La cosecha de Charles Lynch

imagen seccion Balbino Lopez Bouzas

ISSN 2171-9985 Núm. 14 (21.03.2012)

Árboles sureños soportan frutos raros.
Sangre en las hojas y sangre en la raíz.
Cuerpos negros se balancean en la brisa sureña.
Frutos extraños cuelgan de los álamos.

Escena pastoral del galante sur.
Los ojos saltones y la boca retorcida.
Perfume de magnolias,
dulce y fresco.
Y el olor repentino a carne quemada.

Aquí está el fruto para que lo arranquen los cuervos,
para que la lluvia lo tome, para que el viento lo chupe,
para que el sol lo descomponga, para que los árboles lo tiren.
Es ésta una extraña y amarga cosecha.

Abel Meeropol, bajo el seudónimo de Lewis Allan, escribió el poema titulado “Strange fruit”. Los versos hacen referencia a los cadáveres de los negros que colgaban tras su linchamiento. Posteriormente el propio Lewis Allan lo musicó y Billie Holiday lo incluyó en su repertorio. Era Billie Holiday un personaje al cual si podía ocurrirle algo malo le ocurría, entre otras muchas razones porque estaba siempre dispuesta a tener problemas. La culpa no es siempre de los demás. En realidad pocas veces la culpa es de los demás. Pero cantaba como nadie. Y cuanto peor estaba mejor cantaba. Es “Strange fruit” una canción especial. Tal vez sea discreta, tanto que incluso podría parecer anodina. Pero sabe de su grandeza y, simplemente, espera su momento. Y suena de fondo. Suena tantas veces como haga falta. No tiene prisa. Hasta que, de repente, se te insinúa. Y empiezas a estremecerte. —Aquí está pasando algo. Y la vuelves a escuchar, esta vez detenidamente, esta vez con los ojos cerrados. “Strange fruit” siempre figura en cualquier lista que se publique de las canciones más tal y más cual. No sé para qué sirven esas listas, si es que sirven para algo. Cada uno tiene sus preferencias y sus gustos. Cada cual te puede hacer la suya. Y es tal la discreción de “Strange fruit” que, cuando pienso en mis canciones favoritas, nunca me acuerdo de ella. Pero, siempre que la escucho, al terminar tengo la sensación de no ser la misma persona que comenzó a escucharla. Siento como si me hubiese recorrido y devastado un río de lava. Un río de escarcha. Un río de silencio.

Balbino López Bouzas

 

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