¿Hay literatura en los mapas?

imagen seccion Israel Pedros

ISSN 2171-9985 Núm. 19 (13.05.2013)

Un miércoles, cuando era pequeño, trajeron a clase un globo terráqueo, pequeño y polvoriento (Mafalda seguro que hubiese añadido alguna sinécdoque lúcida) y, por turnos, nos examinaron para que hallásemos un país o un océano.

Mis compañeros no le hicieron mucho caso a ese balón azul de plástico porque estaban muy nerviosos escondiéndose y disimulando para que no les hiciesen salir. Y, aunque yo tampoco me sabía bien la geografía, no podía pensar en repasar porque estaba boquiabierto ante aquel artilugio. No recuerdo qué país asiático me preguntaron, pero sí que la profesora se enfadó conmigo porque no podía parar de darle vueltas y más vueltas. Al fin y al cabo había descubierto otro mundo. Porque el mundo que teníamos hasta ese día era un póster desplegable donde nunca cabía Australia. Era extraño porque cuando oíamos hablar de que los rusos y los americanos podrían empezar la 3ª Guerra Mundial pensábamos que nos pillarían en medio porque el otro camino sería ir más allá del mapa y trepar por la pizarra hasta la puerta para, después del rodeo, entrar por la ventana. Sin embargo, en el globo terráqueo todo pillaba mucho más cerca.

En suma, estaba aprendiendo que un mapa también es un relato y que se puede contar de principio a fin, o en movimiento. Y, sobre todo, que no hay un único centro desde donde ver el mundo: que las cosas te queden al este o al sur depende de ti y no del mundo. No es una lección que le guste al ego, pero sí a los oftalmólogos del pensamiento, que pueden corregir o añadirte otras miradas. No hacía falta llegar a construir una Rayuela ni nada parecido, pero cuando tiempo después alguien me habló de cómo Pulp Fiction había sido capaz de darle vueltas a su historia, a su globo; o de cómo La Colmena de Cela lo había hecho tiempo atrás –aunque jamás entendí bien si era con intención de fotografía poliédrica o como proselitismo rancio o, cuanto menos, kitsch–, incluso la magia del globo me llevaba a creer que la relectura no existe literalmente, ya que cuando le das una vuelta nunca puedes volver a empezar por el mismo principio sino, como mucho, por uno parecido.

Tiempo después el responsable de Canal 33 me ratificaba la importancia del contexto diciendo que, en un informativo infantil que emitían, una de las cosas que siempre hacían cuando daban una noticia internacional era no empezar desde el país en cuestión sino visualmente volar desde su lugar hasta allí, para situar mejor a los niños telespectadores (alguna vez tendremos que reflexionar sobre si nuestros telediarios realmente son para adultos, pero eso es otra historia…). La importancia del contexto y del marco me parece muy importante no sólo para aprender más, sino porque es bueno recordar que existe algo más al girar la calle, y que los de las islas Canarias no viven al revés y apretados bajo de los mallorquines sólo porque los de Planeta o Anaya quieran optimizar las medidas de un mapa.

Hagamos un ejercicio y detengámonos a pensar cómo buscamos un lugar cualquiera en nuestro día a día. Si utilizamos un buscador de Internet, seguramente nos dará el lugar al que vamos y la manera más rápida de llegar a él. Y está bien que sea así, porque una cita con un cliente o una damisela que nos espera con un volumen de Anna Karenina no entenderían nuestra demora, por mucho que aduzcamos que la excusa es el saber. Pero pensemos en los viajes por placer, en los paseos de atardecer o, sencillamente, en si sabemos realmente dónde estamos.

Finalmente quiero añadir que, como apuntó el título hace un rato, y aunque no lo parezca, todo esto tiene que ver con la literatura. Al fin y al cabo, si ampliamos el escenario tendremos mejores historias y menos autobombos previsibles o repetitivos y conoceremos otros mares del sur donde navegar. Aunque el globo al que yo le daba vueltas de pequeño después me cabreara porque no tuviese también la posibilidad del movimiento vertical, ahora veo que los hay incluso con luces y con mando a distancia.

Y no querría terminar sin contradecirme un poco ya que el hecho de perdernos también es una aventura de lo más literaria. Piensen en aquél argumento que dio hace unos meses el Presidente de la Xunta de Galizia, que no recordaba donde había estado, que no recordaba si era Andorra o los Picos de Europa, pero sí que había mucha nieve… Tomando literalmente la historia, podría llevarnos a pensar en Twain y sus épicas entre aludes, o en el abominable Yeti… Pero si le damos alguna que otra vuelta al mapa podríamos otorgarle el Nobel al dramaturgo que construyó el argumento para obviar una relación con los narcóticos y con unos personajes hijos de la jerga como son “no recordar”, “mucha nieve” y “picos”… en fin toda una novela con alijos y yates que huyen de la policía: de lo más seductora.

Israel Pedrós Pastor

 

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