Monogamias y adulterios en literatura

imagen seccion Israel Pedros

ISSN 2171-9985 Núm. 16 (11.09.2012)

Hay gente que quiere un libro para toda la vida. Los hay que quieren descubrir algo nuevo en cada libro y buscan géneros nuevos sin cesar, arriesgándose con postmodernos, haikus o biografías no autorizadas. Hay quien hasta que no se acaba una novela no empieza la siguiente, e incluso hay ministros que siguen a rajatabla esa consigna desde la EGB y aún siguen con ella. Y los hay, como yo, que tienen empezados tantos libros que empiezan a confundir las tramas pensando que a Ágata Christie le hacen falta metadatos, que el problema del diseño web no sé cuál es, pero a bien seguro que fue el mayordomo el que lo mató, y que Gengis Khan también estuvo en el 23F de Cercas.

Aparentemente, puede parecer que los monógamos son los ordenados y los que leen libros de uno en uno y, por el contrario, los que tienen mil libros desperdigados en estanterías invisibles que ocupan cualquier espacio serían los adúlteros. Pero, obsérvenlo detenidamente, los primeros son unos ansiosos y pecaminosos que aceleran sus ojos para devorar una novela y pasar a la siguiente. Es decir, empiezan sus matrimonios pensando en llegar al divorcio y a sus epílogos. No obstante, los segundos empiezan otras novelas, o demoran la suya, con la idea de que no se acabe nunca, saboreándolas. Los más avezados dirán que la segunda opción es como un harén, incluso habrá quien mentará la sempiterna comuna. Se hace difícil contradecirlos, pero afirmar que la relación de un lector con sus novelas consiste en una jerarquía dominante sobre ellas, es asumir que éstas son pasivas y mudas. No es mi caso, igual soy un calzonazos pero me llevan por donde quieren.

Seguramente muchos leen sabiendo qué les va a contestar la novela. O ven películas de superhéroes, ajenos a los otros niveles de lectura que contienen, para que no interfieran su moraleja predeterminada. Yo sólo conozco un lector libre, que lee muchísimo y sin un criterio finito, dictado por una curiosidad por el mundo infinita, capaz de averiguar que ya no hay tiendas que reparen sombreros en Valencia o que Verne tiene una novela de inversa utopía tan negra que se ambienta en una mina.

Finalmente, hay un último elemento a tener en cuenta sobre la monogamia o la promiscuidad: atender al criterio o al contenido. Leer a Murakami, Coelho y Hesse, ¿se pueden considerar tener tres amantes distintos o tan sólo es uno? También le pueden añadir Asensi, Reverte, Ochos, Médicos, nocilla, etc… En suma, no es un ataque contra ellos, sino la evidencia de que son romances dictados y provocados por la celestina: llámenle inercia, sociedad, best sellers o que los otros son unos snobs. Y ya está bien de que la iglesia diga con quién casarnos, perdón, a quién leer. No hace falta romper los escaparates, tan sólo darles la vuelta. Pasen y vean.

Israel Pedrós Pastor

 

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