Los profesionales de la información

imagen seccion Israel Pedros

ISSN 2171-9985 Núm. 17 (24.10.2012)

Decir que algo ha muerto presupone que nosotros estamos más vivos. “La novela ha muerto” es una constante mucho más recurrente que la canción del verano de Georgie Dann. Miles de profetas y teóricos salen pronto a explicar el porqué, pero nunca he conseguido discernir si es causa o consecuencia, es decir, si es porque nuestra sociedad está desquiciada y alienada y culturalmente no puede consumir sueños y leer otras narrativas, o porque como no puede hacer esas lecturas se desquicia. Pero no siempre tenemos que preocuparnos de ese tipo de teorías. Sería mejor ocuparnos de las novelas y hablar de ellas del mismo modo que no nos planteamos, cuando vamos a cenar a un restaurante, cuánto dinero ganarán o si podría ser rentable con un camarero menos…

Digo esto porque hay una licenciatura que crea documentalistas y en su genealogía observamos un objetivo aparentemente sencillo: formar profesionales de la información. Se entendía que era la natural evolución de bibliotecarios y archiveros, diversificándolos hacia otros campos porque vivimos un siglo donde la información se multiplica a unos niveles físicamente inasumibles; por tanto aparecen los documentalistas para establecer criterios oportunos: priorizar, clasificar y, sobretodo, consolar a los usuarios sobrepasados por esos miles de papeles y datos con el bálsamo de los argumentos, el kit de supervivencia del pensamiento. ¿Puede haber oficio más noble? Tan sólo médicos y pocos más. La larga historia nos ofrece otros ejemplos, como cuando las bibliotecarias rurales combatieron el analfabetismo endémico a principios del XX.

Pero pronto aparecieron los gurús del sistema a introducir las variables del capitalismo, o del mercado deshumanizado, y nos mintieron con la etimología. Los datos pasaron a ser números abstractos y el marketing se hizo más importante que el documento. Lo prioritario fue “vender” no “lo que se vendía”. Y empezamos a preocuparnos de “cómo influenciar al cliente”, “en qué momento publicar”, en suma, en qué calle poner el escaparate sin ni siquiera saber qué había dentro del local. Porque el fin ya no era la información sino el codazo para que lo mío esté delante de lo tuyo, nada nuevo bajo el sol… Y el titular siguió siendo la panacea (no es algo nuevo, lean cualquier biografía de Goebbels, el padre del marketing), y por eso dejamos que Twitter siga marcándonos el paso, haciendo que todo sea rápido y corto, como la mejor metáfora de que el espacio de la información es pequeño, relegado, y de que la información que allí acontece es algo fútil, efímera y sustituible. ¿Cuánto tiempo hace que no miran un mapa? ¿Quién tiene tiempo si necesito compartir antes noticias de otros países aunque no sé bien si se ubican en África o Asia?

Al fin y al cabo, barbudos y poetas ya lo habían alertado, la mejor arma para desmontar algo es especializarte en ello, porque así pierdes el contexto y sólo te concentras en tu parte. Siempre es igual: cuando descubrimos las intenciones y efectos de un proceso, ya es demasiado tarde y revertirlo es siempre una quimera. El adagio romano siempre canta acertadamente: “divide y vencerás”. ¿O acaso es una casualidad que los documentalistas estén más cerca de los publicistas y periodistas de casino que de escritores y profesores?

Israel Pedrós Pastor

 

! Comentario

  1. Herminia's Gravatar Herminia
    22/11/2012    

    ¡Vaya! ¿No quedan Documentalistas románticos?

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