
André Comte-Sponville, Lucrecio. La miel y la absenta; Paidós, Barcelona, 2009
?con la sola excepción de Lucrecio, que tuvo valor para ver la realidad como es y hacerla objeto de su Poesía.
G. Torrente Ballester, La saga / fuga de J.B.
A partir de uno de los versos (?sobre un tema oscuro, mi luminoso canto?, IV, 8-9) del vasto poema De rerum natura, la magna obra del poeta latino Lucrecio (siglo I a.C.), el pensador galo Comte-Sponville conforma el sustrato argumentativo de su ensayo. El tema oscuro sería el pensamiento de Epicuro, mientras que el luminoso canto se constata como la aportación sustancial del propio poeta. Lucrecio fue un personaje sobre cuya peripecia vital se tienen pocos datos, pero que legó a la humanidad una versión poética sobre la naturaleza en el epicureísmo que ha seguido teniendo lectores y estudiosos hasta el día de hoy, por su potencia lírica y filosófica y su negación de todo lo ?sobrenatural? (p. 84). Como lírico, ha influido a poetas y pensadores de todas las épocas, como Fray Luis de León, Poliziano, Spenser, Montaigne, Molière, Goethe, Schlegel o Byron[1], y fue incluido por George Santayana en su célebre estudio Tres poetas filósofos: Lucrecio, Dante, Goethe.
Creo que las opiniones de Comte-Sponville, como en general las de todo filósofo que opina sobre poesía, son más acertadas cuando se acercan desde la filosofía a la lírica que cuando se dirigen al revés. Me explico con ejemplos; creo que el autor se acerca a una idea muy interesante cuando apunta:
Lo que importa es el placer, y lo que libera es la verdad. Pero, en ambos casos, sólo accedemos a su experiencia a condición de que primeramente superemos en nosotros aquello que nos aleja de ella. Y en eso consiste la filosofía misma. Que la poesía pueda también ayudarnos a conseguirlo, fue, contra Epicuro, la apuesta de Lucrecio. Tal apuesta es lo que he intentado volver comprensible para los lectores actuales. Ninguna emoción puede suplantar al pensamiento. Pero ¿de qué valdría un pensamiento que nunca consiguiera conmovernos? Ése es el punto en el que la filosofía coincide con el arte, o puede encaminarnos a él. Y es el punto en que el arte, en sus realizaciones más elevadas, incumbe a la filosofía? (?Prólogo?, p. 14).
Pero en otros momentos demuestra no conocer ?como es lógico, al no ser poeta ni especialista en poesía? lo que sea el arte versal: ?por eso necesitamos a los filósofos, y quizás aún más, cuando no mienten, a los poetas? (p. 32). ¿Cuándo miente un poeta? ¿Y cuándo dice la verdad? ¿No sería la poesía una verdad de calidad diferente? ¿Por qué es ?superior? la verdad a la mentira? Este tipo de sentencias nos recuerdan al desafortunado Platón de la República cuando escribe que ?puesto que el poeta ve tan pronto las cosas grandes como las más pequeñas, no produce más que fantasmas y se halla por tanto a una distancia infinita de la verdad?[2]. En tal caso, sólo puede añadirse: por fortuna. Creo que cualquier poeta o pensador de la poesía está más cerca de Shelley, cuando dice que ?ser poeta estriba en aprehender lo verdadero y hermoso, en una palabra, lo bueno que hay en la subsistente relación, primero entre la existencia y la percepción, y segundo entre la percepción y la expresión? (A Defence of Poetry). En todo caso, la herencia de Heidegger, Ortega, Gadamer y Derrida, entre otros, parece que obliga a los filósofos a tener que emitir siempre algún tipo de discurso sobre la poesía, lo cual nos ha traído multitud de pensamientos absolutamente prescindibles al respecto. Sólo cuando los filósofos observan desde la filosofía a la escritura, intentando relacionar su esfuerzo discursivo con el pensamiento poético, llegamos a pensamientos iluminadores. Cuando el filósofo se sitúa en la poesía, el resultado es tan poco afortunado como cuando el poeta se sitúa en el lugar del historiador de Filosofía. Por supuesto, puede haber excepciones, pero son casos aislados en medio de leyes que entiendo poco flexibles, y a las pruebas me remito. El propio Comte-Sponville parece reconocerlo cuando dice que su falta de dominio del latín le impide disfrutar del texto como un poema (p. 29); a pesar de ello, y de no ser poeta, no duda ni un instante en lanzar sentencias atrevidas sobre la condición de vate de Lucrecio, y sobre el valor del texto como poemario, e incluso a comparaciones insostenibles con Virgilio, Hugo o Valéry[3]. El ensayo, no hay ni que decirlo, cae en el capítulo 2 dedicado a De rerum natura como poema, pero luego alza el vuelo en cuanto retoma aquello en lo que Comte-Sponville sí es experto, el pensamiento.
Para Comte-Sponville, como para Boyancé[4] o Rosset, Lucrecio es más poeta que sabio, y Epicuro más sabio que poeta; Epicuro sería un moralista y Lucrecio un trágico (capítulo 4); del mismo modo Epicuro es simplemente un filósofo y Lucrecio además un psicólogo (cap. 5), capaz de comprender el tamaño de la angustia humana ante la muerte (p. 63-66), a modo de un sol negro que pudiera iluminar con la poesía las regiones oscuras de nuestros demonios. Su pensamiento, desarrollando el del filósofo griego, intenta lograr una ambiciosa conciliación entre la verdad del devenir planteada por Heráclito y la verdad estanca del ser de Parménides, en un entorno de física atómica puramente materialista. Aunque su ensayo no deja de ser un paseo (p. 83) por el libro de Lucrecio, Comte-Sponville presenta al poeta romano como más próximo a la vida (y a la muerte) que Epicuro, más mezclado con la realidad de las cosas sin renunciar a la abstracción. Hay apreciaciones muy inteligentes del autor, como al apuntar que las repeticiones no eliminadas del poema pueden servir como énfasis confesional de las obsesiones de Lucrecio (p. 55).
Comte-Sponville liquida rápida y tajantemente una de las cuestiones más controvertidas referentes al poeta latino, cual es su posible aportación al margen de su evidente pleitesía al pensamiento de Epicuro. Para el autor, Lucrecio no es más que un ?discípulo (?) absolutamente fiel y fiable? (p. 21), aunque no faltan opiniones recientes que discrepan de esa simplificación. Ramón Román Alcalá, por ejemplo, expresa en Lucrecio: razón filosófica contra superstición religiosa (2002) que el concepto de clinamen y la teoría embrionaria de la evolución de las especies no sólo no estaban en Epicuro sino que Lucrecio les da en su poema una conformación plena, fruto de un pensamiento propio (como cualquier otro, con los lógicos antecedentes). La teoría del clinamen es especialmente importante para Román Alcalá, porque demuestra cómo la indeterminación puede ser también parte de un sistema materialista, ahondando en lo que Epicuro sólo había apuntado[5]. De la misma manera, Clement Rosset exponía en Lógica de lo peor que en el sistema de Lucrecio ?la razón es excluida del mundo en beneficio del azar, pero, por su parte, el azar constituye una razón?[6]. De esta forma el sistema de Lucrecio se constituye como uno de los primeros donde la entropía tiene un lugar fundamental y ?lógico? dentro de la cosmovisión. Para terminar, el hecho mismo de continuar las enseñanzas de Epicuro mediante la poesía supone un distanciamiento y una parcial refutación de éste; inequívocamente, para Lucrecio la poesía es ?como para los mejores poetas? una vía de acceso al conocimiento y una forma de comunicar el mismo[7].
Lucrecio. La miel y la absenta es, por su condición ensayística, digresiva y rigurosa a la vez, una excelente introducción a la figura de Lucrecio y su obra. Los escasos defectos que pueden achacársele, quizá debidos al exceso de pasión, no restan un ápice de valor e interés a un libro generoso, ameno, que aporta además un esfuerzo de traducción propia (perdido en parte para los lectores no francoparlantes) de la obra de Lucrecio.
[1] Cf. Michael von Albrecht, ?Fortuna europea de Lucrecio?; Cuadernos de Filología Clásica: Estudios Latinos, vol. 20, núm. 2 (2002) [pp. 333-361], pp. 335-38; y Ángel Jacinto Traver Vera, ?Dos ejemplos de recepción clásica: Lucrecio 2, 1-13 en fray Luis y Lord Byron?, Anuario de Estudios Filológicos, vol. 22, 1999, pp. 459-474.
[2] O al propio Epicuro cuando ve a la poesía como ?maestra de error y falsedad?. Epicuro critica duramente a la Teogonía y su discípulo Metrodoro, como recuerda Alfonso Reyes, atacó a Homero y a la lírica (A, Reyes, La filosofía helenística; en Obras completas, XX: Rescoldo de Grecia, la filosofía Helenítica, libros y libreros en la antigedad; Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1979, p. 277).
[3] Véase la página 33, donde aventura este juicio que a mí me hubiera dejado sin dormir muchas noches, sea por las horas de estudio o por el arrepentimiento: ?A su lado, a Valéry le falta carne; a Hugo, rigor; a Virgilio o a Horacio, fuerza??.
[4] P. Boyancé, ?Lucrèce et la poésie?, Revue des Etudes Anciennes, nº XLXIX, 1947, pp. 88-110.
[5] R. Román Alcalá, Lucrecio: razón filosófica contra superstición religiosa; UNED, Córdoba, 2002, pp. 95-96.
[6] C. Rosset, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica; Seix Barral, Barcelona, 1976, p 171.
[7] ?Todo poema es, pues, una exploración del material de experiencia no previamente conocido que constituye su objeto. (?) De ahí que el proceso de la creación poética sea un movimiento de indagación y tanteo en el que la identificación de cada nuevo elemento modifica a los demás o los elimina, porque todo poema es un conocimiento ?haciéndose??; J. Á. Valente, ?Avance por tanteo?, El ciervo, nº 486, 1990.

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