DON ENRIQUE

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ISSN 2171-9985
Núm. 10
30.08.2010 |
A – «A partir de ahora todos los libros serán digitales» – leyó en voz alta.
B – …y los pechos no serán sólo manoseables, sino hipertextuales también.
A – ¿Por qué siempre que te hablo de libros tú me hablas de pechos?
B – Cada cual ancla su fe en el puerto que más le atrae... fetichismo.
A – Cabría distinguir los medios y los fines, ¿no crees? El libro es un arma milenaria. La forma en que esté hecho ya es otra cosa. Mira los papiros.
B – Me parecen complicados de leer: tengo que aguantar todas las esquinas para que no se enrollen, como me dijo una bella madeimoselle anoche antes de que inciara la escalada en las faldas de su montaña.
A – ¿Ah sí? ¿Y cómo estuvo?
B – Cuando llegaba a cima, me extrañó ver a más gente por allí.
A – ¿Tibetanos?
B – Puede ser... La usabilidad tiene estas cosas. Se le dan tantas facilidades al usuario que después hay overbooking. A uno incluso le vi HTML en la mirada.
A – ¿Cuándo fue la última vez que leíste?
B – Anoche. Te lo acabo de contar.
A – No, me refería a…
B – ¿A qué? ¿Aventura, drama, comedia? Miradas furtivas, poco espacio, una tercera le desabrochó el sujetador...
A – La verdad es que no sé para qué tendrías que leer, si ya tienes dulces noches de sueños cortos…
B – Pero, ¿no crees que el libro se está quedando corto, que tiene muy pocas “D”, que lo multimedia lo va a superar?
A – Al igual que el cristianismo, es la ideología que más ha resistido. El libro es la herramienta que más perdura como llave al conocimiento…
B – La parisina sí que me hizo un par de llaves… aunque ahí perdí el conocimiento.
A – No sé si por efecto del capitalismo o por algo anterior hobbesianamente innato al ser, el caso es que siempre hay mucha competitividad en todo.
B – Explícate…
A – En vez de concebir la suma de formas y accesos de cultura, nos empeñamos en buscar cuál triunfará: ganará el cine, la televisión, la radio ha muerto, la novela está en crisis…
B – El mercado y la moda establecen los top ten, es algo inevitable.
A – No, todos son complementarios. Igual que el porno no ha acabado con el sexo.
B – Una imagen vale más que mil gemidos.
A – Odio las frases como ésa. En general, todos los emparejamientos automáticos.
B – Ella no te dejaría por una boda concertada…
A – No, me refería a: ¿marco? incomparable; ¿depresión? de caballo... Claro que era una boda concertada, estábamos cenando y vinieron los suegros con pasamontañas y el camión.
B – Pasemos página. ¿Por qué no te gusta la frase de “más vale una imagen que mil palabras”?
A – Por el “vale”. La información es poder, el poder es dinero. Sí, vale, lo sé… Pero depende de la obra no del medio, entiendo que es mejor un Rembrandt que un texto de Paquirrín…
B – Ahí no creo que hubiese discusión, ni siquiera con Paquirrín. Y por cierto, ¿el libro analógico no era digital?
A – Para que sea digital tiene que tener botones. ¡Ah!, y prolongar tu miopía. Las pantallas no están pensadas para leer de cerca. Y a mí me cuesta mucho leer de lejos. Esta es la generación de la miopía, más que de lo digital.
B – Anoche la francesa también me dijo que era poco digital…
A es doctor en Filología por la Universidad de Massachussets y, como hizo un cursillo de CCC de cóctel y combinados, era el que preparaba los gin-tonic.
B es licenciado en periodismo por la Universidad de Burkina-Faso y ésta fue la primera vez que ligó por el Barri del Carme de València.
Israel Pedrós
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FILO OCULAR |
ISSN 2171-9985
Núm. 10
26.07.2010 |
Los términos kafkiano y dantesco están recogidos en el Diccionario de la Real Academia y son de uso muy frecuente. Cada vez que escucho a alguien emplearlos me suelo acercar y preguntarle su opinión sobre Dante o Kafka, los libros que ha leído, su impresión sobre los autores y sus textos y la influencia que ha tenido en su vida. Queda muy bien decir kafkiano o dantesco y me gusta averiguar si detrás hay algo o, por el contrario, pura fachada.
Yo el término dantesco nunca lo empleo. No he leído a Dante y no me creo con derecho a utilizarlo. Tampoco digo nunca kafkiano aunque quizá podría. Y digo quizá porque algo de Kafka sí que he leído. Leí unos cuantos relatos cortos y El proceso. Cuando terminé este último me quedé un rato pensando.
–¿Te ha gustado, Balbino? –Pues creo que sí. –¿Has disfrutado leyéndolo? –Pues creo que sí. –¿Cómo que crees? ¿De qué va este libro? –Pues creo que es una metáfora de la alienación que sufre el individuo frente al colectivo, pero sólo lo creo. Si alguien llega y me dice que no me he enterado de nada, que realmente este libro es un recetario de cocina o un tratado de botánica me lo creeré, así que ¿qué quieres que te diga?
Por eso nunca digo kafkiano, porque realmente no sé lo que significa. Si alguno lo sabe que me lo explique. Le quedaré muy agradecido.
Balbino López Bouzas

Dijo Paul Eluard que «el futuro era azul como una naranja». Y todos los periodistas deportivos, tan fanáticos siempre de la poesía, corrieron a adaptar el verso a la realidad: ¿cómo no le iba a ganar España (azules) a Holanda (naranjas)? No acostumbro a ponerme sociólogo, pero tal vez esta final futbolística haya sido un síntoma más de este tiempo, la prisa, visibilizada en ese ansia por predecir el resultado, por avanzarse al tiempo en vez de pararse a disfrutar del devenir del juego. Fíjense sino: en este mundial no hemos confiado en los profetas habituales, Aramis y Rappel, si no que hemos confiado en una tapa guiri (¿alguien ha pedido alguna vez en un bar pulpo teutón?; ¿quién prefiere las salchichas a los cachelos gallegos?).
Cantaba Dylan que The Times They Are a-Changin. Y comprobamos que el fútbol se ha convertido en el pragmatismo del mercado: lo importante es el resultado, no el juego. Dudo que los brokers y sus ideólogos se escuden en Maquiavelo para concluirlo. No profundizaremos ahora y menos sabiendo que el dinero dicta este juego: es como si fuésemos al cine a ver una película de intriga y nuestra acompañante fuese adelantando la película desde su inicio constantemente hasta confirmar que el mayordomo es el asesino. Por eso los aristócratas del balón (dudo que alguien pueda seguir llamándolos obreros) decidieron subirse a un autobús debajo de un travesaño. Y los italianos contagiaron su antifútbol al resto de equipos, incluso a la canarinha, y los tulipánicos inventores del juego bonito desdeñaron a su Cruyff para convertirse en discípulos de Van Damme. El único filósofo del que me fío, Rubianes, decía que dentro del balón tenía que haber droga porque sino no entendía por qué veinte tíos en calzoncillos lo perseguían. Si me disculpan, lo rebajaré a caramelos pensando que una vez en el juego los futbolistas debieran ser chiquillos ávidos de tocarlo; pero en este mundial ha habido muy pocos niños y uno de ellos, lógicamente, fue el Gusiluz.
Dicho todo esto, busquemos ahora la literatura en este evento. Primero tropezamos con la patria y la política; en fin, cada uno es libre de enamorarse de quien quiera, pero decir que es un acto espontáneo… pongan un partido a las 2 de la mañana y no lo anuncien: eso es fidelidad. Después viene la antropología, que es la manera inteligente de llamar a la estupidez humana. En un Estado que se está automutilando en pos de la banca y exige sacrificio a sus ciudadanos y a 4 millones y medio de parados, se decide primar con 2300 millones de pesetas (claro que son antiguas, ¡soy viejo ya!) a unos y se les dice a todos los demás que salgan a la calle y que se aprieten el cinturón para darles un humilde incentivo a gentes que les cuesta llegar a fin de mes... Sólo me viene ahora el aforismo de Fernán Gómez. Pero si les protestas con algo así, te recuerdan la riqueza que genera el triunfo. Salgan ahora al balcón, lancen todos sus ahorros, y esperen felices a asistir a la dinamización del consumo: ya tendrán suerte sino abaten a una paloma o la calva de un viandante keynessiano.
Obviemos el racismo de Cuatro (curiosamente la cadena más progre), el waka waka y las resonancias históricas de una final dirigida por De Boer, un balón de playa y el descubrir que los errores arbitrales son la salsa del fútbol (hasta casi llegué a pensar que estaban guionizados). Finalmente, estalló un acto espontáneo (lo creo sin especular). Tal vez Quijote buscaba a su Dulcinea para celebrar la batalla, para erigir un beso contra páginas y comentarios. Al margen de las derivadas pasteleras resultantes, si se fijan, se intentó elegir a los mudos como héroes (Del Bosque, Iniesta..), para poder hablar más los medios. El beso es la mejor arma para la rebelión, pero sólo sino se añade nada, si hay silencio. Contaban que Cruyff después de hacer un mundial sensacional no fue al siguiente aduciendo que no podía estar un mes sin su familia. Así que no abusen de las metáforas, ya surgirán. Y si el beso se hubiese invertido piensen si la reacción hubiese sido la misma. Al fin y al cabo, también ha sido el mundial de la misoginia; como si no fuese más fácil decir que las retransmisiones de Telecinco son pésimas en todos los sentidos. Así que algo de épica, con Puyol y prórrogas, algo de Austen, con el beso, pero en general más novela aburrida de metro que otra cosa. Y encima lean con una vuvuzela encima…
Israel Pedrós
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