En garde y con la mosca detrás de la oreja

imagen seccion Israel Pedros

ISSN 2171-9985 Núm. 20 (08.07.2013)

La tarde empezó con la aventura de la matemática del tiempo*. Leía a Pla con satisfacción. Me creía muy inteligente porque conseguía leerlo entre líneas, aunque después descubrí que no era cierto sino que era un efecto del traqueteo del metro. De repente, pasaron dos armarios fosforescentes. Oculté el libro porque creí que venían a por mí y bien es sabido que las fuerzas del orden y la lectura no han tenido jamás ningún romance. Pero pasaron de largo y pude leer en unas mayúsculas gigantes: «Guarda de seguridad». Una mosca y yo empezamos a dudar juntos si en alguna otra ocasión habíamos visto «guardia». Llamé a mi filóloga de cabecera, pero tampoco di con ella porque insiste en que las llamadas internacionales salen caras. Por suerte, la mosca de detrás de mi oreja cogió el móvil para consultarlo.

No consiguió salir de la duda porque había muchas acepciones, pero me avanzó que ‘guarda’ podía ser jurado o ángel, pero no de seguridad porque eso obligaría a que fuese ‘guardia’. Al fin y al cabo la diferencia estriba en lo activo o pasivo de sus acciones, ya que el guarda tiene que vigilar, atender y tutelar pero el guardia, sin embargo, tiene que intervenir para asegurar que se den seguridad y orden… por eso hay guardias de seguridad, guardia civil o guardias de Corps, por ejemplo.

De ser veraz el párrafo anterior, el que los encargados de la tutela ni siquiera hubieran conseguido asegurar un nombre correcto a sus espaldas no hablaba bien de ellos. Sería como aquellos que, diciéndose camareros, no tienen la cerveza fría en sus bares: ¿para cuando un código deontológico que los pueda inhabilitar? En España este abismo entre imagen y sustantivo se da habitualmente; véase por ejemplo como el jefe de nuestro ejército va en muletas, que a no ser que le presupongamos mucha compasión al enemigo no parece que sea un elemento muy disuasorio, por muy napoleónico que quieran disfrazarlo.

Tenía prisa porque después había quedado en la cafetería de un ateneo. Aunque estos edificios remiten a la historia, yo los veía como un homenaje a la belle époque, pero en la entrada el vigilante modificó la evocación:

— No puede entrar en pantalón corto. Son cuestiones de decoro…
— Por principio, los días que el termómetro marca 37 grados y viento de poniente me dejo la levita y el sombrero de copa en palacio.. — le respondí.

Mientras el individuo me mostraba que no era fan de mi ironía, traté de averiguar si ese hombre de edad avanzada era un ‘guarda’ o un ‘guardia’. La mosca ya había volado. Así que permítanme que les formule una pregunta mientras les expongo mi tentativa de respuesta.

Está claro que desde la perspectiva del escenario hay un desbordamiento de libertades con su consiguiente traspaso de competencias de las normas protocolarias a los ciudadanos para que estos opten por su decisión individual, respetando unos mínimos (no entrar en pelotas, por ejemplo). Hay alguien que quiere preservar las normas pretéritas (desconocemos si el sistema político también) y podemos pensar que es la institución o el hombre de ahí. En cualquier caso, el hombre vigiló para que perviviese el pasado, pero a pesar de una leve letanía me dejó entrar, por tanto sería tan sólo un ‘guarda’, porque un ‘guardia’ debiese haberlo impedido, bloqueándome el acceso de cualquier manera o cosiéndome unos camales que tapasen mis revolucionarias pantorrillas.

Horas después me reencontré con la mosca y entre gin-tonic y gin-tonic divagamos si en la literatura hay ‘guardias’ y ‘guardas’. Concluímos que, a veces, en los libros preferiríamos más índices y más bloques, para poder ir por las calles que nosotros quisiéramos y no tener que ir en la procesión que encabeza un personaje o un narrador. Y les animo a que, de vez en cuando, desafíen en su lectura a esos guardias jurados de la ortografía, las comas y los puntos: muchas veces los autores creen que todos disponemos de inmensas capacidades torácicas. Eso sí, aunque me acusen de conservador respétenme las tildes y sancionen a cada periodista que diga Ártur y no Artur, aunque quisiesen que el presidente catalán fuese de Liverpool.

(*Nota para los que no vivan en Valencia: el horario del metro se ha modificado y ahora exige acertar 1 ecuación con 2 incógnitas, 1 algoritmo y no dejar de mirar de reojo la desviación típica).

Israel Pedrós Pastor

 

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