javiermarias.es blog
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El escritor español Javier Marías sostiene que “los políticos mienten” en cuanto tienen un micrófono delante por lo que, para descubrir cómo son realmente, debe atenderse a lo que dicen “cuando creen que nadie les escucha”.
En una entrevista publicada hoy por Der Tagesspiegel, Marías alude así a las declaraciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, que llamó “hijo de puta” al ex presidente de la Comisión de Control de Caja Madrid, Fernando Serrano, en una conversación captada por un micrófono abierto.
“Esta mujer es una grosera. Horrible”, señala el autor de obras como Todas las almas y Tu rostro mañana, quien insiste en que Aguirre no sólo se representa a sí misma sino también a la Comunidad de Madrid.
En su opinión, no es válido el argumento de la popular de que se trataba de una conversación privada, pues es en ese tipo de comentarios particulares en los que se “descubre cómo son realmente” los políticos.
Marías, que acaba de sacar a la venta en Alemania la edición germana del tercer volumen de Tu rostro mañana (Dein Gesicht Morgen), critica las “constantes obras” a las que permanentemente se somete a la capital española. “La ciudad es un caos, una broma, que desde hace veinte años sufre obras sin sentido”, lamenta.
Sostiene que los “negocios” desempeñan un papel importante ya que todos los que participan en la obra “ganan” cuando se levanta una calle, pero “a costa de los ciudadanos y de la vida de la ciudad”.
El autor de Negra espalda del tiempo, de 58 años, sostiene además que las procesiones de Semana Santa son un “espectáculo deprimente” que vuelven “casi imposible” trabajar y vivir en el centro de la ciudad, algo que tilda de “absurdo” en pleno siglo XXI.
Marías recuerda que, en su infancia, esa época era un tiempo “horrible para los niños” puesto que no se podía cantar, en la radio sólo se emitía música y la televisión sólo programaba películas de contenido religioso.
Afirma además que durante la Semana Santa reina en Madrid una “atmósfera intolerante” hacia quienes pretenden sortear los festejos y describe la iconografía de las procesiones de “inquietante”.
Terra/EFE, 28 de marzo de 2010
La entrevista en Der Tagesspiegel
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Escena séptima. También habrán comprobado cómo una de las cosas más sencillas y rápidas a la hora de comprar algo ?pagar?, se ha convertido en la más enrevesada e inacabable, lo cual explica las enormes colas ante cualquier caja registradora. Antes la gente sacaba unas monedas o unos billetes, los entregaba, recibía el cambio y se largaba sin más. Ahora la operación es complicadísima y eterna. La dependienta pasa el objeto adquirido varias veces por un hueco, para desmagnetizarlo y que no pite al salir; luego lo pasa por otro sitio para que su código de barras sea leído, por lo regular sin éxito, por lo que al final ha de teclear unos números extraños que antes debe consultar. Después le arranca trabajosamente etiquetas con un cúter. A continuación pregunta al cliente si tiene carnet del comercio en cuestión, o de socio preferente, o de puntos, o no sé qué de doble cero, y como todo el mundo tiene algo, pasa el plástico correspondiente para aplicar descuento o acumular lotería o lo que sea. El comprador saca entonces la visa, la empleada le pide el DNI, aquél no lo encuentra; cuando por fin da con él en el fondo del bolso, a menudo la tarjeta no funciona. ?¿Tiene otra??, y vuelta a rebuscar. ?A ver, pruebe con esta?. Por fin la segunda es aceptada, y el cliente ha de desplazarse hasta una pantallita en la que debe firmar, pero la firma con frecuencia no se ve, así que a intentarlo de nuevo con pésimo bolígrafo. ¿Hemos terminado? En modo alguno. ?Es para regalo?, dice el comprador, y entonces se procede a envolver un escuálido CD con toda clase de lacitos y perifollos. No saben cuántas veces he dejado lo que llevaba en la mano al ver que me precedían tres o cuatro personas obligadas a pasar por este largo trance. Siempre pago en efectivo, eso que la gente ha olvidado y que en algunos países ya es hasta motivo de sospecha.
Escena octava. Si uno entra en una farmacia española, debe saber de antemano que se pasará media tarde allí. Es comprensible que alguien haga una consulta, del tipo ?¿Qué me recomienda para el dolor lumbar?? Lo que ya no lo es tanto, y sin embargo sucede sin cesar, es que el comprador de cualquier medicamento explique al empleado por qué lo toma y lo necesita, cómo y cuándo se lo administra, lo que le dijo el médico al respecto, el efecto que le hace o no le hace y cómo su prima, que también lo probó, le tenía intolerancia. Si uno aguarda su turno en una farmacia, es raro que no se vea obligado a escuchar un par de disertaciones más bien deprimentes sobre eczemas, o antiastringentes, o antidiarreicos, o sobre los diversos y originales comportamientos de un cuerpo en perpetua observación. No sé cómo no hay más suicidios en el gremio de los farmacéuticos.
Escena novena. Cada vez hay más individuos con perros por las calles de las ciudades. Si digo ?perros?, es porque ya es menos raro el sujeto que lleva dos o tres que el que tira tan sólo de uno, como acaecía antaño por lo general. Estos dueños de perros, habrán observado, se gastan unas correas flexibles que les permiten darles a sus animales cuanta cuerda necesiten, de tal manera que, entre los muchos chuchos y las larguísimas correas, ocupan la acera entera y la convierten en una trampa mortal para los transeúntes sin bicho. Uno tropieza, se cae, con el consiguiente alboroto canino, o bien queda enredado y atrapado en una madeja que en pocos segundos lo hará sentirse como una momia vendada y quizá embalsamada.
Escena décima. Si a esto añadimos que en numerosas ciudades, pero sobre todo en Madrid, el Ayuntamiento llena las calles de malignos obstáculos (aquí un quiosco descomunal, allí unos chirimbolos, más allá mil bolardos, cinco contenedores de tamaño gigante, ochocientos andamios, vagones de cascotes, torrecillas del metro, pivotes, papeleras que nadie vacía y que rebosan porquería que cae a los suelos, máquinas de barrer que emiten un espantoso ruido y levantan más polvo del que recogen, mimos odiosos, bandas de pseudomariachis y de pésimos músicos de jazz, por no hablar una vez más de las zanjas, socavones y vallas de las infinitas obras), caminar por ellas supone jugarse la vida, o por lo menos las piernas.
Escena undécima. Tal vez por eso, y porque se ha perdido toda traza de cortesía y educación, ya casi nadie cede el paso ni tan siquiera se ?estrecha? al cruzarse con alguien. La mayoría de la gente no se aparta ni desvía un ápice de su trayecto, como si los demás fueran invisibles, y lo normal es que, si no tiene uno la prudencia de hacerse a un lado, sea arrollado o reciba un topetón. No importan el sexo ni la edad de los peatones autómatas: lo mismo un joven con sus cascos de música que una señora gorda con su móvil al oído, nadie facilitará el paso simultáneo de dos caminantes, todos se limitarán a embestir.
Escena duodécima. También es cada vez más difícil adelantar a nadie. No se sabe por qué causa, una sola persona tiende a ocupar la acera entera, bien porque zigzaguea, bien porque se ?ensancha? inverosímilmente, a lo cual contribuyen no poco las abultadas bolsas que todo el mundo porta. Si ya van dos o tres personas juntas, taparán la calle durante minutos como una barrera infranqueable. Entre unas cosas y otras, yo suelo avanzar por la calzada, en permanente riesgo de ser atropellado por un coche y morir, lo más probable es que junto a un bolardo o a un perro que ladra. La verdad, no sé cuál preferiría que fuera mi última visión.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 28 de marzo de 2010
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El Festival Teatro Gayarre: Otras Miradas, Otras Escenas, de Pamplona, ofrecerá entre el jueves 29 de abril y el viernes 4 de junio 15 espectáculos, 8 de ellos producidos por la Fundación Municipal Teatro Gayarre bien en solitario o en colaboración con compañías locales. Hay 4 producciones internacionales, que llegan desde Italia, Argentina, Francia y Bélgica.
Uno de los objetivos principales de la quinta edición del certamen del Gayarre es lograr extender el ambiente de festival a toda la ciudad. De ahí la implicación del Palacio del Condestable, de la Escuela Navarra de Teatro, del bar Niza y, fundamentalmente, de los hoteles La Perla y Palacio de Guenduláin, que se convierten en “escenarios naturales” de dos propuestas bien diferentes.
La primera de ellas es El hombre sentimental, adaptación de textos de Javier Marías que firma Tomás Muñoz. Se verá los días 18 (19.30 horas) y 19 de mayo (18.30 y 21.00 horas) en La Perla, con capacidad para 40 espectadores por función. En un tren que le conducía de Venecia a Madrid para representar el Otello de Verdi, el cantante catalán León de Nápoles vio por primera vez a Natalia Manur, a su marido, el banquero Manur, y a Dato, un extraño acompañante. Días después, volvió a coincidir con este último en un hotel, donde el peculiar personaje le informa de la relación tan singular que mantiene el citado matrimonio, proponiéndole un acercamiento a la mujer. Cuatro años después, el cantante recuerda aquellos momentos, desvelando el inesperado desenlace de la historia.
Más información
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Las leyes se están metiendo cada vez más en terrenos pantanosos y en asuntos fuera de su alcance. En parte es por culpa de las actuales poblaciones, que, siguiendo como borregos el ejemplo de los Estados Unidos, desean que todo esté reglamentado ?cuando no todo tiene por qué estarlo?, y poder recurrir a instancias judiciales cada vez que les surge un conflicto, por menor que sea. Ante cualquier molestia o disensión, la tendencia de los ciudadanos es cada vez más a poner una denuncia de buenas a primeras, sin intentar ya casi nunca arreglar las cosas por su cuenta, o dialogar con los individuos con quienes se tiene el contencioso y llegar a un pacto razonable con ellos. Verbos como ?ceder? o ?acordar? están cayendo en desuso. La petición de delitos nuevos es continua, lo cual no es sino una manera de restringir las libertades y de penalizar casi todo, y por supuesto de acabar con la más mínima espontaneidad de la vida. Uno puede encontrarse con una demanda en cualquier momento, por causas en verdad inimaginables. No es raro que la gente se sorprenda al verse metida en un lío: ?Vaya, resulta que he infringido la ley, que he incurrido en delito o falta?, se dicen muchas personas, perplejas, cuando les llega una inverosímil denuncia o una citación. Uno ya no sabe nunca cuándo cruza la línea roja. Es muy difícil permanecer a todos los efectos dentro de la legalidad. Sin duda habremos delinquido tanto ustedes como yo.
Ahora el Gobierno ha remitido un proyecto de ley de reforma del Código Penal, que afecta a ciento cincuenta artículos. Uno de ellos es el relativo al acoso laboral y, según la información de este diario, ?se incrimina la conducta denominada de acoso laboral entendiendo por tal el hostigamiento psicológico u hostil en el marco de cualquier actividad laboral o funcionarial, que humille al que lo sufre, imponiendo situaciones de grave ofensa a la dignidad?. (Las cursivas son mías, y no está de más señalar que esta redacción está hecha con los pies: baste como ejemplo la expresión ?hostigamiento hostil?, como si pudiera haber alguno que no lo fuera. En fin.) Lo peligroso y disparatado es que las leyes ya no se limiten a juzgar los hechos incontrovertibles, como ha sucedido toda la vida, sino que dejen entrar en su propia formulación elementos enteramente subjetivos y por lo tanto imposibles de determinar, calibrar y juzgar. ¿Cómo se mide un hostigamiento ?psicológico? cuando la psique de cada persona es distinta, única? ¿Cómo la ?humillación?, cuando hay sujetos propensos a sentirse humillados por cualquier nimiedad ?por una mirada, por un tono de voz, por una ironía, porque se haga caso omiso de sus infundadas quejas o de sus melindres? y otros tan ufanos y seguros de sí mismos que no se sentirán jamás así? ¿Qué objetividad puede aplicarse al concepto de ?dignidad?, cuando cada cual lo entiende de una manera, y lo que para unos es indigno para otros no lo es? ¿Ustedes creen que algún político nuestro admite la indignidad de su comportamiento? Seguro que no, y sin embargo, a nuestros ojos, la mayoría incurre en ella un día sí y otro también. ¿Cuándo se sabe si una ?ofensa? es ?grave?, si lo es precisamente contra algo tan etéreo y variable como la dignidad?
Si se hacen depender los delitos de la percepción subjetiva de las supuestas víctimas, estamos perdidos, porque gente susceptible, pusilánime e histérica la hay en todas partes. Y gente locoide, no digamos, dispuesta a sentirse (peliagudo verbo para condicionar las leyes) ofendida, o acosada, o ?irrespetada? ?como dicen en la América hispana?, u hostigada sexualmente, por un chiste, un exabrupto, una tomadura de pelo, un vistazo a un escote o una mera discusión. Individuos paranoicos los hay por doquier. Hace unos días leí una carta, en otro dominical, en la que la firmante se quejaba de la publicación de otra misiva en la que, según ella, aparecían ?estratégicamente? las palabras ?bancos, paro, sistema, multinacionales, capital, trabajo, niños esclavos, circo mercantil, dirigentes, derechos, injusticias?. Y concluía: ?No hace falta ser un lince para darse cuenta de que es otra exaltación del marxismo?, y calificaba de ?infiltrado? al encargado de seleccionar la correspondencia que ve la luz. Así que ya lo saben columnistas y lectores: si en sus escritos incluyen ?estratégicamente? términos tan sospechosos y tendenciosos como ?bancos, paro, trabajo, dirigentes, injusticias?, están exaltando el marxismo, lo sepan o no. En tiempos de Franco habrían ido a la cárcel por ello.
En el momento, así pues, en que se da entrada a la subjetividad de cada cual a la hora de condenar y castigar, las bases de la justicia están siendo pervertidas desde su raíz, y se está dando un instrumento de persecución a cualquier idiota o locatis ?con mucha sensibilidad?. Y como ya no cabe confiar en la sensatez de los jueces españoles en general, muchos de los cuales se distinguen por sus peregrinos veredictos y sus estupefacientes ?consideraciones? en la redacción de sus sentencias, más vale que, en previsión de demencias mayores, toda reforma del Código Penal se abstenga de meterse en psicologismos y de hablar de nociones tan oscilantes y vagarosas como la humillación y la dignidad.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 21 de marzo de 2010
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Sorprende que el periodista español Joan Antoni Guerrero, uno de los impulsores del texto de repudio del régimen cubano, haya dicho con respecto a algunos firmantes que habían llegado tarde a esta condena del castrismo.
Imagino a Guerrero con un cronómetro viendo a qué hora llegaban adonde él ya estaba gente como Almodóvar o Marsé o Ana Belén y Víctor Manuel. He escuchado también a algún conspicuo periodista de los que jamás se equivocan que algunos firmantes fueron castristas de toda la vida, como si no hubiera (acaso el propio conspicuo) gente que fue castrista, estalinista e incluso maoísta que hizo el viaje de vuelta porque o lo vio claro o le dio la real gana.
Con esa medalla del arrepentimiento vive gente muy reputada a la que todo el mundo respeta, y con razón. En la época gloriosa en la que todos vivíamos contra Franco, como decía el maestro Manuel Vázquez Montalbán, Blas de Otero escribió que se iba a China “a orientarse un poco”. Había mucha gente que hacía ese viaje, y aquí nadie se rasgaba las vestiduras. Luego volvían y decían que tampoco era para tanto la muralla china.
Pero se hacían esos viajes como se hacían los viajes a Perpiñán. Algunos venían (o vienen) de Cuba más convencidos de lo que fueron, pero muchísimos regresaron (o regresan) desencantados de haber creído que debajo del montículo donde pastaba una cabra había un tesoro. Y digo esto del tesoro porque en el siglo XIX, cuando mis paisanos canarios se iban a Cuba, tenían delante esa perspectiva: que cuando llegaran a Cuba la isla feraz los iba a hacer ricos.
Los de mi quinta creímos que aquella revolución de 1959 iba a redimir el mundo, pero luego vinieron noticias de que no era para tanto, hasta que vimos con nuestros propios ojos que no había tesoro, y que ni siquiera (¡ay!) había tesoros morales. Y abandonamos el sueño, pero no alegres, pero no alegres. Para los de mi quinta la desilusión cubana es tan seria como la desilusión de nuestros antepasados que fueron allí a buscar oro y hallaron lo otro. Cuando esta desilusión fue la mirra de nuestros sueños, no había un Guerrero que estuviera cronometrando si llegaba tarde o pronto al convencimiento de que la revolución tenía, tuvo y tendrá estas cosas, y que la gente irá diciendo lo que le parezca a medida que su conciencia le va diciendo lo que tiene que hacer.
No sé qué habrán pensado los firmantes de aquella carta, que yo hubiera firmado también, cuando ha venido este colega nuestro con el cronómetro en la mano. Les recomiendo, de todos modos, un texto fantástico del maestro mexicano Jorge de Ibargüengoitia, que fue premiado por la revolución cubana en 1964; en su texto Revolución en el jardín (publicado ahora otra vez en España por Javier Marías en su editorial Reino de Redonda) dejó claro desde entonces que el oro de nuestras pasiones era bastante de barro. Pero allí nadie cronometró a Ibargüengoitia porque además creyeron que su sátira era un elogio. Por cierto, a don Jorge le pidieron los cubanos que llevara a Cuba un busto de Zapata para quitar el de otro Zapata que les sobraba. Es curioso que otro Zapata (Orlando) sea ahora la víctima en torno a la cual se firma la carta que impulsó Guerrero. Y que aquí se da por firmada, con permiso del cronómetro del colega.
JUAN CRUZ
El País, 21 de marzo de 2010
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En Frankfurt
 Foto. Mita
 Foto. Mita
Crónica en en blog “Corrientes de agua y azahar”
En la radio
Deutschlandradio Kultur
En la televisión
ARD.de
Críticas
Reseña de SF Magazin
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He oído contar que algunos ministros, subsecretarios, presidentes autonómicos y alcaldes, cuando pierden sus cargos, atraviesan un periodo de depresión y sobre todo de desconcierto. No es sólo que de repente nadie los llame, tras haber pasado una temporada de su vida agobiados y halagados por la actividad frenética y las peticiones; no es sólo que dejen de sentirse fundamentales y se perciban súbitamente como inútiles, y que ya no se solicite su presencia hasta hacía poco tan codiciada; ni siquiera que carezcan de poder decisorio tras haberlo disfrutado e incluso haber abusado de él sin escrúpulos. Al parecer se quedan perplejos al encontrarse sin ayudantes ni secretarios ni telefonistas, al tener que hacer por sí mismos las cosas más normales. Recuerdo que me hablaron de uno que se quedó estupefacto cuando redescubrió que le tocaba ir al estanco si quería tabaco, acostumbrado como había estado a que se lo trajera un ordenanza y a no molestarse nunca con los recados de la vida diaria; cuando volvió a encontrarse con dificultades para pillar un taxi en hora punta, después de años con un coche oficial a su permanente disposición; cuando se vio haciendo cola para la ópera o para un teatro, tras haber gozado de la seguridad de un palco en cualquier espectáculo que se le antojara ver.
Me acordé de esto hace unos días cuando vi en televisión, en segundo término (ella no era el objeto de la noticia), a una ex-ministra bastante reciente y me costó caer en la cuenta de quién era. ?Esta cara me suena mucho?, pensé, ?¿de qué la conozco??, sin ni siquiera estar seguro de si era alguien a quien había visto en la vida real o sólo en fotos y telediarios. Tuve que hacer un inverosímil esfuerzo para ponerle nombre: ?Ah, claro, pero si es aquella ministra que tanto dio que hablar y a la que contemplábamos a diario en la prensa, en realidad hace muy poco?. Es cierto que esto puede ocurrirnos con cualquier rostro ?famoso? que se pasa de moda: el de un actor o un cantante, el de un deportista una vez retirado, el de un escritor o un pintor célebres. Todos nos hemos sorprendido alguna vez, de hecho, al leer la necrológica de alguien a quien creíamos muerto hacía siglos. La última vez que me sucedió fue con la actriz Jennifer Jones, fallecida hace unos meses, y a quien casi creía enterrada desde que la mató Gregory Peck en Duelo al sol, cuando interpretaba a la vehemente mestiza Perla Chávez. En nuestra época es inconcebible la rapidez con que se fagocita y olvida todo, a la cual contribuye, además, la proliferación de torneos, acontecimientos, galas, hitos y premios. ¿Qué película ganó el Oscar del año pasado? Me resulta imposible recordarlo a bote pronto, más aún quiénes se llevaron los de mejores actor y actriz, y eso que me gusta el cine. Sé qué equipo se alzó con la última Copa de Europa porque fue español, el Barcelona, pero si me preguntaran por el anterior campeón tendría que hacer un considerable esfuerzo de memoria y aun así me cabrían dudas. Lo mismo me sucede con el último vencedor del Tour, un español, pero en modo alguno sé quién lo antecedió en ese podio. En cuanto al Premio Nobel de Literatura, está reciente su concesión a Müller, pero si debo decir quién lo obtuvo en la anterior edición, hay un blanco en mi cabeza. ¿Qué decir del Cervantes o del Príncipe de Asturias, del Nacional de Narrativa o del de la Crítica? Por no hablar de los incontables premios que organiza el Grupo Planeta y que suelen ir ganando los mismos autores en rueda (el propio Planeta, el Primavera, el Nadal, el Biblioteca Breve, el Fernando Lara y qué sé yo cuántos más). ¿Quién ganó la Copa de la UEFA? Ni idea. ¿Y la Vuelta a España? ¿Y los más recientes Wimbledon y Roland Garros? ¿Y los Festivales de Cannes, Venecia, Berlín o San Sebastián? No hablemos de los Goya del año pasado, o de los Bafta, o de los César, o de los Golden Globe Awards y los Grammy. Casi nadie recuerda nada y a casi nadie le importa, más allá de un minuto. La gente se afana y trampea por triunfar en competiciones u obtener distinciones que cada día dejan menos huella, entre otras razones porque hay demasiadas y nuestra memoria no da abasto. Ganar o perder viene a dar lo mismo.
Si esto ocurre con quienes más o menos dependen de su mérito, ¿cómo es que los políticos son tan arrogantes e ingenuos para creer que sus personas tienen alguna importancia? ¿Cómo es que se los ve tan satisfechos y envanecidos, a menudo tan farrucos y desdeñosos, si deberían estar muy al tanto de que sólo los ha elegido un gerifalte de su partido y de que a la mayoría no los conocía ni dios antes de que los designaran para tal o cual cargo? Los que tienen ?tirón electoral? son cuatro gatos, y el resto está donde está de prestadillo, por capricho, amistad o pacto. Todos son carne de olvido. ¿Quién recuerda hoy a los ministros de González o Suárez, no digamos a los de Franco, con alguna excepción que confirma la regla? ¿Quién recuerda a quienes se sintieron casi omnipotentes un día? Todos deberían mirarse cada mañana en el espejo y decirse: ?Estoy aquí para prestar un servicio y por mí mismo no soy nadie. Mi destino es volver a ir por tabaco al estanco y vérmelas y deseármelas para encontrar un taxi, como cualquiera de esos ciudadanos a los que hoy mando y maltrato. Dentro de un tiempo esta cara aparecerá por azar en la televisión y la gente se dirá ?Me suena?, y ni siquiera acertará a ponerle mi nombre?.
JAVIER MARÍAS
El País Semanal, 14 de marzo de 2010
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Javier Marías ha decidido editar un libro que leyó en la infancia: Cuentos de las orillas del Rin, de Erckmann-Chatrian. El autor de Corazón tan blanco encontró este peculiar volumen hace unos 40 años en la ciudad de Soria, donde pasaba los veranos. Cuando la lluvia pretendía arruinar sus vacaciones, Marías se refugiaba en la hospitalaria biblioteca de don Heliodoro Carpintero, amigo de su familia.
Ahora Cuentos de las orillas del Rin reaparece con la cara limpia de las ediciones Reino de Redonda, en la espléndida traducción de Mercedes López-Ballesteros.
Hay que resaltar la influencia que libros considerados como “secundarios” pueden tener en la imaginación de un futuro novelista. Marías se benefició con historias muy distintas a las que escribe, pero que le legaron un aura duradera y casi mágica.
Las lecturas de la niñez se convierten en una forma de la atmósfera; olvidamos las tramas, pero conservamos una impresión decisiva, similar a la de una tormenta lejana o un apagón que duró demasiado.
Marías no podía recuperar detalles, pero recordaba haber leído algo bueno y terrible: “A pocas sensaciones se resisten menos los niños que al temor ficticio (o pocas los cautivan más), esto es, el temor que les permite descubrir los peligros y las maldades del mundo sin exponerse a ellos directa ni verdaderamente, sin padecerlos, sintiéndose más o menos a salvo en la práctica y en lo cotidiano y concreto, y amenazados sólo en la teoría y en lo futurizo y abstracto”, escribe en su nota introductoria.
Buena parte de la literatura infantil cumple el fin estético y terapéutico de contar un horror superable. Replegar los males a un terreno ficticio sirve para aquilatarlos desde la tranquilidad de la especulación y para valorar el regreso al mundo concreto donde la cena está lista.
En recuerdo del niño que fue, y del generoso Heliodoro Carpintero, Marías reeditó este libro casi olvidado.

Erckmann y Chatrian Erckmann-Chatrian es el nombre literario de los franceses Émile Erckmann y Alexandre Chatrian. De 1847 a 1887 el binomio ganó fama y fortuna. Durante esos 40 años, los niños del siglo XIX se asustaron deliciosamente con sus historias.
Especialistas en fantasmas, Erckmann y Chatrian también escribieron sagas militares, con especial dedicación a las campañas napoleónicas. Su libro Waterloo parece escrito con más pólvora y lágrimas que tinta.
Otra peculiaridad es que se ocuparon de numerosos personajes judíos en un tiempo en que muy pocos lo hacían. Estudiosos del judaísmo en la literatura han señalado que Erckermann era muy partidario de los judíos mientras que Chatrian recelaba de ellos. Esta tensión produjo personajes variopintos, de gran riqueza emocional. Uno de los más simpáticos y coloridos es el Rabino que protagoniza El amigo Fritz, y que tuvo como inspiración a Nathan Sichel, gran amigo de Erckermann, editor de Le Constitutionnel, periódico donde las primeras obras del binomio aparecieron en episodios, y célebre degustador de kirsch.
La división del trabajo entre los amigos que recorrían Alsacia y Lorena en busca de historias era muy definida: Erckmann escribía y Chatrian contribuía a diseñar las tramas y llevaba la intensa relación con los editores. Su alianza parecía tan inquebrantable como la de los Grimm; a tal grado que en sus décadas de gloria eran conocidos como “los Hermanos Siameses”.
El éxito genera suspicacias y 40 años de éxito generan muchas suspicacias. Erckmann sintió que Chatrian lo trataba como su parásito, algo que le parecía injusto, tomando en cuenta que su colega poco o nada escribía. Amargas disputas económicas arruinaron la relación. Chatrian murió en 1890 con una foto de los “Siameses” bajo la almohada. Erckmann sobrevivió nueve años a su “parásito”, pero sólo escribió dos insulsos opúsculos.
Uno de los Cuentos de las orillas del Rin prefigura este drama. “Mi ilustre amigo Selsam” trata de los microbios y las lombrices que viven en el organismo. Un inventor descubre que esos parásitos se excitan con la música: “Es lo que los físicos llaman la creación equívoca… Los sonidos, al actuar sobre el sistema nervioso, producen un desprendimiento eléctrico, el cual actúa a su vez sobre los líquidos contenidos en nuestro cuerpo, de donde nacen miles y miles de insectos que atacan el organismo”. Ante una sobredosis de sonido, las “creaciones equívocas” devoran el cuerpo que les sirve de hogar. Fue lo que sucedió cuando el talento de los narradores se convirtió en codicia.
Llama la atención que autores tan disfrutados hayan pasado a una zona de sombra. ¿Será ése el futuro de sagas como Crepúsculo y Harry Potter, que distribuyen escalofríos con tanta eficacia hoy en día?
Aunque H. P. Lovecraft elogió la destreza de estos diseñadores de espectros, Erckmann y Chatrian siguieron el camino al olvido de tantos autores célebres.
Cada época parece tener un modo especial de asustarse. Cuentos a las orillas del Rin permite regresar a un tiempo anterior, cuando la luz eléctrica aún no disolvía los fantasmas.
JUAN VILLORO
Reforma, 12 de marzo de 2010
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El escritor Javier Marías figura entre los quince escritores seleccionados para la edición de este año del premio del diario The Independent al mejor libro de ficción traducido al inglés.
El galardón, que será entregado en Londres el próximo 13 de mayo, premia una obra excepcional de un autor vivo en cualquier lengua que haya sido traducido al inglés y publicado en el Reino Unido.
El escritor Javier Marías es candidato por su novela Tu rostro mañana 3. Veneno y sombra y adiós, con traducción al inglés de Margaret Jull Costa y que narra la historia de un académico español que marcha a Inglaterra y es reclutado por los servicios secretos británicos.
En la lista también está la argentina Claudia Piñeiro con su obra Las viudas de los jueves, traducida al inglés por Miranda France y que trata del perfil de las familias adineradas de Buenos Aires después de la crisis económica de finales de 2001.
El premio, que será entregado en el Real Instituto de Arquitectos Británicos, está patrocinado por el diario The Independent y por el Arts Council England, organismo de promoción cultural.
La lista de los candidatos de este año refleja el alcance internacional de este premio, ya que hay obras traducidas al inglés del árabe, el japonés, el ruso, el noruego o el bengalí.
El próximo 15 de abril se dará a conocer la lista de los seis libros seleccionados entre estos quince, según los organizadores.
El galardón está dotado con 10.000 libras (unos 11.000 euros), de los que la mitad serán para el ganador y la otra para el traductor.
La directora de Estrategia Literaria del Arts Council England, Antonia Byatt, ha señalado que la literatura traducida facilita al lector “una valiosa perspectiva sobre otras culturas en un mundo de rápido cambio. La lista de este año es una muestra fantástica de la rica gama y calidad de la ficción traducida y publicada hoy en el Reino Unido”.
Otras novelas que figuran en la lista son: The Coronation (traducción del ruso al inglés), de Boris Akunin; To The Music (del noruego), de Ketil Bjornstad; The Madmen of Freedom Square (del árabe), de Hassan Blasim; Brodeck’s Report (del francés), de Philippe Claudel; The Blind Side of the Heart (del alemán), de Julia Franck, y Fists (del italiano), de Pietro Grossi.
También Yalo (del árabe), de Elias Khoury; The Kindly Ones (del francés), de Jonathan Littelll; Broken Glass (del francés), Alain Manbanckou; The Housekeeper and the Professor (del japonés), de Yoko Ogawa; Chowringhee (bengalí), de Sankar; The Dark Side of Love (del alemán), de Rafik Schami, y Sunset Oasis (del árabe), de Bahaa Taher.
EFE, 11 de marzo de 2010
The Independent
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