Items by JUAN FRANCISCO FERRÉ

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 Un laberinto procaz y culterano que reformula las mitologías populares con muy mala idea y descubre, detrás del Sueño Americano, el hedor mefítico de un mundo gótico y puritano con urgente necesidad de ventilación. Hija mutante de Pynchon y Foster Wallace, la novela parece obra de un matón intelectual con ganas de pelea (ideológica). Jordi Costa 1) ¿Qué es "Providence"? ¿Cómo podría definirse una novela tan difícil de definir? No voy a estropear ahora esa indefinición que le atribuyes como cualidad simplificándola. Italo Calvino habló de ?hipernovelas? para describir la multiplicidad narrativa de obras como Si una noche de invierno un viajero y La vida instrucciones de uso, de Perec. Creo que PVD es una ?hipernovela? en este sentido también, una máquina narrativa de procesar formas narrativas de muy distinta procedencia mediática. Una novela compuesta de múltiples niveles de realidad y ficción que no se sabe con exactitud si es la base de una película, o la película misma, o un videojuego basado en ésta, etc. Todo esto es algo que el lector debe descubrir por sí mismo. PVD es un juego virtual cuyas reglas sólo se aprenden jugando. 2) En tu novela se integran elementos de ciencia-ficción, de la cultura del vídeo-juego, de la pornografía, constantes guiños cinéfilos... ¿Cuál es el propósito detrás de tanta bastardía? ¿En qué medida hay un radical gesto de ruptura con una tradición española predominantemente realista/costumbrista? En la escritura de la novela hay un deseo de incorporar una muestra significativa de la cultura contemporánea. La cultura de masas, que es la cultura de la globalización. Mi comprensión del papel del novelista en el siglo 21 no puede ser más crítica: responder desde un medio artístico tradicional a los desafíos de un mundo basado en la permanente novedad tecnológica y el exceso de imágenes e información. Si la respuesta es excesiva es por puro mimetismo. Sólo puedo concebir el realismo en nuestro tiempo de una forma expandida, absorbiendo innumerables elementos imaginarios. Hoy es imposible ser realista sin tener en cuenta la interferencia de ficciones tecnológicas en la vida diaria. Todo el problema del escritor contemporáneo radica en saber cuál es la versión de la realidad con la que se identifica. El problema es que en España hay mucho ensimismamiento narrativo como subproducto de un gran ensimismamiento cultural y político. A este fenómeno, que implica una cierta incapacidad para entender el mundo de hoy en sentido geopolítico, lo llamo ?el círculo vicioso español?. Por otra parte, la pornografía no es un género como otro cualquiera, puede ser una forma de explotación espectacular de la intimidad, o de publicitar esta a niveles masivos, pero desde luego es una forma de representación del cuerpo que ha acabado infiltrando, sin dejar de ser una gran industria, el modo de vida americano hasta grados impensables. Y no sólo este: piensa en cómo la libidinización del mercado es lo que hace tan atractiva a la sociedad de consumo para la mayoría. El problema es qué idea del cuerpo tienen los novelistas. El cuerpo es un actor fundamental de la escena contemporánea y me da la sensación de que una parte de la literatura se niega a darse por enterada de esto. De todos modos, mi concepción narrativa, dado su humor y sentido político, es, más bien, post-porno. Como diría mi admirada Beatriz Preciado vivimos sumidos, lo queramos o no, en ?el imperativo fármaco-pornográfico?. Como no soy un moralista a la antigua, sino un observador implicado en la representación en curso, me limito a mostrarlo con ironía a través de mi personaje, el director Álex Franco, y a extraer de sus delirantes experiencias sexuales y psicotrópicas un cierto placer que busco compartir con el lector. 3) La novela incluye referencias al 11-S y tiene un tono muy apocalíptico. ¿Qué ha significado el 11-S para la literatura? ¿Estamos en el fin de los tiempos? El 11-S supuso el descubrimiento de que la historia se escribía para y desde las pantallas de televisión. Con lo que es imposible entender nada de lo que viene después sin tomar nota de esta mutación radical en nuestra concepción del tiempo, la historia y la vida social (aún no hemos visto casi nada). Por eso en una de las secciones finales de PVD me he permitido la libertad de reconstruir un modelo a escala de lo que fueron los atentados, con variantes y añadidos, pero respetando la lógica, los mecanismos y las secuelas del acontecimiento que acabó de una vez por todas con la inocencia del espectador de telediarios. El Apocalipsis de la novela es paródico, en cierto modo, en la medida en que desde los comienzos del género el tono profético se mezclaba con visiones carnavalescas del mundo celestial y efectos especiales digitalizados. PVD es el Apocalipsis filmado en 3-D por Fellini? 4) Tu novela comparte personaje con otra de las novelas comentadas en este artículo, "El fondo del cielo" de Rodrigo Fresán. El personaje es Lovecraft. ¿Podrás hablar de tu particular relación de amor/odio con Lovecraft? No tengo relación amor-odio. Los relatos de Lovecraft me fascinan y no encuentro mejor expresión del horror del universo y, al mismo tiempo, por sus mismos excesos cósmicos, mayor burla de los límites y miserias de la especie humana. Al revés de Houellebecq, leo a Lovecraft a través de Nietzsche y no de Schopenhauer, con lo que me imagino que en una futura civilización será leído como un profeta irreverente de la extinción de la cultura humanista. Este es el espíritu intempestivo con que lo introduzco en PVD. Otra cosa es que, además, explote en beneficio del placer narrativo sus tendencias racistas y misóginas hasta el punto de convertirlo, como avatar de la Providencia, en un asesino en serie de videojuego. Por otro lado, es el escritor que encarnaría el alma fundacional de América, esa utopía fanática cuyo desnudamiento es otro de los motivos dominantes de la novela? 5) "Providence" es, entre otras muchas cosas, un ajuste de cuentas con la cultura americana, con su paradójica condición de mundo deslumbrante levantado sobre los cimientos de lo gótico. Tu experiencia americana, ¿ha sido decisiva para elaborar esta feroz visión del Imperio? Era inevitable que fuera así ya que uno está impregnado de los valores, iconos y mitos de la cultura americana desde la adolescencia, y cuando se instala a vivir allí, al poco tiempo todo eso se pone en marcha, como un bagaje inconsciente, y entra en conflicto con la realidad cotidiana, con el modo de vida y los valores reales que lo controlan todo. De esa fricción áspera surge la primera chispa de PVD. Ese contraste entre la fachada fascinante y seductora, que todo el mundo consume (Warhol sería el mejor emblema de todo esto), y el sótano de los horrores, los miedos y los monstruos (Lovecraft es el paradigma otra vez), que no todo el mundo percibe. Todo lo demás se deriva del puro placer del juego literario consistente en explorar ese escaparate de moda y tirarle algún ladrillo iconoclasta y en bajar al sótano de vez en cuando en busca de aberraciones? 6) Entre los iconos de la cultura popular que aparecen en tu novela también está Darth Vader, que da pie a una escena que parece digna de "V" de Thomas Pynchon. ¿Te consideras heredero del post-modernismo americano? ¿De qué nos sirven esas mitologías populares americanas a la hora de entender el siglo XXI? Cómo no deberle algo al posmodernismo. Es la primera estética literaria que nos saca definitivamente de las casillas aristotélicas, por eso tantos la rechazan hoy, en estos tiempos de regreso ideológico a concepciones narrativas más conservadoras y domesticadas. Hasta su aparición, la narrativa era o bien fantástica, en el tradicional sentido de la expresión, o bien realista, en el más naturalista o psicológico. Con la irrupción de los posmodernistas, con Pynchon a la cabeza, la imaginación y la fantasía, los mitos seculares y las mitologías públicas o privadas, los estereotipos de los medios de masas y las tecnologías de los medios, la cultura popular y las imágenes del cine, la publicidad y la televisión, se infiltran en la ficción al mismo nivel de realidad que la llamada vida cotidiana. Esto es lo que más me ha interesado al escribir PVD con un sentimiento enciclopédico respecto de esta cultura de masas, como un artefacto narrativo donde cabe integrarlo todo, desde los videojuegos, los deportes masivos, You Tube, Tiburón o E. T., hasta iconos del mal como Vader, ese Bin Laden galáctico, pero proporcionando versiones insólitas y perversas de todo ello con el fin de contrariar las interpretaciones tradicionales.
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 FERRÉ-PROVIDENCE-LOVECRAFT ANTONIO GARRIDO MORAGA
DIARIO SUR El campus de la universidad de Brown rinde culto al equilibrio de la razón con el templo clásico de la Manning Chapel y con el espíritu ilustrado y puritano con el que se fundó en el siglo XVIII. Adoro esta universidad en la que he pasado momentos inolvidables y recuerdo una vez en la que me alojaron en una casa también dieciochesca donde pasé una noche de lectura mientras caía la nieve y el reloj dejaba oír sus campanadas solemnes cada hora. Aquella lectura no podía ser de otro autor que de H. P. Lovecraft y siempre me ha gustado pensar que Providence era Arkham, aunque se suele identificar a la ciudad imaginaria con Salem, y que Brown es la Universidad de Miskatonic donde se custodia el libro maldito, el Necronomicon. Todo ha saltado por los aires y los cascotes del orden se amontonan tomando formas extrañas, fantasmagóricas. Las columnas dóricas se han derrumbado y los fragmentos son testigos mudos de un sueño que nunca fue otra cosa que una inmensa mentira, que una simulación, que una máscara que ocultaba la realidad de las llagas y de los dolores, del pus y de la sangre, de la mecánica del sexo. Esta magnífica novela, y no suelo prodigar el adjetivo, enlaza con el ejercicio de desvelamiento implacable que fue 'La fiesta del asno'. Postmoderno Providence-Providencia, no es otra cosa que caos, el mismo que subyace a la estupidez dominante, a la vaciedad de un modelo que es sólo fachada, al canon superado por el fragmentarismo de la postmodernidad. Creo que Ferré es un escritor postmoderno de verdad; qué quiero decir; que como todo escritor verdadero se implica y se explica en páginas que no son metáfora de la realidad, que son cervantinas; es decir, lúcida narración plena de ironía, de humor, de claves, de guiños para desvelar, de nuevo la palabra, eso que llamamos realidad contemporánea por no tener mejores términos que emplear. Nada es inocente y menos en estas páginas laberínticas, siempre libres, que mantienen la estructura en equilibrio inestable porque la estabilidad no puede existir en el mundo de Internet, de las redes sociales, de las nuevas, terribles y magníficas maneras de relacionarse, de gozar, de amenazar, de desesperarse, hasta de informarse. Nada es lo que parece y todo lo que parece es sin dudas. Álex Franco es el personaje perfecto para encarnar al héroe errático, al fracasado, al cineasta español que, después de participar en Cannes con su película 'La fiesta grande' con más pena que gloria, se encuentra con una mujer mayor, seductora, que le entrega un guión y un vídeo al tiempo que se despoja del vestido turquesa y de las braguitas a juego. Tiene un cuerpo agotado y unos pechos que desmienten su edad, contraste que ocupa toda la narración. Ni el vídeo ni el guión son tales; desde el principio el juego literario tan riguroso cuanto sarcástico; en el vídeo, casero, aparece una nómina de temas posibles: escenas porno, coches que se persiguen, una pelea, un asalto a mano armada, un tiroteo, una charla; situaciones de géneros fílmicos populares que se repiten en espiral, la figura geométrica que conviene a la novela. El manuscrito se titula 'Providence' y no tenía especificaciones técnicas y tampoco argumento o trama en el sentido tradicional del término. Creo que en esta indefinición previa está la base de nuestra propia indefinición, de nuestra niebla, del difuminarse de los contornos, con lo que el foco narrativo puede captar la deformación del referente sin ser infiel al propio referente aunque lo parezca al lector no avisado. La deformación es la realidad. Delphine, que ese es el nombre de la dama, le plantea que haga una película basada en ese material, en la nada. ¡Sombra, cámara, acción! El triángulo básico El fragmentarismo es fundamental en la estructura, las piezas no tienen porqué encajar pero el juego oculta la mano férrea que controla la progresión rápida, frenética a veces, donde las múltiples historias y los múltiples personajes se cruzan, se esconden, vuelven, todo ello con el cine, el sexo y el campus como ángulos del triángulo básico, embrionario de la novela que tiene al misterio como hilo conductor; en suma, una gran parodia de la vida norteamericana, esperpéntica en tantos casos. Las situaciones extremas también son claves en el texto. La historia de Álex, profesor visitante, sin éxito, en Providence, es el único eje alrededor del que gira la doble realidad, la de una sociedad histérica con todas las posibilidades tecnológicas a su alcance, con todo el sudor y todos los flujos de infinitos orgasmos, con mafias, poderes ocultos, conspiraciones y la de esa misma sociedad que pretende haberse quedado inmóvil en la perfección puritana, en la fachada noble y digna. Las narraciones de Lovecraft ya dinamitaron con su mitología de Cthulhu las bases de ese puritanismo del que el autor estaba preso; Ferré no necesita monstruos, descubre que todos somos monstruos, todos somos ángeles. La estructura es compleja pero necesitaría otro artículo.
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 PECADO ORIGINAL JUAN ÁNGEL JURISTO ABCD
El aparente aspecto caótico de la trama de este libro esconde una de las respuestas más inteligentes que se han dado últimamente en nuestra narrativa al hecho de cómo ajustar las exigencias de la novela a una realidad que se nos muestra cada vez más como una obra de ficción de mediocre calidad y de previsto desenlace. El resultado, espléndido, revela algo más que el azaroso destino de varias historias que convergen, finalmente, en la ciudad de Providence, localidad natal de Lovecraft y asentamiento legendario de las comunidades puritanas que alumbraron el nacimiento de Estados Unidos, y se muestra como un proceso a nuestra civilización y la constatación de que la barbarie, aliada a la tecnología, sólo puede desembocar en el desmoronamiento de una cultura. Pero no teman, lo del discurso apocalíptico es cosa mía; el autor sólo es responsable de una novela de dimensiones respetables y de proporcionar una lectura gozosa.
Fragilidad moral. Creo, en realidad, que es una de las narraciones de claro débito postmoderno donde se aprecia lo mejor que puede dar de sí esta manera de concebir la obra de arte cuando sus planteamientos son rigurosos y no consecuencia de juegos inanes. En Providence, Juan Francisco Ferré, profesor en Brown, le ha añadido a un lugar tan romo cierta fragilidad moral y le ha sumado, además, rasgos legendarios muy enraizados en el imaginario fundacional de Norteamérica como nación.
Consecuencia de ello es una trama un tanto frenética y onírica donde un cineasta, Álex Franco, fracasado en Cannes, termina recalando en esa ciudad, con ánimo de hacer una película y, mientras tanto, ganarse la vida dando clases en la Universidad, y se encuentra inmerso en una realidad que deja chicos sus fantasmas más temidos. De los padres fundadores a Lovecraft; del dinero fácil y el gesto glamouroso a los horrores de los mitos de Cthulhu, hechos ahora corporación y videojuego; de los campus universitarios a su consecuencia sexual más fantasmagórica, la de secuencias sin fin donde el sexo no contiene un ápice de erotismo -escenas que se cuentan entre lo mejor del libro-, esta novela, que se muestra en sus tramas tan cambiante como la realidad que intenta describir, es una de las muestras más cabales, se entiende que literariamente, del retrato de un mundo, el de nuestra Modernidad, en descomposición.
En este sentido, creo que Juan Francisco Ferré atiende más al eco del J. G. Ballard de Crash o Milenio negro que al de otros contempladores de lo apocalíptico, inmersos en una visión un tanto de comiquería de la existencia por venir. Desde luego que la metáfora que recorre el libro es evidente, pero lo que conviene destacar de estas páginas es su profunda ironía: la destrucción está enquistada en la fundación misma de lo utópico.
El lado tenebroso. No es baladí que la trama suceda en Providence, lugar antiguo, fundacional, de algunas de esas nuevas jerusalenes que el democrático puritanismo diseminaba con el Libro en la mano y el voto ciudadano en la otra. No es baladí, tampoco, que la trama se extienda al significado del nombre mismo de la localidad, la Providencia divina, y que todo ello esté asociado al horror, a la sensación, quizá un tanto infantiloide pero llena de esa tendencia a la publicidad tan de aquella tierra, con que un escritor de dudosa excelencia como Lovecraft supo reflejar el lado tenebroso del que estaba construida esa Nueva Jerusalén.
Contraste brutal. Es mérito de Juan Francisco Ferré haber sabido aunar el espanto naif que sostiene los mitos de Cthulhu con el horror tan verdadero que surge de los mundos atisbados por Ballard. Podría haber recurrido a otras deudas, por ejemplo a Nathaniel Hawthorne -incluso podría haberle venido de perilla-, pero el brutal contraste que recorre el libro, esa mezcla de horror, banalidad, inanidad, sexo y estupidez, se hubiera visto lastrado al haber entrado en otros ámbitos. Providence es un libro escrito con inteligencia, además de ser una buena narración cuya brillante estructura no se adueña de lo mejor del libro, el modo en que está contado.
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PESADILLA AMERICANA PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA EL CORREO VASCO ?Me llamo Álex Franco y soy director de cine. O lo era, si lo prefieren. Vine a Providence a escribir el guión de una nueva película. Vine a Providence con la excusa de escribir el guión y preparar la película. Con la intención de reescribirlo, más bien, engañado por la promesa de poder filmarlo con una buena financiación y un equipo internacional de primer nivel. Alguien de cuyo nombre no puedo acordarme ahora lo había escrito previamente. No para mí, no necesariamente para mí. Lo había escrito y basta?. De ese modo, con un nerviosismo casi eléctrico, se presenta el protagonista de Providence, la cuarta novela del malagueño Juan Francisco Ferré. Además de un cineasta mediocre, Álex Franco es una criatura dotada especialmente para la reflexión mordaz y la atracción de problemas descomunales. Providence es la crónica de su descenso a unos infiernos, concretamente unos infiernos que adoptan la forma de la América contemporánea, con toda su carga de felicidad plastificada y paranoia. Hay muchas novelas dentro de la novela que ha quedado finalista del Premio Herralde. Hay una novela de campus desquiciada y algo pornográfica, hay una novela de terror, hay un ?thriller? que quizá interesase a Tarantino, hay una novela fáustica que se nutre al mismo tiempo de los clásicos y de Internet, del género ?pulp? y de las pesadillas de Howard Phillips Lovecraft, maestro del terror cuya sombra visita con frecuencia estas páginas. Además de para dar a conocer a su autor al gran público, Providence servirá quizá para situar a su autor en la primera línea de uno d e los grupos más activos de la narrativa del momento en nuestro país. Me refiero a eso que a veces se llama ?Generación Nocilla? y a veces ?Afterpop?. Dueño de un mundo tenso y multirreferencial, Ferré es una de las voces más atractivas de ese grupo en el que encontramos autores como Agustín Fernández Mallo, Vicente Luis Mora o Eloy Fernández Porta. Además de un narrador dotado de una imaginación anfetamínica, Ferré es un escritor preciso y malévolamente inteligente. Que su última novela alcance una mayor difusión respaldada por el prestigio del Premio Herralde es una buena noticia para nuestras letras.
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 JOSÉ MARTÍNEZ ROS NOTODO.COM Providence es una ciudad de la costa este de Estados Unidos. Providence es el lugar de nacimiento del célebre escritor de relatos de terror Howard Philips Lovercraft. Providence es el título de la última novela de Juan Francisco Ferré, finalista del premio Anagrama 2009 y, sin duda, una de las experiencias intelectuales (y emocionales) más impactantes que ha producido en los últimos tiempos la, en general torpe y alicorta, narrativa española. Nos hallamos ante una obra que rompe radicalmente con todas las expectativas acerca de lo que podíamos esperar de una novela de este país; si hay que buscar sus antecedentes, nos deberíamos referir a autores como Thomas Pynchon o el llorado David Foster Wallace o, como máximo, a uno de los grandes excéntricos de nuestra literatura, el Julián Ríos de Larva.
La trama de Providence está compuesta por un sinfín de muñecas rusas cuyas sucesivas revelaciones ?sectas, videojuegos, conspiraciones, violencia y sexo salvaje- giran en torno a una tétrica ciudad donde el presente hipertecnológico ocultan miedos y taras que hunden sus raíces en un pasado oscuro y no demasiado bien enterrado. Asímismo, es un magnífico estudio sobre el miedo contemporáneo post 11-S, donde el terrorismo se combate a través de la manipulación de las masas por centros de poder cada vez más lejanos y misteriosos. Aunque no carece de defectos ?sobre todo un inicio titubeante y carente de ritmo: hasta que el protagonista, Alex Franco, un director de cine semifracasado, llega a la Providence del título, la novela no alza el vuelo, pero a partir de ese instante no deja de crecer, hasta un final para el que el adjetivo ?apocalíptico? se queda corto-, no se la pierdan. Este finalista supera de largo a casi todos los ganadores. DANIEL ENTRIALGO ESQUIRE A pesar del evidente homenaje al maestro del terror ?H. P. Lovecraft- en título y cubierta, esta inquietante historia, Finalista del Herralde de Novela, no gira en torno al creador de los Mitos de Cthulhu. Un director de cine underground recibe el encargo de rodar un guión de título imaginativo: Providence. Con cierto regusto a David Lynch, Ferré construye una inquietante ficción que une el Festival de Cine de Cannes, las discos de Marrakech o el paisaje americano más gótico.
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 No hay Eros sin una fisiología del amor, ni poética de los sentimientos sin una teoría de las posibilidades del cuerpo. Michel Onfray El venerado Valentín, mártir romano amigo de las parejas y los matrimonios, según la leyenda cristiana, abonó con su sangre virginal el ingenioso palíndromo AMOR ROMA para corroborar que el sentimiento amoroso es un asunto antiguo y complicado. Platón le consagró uno de sus más famosos Diálogos: la pluralidad de versiones vertidas por los invitados durante el alegre ?simposio? o ?banquete? da cuenta de la diferencia esencial entre quienes hacen del amor un pretexto para enfangarse en la vida terrenal y su seductor catálogo de tentaciones, y quienes lo subliman sin gustarlo para escapar de este mundo de corrupción y miseria. Como deidad mundana, Eros tiende a favorecer hasta lo ilimitado esa atracción tumultuosa entre individuos, de sexo contrario o igual. Todas las culturas han tratado, de un modo u otro, de apoderarse para sus fines de ese poder desbocado, esa energía de fusión improductiva, ese derroche incontenible de fluidos, esa efusión hormonal, imponiendo reglas al juego amoroso con intención de controlarlo sin anularlo. De todas las artes, la literatura proporciona la más jugosa documentación, tan equívoca como su volátil objeto de representación, sobre su infalible acción venérea, a la que nadie, ni mortal ni inmortal, nacido de mujer o de diosa, permanece inmune o indiferente. Entre la poesía elegíaca y la prosa pagana y libertina, ahí está el amor con toda su fuerza genesíaca. El amor es, en efecto, una pasión literaria (?con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles?, como dice Borges), una florida retórica del apareamiento y el desfloramiento que cambia con los tiempos y las modas, un modo verbal de expresar la obcecación de la carne por entrar en contacto con otra carne también a través del verbo. Así sucede en el episodio adúltero de Paolo y Francesca en la Divina Comedia de Dante, ese mamotreto teocrático, donde el acto hedónico de la lectura incita a la literalización voluptuosa del amor. Los mismos labios que declinan las palabras más emotivas se turban con ellas, pasando en un instante de la pasividad lectora a la agitación pasional del lecho. ?Me besó la boca temblando y ya no pudimos leer más?, confiesa a un Dante conmovido por su historia traumática una Francesca condenada al infierno por infiel. No se puede negar que hay algo de inconveniente y transgresor en toda forma de amor, según los códigos vigentes en cada época, desde los tiempos en que Safo, poeta de Lesbos, se erigía en la voz femenina de la antigüedad, una dicción bisexual que ha llegado mutilada hasta nosotros por el celo vengativo de los puritanos, hasta esta era de amores líquidos y porno expandido, donde la promiscuidad y el desmadre combaten como siempre con los celos patológicos y la posesión exclusiva, como expresa Catherine Millet en su último libro, pero también con el deseo de permanencia, contra lo efímero del contacto. ?Lo que hay de intolerable en el amor es que se trata de un crimen que uno no puede cometer sin un cómplice?, declaraba asqueado el impotente Baudelaire para denunciar todos los crímenes infames que otros (comenzando por su amada, la mulata Jeanne Duval) cometían en nombre del amor. La condición reversible y enrevesada de este sentimiento ambiguo enfurecía al autor de Las flores del mal, esa infecciosa colección de versos venéreos. La amoralidad del amor consiste, pues, ahora y siempre, en ?ese materialismo absoluto? que no dista mucho del ?más puro idealismo?, como escribió con estupor en ?La Fanfarlo?, el idilio imposible entre un esteta fanático y una fascinante bailarina de insufrible vulgaridad. De esta visión decadente y feroz del amor tomaría buena nota su colega espiritual Barbey D´Aurevilly al concebir ?La felicidad en el crimen?, un relato diabólico (incluido, precisamente, en la colección Las diabólicas) donde el amor ilícito se consagra como instinto animal de los corazones más fieros. ?Hay algo vulgar en el amor, sin siquiera señalar al sexo?, escribió Cabrera Infante en La Habana para un infante difunto, una novela que es el equivalente en el siglo XX a lo que significaron en su tiempo El arte de amar de Ovidio, un manual de seducción para jóvenes romanos, o el medieval Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita: celebración masculina del gusto predominante por las mujeres, la ritualización erótica de los encuentros y las relaciones posibles, la fundación, en suma, de un modelo lúdico de comunicación carnal entre los sexos, de abolición placentera de esa distancia o división original, ese mal irremediable de ser dos. Y es que el amor se hace y, por desgracia, se deshace. Mientras la poesía lírica ha expresado siempre el anhelo o el júbilo de la posesión y la melancolía de la pérdida, el campo de exploración de la novela ha sido más vasto y desmitificador, abarcando todos los aspectos, aun los menos confesables, de la experiencia amorosa. Así fue desde el principio, con la ?odisea? erótica de un héroe que para regresar con su mujer deberá conocer y reconocer, tras muchos lances, la deliciosa diversidad de lo femenino; o con el primer ?idilio? de la historia, ambientado en Lesbos, donde los pastores Daphnis y Cloé engendraron con sus amores sensuales un nuevo género narrativo de sugestiva descendencia. Algunos novelistas ingleses del dieciocho, como Richardson, lo desvirtuaron al practicar un erotismo puramente contractual, transformando los prolegómenos del amor, los escarceos prematrimoniales, con su picardía moral y su conducta gazmoña, en el motivo dominante de sus hoy risibles novelas (menos mal que el gran Fielding parodió estas ficciones de alcoba, sacándoles las vergüenzas). En Jane Austen, tanto en su vida virtuosa como en sus delicadas ficciones, el amor está siempre al borde del matrimonio, en ese límite impuesto por la decencia entre la ensoñación romántica y el pragmatismo conyugal. Es en la novela francesa, sin embargo, donde se muestra con mayor lucidez el conflicto entre el amor y el libertinaje, tanto en Sade, paroxismo cáustico del segundo, como en Las relaciones peligrosas de Laclos. En la endemoniada trama epistolar de ésta, el triunfo del amor pasional sobre su antagonista aristocrático prefigura también el éxito histórico de una clase burguesa emergente sobre otra decadente, con lo que el amor se convierte en un ideario sentimental monógamo ligado también a una nueva forma de organización social surgida después de todas las revoluciones, incluida la industrial. Sin olvidar las estrategias del amor como medio de prosperar en sociedad, como en El rojo y el negro de Stendhal, o los amoríos como evasión de un orden social asfixiante, como en Madame Bovary, lectora vocacional y adúltera trágica como Francesca. Es en Proust y en su búsqueda del "tiempo perdido" en los salones y los dormitorios donde se consuma, entre otras cosas más procaces, esta conjunción del deseo subjetivo y la barrera social a través de la paranoia de los celos, la degradación pasional y la posesión obsesiva del objeto amado, ya sea la indigna Odette o la fugitiva Albertine. En Michel Houellebecq, en cambio, avatar terminal de esta tradición novelesca, sobre todo en Plataforma y La posibilidad de una isla, hallamos la crudeza obscena, la perplejidad moral y la viscosa pornografía del freudiano principio de realidad propias de una cultura que encaja con dificultad los nuevos postulados de la biología neodarwinista. El grado cero del deseo: la noción de que los genes gobiernan nuestros deseos y apetitos, como ciertos políticos, con el único fin de perpetuarse en el poder.
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No es menos irritante quien arruga la nariz ante la sola mención del concepto cine español. Porque, en efecto, el cine español es caspa, boina y Guerra Civil, pero, también, la Última Cena de ?Viridiana?, el sexpresionismo pop de Jesús Franco, los caos ordenados de Berlanga, la jamona suspendida de ?Bilbao?, el Perforator musculoso de ?Diferente?, Santiago Segura, Álex Angulo y Armando de Razza colgados del rótulo Schweppes, ?Mamá es boba?, ?Fotos?, las trapisondas del Torete, la cámara vampiro de ?Arrebato? y tantas cosas que han contribuido a abrir nuevas ventanas al asombro en el corazón de nuestro entrecejo. Jordi Costa, Monstruos Modernos A Iván Zulueta y a Francisco Regueiro ¿Puede una novela gráfica[i] convertirse en un agudo análisis de la historia reciente y el estado de cosas del cine español? ¿Puede un retrato hostil pero cómico de un cineasta de éxito diagnosticar la patología que aqueja no sólo al cine sino, en general, a la cultura española? Y, sobre todo, ¿es esta hilarante acumulación de denuestos y descalificaciones contra Amenábar una paradójica forma de encumbramiento de su figura? ¿O es que no había otro modo crítico más eficaz de ?denunciar? el supuesto daño que Amenábar le ha hecho al cine español? Mis problemas con Mis problemas con Amenábar comienzan desde el momento mismo en que, mientras lo leo, no ceso de interrogarme, entre risas estentóreas y pellizcos de incredulidad, sobre el efecto final de este lúdico artefacto explosivo en su declarado objeto de mofa. La historieta, narrada con truculento sentido del humor y (auto)ironía, una tenue dosis de metaficción didáctica y descacharrantes viñetas coloristas, es el relato genealógico de los desencuentros en festivales y preestrenos del doble grotesco del escritor y crítico de cine Jordi Costa (Mostrenco) con la personalidad y el cine triunfales de Amenábar. Haciendo un chiste fácil con algunos títulos de éste podría decirse que la ?tesis? del libro pretende abrir los ojos de ?los otros?, los espectadores multitudinarios que han consagrado a Amenábar como gran genio del cine español, a la inanidad rampante de sus propuestas creativas. Y, para adornar la caricatura con un toque sensacionalista, descubrirles su personalidad fría, calculadora e inhumana, más propia de un psicópata o un alienígena invasor que de un reputado cineasta, según se muestra en la delirante pesadilla en que Mostrenco cae en las garras del indeseable genio del mal, que no duda en ?deshuesarlo? con una cuchilla de afeitar, meterlo en una maleta y mandarlo en ese estado gelatinoso a sus aterrados padres. Como se ve en este ejemplo, el jugoso anecdotario del crítico Mostrenco con su bestia negra cinematográfica se contamina con los presupuestos peliculeros del director a fin de mostrar que su acción magnetizadora se ejerce, como en una de sus confusas tramas, desde el subconsciente, dominando la deriva de los sueños de los espectadores y abduciendo también las mentes de productores y críticos, que caerían rendidos bajo su influencia nociva. Sin embargo, la ?tesis? militante de Mostrenco contra su archienemigo, inspirada en Jesús Franco[ii], sólo se expone momentos antes de que el publicitado estreno de la insufrible Ágora alejandrina desencadene el diluvio definitivo o el apocalipsis del cine español del que este libro se erige en profecía visionaria y crónica costumbrista al mismo tiempo. El cine español, para huir de los modelos principales que lastraban su creatividad (el ?aburrido? cine de autor a la europea y el reprimido cine de Hollywood), debía proporcionar, sobre todo, placer y alegría dionisíaca a sus espectadores. Y así lo entendieron los primeros productos renovadores de tal combinación de goce cinematográfico y tirón popular (Pedro Almodóvar y Álex de la Iglesia) hasta que apareció Amenábar e impuso en el cine peninsular un simulacro narrativo último modelo, relamido y anodino, que encandiló a las masas por su formidable vacuidad y mimetismo americano. Mi único problema con esta provocativa ?tesis? es que si Amenábar fuera en efecto, como señala el prólogo, ?una creación colectiva orientada a impulsar y mantener un determinado status quo?, habría que plantearse si la mercancía de marca Amenábar no estaría ofreciendo, en el fondo, una solución cinematográfica a los problemas de un espectador que no ?se reconoce? en las producciones españolas porque no ?reconoce? en ellas la imagen que tiene de sí mismo o de su país (o sólo ?reconoce? una imagen ingrata), y prefiere consumir una réplica artificial, tecnológicamente al día, con la que engañarse sobre su importancia y papel en un mundo cada vez más inhóspito. En suma, el ingenio narrativo y la brillantez visual de este libro corrosivo estarían al servicio de una interrogación radical (ideada como un crucigrama estético y político de gran alcance) sobre los mecanismos, las miserias y las mitologías con que funciona la cultura española desde el final de la transición (con especial énfasis satírico en los prolíficos festivales de cine y demás eventos provincianos). El problema, por tanto, no es Amenábar. O no sólo, no de manera prioritaria. Más bien como síntoma delator de un mal arraigado en las arcaicas o anticuadas estructuras españolas (tanto sociológicas como antropológicas)[iii]. El problema básico es por qué en cualquier otro ámbito cultural o académico nos resultaría tan fácil imaginar una historieta análoga: ?Mis problemas con?? (póngase el nombre más deseado o indeseable). [i] Jordi Costa y Darío Adanti, Mis problemas con Amenábar, Editorial Glénat, 2009. [ii] Para quien albergue dudas sobre la relevancia histórica y cultural del cine de Jesús Franco no se me ocurre mejor remedio que la lectura de la monografía de Tatiana Pavlovic: Despotic Bodies and Transgressive Bodies: Spanish Culture from Francisco Franco to Jesús Franco. [iii] En mi reseña de España, de Manuel Vilas, ya adelantaba algo de esto.
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 ?Postmodernity, then, as an historical stage of capitalism which includes everything from the labor on the ground to the form of the thoughts and fantasies in people?s heads, constitutes a dominant ideological patterning system which forms a structural limit to all our superstructural as well as infrastructural realities. Even the representation of this immense totality ?a globalization characterized on the one side by advanced information technologies and on the other by a population explosion in which all the repressed subjects on the globe are finding their voices and emerging as subjects in their own right- is necessarily always thematized or biased by an ideological standpoint: a Real which can never find its ?objective? scientific knowledge but which must always be triangulated by the attempts of those who seek to represent it to include their own absolute epistemological and historical and class limits within their impossible representation.? (Fredric Jameson, Valences of the Dialectic, pp. 362-363, Verso, NY, 2009) Cada novelista que se tome en serio su tarea creativa debería hacer la prueba de leer esta reflexión de Jameson y saber, con respecto a ella, cuál es su posición personal, cuál es, en definitiva, su intelección del tiempo postmoderno (reconozca o no el uso de esta noción algo confusa), antes de seguir escribiendo sin entender del todo qué sentido tiene hacerlo en un mundo como éste. Por mi parte, Providence es mi respuesta más acabada al desafío de Jameson. Un ?mapa cognitivo? de la globalidad, trazado con todas las limitaciones a las que se enfrenta un creador individual con su pequeña tecnología lingüística y narrativa. Me divierte mucho, por todo ello, lo que se va publicando sobre Providence (entre otras cosas porque, como decía Derrida, ese aparente hors-texte forma parte del texto, colabora en la construcción metódica del ?mapa cognitivo? que PVD aspira a ser). La obligación de un escritor, tras entregar su obra a los lectores, es dar que hablar. Bien o mal, pero dar que hablar. No hay otra. Con PVD voy cumpliendo esto con creces, como se puede ver en la selección cronológica de textos presentados, como una cuenta atrás, en las entradas anteriores (todos fueron publicados a lo largo de este mes de enero en diarios de gran tirada o en blogs literarios). De la intersección de todos ellos, como en una aplicación perversa de la parábola sufí del elefante y los ciegos, es posible extraer una imagen aproximada de lo que es y no es PVD. En este sentido, no importa demasiado que algunos pretendan convertirme en un narrador clásico (ellos sabrán por qué quieren obliterar todo lo innovador y arriesgado que hay en la novela en pro de virtudes tradicionales que se podrían encontrar en cualquier best-seller culto o analfabeto, el género predilecto de la masa lectora), o en un pornógrafo neosadiano (sigue siendo un enigma para mí por qué algunas personas inteligentes se resisten a entender que la comedia sexual del presente, el porno nuestro de cada día, es uno de los fenómenos más estimulantes y atractivos a los que puede confrontarse un escritor absolutamente contemporáneo; nunca en la historia ha habido una situación tan desmadrada, tan fuera de normas, tan excesiva y dionisíaca, en suma, donde hasta qué sea sexual y qué sea sexo o sexos y cuáles sean éstos, sin citar a mi admirada Beatriz Preciado, está en proceso de búsqueda y redefinición), o en un corruptor literario y cultural de la peor especie (sí, lo reconozco, durante la escritura de PVD, gracias a su "escritura monstruosa", más bien, descubrí, y ya era hora, que la literatura y la cultura como tales, o al menos tal y como las entiende la buena sociedad literaria y cultural, garante de valores que me parecen moribundos, como un corsé o una camisa de fuerza, me importaban poco, muy poco o nada), o, el más problemático de todos, en el ganador virtual del Premio Herralde (en un país saturado de premios de novela nadie parece caer en la cuenta de que, más allá de otras consideraciones estéticas, mediáticas o sociológicas ligadas a las galas del poder, la cultura y los medios, la relación premio-difusión literaria es inversamente proporcional a la importancia social de la literatura, prueba incontestable de su fracaso). Mientras tanto paso por otras experiencias gratificantes (no todas sexuales, desde luego). Como el contacto, a través del email o el blog o cualquier otro medio disponible, con otros lectores inteligentes, mucho más inteligentes que el escritor que ha creado el artefacto que ellos decodifican con tanto acierto (la función intelectiva del lector, como creía Borges y los estudios cognitivistas refrendan, es indudablemente superior a la del escritor). Un lector tan bueno como Jordi Costa (que me descubrió que "Providence" es también el nombre de una isla en una serie de cómics de la Marvel, una isla artificial donde se reúnen los mejores cerebros del mundo para diseñar un futuro mejor para la humanidad), hoy mismo en El País: un laberinto procaz y culterano que reformula las mitologías populares con muy mala idea y descubre, detrás del Sueño Americano, el hedor mefítico de un mundo gótico y puritano con urgente necesidad de ventilación. Hija mutante de Pynchon y Foster Wallace, la novela parece obra de un matón intelectual con ganas de pelea (ideológica). O como Germán Sierra: Una novela compleja y muy inteligentemente construida, a la altura de los grandes clásicos posmodernos, y que dialoga con las principales tendencias narrativas de los últimos decenios. Escudriña la cultura norteamericana contemporánea ?desde dentro y desde fuera?, por lo que merece ser considerada tanto una de las grandes novelas españolas recientes como una de las mejores novelas norteamericanas del año. O como Javier Moreno: Me acuerdo de Providence, de Juan Francisco Ferré, y de tener la impresión de que Juan Francisco le ha hecho algo a la literatura española, algo que todos estábamos deseando, que ha conseguido una especie de plusmarca nacional difícil de batir; y de que si yo fuera la literatura española invitaría a Juan Francisco a una copa de Bourbon y luego ya se vería. O como Pablo Muñoz (aka Alvy Singer), de nuevo: Contaban en el Times que los escritores de hoy ya NO TIENEN PELOTAS PARA EL SEXO (en un ensayo del pasado domingo). Providence, además, tiene las escenas de sexo más cojonudas (redundancia) e inquietantes del último panorama. O como Jesús García Blanca (merece la pena consultar cualquiera de sus blogs para entender lo que significa hoy mantener una actitud insurgente), quien tuvo la generosidad de enviarme un mensaje cada vez que concluía la lectura de uno de los tres niveles de PVD. El último es el más ingenioso: un email dirigido al deus ex machina de PVD (?Darth el Deconstructor?), donde juega con las categorías más lúdicas de la novela. Los reproduzco en serie numerada: 1. Saludos, Juan Francisco. Acabo de terminar el primer nivel de Providence. Aunque leí algunas reseñas antes de empezar con ella, reconozco que no la compré por las flores que le echaban, ni tampoco por haberle gustado a Herralde. Lo hice porque Lovecraft está en la portada... y porque me fio mucho de mi intuición y olía ese aire especial que tienen las novelas con mayúsculas, esas en las que uno echa los restos. Sé que estoy sólo en la antesala, pero me encanta tu ironía y la promesa que empapa estas primeras páginas de que nos aguarda algo grande, algo que no vamos a olvidar nunca...
2. Nueva intromisión. Tras esa genial vuelta de tuerca con que acaba el segundo, acabo de ingresar en el tercer nivel de tu, no sé si llamarla Hipernovela echando mano de algo que parezca estética ciberpunk, o retomar aquellas entrañables escenificaciones del "Boom" calificándola de Novela totalizante; en cualquier caso, como te adelanté, Novela con Mayúsculas, que es lo mismo que Expedición de Búsqueda, si no del tiempo perdido, quizá de algún pedazo de nuestro ser. Más allá de las piruetas conceptuales de Jesús Andrés, más allá de las evidentes constataciones de Masoliver Ródenas y de los circunloquios multiculturales de Goytisolo, e incluso del hecho de compartir innumerables referentes cinematográfico-musicales-literarios, lo que me mantiene atado a su lectura es algo mucho más... llamémoslo primario: hacía mucho tiempo que una novela no me inquietaba: la organización del texto, esa mirada -tan de "Arrebato"- que obliga al lector a transformarse en voyeur pasado por el filtro de De Palma, el montaje -que deja caer los hilos de la narración y los retoma de modo aparentemente caótico-, la exacerbación de la ironía, el detalle aparentemente insignificante de que las "tomas" no sean correlativas, como sugiriendo textos invisibles, desarrollos alternativos, abandonos fantasmáticos... El lenguaje está envenenado, las palabras podridas, el diálogo corrompido, ¿cómo escapar del bucle?... Me siento tentado de contestar: escribiendo -porque escribir no es meramente utilizar el lenguaje, amontonar palabras, construir diálogos... escribir es alimentarse de todo eso para huir o para buscar ¿quién decide de qué lado miramos el asunto? Quizá vuelva. 3. Toma descartada, 9:
De: Mike Ryan Para: Darth CC: JFF. Enviado el: 01/01/Año Uno Asunto: Lo innombrable
El vacío.
Para nuestra desesperación, eso es lo que encontramos al finalizar una gran novela. Pero, ¿puede decirse esto de una novela que no respeta las reglas del principio-desarrollo-final? ¿Puede uno en propiedad afirmar que ha terminado de leer una novela acribillada de trozos de vacío, de agujeros narrativos, de saltos y tomas repetidas y personajes perdidos y autorreferencias en espejo y caminos desechados o sugeridos y tiempo retorcido? El viaje que usted propone, mi querido Darth ?mi temido Darth-; el viaje que hicimos en un tiempo jamás recobrado; el viaje en que estamos inmersos ahora y para siempre; es el viaje al vacío porque nunca se llega a destino, un viaje sin motivo porque el motivo es el tiempo, una parada eterna debido a algún fallo en los dispositivos de una nave milenaria que debió saltar al hiperespacio y se quedó suspendida en ninguna parte, por capricho de una tecnología obsoleta o excesivamente complicada para la insana simplicidad de nuestros sueños.
¿Qué hay más allá de esa intemporalidad? Algo que no tiene nombre pero que intuimos y que tratamos de tocar, de comunicar mediante la hiperescritura. Curiosa la mención ?en este intercambio de mensajes electrónicos- de Calvino y Perec. No sólo por la sugestiva circunstancia de que la última toma de PVD ostente el número 99 y esa sea la cantidad de capítulos de La vida, instrucciones de uso, como una ?dice Calvino- ?fisura a lo inconcluso en un libro ultradeterminado?. Lo más sugestivo es el hecho de que la descripción que Calvino hace de su última propuesta para el milenio ?la multiplicidad- parece corresponder a un retrato-robot de Providence: ¿no es Providence esa ?novela como una gran red?, esa ?máquina de multiplicar las narraciones? partiendo de iconos multisignificantes, una obra ?concebida fuera del self??
No me cabe duda de que JFF es un viajero hacia el vacío que nos ha legado una enorme propuesta para el milenio en curso plagada de ?fisuras a lo inconcluso?, un explorador del abismo ?que decía Vila Matas que dijo Kafka pero no lo dijo; aunque a efectos de escritura, ¿importa?
Aquí me detengo. Pulso enviar y a continuación hago click en el icono Cthulhu.
POSTDATA: Hoy también, como mis maestros Calvino y Perec, me siento un Balzac. ¿Será que estoy mutando como otros colegas hacia zonas más neutras del espectro cultural? [La espléndida ilustración es de Pablo Genovés, Satélite, y los lectores con buena memoria o una biblioteca bien surtida recordarán que ya figuraba al frente de Mutantes.]
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SUEÑOS AMERICANOS DOMINGO RÓDENAS Providence, de Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962), finalista del Premio Herralde de novela, mereció ganar. Es una obra tensa de ambición literaria genuina, impulsada con vigor por varios afanes encomiables de los que sobresalen dos: poner en cuestión ciertos aspectos del actual mundo globalizado y proponer una forma de novela acorde con la complejidad inabarcable de ese mundo y, desde luego, muy alejada de la panoplia de los realismos convencionales. Los logra a medias, pero el intento vale por un triunfo. El protagonista, Alex Franco, es un director de cine cuya ópera prima dividió a la crítica (La fiesta grande, ¿alusión irónica a La fiesta del asno, la anterior novela de Ferré?) y que recibe el enigmático encargo de reescribir el guión Providence sobre un artista lituano que se engancha a un videojuego llamado Providence. Tendrá que hacerlo en la ciudad norteamericana de Providence (cuna de H. P. Lovecraft), a cuya universidad ha sido invitado como profesor visitante. El inconformista español se enfrenta a la América profunda, de la que supura la imagen (y la imaginación) del nuevo orden global. Esos son los motores que hacen avanzar este artefacto narrativo: la puesta en cuestión del modelo socioeconómico y cultural yanqui y la necesaria adecuación del arte al signo (virtual) de los tiempos. Alex Franco es el eje que comunica esos motores, está fabricado con buen material picaresco, el del outsider cínico que abre las puertas traseras y perversas de una sociedad tramposa y brillante, pero es también uno de los dos talones de Aquiles de la novela. El motivo: su sexualidad frenética es narrada con detalle en cada uno de sus lances, una vez y otra, y esta insistencia no provoca, no perturba, no sorprende sino que provoca tedio y este es pecado de lesa ficción. No obstante la obstinación con las aburridas escenas de sexo multiforme, la novela mantiene su capacidad de interesar porque Ferré, cuando se pone a contar, sabe hacerlo de manera eficaz y cuando analiza ciertas estructuras culturales lo hace con inteligencia. ¿El segundo talón de Aquiles? La autoindulgencia en la prosa, a la que le falta desbroce. En todo caso, que no se malinterpreten estas dos objeciones: Providence es un libro meritorio. Merecía ganar el Herralde. (En el suplemento icult de El Periódico de Cataluña)
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WESTWARD THE COURSE OF THE EMPIRE TAKES ITS WAY MAURICIO SALVADOR Blog The Art of Fiction Esta tarde he estado leyendo algunas reseñas sobre Providence. Es sorprendente la cantidad de veces que se menciona la palabra realidad, aunque se comprende porque en sus páginas, en su método y en su visión sobre un mundo en ruinas, la realidad de Providence siempre está en duda, ya sea a causa de las drogas, o por un videojuego o simplemente por el delirio que conllevan los excesos. Y es coherente, hoy en día. Algunos científicos han propuesto la teoría de que el mundo podría ser una computadora y que nuestra partícula elemental es en realidad el bit de información; otros han dicho que nuestra realidad podría ser una gran virtualización llevada a cabo por una megacomputadora instalada en alguna mega astronave y corrida por un dios -un adolescente cualquiera, quizá- que nos estudia, y luego toma a los personajes más interesantes para correrlos en otra virtualización, lo más cercano a la reencarnación que he leído últimamente; y Juan Francisco Ferré propone ahora que la realidad puede ser una película, o que al menos nuestra visión y nuestra sensibilidad han sido tan modeladas por la pantalla que nos resulta difícil distinguir ya entre la sinceridad espontánea y el gesto mediado por la tecnología y la imagen. Cuando un adolescente en una ciudad cualquiera grita shit! o fuck! estamos exactamente ante un fenómeno de esa naturaleza. Y Álex Franco es un personaje equívoco en todo momento; aunque se muestra tan irónico y escéptico frente a la cultura americana, su ironía y sus ideas son un producto nacido precisamente de esa cultura, así que nunca termina por ser enteramente irónico o divertido. Sus gestos, mediados por el cine y por las drogas, son insinceros y uno presiente, desde muy temprano en la novela, que esa falta de sinceridad (podría decir falta de humanidad), es el destino fatal de Franco. Cuando uno lo piensa es incluso divertido atestiguar el esfuerzo de Franco por ser divertido o irónico; lo segundo lo logra Ferré, pero no Franco. Y por lo mismo es Álex quien constantemente tiene que explicarnos que estaba siendo irónico o divertido porque en sus diálogos en realidad nunca lo es.
Volviendo a las reseñas que leí, me pareció que con esa mención a la realidad convencional del realismo, por así decir, se ha querido también resaltar la distancia que existe entre esta novela y lo que dejó atrás. La mitad de eso es cierto, porque tanto en España como en México existió una serie de novelas tipo Corín Tellado que llevaron la idea del realismo a su extremo más artificioso y aburrido. Providence, en cambio, es una maquinaria narrativa posmoderna comentada posmodernamente a la que no creo que se le vayan a aplicar nunca las preguntas tradicionales que se aplicaban a las novelas tradicionales. Y con toda razón. Como buena novela posmoderna, se dice -y esto ya es un lugar común, aceptémoslo- lleva en sí misma su crítica y su poética, y esto vuelve a este tipo de novelas simplemente infranqueables; su desmesura es tal que el comentario y la crítica hacia ella casi tienen la obligación de ser igualmente desmesuradas para poder sobrevivir; no puedes preguntarte por el personaje porque significaría que, de hecho, no estás comprendiendo la ironía, o cuando algo no te gusta o piensas que resulta excesivo pues resulta que en realidad esa era la intención, aunque uno no lo quiera aceptar. A lo que me refiero -y en estos momentos no estoy hablando precisamente de Providence- es que las novelas nacidas bajo el aura del post posmodernismo o del after pop, han dado pie también a una clase de comentario cultural o crítico en el que todo cabe y todo se puede sin que la coherencia sea estrictamente necesaria. Uno puede arrojar cien conceptos, cien nombres, cien referencias, y parece no existir ninguna contradicción, al contrario. Y soy sincero, a veces no entiendo un carajo.
Comento esto porque mientras leía Providence algunas novelas me vinieron a la cabeza. Y se van a sorprender cuando diga cuáles. Durante la estancia de Franco en Providence comencé a pensar en esa saga de individuos atormentados por su propia personalidad y por sus propias y muchas veces equivocadas convicciones. En una de las mejores reseñas que he leído de Providence, René López Villamar menciona con cierto desenfado a James Wood, en el sentido de que Wood defiende una idea de realismo acartonada y nada afín a las propuestas del posmodernismo (o eso me pareció), pero Wood ha hecho la defensa justamente del individuo que vive plenamente en su propia realidad, una realidad convincente, no como género, sino como energía, que se expande al interior de todas las buenas novelas, posmodernas o no. La alienación de Franco me recordó la alienación de esos personajes sin nombre, como el hombre del subsuelo, de Dostoyevsky, o el hambriento y ambicioso personaje de Hamsun en Hambre, o el desquiciado y mentiroso fumador de Svevo. (Nota al margen: Wood ha sido comentado casi siempre por su "ataque" al realismo histérico, aunque esa reseña hace muy poca justicia a sus ideas sobre la ficción. Una lectura de su segundo libro, The Irresponsible Self, lo mostraría, al contrario, bastante apto para comentar una novela como Providence. Su ensayo sobre la inversión de la hipocrecía en Saltykov-Schedrin o el que dedica al "pathos of rambling" de Shakespeare son aproximamientos a una ficción eternamente innovadora.) Franco, sin embargo, es siempre el mismo, de principio a fin. Su alienación no es realmente psicológica -aunque por momentos viva un infierno mental terrible- sino matizada por lo que Ferré -y muchos otros, claro- ha visto como el síntoma de nuestros tiempos, la personalidad mediada por todo lo posthumano, la realidad virtual, la tecnología, las drogas, el cine. Y por supuesto el centro de todo esto está en América. El narrador de More Die of Hertbreak, de Bellow, lo dice mejor: "America is where the action is". Las versiones modernas de aquellos individuos atormentados por sí mismos -y que varios comentaristas han mencionado- se dieron muy bien en EU en versiones violentas y al mismo tiempo edulcoradas, como American Pyscho y The Fight Club, por ejemplo. Pero debo decir, con toda sinceridad, que Franco me pareció un personaje aburrido casi todo el tiempo.
Lo que me ha deslumbrado de esta novela es la visión de lo que comunmente hemos llamado la "América profunda". Parece un chiste, casi, esta América profunda. Pero Ferré logró algo que nunca había visto en la narrativa en español, o que no lo recuerdo al menos. Viajó realmente hacia dos de los cimientos más duraderos de la narrativa estadounidense, el puritanismo y el racismo, dos temas dejados de lado en casi todas las reseñas que leí. Hay muchísimas referencias a pelis y libros posmo y toda clase de artefactos, cierto, pero lo que me hizo seguir leyendo esta novela no fue la superposición de realidades, ni el videojuego o las referencias cinéfilas, ni el Blue Moon ni el sexo desenfrenado, sino el viaje de Ferré hacia esos dos bastiones que originaron la gran narrativa estadounidense del siglo XIX. (La crítica posmo le tiene tanto resquemor al siglo XIX que moriría antes que atreverse a citar a algún novelista de este malhadado siglo.) El puritanismo no es sólo un conjunto de prescripciones morales; para la narrativa de Estados Unidos fue su comienzo, el "plain style" que pretendía nombrar las cosas como eran, aunque esos primeros puritanos, con sus zapatos de hebillas y sus sombreros extravagantes, se encontraron ante la gran tarea de usar el estilo sencillo para describir algo que los rebasaba, la naturaleza americana, en la que además veían una promesa milenaria, el futuro "sueño americano" que tanto alimentó la gran narrativa del siglo XX. Los puritanos de las plantaciones se veían no menos que como una nueva tribu israelita llamada a crear la nueva y ejemplar ciudad del nuevo mundo. Pero se convirtieron también en seres cada vez más atormentados por la idea del pecado. Y aparejar a este Dios la idea de que cada hombre construye su destino no era nada fácil. La letra escarlata es un magnífico ejemplo de cómo el puritanismo seguía vivo en los tiempos de Hawthorne y Melville. Y para no seguir hablando de la influencia del puritanismo en la literatura de EU basta citar un magnífico libro, donde leí todo este rollo: From Puritanism to Posmodernism, de Richard Ruland y Malcolm Bardbury. El tema del esclavismo y del racismo inherente a los Estados Unidos es el otro cimiento, para mí al menos, de esta novela, y las escenas donde Howard se dedica a deshacerse de los indeseables son puro gozo. No me habría importado prescindir de todos los malos chistes de Franco con tal de encontrarme con esta subtrama. No me importó, de hecho. En esta exploración sobre esos aspectos todavía palpables de EU radica, creo, la maestría de Ferré. Que nos ilumine acerca de la degradación moral de los americanos es lo de menos, porque hoy en día es una degradación moral mundial, somos tan inmorales e hipócritas como ellos. Sin embargo Ferré ha logrado algo sorprendente con tan sólo esas páginas. Puede ser excesiva, a veces fatigosa, pero Ferré ha puesto una vara muy alta para sí mismo, algo que todos los narradores, independientemente de su adscripción estilística, tienen el compromiso de hacer.
PD. Por último, debo decir que al principio pensaba hacer una comparación entre esta novela y la ganadora del año pasado. ¿Pero tiene caso? Como acabo de leer Providence la verdad es que muchas ideas me siguen dando vueltas. Todavía no estoy muy seguro de haber entendido las últimas cuarenta páginas, y si alguien me deja un comentario y me las explica me haría un gran favor. Espero poder escribir algo más en los próximos días. Mientras tanto debo quitarme de la cabeza al tal Darth Vader.
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