
He mantenido recientemente algunas discusiones en las que mis interlocutores defendían la idea -no por conocida menos sorprendente-, de que el grado de bienestar histórico alcanzado por la sociedad occidental debe soportarse sobre un grado de deterioro y depredación de los recursos naturales ineludible que, en consecuencia, no debe causarnos remordimiento alguno. Qué le vamos a hacer, piensan, si para alcanzar ciertas comodidades debemos esquilmar el fundamento que las sustenta. Michael Braungart, el científico alemán impulsor del movimiento Cradle to Cradle, decía que incluso aquellos de entre los convencidos de la inevitabilidad del deterioro que se avienen a ser menos malos utilizando procedimientos de sostenibilidad, no hacen otra cosa que gestionar precariamente la culpa. En el año 2002 creó una plataforma abierta para el intercambio de información destinada a la adopción de los principios de ecoefectividad de Cradle-to-Cradle. En la página incial de GreenBlue puede leerse: “imagina una economía que purificara la tierra, el aire y el agua; que utilizara solamente energía solar y no generara deshechos tóxicos; cuyos materiales nutrieran la tierra o fuera infinitamente reutilizables; cuyos beneficios fueran compartidos por todos”. Seguramente los interlocutores a los que aludía al inicio y el Profesor Braungart no se llevarían demasiado bien.
Entre las iniciativas que promueve GreenBlue está Metafore, una plataforma abierta de intercambio de información para “empresarios que quieran evaluar, seleccionar y manufacturar maderas y productos de papel preferentes”, es decir, ecoefectivas. Entre otras iniciativas decisivas está la del desarrollo de The Environmental Paper Assessment Tool (EPAT), que proporciona a compradores y vendedores de productos de papel un marco y un lenguaje consistente para la evaluación y selección del papel, algo que refuerzan, a su vez, organizaciones como What’s in your paper, que relanza su actividad con ocasión de “La hora del planeta” promovida por la WWF. Su propuesta de alcanzar progresiva y pragmáticamente, en cuatro escalones, un grado de efectividad ecológica en el uso del papel que garantice una economía que no genere deshechos tóxicos inasumibles, es más que reseñable.
Buena parte de la originilidad y fortaleza de su trabajo se basa, también, en el desarrollo de una plataforma abierta de intercambio de información sobre proveedores, fabricantes y tipos de papel denominada Canopy, una base de datos de papeles ecológicos que ha crecido en más de dos tercios en los últimos dieciocho meses, una organización canadiense que contribuye muy activamente a la plena concienciación de la industria editorial de su país, a transformar sus hábitos y sus procedimientos.
Vivimos en un planeta hecho en buena medida de papel y su fabricación y consumo son, en buena medida, parte del problema que hemos creado y que debemos resolver. Nuestra prosperidad y nuestro bienestar no pueden estar basadas sobre el deterioro y el menoscabo asumido de los recursos naturales. Contamos con herramientas y conocimientos suficientes para subsanarlo, para sobrepasar el rácano concepto de sostenibilidad y pensar ecoefectivamente. Mañana sonarán las campanas del planeta a las 20.30 y quizás sea un buen momento para pesnar en la lista de cosas que todos deberíamos hacer por un planeta y una economía más verdes.
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