NARRATIVA   ISSN 2171-9985
Núm. 9
30.04.2010
Dublinesca.

Enrique Vila-Matas. 
Seix Barral. Barcelona, 2010. 
328 páginas – 19 €.

Algunos han destacado el tono crepuscular, mortecino y lluvioso de Dublinesca, pero yo la he encontrado tan divertida que no me hubiese extrañado ver aparecer en cualquier lugar –en la Sala de Turbinas de la Tate Modern, en la salita fantasmal de los padres de Samuel Riba o en el cementerio de Glasnevin- las “gallinas con pelo largo” de la canción Fin del mundo (Chico y Chica). Como dice Joyce, «siempre aparece alguien que no te esperas para nada».

Riba y Vila-Matas, el binomio hikikomori, no paran de reírse de su propia angustia existencial, de la lluvia delirante y del fuerte olor a fin del mundo que les rodea. Para ellos el gran calambre final, el ocaso de la era de la imprenta y todos los Apocalipsis que periódicamente nos anuncian políticos y agoreros profesionales no pueden ser tomados en serio. «Todos creemos que se acaba en nosotros una etapa, pero lo que se acaba es uno mismo», dice Vila-Matas.

Esa terapia, convertir en parodia su ajado estado de ánimo, la luz de peltre, los chillidos de las gaviotas, los mordiscos ansiosos a una pizza y la gabardina irrisoria, salva a Riba y le proporciona un futuro, algo que contar a su madre y un momento en el centro del mundo.

Dublinesca acentúa al máximo el contraste del melancólico paisaje irlandés, la llovizna incesante en Barcelona y el esplendor perdido de momentos pasados -ese montón de rosas enterradas bajo muchas paladas de tierra-, con la fascinación por la vida corriente, el entusiasmo del protagonista por su salto inglés y por Nueva York, la celebrada reaparición del autor y los fantasmas cómicos (divertidísimo momento en el que Riba, sólo en casa frente a su ordenador, se siente observado y con un hilo de voz dice: «¿James?»).

Sustentado en una estructura de apariencia sencilla (tres capítulos: Mayo, Junio y Julio; un viaje, una celebración, un desenlace), Dublinesca tiene una arquitectura de tela de araña, con enlaces que centrifugan la información en múltiples direcciones, ramificando y podando al mismo tiempo, como un dibujo de Mark Lombardi o un seto de Manostijeras. Riba/Vila-Matas, experimentado rastreador de hipertextos, traza firme el rumbo de su navegador y, seleccionando con mimo múltiples referencias literarias, propone al comienzo del libro una teoría general con los cinco elementos que considera esenciales en la novela del futuro: intertextualidad; conexiones con la alta poesía; conciencia de un paisaje moral en ruinas; ligera superioridad del estilo sobre la trama; la escritura vista como un reloj que avanza.

En Dublinesca, Vila-Matas dibuja libérrimo el itinerario de su pensamiento sobre un poderoso armazón literario en el que se encuentra como en casa; exactamente igual que los adolescentes japoneses hipnotizados por el monitor de su ordenador que «cada día emprenden un viaje hacia lo desconocido y sin embargo están todo el tiempo sentados en un cuarto». Vila-Matas vive con entusiasmo su salto inglés pero paradójicamente todo a su alrededor se va tornando oriental, como sus protagonistas, Riba y Celia: «Él hikikomori, ella budista». Y es que en su constante voluntad de ser otro, en su ilusión de por fin estar en otro lugar, el Vila-Matas que vaticinó que viviría en París deseando estar en Nueva York es probable que termine viviendo en Nueva York deseando estar en Tokio.

Todos hemos sobrevivido a más de un fin del mundo. Que yo recuerde he sobrevivido a dos. Los profetizados por la Verdad Suprema en Tokio (marzo de 1995) y por Paco Rabanne en París (agosto de 1999). El espectáculo en ambos casos era prometedor: gas sarín, nave MIR, bolas que caen del cielo, lanas, granizo, pelusa. Cajas de cartón para meterse dentro. Y aquí seguimos. Vila-Matas también regateará sin dificultades el fin de la era de la imprenta. Como él mismo pone en boca de Frank Sinatra al final de Dublinesca, the best is yet to come.

-Anda, bebe. Es el fin del mundo.

F. Sanfélix 

 
 



reseñas




MEMORIAS   ISSN 2171-9985
Núm. 10
01.09.2010
La agonía de Francia.

Manuel Chaves Nogales.
Libros del Asteroide. Barcelona, 2010.
187 páginas – 14,96 €. 

El 6 de noviembre de 1936, siguiendo los pasos del Gobierno de la República, Manuel Chaves Nogales abandona Madrid camino de Valencia. Demócrata convencido, poco le importa entonces saber el resultado final de la Guerra Civil, saber, como él dice, «si el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras». Ya en Valencia, la efervescente Valencia de Dos Passos, Hemingway y José Robles, minuciosamente narrada por Pisón en Enterrar a los muertos, prepara Chaves su viaje a Francia. Difícilmente podía imaginar que sólo cuatro años más tarde tendría que volver a abandonar una capital, París, asediada entonces por el ejército nazi. Las biografías de los años 30 y 40 del siglo XX están repletas de maletas, hatillos, trenes, barcos y pasos fronterizos. Un general movía sobre el mapa de Europa una división blindada y, como consecuencia, centenares de personas se embarcaban en Marsella rumbo a Argel. Una radio emitía el airado discurso de un dictador y otros cientos se embarcaban en Lisboa rumbo a Nueva York. De Baltimore a Valencia viajó José Robles. De París salieron Benjamin, Zweig y Chaves. En Portbou, Petrópolis y Londres, respectivamente, terminarían sus viajes. Todos morirían sin conocer el desenlace de la guerra.

Hace unos días, durante una sobremesa familiar, quise contrastar algunas teorías de Manuel Chaves con uno de mis numerosos cuñados, estudioso infatigable de estrategias militares. Sus datos no coincidían del todo con los registrados por Chaves Nogales en La agonía de Francia. Pero mi cuñado cuenta con la bibliografía extensa que, sobre este tema, se ha ido acumulando durante los últimos 70 años, mientras que Chaves Nogales se basaba en su propia experiencia parisina, en sus entrevistas con los protagonistas del momento y en la prensa de aquellos días, prensa considerablemente intoxicada por los distintos aparatos de propaganda.

El libro de Chaves Nogales tiene el valor de la narración en directo, de las notas tomadas, por ejemplo, tras reunirse con el ministro del Interior en Burdeos que ya adoptaba sus últimas disposiciones antes de ser detenido, o con un oficial reaccionario que valoraba maravillado la disciplina militar de los reclutas comunistas, o con el pintor abstracto movilizado por el ejército y obligado a pintar “algo divertido y patriótico”, o con la gran dama que, disgustada, arrugaba la nariz al ver su castillo del Loira convertido en albergue de refugiados. Y también con la artista del music hall, con el soldado que parte hacia el frente, con el agente estalinista. Notas apresuradas tomadas en su habitación de Montrouge, en los arrabales de París, con el tamtan guerrero de fondo, preparando de nuevo las maletas, o en la cubierta del contratorpedero británico, viendo serenamente convertirse la tierra de Francia en una línea azul, y esperanzado a pesar de todo:

Era la segunda patria que perdíamos. Pero la catástrofe de Francia, como la de España, no era la derrota definitiva. Era sólo una nueva etapa dolorosa de una lucha que no tiene patrias ni fronteras […] El mar abierto nos mostraba sus rutas innumerables.

La mirada de Chaves Nogales recorre todos los ámbitos y todas las clases sociales, para redactar una guía de las codicias, corruptelas, debilidades, cobardías y utopías totalitarias, que según él, empujaron a Francia a un armisticio con la Alemania nazi. Tan pronto nos describe una panorámica del caos de la gran ciudad previo a un bombardeo, como nos sitúa en la barra de un bar de los alrededores de la Ópera frente a una jovial inglesa del Servicio Auxiliar Femenino. Es en esas instantáneas donde Chaves muestra sus mejores armas, resumiendo en una sola imagen un hecho histórico de gran magnitud. Así describe la llegada a París del ejército alemán:

Mientras en el camino de París a Tours cien mil autos apelotonados marchaban lentamente, tropezándose, empujándose, y quedándose atascados en las cunetas con esa morosidad y esa confusión terrible de los grandes éxodos, los primeros destacamentos alemanes que entraban a París estaban formados por agentes de la circulación que se pusieron tranquilamente a regular el tránsito. París fue conquistado por los agentes de la porra. El último automóvil fugitivo que salía de París tuvo que desviar su ruta en la Puerta de Saint Cloud porque un agente de circulación hitleriano maniobrando las señales luminosas del tráfico había puesto el disco rojo en el cruce para dar paso a los carros de la primera división motorizada alemana que entraba al asalto de París. […] En la puerta de Saint Cloud un guardia de la circulación había sido sustituido por otro. Eso es todo.

F. Sanfélix 

 

 






NARRATIVA   ISSN 2171-9985
Núm. 10
10.08.2010
De qué hablo cuando hablo de correr.

Haruki Murakami. 
Tusquets. Barcelona, 2010.
230 páginas – 17 €. 

Escribió hace tiempo F. Sanfélix en este espacio sobre Haruki Murakami. Fue entonces cuando descubrí a este escritor. Descubrir de saber que existía, no descubrir de leer sus libros. ¿Incultura? Seguro.

Algo, sin embargo, comparto con Murakami y es la afición a correr. Esa afición él la plasmó en un libro titulado De qué hablo cuando hablo de correr, libro que, no hace mucho, F. Sanfélix me prestó. Y cuando te prestan un libro con interés hay que leérselo.

No tenía excesivas ganas de leérmelo por varias razones. Conozco bien el mundo de la carrera continua y no tenía demasiada confianza en el planteamiento del asunto. Pensaba que el autor podría establecer relaciones extrañas entre el correr y la dimensión espiritual del ser humano. O tal vez buscar trasfondos etéreos y profundos en lo que no deja de ser pegar coces contra el suelo. O tal vez, algo a lo que somos muy aficionados todos los corredores, recurrir constantemente a la épica y a la grandilocuencia para contar experiencias, carreras o similares. O quizás abrumar al lector con datos, ritmos, distancias, promedios, pulsaciones y tiempos.

Pero no. El propio Mukarami (alguien bastante huraño y poco dado a los alardes públicos) reconoce que este libro son unas memorias que, tomando como hilo su afición por el correr y la preparación para un maratón, le permite recordar su vida, de acuerdo con su descripción, como corredor, como novelista y como ser humano. Y lo cuenta de manera muy sencilla y muy amena, con mucha naturalidad, sin darse ninguna importancia. Me han gustado especialmente los capítulos dedicados al ultrafondo y al triatlón, a los problemas al enfrentarse a disciplinas nuevas, a retos nuevos y casi desconocidos. Me ha gustado el libro. Me ha gustado bastante. Como corredor me he sentido familiarizado en muchos fragmentos, con muchos de los detalles. Pero, sobre todo, este libro me ha gustado no como corredor sino como lector. Es un libro sobre correr pero no para corredores. Es un libro para leer siendo leer un sinónimo de disfrutar.

Balbino López Bouzas 

 

 
 






ENSAYO   ISSN 2171-9985
Núm. 10
28.07.2010
Sombrero y Mississippi.

Ray Loriga. 
El Aleph. Barcelona, 2010. 
140 páginas – 18 €. 

«Nosotros no somos el asunto de la literatura pero el asunto de la escritura es, en cambio, asunto nuestro». Ray Loriga siente, desde siempre, atracción por la escritura; un afecto casi pasional que le lleva a consumir obras maestras y a apuntar frases como ésta en un cuaderno de notas.

Sombrero y Mississippi, su último trabajo, nace de esta inclinación, de este gusto por el contenido y por la forma de la escritura, por sus técnicas y sus trucos. Loriga nos muestra con él su colección, un álbum repleto de estampas que contiene las herramientas que le han servido durante sus más de veinte años de escritor. Necesité esto, aquello y lo de más allá. Perfecto. Pero como cualquier niño que atesora sus cromos amontonados y sin pegar en el álbum, no se da cuenta de que sin el orden y la nota al pie que corresponde a cada uno de ellos, cualquier neófito está perdido. Sombrero y Mississippi está lleno de cromos sin ordenar: Twain, Beckett, Unamuno, Cervantes, Valéry, Santa Teresa o Vila-Matas se unen a una lista completa de nombres que más parecen querer conformar un canon literario que argumentar ninguna tesis.

Porque si lo que Loriga quería era exponer un texto en el que claramente descubriéramos su trabajo desde dentro, los elementos que lo conforman, ¿no habría hablado de un modo abierto de cómo cruza novelas o mezcla estructuras? ¿no habría, también, citado sus influencias musicales, cinematográficas y televisivas?

Sombrero y Mississippi no es pues un ensayo, no argumenta, no concluye; más bien se presenta como una serie de notas personales (de frases cortas y sencillas, aunque alguna de ellas se atasque) de entre las que se puede adivinar alguna técnica, algún truco del que se desprende cierta manera de trabajar. La literatura es representación, es escenario, tiene su propia escala y hay que saber ajustarla. Loriga se convierte así en un buen lazarillo para todo aquel que quiera iniciarse en el oficio de escribir y en un experto guía a la hora de descubrir que todos los escritores forman parte de una tradición.

«Todos los escritores reconocemos miles de influencias, pero siempre le tememos al verdadero padre. Ahora que ya casi no me queda nadie, muerto Bukowski y muerto Carver, tengo la obligación moral de abrir mi maleta y empezar a sacar de ella todos los trajes que no son míos. No para devolverlos, sino para enseñarlos con orgullo antes de robarlos para siempre».

Juana Casimiro





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