Palotes y magdalenas

imagen seccion Balbino Lopez Bouzas

ISSN 2171-9985 Núm. 15 (30.04.2012)

Marcel Proust mojó su magdalena en el té. O igual era manzanilla. Y le dio un bocado. Y escribió siete tomos de literatura que le han hecho pasar a la historia como uno de los grandes. Una magdalena. Hay terrenos en la memoria que están vedados a la razón o al pensamiento y a los que sólo se puede acceder a través del poder evocador de los sentidos (lo de poder evocador lo he copiado). Y debe de ser muy grande ese poder. Dio un bocado a una magdalena, abandonó su vida disipada en los salones de la nobleza y la alta burguesía tratando de ser receptor de la sonrisa de alguna duquesa (y de alguna otra cosa de algún conde), se encerró en una habitación acolchada siempre cerrada y humedecida por sahumerios por aquello del asma, se puso un abrigo y tres bufandas, se metió en la cama y se dedicó a recuperar un tiempo que él pensaba que estaba perdido. O, al menos, se dedicó a buscarlo. Y catorce años estuvo, hasta su muerte, llenando y corrigiendo cuartillas, haciendo literatura (eso dicen. Yo me terminé Por el camino de Swann a golpe de puro empeño. Y tengo intención, algún lustro de estos, de continuar con A la sombra de las muchachas en flor aunque no sea más que por el título). Literatura en estado puro. Una magdalena. Por una magdalena.

El otro día me comí un Colajet. Estaban el Camyjet y el Colajet. Ambos eran polos de hielo (valga la redundancia) y tenían forma de cohete. En el Colajet la base era de cola y el resto era de limón, con una caperuza de chocolate. El Camyjet era igual pero con la base de naranja. A mí me gustaba más el Camyjet. Pensaba que ya no existían. La verdad es que llevaba mil años sin pensar en ellos, aunque, desde luego, son parte de mi infancia. Al menos me comí muchos entonces. Así, cuando el otro día, al terminar de comer, abrió Ana el frigorífico y sacó un Colajet di un grito –pero bueno, ¿y eso? –Ya ves. Cogí el Colajet, le quité el papel, lo miré fijamente y empecé a pensar –Aquí estoy, mirando cara a cara a la literatura, a la pura literatura. He aquí mi magdalena. Le voy a dar un bocado y el poder evocador de los sentidos abrirá todas las puertas de mi subconsciente. Me volveré asmático. Me saldrá bigote. Me meteré en la cama y empezaré a escribir sin parar. Tiempo perdido, allá voy. Y le di un bocado a mi Colajet. Estaba bueno. Seguía estando bueno. Cuando me quise dar cuenta ya no quedaba más que el palote. Y ni rastro del poder evocador de los sentidos. Ni rastro del bigote. Ni rastro de la literatura. El único rastro fue un lamparón en la camisa. Decía no sé quién que el arte nace siempre de la frustración. Pues frustrado me quedé con mi palote en la mano (al que le saque punta a esta frase me lo cargo). Y no. No tiene pinta que esta frustración me vaya a llevar ni por el camino del arte, ni por el de Swann ni por el de Guermantes. Tiempo perdido, que casi mejor me quedo.

Balbino López Bouzas

 

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