Vicente Luis Mora. Diario de Lecturas

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    10 notas a partir de la Casa Perforada

    Posted: 14-March-2010, 1:09am CET by Vicente Luis Mora
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    3. Vidrio, arquitectura. ?Lo que me interesa del vidrio es la cantidad de matices que proporciona, y no su condición de transparencia absoluta. Me interesa la complejidad de respuestas del vidrio ante diferentes condiciones de iluminación, su cualidad como encaje que puede tornarse ?mediante la superimposición de serigrafías, por ejemplo? en un plano con espesor. El vidrio me permite incrementar la complejidad plástica de un edificio sin complicar la forma?; Jean Nouvel en El croquis, ?Jean Nouvel 1987-1994?, nº 65-66, Madrid, p. 31.


    4. La casa exhibicionista / la casa voyeur. Lo que tiene de especial The Perforated House (KUD [Kavellaris Urban Design], Melbourne, 2008) es su doble y simultánea condición de casa transparente y de casa opaca que transparenta el exterior. El juego de una espesa fachada de vidrio cubierta por una capa metálica agujereada permite a los habitantes poder ver el exterior sin ser vistos desde fuera. También, mediante el corrimiento de las compuertas superiores, permite ser contemplada por entero desde el exterior, hasta la última pared del fondo. El juego de miradas depende de la voluntad, del humor, del habitante. Éste decide ser exhibicionista o, por el contrario, voyeur, con un simple mecanismo técnico. A diferencia de las anteriores casas de cristal, a las que hemos dedicado ya algunas páginas, esta casa de cristal ya no es ?de forma automática? una casa transparente. En todo caso, la mirada es inevitable; quienes viven dentro tienen que optar en todo momento por mirar o por ser mirados, lo cual me parece una metáfora muy sugestiva de nuestro tiempo.




    5. Somos los hombres huecos. Escribe Paul Valéry: ?Tan recta es mi visión, tan pura mi sensación, tan desgraciadamente completo mi conocimiento, y tan sutil mi representación, tan nítida, y mi ciencia tan consumada, que desde la extremidad del mundo hasta mi palabra silenciosa me penetro; y levantándose de la cosas informe que se desea, a lo largo de fibras conocidas y centros ordenados, yo me soy, me respondo, me reflejo y repercuto, me estremezco en el infinito de los espejos ?soy de cristal?[1]. La precoz y preclara nouvelle de Valéry, esa obrita en la que está resumido lo más profundo de la Modernidad y lo más terrible del sujeto posmoderno que estaba por venir, alude precisamente al individuo como espacio a habitar, como hueco deseando tener un sentido, un contenido, lo que presentía también Eliot en ?The Hollow Men?. Las metáforas de la mente como habitación son antiguas, se remontan a las fábulas mnemotécnicas de Simónides de Ceos; las del sujeto como habitación o edificio son más recientes, provienen de la época moderna y nos acompañan, con su vacío estructural, desde entonces. En mi tesis he recopilado numerosos ejemplos, sobre todo poéticos, de sujetos como casas, pero me interesan mucho los ejemplos inversos: cuando son observadas ciertas casas como sujetos. Por ejemplo, cuando Slavoj Zizek compara en su documental The Pervet?s Guide to Cinema (2006) la casa de Psicosis con el sujeto freudiano: la planta superior, la de la madre, es el superego, la de ras de suelo es utilizada por Hitchcock como el ego, y el terrible sótano el lugar del ello. Otro ejemplo es la terrible casa cambiante y viva de la novela House of Leaves (2000) de Mark Danielewski. En un sentido similar, The Perforated House representa a la perfección el sujeto posmoderno, transido por la mirada, hiperconsciente de su lugar en lo público, dispuesto al juego, irónico, mitad ingenioso y mitad terrible, acosado por el lugar de los demás, estrecho, dividido entre el pánico a la videovigilancia y la inversión del temor a ser mirado.





    6. Sobre la inversión del miedo a ser mirado: Germán Sierra inventa en Intente usar otras palabras (2009) el término ?panoptofilia?, definido por un personaje como ?la inversión actual de la paranoia: el deseo de que alguien observe cada instante de nuestra vida?[2]. Esta es la nueva dogmática: ?me miran, luego soy? (p. 144). Canetti caracterizó la edad moderna como aquella donde el contacto con la masa hace perder al hombre el temor a ser tocado. El contacto con los mass media ha operado un cambio similar con el sujeto de nuestro tiempo, sustituyendo el contacto físico por el visual: ?piensa que cada centímetro cuadrado de las ciudades es constantemente vigilado, filmado, fotografiado. Calcula en cuantas filmaciones se filma casualmente a otros que, a su vez, estarán filmando. En cuantas instantáneas tomadas al azar puede apreciarse la presencia de cámaras de seguridad que te vigilan. En cuantos agentes se dedican a sacar fotos a los que sacan fotos de objetos o lugares que no deberían ser fotografiados. En cuantos recuerdos de turista aparecería su propia figura como una pieza más del paisaje urbano? (p. 71). Es una obsesión que puede perdurar más allá del propio individuo que la siente, como en el relato de Rodrigo Fresán: ??Ya tengo todo listo y organizado?, me explica la mujer de los espejos. ?En mi ataúd hice montar una pequeña cámara de circuito cerrado con batería para cincuenta años. Del lado de adentro de la tapa. Sobre mi rostro. Apuntándome. Para que transmita día y noche. Medio siglo. Así la gente va a poder enterarse de cómo voy cambiando. Usted sabe, los muertos no están muertos. Es decir, inmóviles, como todo el mundo piensa. Los muertos se mueven, los muertos cambian. Y el proceso de descomposición es mucho más lento de lo que las personas suponen. Así que sin gran esfuerzo, y gratis, usted o cualquiera va a poder suscribirse a mi canal de cable. Canal 0. Veinticuatro horas al día de programación y me hace feliz imaginármelos a todos frente al televisor, un whisky en la mano y yo, la muerta viva, en colores y los chicos comentando que hoy estuve más divertida que ayer??[3].




    7. Soy si soy percibido. O sea, que el sujeto posmoderno no es nada si no se siente mirado: ?Si dejas de mirarme / moriré (?) Para siempre: yo vigilo, tú vigilas / y lo que aquí está escrito nos vigila a los dos. // Dentro del pájaro, la jaula?; dice el poeta Rubén Martín[4].




    8. Aura en el sentido de Carlos Fuentes, en fantasma. Tomando como pretexto la Casa Farnsworth (1957) de Rohe, el artista Iñigo Manglano-Ovalle elaboró en su instalación LeBasier/The Kiss (1999, Bienal del Whitney Museum), una interesante reflexión sobre la televigilancia social, distinguiendo el mundo visto y el observado. ?Es una especie de sueño extraño, como si todas las casas quisieran ser casas de cristal, como si todas ellas desearan, en el fondo, perder su aura, pues, lo sabemos desde el Benjamin de Experiencia y pobreza, las cosas de vidrio no tienen aura? (Domingo Hernández Sánchez)[5].









    9. Socioliteratura de las casas de cristal. En Nosotros (1920), de Yevgueni Zamiatin, los pobladores viven en casas de cristal. Las habitaciones tienen unas cortinas que sólo pueden desplegar con permisos especiales, el día permitido para los encuentros sexuales: ?No tenemos nada que ocultarnos. Además ello facilita la difícil e importante labor de los Guardianes. De no ser así, ¡podrían suceder muchas cosas! Es posible que las extrañas viviendas no transparentes de nuestros antepasados fuesen la causa de su miserable psicología celular?[6]. El tema debía pertenecer al inconsciente social ruso porque, en la misma época, ?el poeta Vladimir Khlebnikov propuso colocar a todos los habitantes de Rusia en celdas habitables de vidrio, sobre ruedas, para que pudieran viajar a cualquier lugar y verlo todo (y a la vez ser vistos sin impedimentos)?[7]. Orson Scott Card, en El profeta rojo (1988), describe otra ciudad llena de edificios de cristal que no proyectan sombra sobre el suelo. George Orwell, con notable ironía, apostilla en 1984, para mostrar el contraste social, que el Ministerio que controla a las masas está ?desprovisto de ventanas?[8].









    10. ¿Conclusión? No hay conclusión. ?Sin poder evitar (?) preguntarse cómo es posible soportar tanto dolor disfrazado de espectáculo?; Mercedes Soriano, Historia de no; Alfaguara, Madrid, 1989, p. 71.



















    [1] Paul Valéry, Monsieur Teste; Visor Distribuciones, Madrid, 1999, p. 46.







    [2] G. Sierra, Intente usar otras palabras; Mondadori, Barcelona, 2009, p. 145.







    [3] R. Fresán, ?Pequeño manual de etiqueta funeraria?, La velocidad de las cosas; Mondadori, Barcelona, 2002, p. 128.







    [4] Rubén Martín, ?Panóptikon (segunda toma)?, Radiografía del temblor; Renacimiento, Sevilla, 2007, p. 46.







    [5] Domingo Hernández Sánchez, La comedia de lo sublime; Quálea Editorial, Torrelavega, 2009, p. 104.







    [6] Y. Zamiatin, Nosotros; Círculo de Lectores, Barcelona, 2000, p. 35.







    [7] Boris Groys, ?La ciudad en la era de su reproducción turística?; Zut, nº 1, primavera 2005, p. 17.







    [8] George Orwell, 1984; Planeta, Barcelona, 1969, p. 11.

   
 
       
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