¿Hay literatura en las comidas?

imagen seccion Israel Pedros

12.05.2015

Es difícil leer mientras se come. Necesitaríamos que alguien sujetase el libro y pasase las páginas cuando viera que nuestros ojos vuelven a mirar el vértice superior izquierdo. Los dispositivos digitales nos ofrecen la ventaja de poderlos apoyar sobre la mesa a página puesta: así, con un ligero meñiqueo, somos capaces de pasar las hojas al mismo tiempo que destinamos una mano, o ambas, a la cubertería.

El periódico en papel ya intentó solucionar el problema, pero se topó con un problema de envergadura: o nuestras mesas eran muy pequeñas o lo eran nuestras manos. Por otra parte, como cada vez tienen menos intriga, hay que probar suerte constantemente en la siguiente página, algo verdaderamente incómodo.

Pienso que lo mejor para comer es algún libro de aforismos metafísicos: permiten relajar la espalda entre relectura y relectura y, al incitarnos a lanzar repetidas miradas al vacío, dejamos de estar cabizbajos; lo malo es que, en los bares pequeños, hay que dosificar la profundidad de la mirada ya que los vecinos de mesa y las camareras están tan cerca que podrían asustarse. Los libros de poesía también están muy bien, tanto los que tienen versos cortos −con los que actuamos del mismo modo−, como los más largos y poblados de metáforas que permiten distraer nuestro paladar con imágenes más golosas en los bares que no tienen menús muy suculentos.

Para las citas impostadas lo mejor es un buen atlas o un libro de fotografía, ya que al colocarlo en vertical en medio de la mesa levantamos un muro de Berlín que sólo sorteará el camarero si se ha cometido el error de pedir tapas para compartir. Los mejores, en esos casos, tal vez sean los de Chema Madoz porque, además, te invitan a viajar con la imaginación a un chiringuito de alguna cala exiliada de las concejalías de urbanismo.

Paro los casos en los que, además de leer comiendo, lo hacemos en trenes, les aconsejo tener a mano novelas de misterio malas, de esas que se enredan mucho y se enmarañan hasta que encuentras el hilo porque gracias al traqueteo se entienden mejor. Eso sí, ya les aviso que tanto el final del libro como el tupper con tallarines se los comerán de golpe en cualquier frenazo.

Israel Pedrós Pastor