¿Hay literatura en la corrupción?

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ISSN 2171-9985 Núm. 22 (24.09.2014)

El robo siempre ha sido, y es, una trama recurrente, una tentación y una aventura golosa: el pergamino de una declaración de guerra que algún mosquetero espadachín rescataba a tiempo; la obra de arte que fascinaba a un ladrón movido por un coleccionismo pictórico más que por el síndrome de Diógenes en la cuenta corriente. Alguna vez hemos visto a un Peter Sellers torpe, pero generalmente el relato ha fundado su atractivo en la precisión y en la capacidad de sortear sistemas de vigilancia sofisticados. Lo importante siempre es la peripecia, no el móvil del acto.

Robin Hood apareció para invertir la realidad, legando a los pobres los bienes de los ricos; pero era más un mito que un relato, al fin y al cabo nadie lo había leído, y los que sí lo habían hecho no querían ver que lo hacía era mediar entre un Juego de Tronos perdiéndose por los bosques, jugando a médicos arqueros con Lady Marian o cantando con Keats la nostalgia bandolera:

porque él dejó el alegre cuento,
emisario de aromática cerveza.*

Nos perdimos en la batalla, con cien cañones por banda, sin saber si lo de los piratas era un oficio o un bando político, igual que nunca supimos si los tesoros de John Silver habían caído del cielo o de los carromatos del colonialismo. Dickens, por otra parte, sí que empezó a contarnos los tiempos difíciles, a describir las razones del robo ―aunque una vez cada dos capítulos los rateros de la moral le vaciaban los bolsillos para luego jugárselo en páginas llenas de huérfanos y viudas en rellanos de lágrimas―.

Hace tiempo que en las novelas ya no se reivindican grandes historias. Allá por el siglo XX, aún se narraban maravillosamente los tristes destinos y las luchas que ocurrían en el jardín trasero de los grandes faros que se alzaban. Cómo no recordar la contundencia de Tom Jodd en las uvas de Steinbeck. Y Brecht rememorando los cimientos emprendedores de Tebas. Pero se nos convenció de que había una dicotomía maniquea: por un lado el robo atroz y violento en ambientes marginales y por otro los gentleman de guante blanco que no perpetraban robos sino gimnasias inteligentes ―lo vemos incluso en novelistas negros como Chandler que, empeñado en que sus detectives sintiesen remordimientos en largas noches pasadas con las hermanas de los Karamazov, hacía que terminasemos olvidándonos de sus casos (menudas eran de flexibles esas réplicas y esas moscovitas)―.

Por aquí nos hemos olvidado del robo hasta que en la calle ha florecido una performance que dibuja carteles con alevosías de embutido y sarcasmos tan finos que, recorriendo la manifestación, les da tiempo a acudir al confesionario a buscar penitencia cada dos chaflanes. El telediario y la prensa, a su pesar, nos dan esbozos de la “gran novela del siglo”, pero aún hoy, aunque germina algún imperativo, se malgasta la tinta en haikus y aforismos.

Considero que Félix Millet es el mejor personaje que ha dado la literatura y el que mejor ha confirmado el célebre adagio: «la historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como comedia». Félix es un hombre hecho a sí mismo, que se ha ido alzando desde la nada ―al igual que Botín― desde hace unas seis o siete generaciones. Félix, después de apropiarse de los presupuestos públicos del Palacio de la Música (algo que sentía tan propio que decidió casar a una hija allí), apeló a la justicia para conseguir que el consuegro pagase su mitad del banquete (aunque él ya había decidido que los ciudadanos corriesen con la cuenta). La literatura, desgraciadamente, pone la mirada en el tópico que atribuye la codicia a la geografía y no a la clase, busca a un padre poco amoroso, se pregunta si el alma es corruptible o no, o socializa la culpa con el “quien no lo haría”, pero no se ocupa del acto, de quién lo hace o en qué circunstancias. Mientras tanto el Coronel Aureliano Buendía, antes de promover treinta y dos guerras y perderlas todas, trató de fundar una ciudad geométrica, donde cada casa y cada calle robase la misma luz al sol.

Tendrá que haber novelas de piratas que pongan a los Aurelianos y a los Félixes a espada en proa. Y Lady Marian tendrá que exiliarse del castillo robado y deberá pronunciarse. Igual que la literatura, que tendrá que buscar nuevas tramas, desvelar nuevos robos, por ejemplo apostando por el sufragio censitario inverso. Roben este texto, pero, por favor, no lo califiquen de populismo sin antes mirar a los ojos a Alí Babá.

*Poema completo “Robin Hood”

Israel Pedrós Pastor

 

! Comentario

  1. herminia's Gravatar herminia
    24/09/2014    

    Indudablemente el robo produce literatura. magnífica reflexión, como siempre, de la relación de la literatura con la vida …eso sí, esta vez no se deja títere con cabeza.

    Me gustan estos textos.

  1. ¿Hay literatura en la corrupción? | Apocalipsis, la Nau on 13/10/2014 at 6:10 pm
  2. Índex d’articles a Cuaderno10 d’ Israel Pedrós | Apocalipsis, la Nau on 13/10/2014 at 6:45 pm

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