Meta y física de la literatura

imagen seccion Israel Pedros

ISSN 2171-9985 Núm. 14 (30.01.2012)

Al cabo del día la única gimnasia que hacía era pasar las páginas. Pero lo hacía de un modo majestuoso: cada vez se retiraba el sombrero de copa, hacía una media reverencia y con un beso le daba recuerdos a cada página a través de su índice y su pulgar, después se volvía a recostar en su piano y se volvía a poner el sombrero de copa dispuesto a leer esa nueva hoja.

Pero un día le preguntaron sobre el libro electrónico. A partir de ese día se dejó llevar por la especulación, quiso ser alguien importante: un erudito sabio, y a la vez quería aportar algo original al debate. Buscó hasta la extenuación en textos clásicos una cita que iluminase la cuestión. Ninguna cita le parecía lo bastante precisa. Y comenzó a divagar y teorizar. A blasfemar de Pinter, de Kundera, de Pericles. Y todos le aplaudían porque cada cita era más deslumbrante. La vanidad es una tentación apetecible y él se colmó de ella. Constantemente examinaba cada detalle, cada sobre de azúcar. En todo había un porqué que describir. Una pizarra donde apuntar un pro y un contra. Había elegido el bando de las páginas que se pasan mojando los dedos. Pontificaba constantemente sobre dónde hay que leer. Era el gurú de la lectura. Cada lector sabía que él era el científico de la literatura. Pero escondía un halo de tristeza. Ya no se afeitaba para empezar un nuevo poemario. Había perdido su bastón. Encendía su pipa con cualquier manuscrito de Baudelaire. Trataba de hacer diagnósticos objetivos de la crisis. Hacía digresiones sobre si la novela está en decadencia, la crisis del cine o si la cultura se subvenciona…

En suma, el único problema era que había dejado de leer, tal y como se lo recordó una vampira hablándole de Alberto Caeiro una madrugada serena cualquiera, animándole a seguir creyendo en la sencilla belleza del mundo y en disfrutar de cada línea sin la sofisticación del filólogo. “Bastante metafísica hay en no pensar en nada” – gritaba el poeta. Fue corriendo a una tienda de ropa y se compró un esmoquin, se subió a un carro de caballos y allí estaban las novelas con las que había quedado. Les dio los bombones y las orquídeas mientras ya se componían los dos puntos y el paréntesis en su rostro.

Israel Pedrós Pastor

 

! Comentario

  1. Herminia's Gravatar Herminia
    02/02/2012    

    Acertada conclusión de un brillante y poético artículo: no hay que olvidarse de leer!! Como dice el proverbio…”que el árbol no te impida ver el bosque”.

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