempo a pensarlo, a aprenderlo y comprobarlo. Por tanto, debe ser él mucho más intelectual que yo, y yo más fan del entretenimiento y de la cosa superficial porque todavía no he llegado a conclusiones tan nítidas como las suyas.

Es como cuando hablamos, por ejemplo, del fútbol. Es otro lugar común afirmar que está alejado de niveles culturales pero, si nos fijamos, se va extendiendo entre su masa de seguidores un modo de expresarse que hace tiempo que no escuchamos o leemos, ni siquiera, entre filósofos contemporáneos: «El problema es que no es determinante porque no materializa las ocasiones». Será decepcionante, pero sus seguidores ya son capaces de trascender el gol como una metáfora que unifica el mundo real y el abstracto. Fíjense, fíjense si la iglesia católica o la astrología han conseguido algo parecido. O la música, más allá de repetir algún juego de palabras.

Entonces pensé si también habría “novelas de pensar” y cuáles serían las que no. O qué sería la poesía: «no leo poesía porque no la entiendo». Igual confundimos el entender con el intentar. A mí también me gustaría que me respetasen cuando digo que no voy al gimnasio porque no lo entiendo. Me adelanto a quien objete que soy presuntuoso. Elijan el tema más sencillo que quieran y vean libros y documentales al respecto: les aseguro que se puede ser mil veces más meticuloso de lo que intuimos, pero parece que eso sólo hace pensar a los expertos, el resto creemos que no lo podemos comprender.

Pero con “la realidad” deberíamos intentarlo siempre, aunque con única ley: hay libros buenos y malos, películas buenas y malas, y el resto sólo son prejuicios y prejuicios también hay buenos y malos: si cuando ha llamado un testigo de Jehová a su puerta le han abierto por lástima, me entenderán. Piénsenlo… o no.

Israel Pedrós Pastor

 

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