La soledad del corredor de fondo
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 Conocí a David Torres en una Semana Negra, en Gijón, hace cinco años. Me lo presentó Juan Bas, que le consultaba tecnicismos de boxeo para LA CUENTA ATRÁS en la terraza del mítico Don Manuel. Ambos eran aficionados a ese deporte y, ocasionalmente, practicantes. Luego, este año, tuve la suerte de coincidir con él en un par de ocasiones: la feria del libro de Sevilla y en la Semana Negra con ocasión de la promoción de NIÑOS DE TIZA por su parte y EL MAL ABSOLUTO, por la mía. Además de escritor de raza es un contador de chistes desternillantes, casi tan bueno como Juan. Si se junta con David Panadero, la combinación suele ser explosiva. NIÑOS DE TIZA  (Algaida, 2008) de David Torres Mucho se hacen esperar los libros de David Torres. Un buen puñado de años, cinco, los que van desde EL GRAN SILENCIO, finalista del premio Nadal, a NIÑOS DE TIZA, premio Tigre Juan, que podría considerarse una secuela del primero. Pero mientras tanto el escritor madrileño no ha perdido el tiempo y tiene una cita continuada en las columnas del diario El Mundo en el que es un asiduo colaborador con artículos de brillante factura que ha recopilado en otro hermoso libro: BELLAS Y BESTIAS, un conjunto de retratos magistrales. Vuelve NIÑOS DE TIZA al barrio, por el que Torres siente una especial querencia al definirse como niño de la última generación que utilizó la calle como patio de juegos ? los niños de ahora no saben lo que es girar una peonza, jugar a las canicas, hacer carreras de chapas ni nada que se le parezca ? del que volvían con heridas de guerra, esos costrones que siempre caían antes del tiempo y sobre los que las madres aplicaban algodones con agua oxigenada que quemaban como el demonio. En un mundo de realidad virtual eso suena a cosas del Pleistoceno, pero David Torres es joven, pertenece a esa generación que vivió, de pantalón corto, el final de la dictadura de Franco. De esos niños del barrio de San Blas trata la novela de David Torres, de los de su barrio entre los que David jugaba en las postrimerías del franquismo como cierre de una etapa vital a partir de la cual las cosas iban a ser diferentes y se perderían las calles a favor de los coches, de los niños que, ya en el colegio, perfilan su personalidad, y de su deriva cuando se hacen mayores, de cómo ya entonces eran amigos o enemigos y de como esa relación se agudiza y se vuelve más tensa cuando crecen, de cómo esos enfrentamientos a puñetazos o pedradas en los váteres, fuera de clase, se convierten luego en cuchilladas o pistoletazos en las calles de la ciudad, porque la novela de David Torres tiene un pie en la nostalgia, que mira con ternura, y otro en la novela negra cuyos entresijos domina a la perfección con párrafos de una dureza extrema, saltando en el tiempo, constantemente, sin que se resienta un ápice su impecable estructura narrativa.  NIÑOS DE TIZA es una novela maravillosamente bien escrita, con una prosa cuidada en extremo, evocadora de un tiempo pasado que recuerda, a veces, a la mejor película de Sergio Leone que seguro David tiene entre sus favoritas: ERASE UNA VEZ AMÉRICA. Personajes de carne y hueso, como el turbio y violento, pero entrañable matón, Roberto Esteban que vive de dar palizas previo contrato y protagoniza su novela, como ya lo hiciera en EL GRAN SILENCIO, y la troupe de secundarios de lujo como el Chapas, Romero.., perfectamente dibujados, confirman a David Torres como un narrador extraordinario que domina los entresijos del lenguaje y juega con él con maestría, oscilando entre el lirismo y la barbarie. Nos encontramos, y seguro que le agradará mi observación, ante un muy digno sucesor de la prosa de Juan Marsé: ambos, como también lo hace González Ledesma, tienen el barrio muy metido en el corazón.
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GERVASIO SÁNCHEZ¿Debe de ser el fotógrafo un testigo moral de lo que sucede a su alrededor y recoge su cámara de fotos? ¿Es la fotografía un arma de denuncia social, además de un arte? De todo esto nos da una lección moral el fotógrafo Gervasio Sánchez, al recoger el premio Ortega y Gasset de fotografia. A continuación su discurso, que no tiene desperdicio y es el pie de foto de sus instantáneas.
 Estimados miembros del jurado, señoras y señores:Es para mí un gran honor recibir el Premio Ortega y Gasset de Fotografía convocado por El País, diario donde publiqué mis fotos iniciáticas de América Latina en la década de los ochenta y mis mejores trabajos realizados en diferentes conflictos del mundo durante la década de los noventa, muy especialmente las fotografías que tomé durante el cerco de Sarajevo.Quiero dar las gracias a los responsables de Heraldo de Aragón, del Magazine de La Vanguardia y la Cadena Ser por respetar siempre mi trabajo como periodista y permitir que los protagonistas de mis historias, tantas veces seres humanos extraviados en los desaguaderos de la historia, tengan un espacio donde llorar y gritar.  No quiero olvidar a las organizaciones humanitarias Intermon Oxfam, Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras, la compañía DKV SEGUROS y a mi editor Leopoldo Blume por apoyarme sin fisuras en los últimos doce años y permitir que el proyecto Vidas Minadas al que pertenece la fotografía premiada tenga vida propia y un largo recorrido que puede durar décadas.Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años.  Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad. Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.  Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte.Muchas gracias.
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Bryan Patrick Weiler (Chicago, 1973) Licenciado en Economía y Estudios Hispánicos por la Universidad Northwestern. Su interés en España y la cultura española se remonta al colegio (High School). En 1993 cursó estudios de literatura en la Universidad de Sevilla, en donde conoció a la gente y la cultura de España de primera mano, aficionándose al argot sevillano, el baile flamenco y la cultura popular española en general. De regreso a Estados Unidos saca una maestría en Filología Hispánica en la Universidad Loyola de Chicago en mayo 2003. En verano de 2002, fue a Alcalá de Henares para recibir clases de literatura en la universidad. En agosto 2003 empezó los estudios de doctorado en la Universidad de Wisconsin ? Madison. Impartió clases de literatura española introductoria por un año en la Universidad Loyola entre 2002 y 2003; lengua española en Madison durante dos años y medio entre 2003 y 2005. Le interesa especialmente la cultura popular del post-franquismo, la novela negra española, y la intrahistoria de la España de la 'movida.' o la historia económica de España a partir de la guerra civil. Prepara su tesis sobre INVESTIGANDO LA ALTERIDAD DELINCUENCIAL: LA EMPATÍA HACIA SUBJETIVIDADES CRIMINALES EN DOS AUTORES ESPAÑOLES DE NOVELA NEGRA: Carlos Pérez Merinero y yo mismo. Lo que sigue es una entrevista que me hizo recientemente para ultimar su tesis.  Junto al autor de esta entrevista en la pasada Semana Negra de Gijón. ENTREVISTA DE BRYAN PATRICK WEILER BRYAN PATRICK WEILER? En casi toda la producción suya de los años ochenta, las fechas de publicación difieren bastante de las fechas de creación literaria. Es decir, mientras la editorial nota que la obra fue publicada en 1988, para citar un ejemplo, la posdata final dirá 1986. ¿A qué se debe la frecuencia de este fenómeno? JOSÉ LUIS MUÑOZ?Bueno, eso es algo que suele ocurrir cuando la producción literaria propia no puede ser absorbida por el mundo editorial. Es bastante normal que la fecha de escritura de un libro sea muy anterior a la de publicación, bien porque yo demore personalmente la salida al mercado de la novela en cuestión, bien porque no encuentre la editorial que deba publicarla en su momento. Hay novelas como LLUVIA DE NÍQUEL, por ejemplo, que se demoraron diez años o más en ser publicadas y que en ese espacio largo de tiempo sin duda mejoró.  BPW? En al menos tres de las primeras diez novelas suyas ("Barcelona negra", "El cadáver bajo el jardín" y "La malformación de R. Melic"), el nombramiento de capítulos se remonta a un estilo decimonónico, muy parecido a lo que hace Benito Pérez Galdós. ¿Qué puede decir al respecto en cuanto a esta comparación estilística? JLM?Sí, al principio titulaba los capítulos, y lo hacía antes de escribirlos. Eso me facilitaba, en cierta medida, la escritura posterior, porque en el título del capítulo estaba implícitamente su desarrollo. En esos primeros libros la narrativa era secuencial, no había saltos hacia atrás, como si los ha habido en posteriores libros. En cuanto la comparación con Pérez Galdós es algo que me halaga, por supuesto. BPW?La combinación de figuras detectivescas en una sola persona es casi una regla para usted. Por ejemplo, Raúl Guerra es policía y es criminal; su víctima travestida de "BN", Emilio Martín Díaz, es criminal también. En "El cadáver bajo el jardín", Javier Armengol es un criminal y también una especie de policía de sí mismo. En "El barroco", las mujeres Amparo, Lot y Elisabet son victimadas por El Marqués y, a la vez, criminalizadas. "La casa del sueño" presenta un alucinante cuadro de la combinación tripartita del criminal, policía y víctima en el personaje Marc Campañá. ¿Cómo explica usted esta tendencia temática a interiorizar papeles detectivescos y condensarlos en un solo personaje?  JLM?Esta pregunta no me la había hecho nadie, pero la respuesta es clara. Del género criminal me interesa, sobre todo, hasta la fascinación, la psicología de los personajes, aunque la acción sea primordial para saber cómo se van a desenvolver estos antes determinadas circunstancias. Para mí el hombre es un ser ambiguo, con comportamientos diferentes según la situación, la edad. No existe el blanco y el negro, sino el gris, la conjunción de los dos colores. No hay hombres buenos o malos, desde un punto de vista moral. Soy de la opinión de que somos habitados, a lo largo de nuestras vidas, por un cúmulo de personajes unidos por la memoria y el cuerpo, simplemente. El policía se confunde con el criminal, actua como aquél, o se convierte directamente en asesino y, para colmo, se investiga a sí mismo, como ocurre en ULTIMO CASO DEL INSPECTOR RODRIGUEZ PACHÓN. Tanto en EL CADÁVER BAJO EL JARDÍN como en LA CASA DEL SUEÑO los crímenes son velados por el subconsciente, olvidado en una especie de amnesia que permite a los personajes seguir viviendo hasta que el hecho criminal vuelve con fuerza a ellos, sin subterfugios, y les crea el sentimiento de culpa del que han intentado huir. En BARCELONA NEGRA estaba muy claro que el policía se movía en una situación fronteriza con el criminal, lo suplía. Los casos de policías convertidos en criminales copan los diarios. Y no digamos cuando es el Estado ? Chile, Argentina ? el que les da carta blanca para que actúen como verdugos saltándose las leyes.  BPW?La criminalidad femenina rápidamente se establece como algo que recibe mucha atención en su obra. Citando algunos casos, hay la atracadora joven Amparo Díaz del cuento "Una historia negra", la asesina sádica Sofía de "Pubis de vello rojo" y la complicidad de Annabelle Martín y Merche en "La casa del sueño." ¿Cómo ve usted la delincuencia femenina? ¿Sufre procesos de criminalización distintos a los que sufren los hombres? ¿Es incompatible el paradigma de feminidad con el concepto de criminalidad? JLM?Raramente las mujeres se comportan de una forma tan violenta como los hombres. Ellas tienen otras armas para matar: el veneno, por ejemplo. Pero hay excepciones, y la literatura habla de excepciones. Hay mujeres que, metidas en ambientes masculinos, pueden llegar a ser tan feroces como sus camaradas y también sienten cierta debilidad por apretar el gatillo y empuñar una pistola que, a fin de cuentas, funciona como símbolo fálico, les da poder. Sofía de PUBIS DE VELLO ROJO se comportaba como una especie de mantis religiosa, devorando a sus amantes después de copular con ellos. El comportamiento hiperviolento de la gitana Amparo Díaz en UNA HISTORIA NEGRA viene motivado por la humillación que le supuso hacer sexo oral con su víctima cuando ella era prostituta y su revancha es muy fálica: la pistola en la boca. BPW?El erotismo es un tema muy explorado en los escritos suyos. Al mismo tiempo, la transgresión no se sacrifica para enfatizarlo. Si tuviera usted que describir la conexión entre el erotismo y la transgresión tal y como se representa en los primeros cinco años de escritor publicado, ¿cómo lo haría? ¿Cómo se compara el erotismo de "El cadáver bajo el jardín" con el de "Pubis de vello rojo" o el de "La malformación de R. Melic"?  JLM?El erotismo de mis primeros libros, sobre todo el de PUBIS DE VELLO ROJO, es ciertamente descarnado y resulta una clara respuesta de transgresión subconsciente a la educación religiosa que recibí que considerada todo lo relacionado con el sexo como pecado. Inconscientemente no he conseguido librarme de esa asociación, y el sexo que hay en PUBIS DE VELLO ROJO o en LA MALFORMACIÓN DE R. MELIC no es ni lúdico ni gratificante, sino todo lo contrario, es un sexo culpable que recibe su castigo en forma de muerte violenta en la mayor parte de los casos. No fue hasta hace muy poco, con EL SABOR DE SU PIEL, que escribí una novela sobre sexo totalmente festiva, muy apartada de esas primeras novelas. BPW?¿Cuál es su opinión del 'morbo'? O, más concretamente, ¿sobre el deleite perverso que se proyecta en "Barcelona negra" con cuestiones de la muerte (el suicidio, la eutanasia y la vejez)? O más bien, ¿sobre un posible descenso moral en la justicia, visto en las revanchas de Raúl Guerra, tanto en "BN" como en "La precipitación"?  JLM?La muerte está presente en todas mis novelas, es el final absoluto. En BARCELONA NEGRA, al ser una novela en la que confluían lo negro y lo fantástico, me permití elucubrar sobre una sociedad que persigue a los viejos, porque ya no forman parte del aparato productivo de la sociedad y son un gasto prescindible, y por eso el estado, con una visión neonazi de la sociedad, los invitaba al suicidio o incitaba a la eutanasia. Curiosamente, en la sociedad actual, sin llegar a esos extremos, a los viejos se los encierra en asilos, que son como una especie de campos de exterminio, para que vayan muriendo sin molestar a sus allegados. No es lo mismo, claro, pero se le parece. Y en cuanto a la escasez de recursos, sobre todo el del agua, tanto BARCELONA NEGRA como LA PRECIPITACIÓN resultaron novelas visionarias. Ambas son muy críticas sobre la sociedad que se nos viene encima, aunque hubieron lectores muy ciegos y críticos más ciegos todavía que las leyeron como si fueran una apología del nazismo cuando eran, justamente, lo contrario. BPW? ¿Cree que hay estados de alteridad más allá de la criminalidad (i.e. la homosexualidad de "El cadáver bajo el jardín", la glotonería de "Serás gaviota" y el canibalismo de "El barroco")? JLM?En EL CADÁVER BAJO EL JARDÍN es el terror a la homosexualidad, su no aceptación por parte del protagonista, lo que provoca el crimen. La glotonería de SERÁS GAVIOTA, inspirada precisamente en un caso de obesidad mórbida que en aquellos años era noticia ? ahora los obesos mórbidos de EEUU y España ya no lo son ?, conducía a la muerte. El canibalismo de EL BARROCO tenía mucho que ver con el mundo sadiano y ha sido superado por la realidad con la historia del caníbal alemán. BPW? La alienación morbosa, es decir, una sensación de desconexión ontológica causada por el morbo, parece una fuente de mucha creatividad para la caracterización de sus protagonistas. ¿piensa usted que esto es una condición de la (pos)-modernidad? ¿de la urbanidad? ¿de la existencia humana?  JLM?La morbosidad es muy relativa, muy subjetiva. Los asesinos nazis hacían su trabajo y no se consideraban a si mismo morbosos. Pero quién hable de nazismo, o quien lea sobre nazismo y sus crímenes, se acercará al tema con una cierta morbosidad, una mezcla de atracción repulsión hacia algo que él se cree incapaz de cometer. La triste realidad es que personas comunes sí cometen crímenes horrendos, sobre todo en circunstancias de amparo por parte de las autoridades. Yo, cuando trato de explicar por qué mis personajes, todos, son oscuros, ?malvados?, me remito a un ejemplo muy conocido: Si se tuviera que escribir una novela sobre Caín o Abel, ¿con qué personaje nos quedaríamos? Evidentemente con Caín, que es mucho más literario. En mis novelas no hay héroes, salvo en LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO, aunque Marín de Urtubia sea un traidor a los suyos, o sea, que tampoco es un héroe convencional. Aunque nada de esto impide que, como en la novela decimonónica, que era una literatura ejemplarizante y moral, en mis obras quién yerra recibe su castigo. BPW? ¿Existe, en su opinión, lo que la ley, los fiscales y la policía llaman una 'mente criminal'? ¿Cree en la necesidad de descriminalizar a las personas? ¿a las actividades humanas?  JLM?Existe la mente criminal, la del psicópata, que asesina experimentando un gozo, que le gusta jugar con la policía y desafiarle a que lo detenga, que establece un perverso juego mental sin ningún sentimiento de culpa por la imposibilidad de empatía con sus víctimas ? lo mismo que los verdugos nazis cuando arrojaban a las cámaras de gas a los niños judíos, por ejemplo ?, que yo no he explorado en mis novelas publicadas, aunque sí en una novela inédita que espero salga en los próximos años sobre Vlad Drakul, El Empalador  , y existen comportamientos criminales de los que nadie está exento, porque se puede matar en un estado de enajenación, pánico, odio, defensa propia, miedo, etc. Una constante de mis novelas es que personajes normales, como nosotros mismos, aunque es difícil definir la normalidad, pueden, en determinadas circunstancias, ser criminales. En cuanto al género humano soy muy pesimista, muy hobbesiano, y el ejemplo más próximo lo encontramos en el corazón de Europa, en la ex Yugoslavia, cuando vecinos y amigos se enzarzaron en una guerra a muerte después de años de tranquila convivencia.  BPW?La prostitución es un constante en la novela negra en general. Los comienzos de su producción literaria no son una excepción. ¿Cómo percibe el oficio de la prostitución? ¿Es un fenómeno económico? ¿Transgresivo? ¿Necesario para prácticas de dominación fuera del molde matrimonial? Comente, si quisiera, lo que cree en términos de las rameras que salen en sus novelas, las Alicias de "BN", los Melchores de "El cadáver bajo el jardín", las Sofías de "Pubis de vello rojo", las Nurias de "La malformación de R. Melic" o las Merches de "La casa del sueño." JLM?El mundo de la prostitución está íntimamente ligado, a causa de su oscurantismo, al del delito. La prostituta es un personaje clásico dentro del género negro. Claro que es una meretriz con un cierto glamur que luego no se encuentra en la realidad. El que mis personajes recurran a prostitutas, o sean prostitutas, es una forma más de caracterizarles, de darles una patina moral. El personaje recto que recurre a la prostitución es un clásico en EEUU que ha desbancado a muchos políticos. Imagino que el asiduo a la prostitución se siente poderoso al comprar a una mujer por un cierto tiempo y poder someterla a su antojo. Pero mis prostitutas son muy diferentes. Sofía de PUBIS DE VELLO ROJO es casi una dominatrix, aunque también experimente un extraño goce al ser sometida. La Alicia de BARCELONA NEGRA es una víctima de la que, en cierta manera, se enamora Raúl Guerra al investigar su asesinato. Nuria de LA MALFORMACIÓN DE R. MELIC es una puta de altos vuelos. B  PW?El sadismo, se dice, reside en el psique de cada uno de los seres humanos, sin importar cuán 'saludable' o 'puritánico' es el pasado o background de uno. Estoy pensando en esa serie de experimentos socio-psicológicos llamada 'El experimento Milgram' conducida en la universidad Yale por el psicólogo americano Stanley Milgram en 1961. ¿En busca de qué efecto utiliza el sadismo en sus textos? ¿Qué relación tiene el sadismo con la imposición de alteridades criminales o por una autoridad moral, o por el mismo individuo? JLM?Muchas veces creo que es miedo al castigo el que nos impide ejercitar la crueldad sobre nuestros congéneres. Vayamos a la infancia y veremos cómo los niños disfrutan matando toda clase de insectos, pajaritos y otros animales debido a la impunidad de sus actos. Mientras yo, me recuerdo, procuraba no pisar hormigas que se cruzaban en mi camino, había otros niños que pisaban miles de ellas con un placer malsano. Ya en las clases, en mi clase, había quién asumía el papel de verdugo, el niño más listo, o más fuerte, o con mayor carácter, con carisma suficiente de líder como para rodearse de matones, que buscaba su víctima entre el niño gordo, con gafas, delgaducho o apocado, y disfrutaba martirizándolo. Esos casos de acoso se siguen dando y a veces acaban trágicamente con el suicidio de las víctimas que no soportan seguir siéndolo. Quizá suene a raro, pero nunca disfruté haciendo mal a nadie y soy tan respetuoso con cualquier vida como lo pueda ser un hinduista. Esa clase de violencia, hacia otro, hacia el compañero, se da, por ejemplo, en el mundo laboral que es una jungla muy competitiva en la que para escalar hay que pisotear sin reparos a lo que se cruzan por el camino. En mis libros, cuando hay sadismo este no es complaciente ni mucho menos, busca horrorizar, y si busca horrorizar es que es ético. Me acuerdo de una película norteamericana, protagonizada por Christian Slater y Cameron Diaz, Very Bad Things, que era una comedia que arrancaba cuando un grupo de descerebrados contrata a una prostituta de Las Vegas para correrse una juerga con ella y la matan. De su descuartizamiento, y de cómo unos a otros terminan asesinándose, hacía el director del film una comedia y la gente se reía de sus crímenes espantosos. Para mí eso es lo más pernicioso que puede hacerse, banalizar el asesinato.  BPW? En "Barcelona negra", se puede decir que hay tres esferas orgánicas en cuanto a la presentación de las distintas máscaras que pone Raúl ante las exigencias de tres mujeres distintas, Rosa, Alicia y Silvia. ¿En qué cree que estriban las diferencias que operan en cada una de estas relaciones? ¿Hay muestras de que Raúl es capaz de salvarse de sus inclinaciones auto-destructivas, si bien sabemos que lo contrario es cierto? JLM?El hombre actúa escondido en una sucesión de máscaras. No somos el mismo ante nuestro jefe, nuestra esposa, nuestro amigo, nuestra amante o ante nosotros mismos. A veces somos tantos y tan diversos que somos incapaces de reconocernos. Las actuaciones de Raúl Guerra ante esos tres prototipos de mujeres obedecen a ese esquema. Rosa es la esposa con la que lleva una tensa relación de hace años, a la que ama y odia a la vez porque le reprocha que no haya ascendido en el nivel social y su relación con ella es muy conflictiva; Silvia, la compañera del cuerpo de policía, es el deseo carnal, la droga sexual apetecible que le hace olvidar una vida fracasada; Alicia es su sueño irrealizable, un amor post mortem a quien será imposible conocer y por eso la idealiza. Aunque no lo parezca en absoluto, BARCELONA NEGRA también es una novela de amor. Y Raúl Guerra se destruye sencillamente porque no se soporta. BPW?El cuento "Una historia negra" tiene una escena en la que la venganza asesina de Amparo Díaz ajusticiando al director de banco que la violó de joven se describe como una violación. La pistola que ella esgrime para matarlo se maneja como un falo. A los ojos de usted, ¿cómo se compara esta escena con la secuencia en la que el director la obliga a darle sexo oral? ¿Tiene ella 'derechos' a delinquir puesto que fue motivada por su victimización pasada? JLM?Muy acertado ese análisis de la situación. Efectivamente ella le viola metiéndole la pistola en la boca. Los traumas sexuales son de difícil olvido, y esa secuencia tan violenta, cuando asesina al director de un banco ? hay una lectura freudiana del hecho, pero no viene al caso ? está justificada. Es un lugar común, un hecho aceptado, que toda víctima, de forma inexorable, se convierte en verdugo, y eso es así hasta con los países: Israel con Palestina, por ejemplo. BPW?El final de la novela "La precipitación" lleva el misterio de la incertidumbre, encubriendo la responsabilidad de Raúl en la caída mortífera de la atracadora Gador con ambigüedad factual. ¿Qué mensaje sobre la superioridad moral de la policía pretende comunicar con este desenlace? ¿Hasta qué punto está criticando la vida privilegiada de ella a través de su gusto por prácticas sádicas (i.e. matar por matar, esclavización sexual de su amante Zulaya, etc.)?  JLM?Puede que LA PRECIPITACION sea mi novela menos ética, pero fue escrita después de BARCELONA NEGRA, por lo que mi protagonista ya se autocastigaba previamente. Aquí el policía es menos ?malo? que la delincuente cuyos rasgos sádicos, dominantes y comportamiento claramente masculino la hacen proclive a tener el final que tiene. Fue una novela extraña en la que quería hacer un ajuste de cuentas con la población en la que veraneaba desde hacía lustros, Playa de Aro, a la que sometí a una degradación medioambiental considerable. Además recibió un premio ? el premio de novela Asturias, según me comunicó la presidenta del jurado, la también escritora Dolores Medio a quién dedico, a título póstumo, la obra ? que le retiraron por miedo a que los cuerpos policiales se sintieran ofendidos por el comportamiento de su tocayo Raúl Guerra. Hay muchos ajustes de cuentas en esa novela que sólo los puede leer, entre líneas, quien me conozca a fondo, y es una novela muy machista, creo, aunque hay un tratamiento de humor negro en toda ella que la salva. BPW?La lucha por ser 'normal', resistiendo un enfrentamiento con los hechos que implican a Xavier Armengol en el asesinato de Melchor Gayanes, tiene un papel crucial en "El cadáver bajo el jardín." Xavier sufre de una homofobia extrema, y de una represión sexual que difícilmente se disimula. Primeramente, ¿hay significación de liberación sexual y/o reconocimiento criminal en el cambio de su nombre de Xavier, con equis, a Javier, con jota, en los últimos capítulos del libro? En segunda, ¿por qué trata a Xavier y su amiga Mary más como confidentes que compañeros? Y, finalmente, ¿podemos suponer que la transgresión de Xavier, tanto sexual como criminal ? las dos al final están combinadas a lo largo de la trama ? es inútil reprimir?  JLM?Ninguna de mis novelas, salvo LA PÉRDIDA DEL PARAÍSO, nace de un esquema previo. La génesis de EL CADÁVER BAJO EL JARDÍN partió de una pregunta que me hice un día a mí mismo: ¿Qué pasaría si, después de una noche de borrachera, descubro el cadáver de un efebo junto a mi cama? Y empecé a escribir. Hay en la novela un miedo al homosexualismo, una cierta homofobia, que se corrige al final, cuando Xavier, convertido en Javier, se acepta tal como es y deja de sufrir por su reprimida tendencia sexual aunque el crimen ya no tenga remedio. La relación de Xavier/Javier con Mary es casi de hermanos, no hay atisbos de una atracción sexual entre ambos y me esforcé en subrayar que ella no es nada atractiva para que no hubiera dudas.  BPW?Como es sugerido por su título, "Pubis de vello rojo" hace hincapié en el color rojo. ¿Cuál es el simbolismo de este color dentro de la trama? Más aún, ¿es Roberto Colomer Díaz un alter ego de Sofía? ¿En qué medida se influencian la conducta de Sofía y de Roberto por el freudo-marxismo? ¿Por qué hay tanto sadismo radical en los asesinatos cometidos por Sofía, y tan poco en los que son cometidos por Roberto? ¿Se puede denominar la escena final en la que los dos se matan el uno al otro justo en el momento del clímax sexual la literalización de una 'batalla de los sexos'? ¿Por qué atribuye usted el pasado revolucionario de Roberto y el deseo de poseer a Ada a la pasión criminal que se le apodera? JLM?Con PUBIS DE VELLO ROJO quise hacer una novela extrema sobre el sexo y un ajuste de cuentas con ciertos aspectos de mi pasado, con mi lado oscuro. El rojo viene de la sangre, que la hay a raudales, pero también del marxismo que profesan sus protagonistas. Pero el titulo es poético, como poética es el ritmo de su prosa, aunque resulte brutal muchas veces. Los asesinatos de Sofia, como corresponden a una mujer sensual, son cometidos en medio de un estricto ritual de muerte y sexo. Los que comete Roberto son más vulgares, mas de simple pulsión, de respuesta. Sofía es sofisticada en el arte de amar y administrar la muerte. Roberto se mueve a merced de los impulsos y las circunstancias. La actuación de Sofía es premeditadamente teatral, a veces se diría que está actuando para un auditorio, que danza mientras ejecuta, porque quería que fuera un verdugo bello y elegante. El estallido final, la muerte que se infligen el uno al otro en ese encuentro para el que se han preparado en toda la novela, que tanto el lector como el autor sabe que se producirá, pero no lo saben sus protagonistas, es algo así como el orgasmo con mayúsculas. De ese párrafo final, sincopado, mortífero, estoy muy orgulloso y sé que no deja indiferente a nadie que lo haya leído. El pensamiento revolucionario, en los años que van del 68 al 70, estuvo muy mediatizada por el sexo, fue social y sexual ante todo, porque políticamente se movió en la quimera. En esos años el sexo se sacralizó precisamente por haber sido durante tantos años ocultado. Roberto estalla de ira, violencia, se convierte en atracador sanguinario debido a una frustración sentimental y sexual. PUBIS DE VELLO ROJO es, quizás, mi novela más dura, una novela que ahora no podría escribir.  BPW? En la red vampírica de intriga, traición y delito que se teje en la novela "La malformación de R. Melic", la atracción amorosa se estiliza en función de lo feo. Parte de esta fealdad es la política por la que aboga el hombre titular que enfatúa a Nuria. ¿Hay un mensaje político envuelto en el acto criminal de Melic de matar al amigo germanófilo Steiner? ¿Por qué aplica usted una bestialización al criminal para detallar su evolución, por un lado, lleno de cada vez más misterio y, por otro, sobremanera excitante? ¿Cómo puede Melic echar la culpa de haber matado a Steiner al objeto con que lo mató (i.e. la pistola)? JLM?LA MALFORMACIÓN DE R. MELIC es una novela fantástica, sobre vampirismo casi, pero con connotaciones políticas. Como al personaje de Oscar Wilde, EL RETRATO DE DORIAN GREY, R. Melic ? melic es ombligo en catalán ? se va deformando por sus actos. Nuria, la protagonista femenina, se deja seducir por ese personaje que, a medida que avanza la novela, se parece cada vez más a un saurio salvo en esos ojos azules con los que la hipnotiza desde el primer capítulo. Hay en el erotismo de esa novela erótica, fantástica y política mucho de bestialismo. Al final Nuria hace el amor con un Melic que ya es simplemente lagarto. Lo de echar la culpa de la muerte de Steiner a la pistola y no al dedo que aprieta el gatillo es una forma de auto exonerarse que tiene el protagonista al haber asesinado a un camarada nazi. Y el que Melic se convierta en lagarto imagino que es una forma de decir que el nazismo es eso, una monstruosidad. El huevo de la serpiente. La serpiente. Curiosamente, muchos años más tarde, escribo una novela realista sobre el tema: EL MAL ABSOLUTO.  BPW?La novelita "Serás gaviota" se presenta a modo de testimonio del hecho de que se puede criminalizar todo, incluso el comer en exceso. El caso de Lucas Mayer raya en lo esperpéntico por lo que se refiere a las expansiones deshumanizadoras atestiguadas en la ontología del protagonista. Quisiera saber yo si, con este retrato degradado, usted está criticando la estética de consumo que existe hoy día. ¿Por qué matiza ésta con elementos fantásticos como las conversaciones existenciales que Mayer mantiene con el pájaro Claus y la sordomuda Natalia? ¿Cómo se debe interpretar el título, dadas estas conversaciones? JLM?Comer en exceso es un hecho criminal?hacia uno mismo, una forma de suicidio tan nociva como el consumo de drogas, la adicción al tabaco. Hay de nuevo, en esa novela, elementos fantásticos que estuvieron muy presentes en mis primeras obras. Me obsesionan las transformaciones, el que un personaje, psicológica o físicamente, devengue otro distinto. No la escribí criticando el consumo excesivo de comida, que entonces era excepcional, sino inspirado por el hecho concreto de un obeso de EEUU al que tuvieron que sacar en helicóptero tras desmontar el tejado de su casa. Esa noticia superaba a todo lo por mí imaginado y me planteé qué hace comer de ese modo desaforado a un ser humano: la infelicidad. Ese monstruo en que se convierte, incapaz de relacionarse con sus semejantes, busca la comunicación imposible con una sordomuda, que no le responde, y con una gaviota en cuyo estómago acabará. De nuevo canibalismo, materia que se transforma en otra materia, humano que pasa a ser animal, a través de un cierto planteamiento panteísta. El título es casi una aclaración del final de Lucas Mayer, que se llama así por una conocida marca de embutidos cárnicos muy en boga cuando escribí la novela.  BPW?Con un enfoque que criminaliza a la víctima mediante una lógica de encierro, "El Barroco" parece canalizar sus fuerzas críticas hacia la intencionalidad delictiva. Es decir, la criminalización de las cinco mujeres que narran sus cautiverios con el Marqués (¿de Sade? ¿una especie de Drácula caníbal?) no se deriva de un patrón de conducta prohibida. Más bien, forma parte del orden natural de comer y de ser comido. En virtud de estos rasgos textuales, ¿qué rol ejerce la esclavización de los 'apetitos' de estas mujeres? ¿Hay inversiones cualitativas en la relación entre El Marqués y sus presas que se remontan a la dinámica de la dialéctica hegeliana (en donde los roles del amo y de la esclava se invierten)? ¿Por qué sincroniza y/o entrelaza las historias de las cinco mujeres de manera que parecerían casi una y la misma si no fuera por la mención de nombres distintos? ¿En qué difiere la figura del Marqués con la figura de Drácula? JLM?En realidad EL BARROCO fue escrito como una especie de venganza hacia un tipo de restaurantes que, mire por donde, ahora están muy en boga con la nouvelle cuisine y la cocina de deconstrucción, probeta y tubo de ensayo que practica un compatriota elegido como el mejor cocinero del mundo. Fue el producto vengativo de una mala digestión en un mal y caro restaurante. Luego, al escribirla, lo que iba a ser una novela gastronómica derivó hacia el canibalismo, y la técnica que utilicé para narrar la historia fue totalmente experimental, mezclando varias texturas literarias, diario, carta, tercera, segunda y primera persona, hasta conseguir un corpus extraño. Fue muy alabada por la crítica, imagino que por su tesón experimental. Estaba en esa fase de experimentar que me apetecía en aquel momento. Es una novela sobre dominación masculina de un hombre, del hombre, hacia la mujer, a través de varios prototipos que simbolizan a todas las mujeres existentes, a la que esclaviza, nutre y luego devora. Tiene, en efecto, el Marqués, mucho de Sade, al que volví luego en PUBIS DE VELLO ROJO, y mucho de Drácula, protagonista de mi inédita versión de Vlak Drákul. Como apunta, comer y ser comido entra dentro de los parámetros de la naturaleza. Creo que fue el dictador Trujillo quien dio a comer a un opositor el cuerpo cocinado de su hijo y le mostró, luego de que lo devorara con buen apetito, la cabeza. El pez gordo se come al chico, el país poderoso pisotea al débil. Todo eso está en EL BARROCO, de forma subconsciente.  BPW?En la obra "La casa del sueño", el proceso de identificarse y el proceso de criminalizarse se imbrican de forma indistinguible: la amnesia de Marc Campañá le impide recuperar la 'mente criminal' que supuestamente le caracterizaba en su vida como camelo en Barcelona y como asesino del escritor Abel Campos. ¿Por qué cree usted que la idea de conocerse es una 'idea romántica', como dice Marc al menos dos veces en la trama, más aún si va ligada a la criminalidad? ¿Cómo puede haber premoniciones (los sueños de la casa, los paralelismos con el libro de Campos, "¡Malditos todos!") que explica algo tan resbaloso como la mentalidad delictiva? ¿Es Marc culpable de haber matado a Campos si no hay voluntariedad en sus actos, ni memoria de los momentos de dispararle? JLM?Ya que estamos en el terreno de las confesiones le diré que LA CASA DEL SUEÑO fue un ejercicio de psicoanálisis literario. Durante años soñaba, de forma recurrente, que mi casa se multiplicaba, que tenía un piso secreto al que ascendía y que abría puerta tras puertas descubriendo habitaciones ignotas. Tanto me obsesionó ese sueño que escribí para librarme de él. El resultado fue una novela que mezcla lo onírico con lo criminal. Marc Campañá, un delincuente, se convierte en más o menos honorable, porque nada sabe de su pasado, gracias a un accidente de circulación que lo deja amnésico. Y claro, la da miedo saber la verdad, porque poco a poco intuye, a través de esos sueños recurrentes, que tuvo otra vida, y que en esa otra vida hubo un asunto turbio. El elemento fantástico vuelve a estar presente en esa etapa literaria, en forma de premoniciones misteriosas e inquietantes. Y el Marc Campaña amnésico es inocente de lo que hizo el otro Marc Campañá. En realidad LA CASA DEL SUEÑO se puede interpretar como un estudio acerca de la dualidad de la persona humana, otra de mis constantes literarias y es la primera novela que empieza a transitar hacia lo que luego será una característica de mi producción, la huída del territorio ? EEUU, Cuba, Venezuela, Alemania ? motivada por mi fascinación por el viaje.
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 Publicado en la revista PLAYBOY num. 207, marzo de 1996 Este relato, de encargo y en exclusiva para la revista de Hugh Hefner, resultó ser uno de los más salvajes que salieron de mi pluma. Ambientado en el sur profundo de EEUU, durante una ola de calor ? la climatología como elemento determinante del crimen? LOS HERMANOS NEBRASKA son dos angelitos recién salidos de la cárcel que van a hacer una visita a un viejo colega y a su esposa. Violencia y sexo extremos en un relato que funde lo erótico y lo negro. Lo incluí años más tarde en UNA HISTORIA CHINA, una recopilación de piezas cortas que había publicado en las revistas Playboy y Penthouse.  La culpa de todo la tuvo la ola de calor que desde hacía cuatro días azotaba el país de costa a costa, sin que los termómetros bajaran de los treinta y cinco grados a la sombra. Encendías el televisor y te enterabas de que ciento veinte mil pavos la habían palmado en Illinois, ocho viejos se habían deshidratado en Kansas, los bebés morían en los coches de Chicago y la gente que estaba pirada le daba por matar al prójimo en Nueva York. Si no llega a ser por el calor ese día yo no hubiera estado en el porche de mi casa, bebiéndome la tercera Bud de la jornada, debajo de las aspas de un enorme ventilador que había mandado instalar en el techo y que lo único que hacía era remover ese maldito aire caliente y húmedo como un asqueroso plato de sopa, y nada de lo que sucedió hubiera pasado. -¡Elvis!  Me había quedado dormido y mi mano se había abierto sobre el cuello de la botella de cerveza, que rodaba por el suelo del porche vacía. Me sobresalté al oír mi apodo. Algunos amigos, pocos, me llamaban Elvis por mi pelo engominado, peinado hacía atrás, como el ídolo de Memphis, y porque me gustaba entonar "In the guetto", con voz profunda, en los momentos más inoportunos. Los dos tipos estaban con un pie en la escalera del porche. Uno era rubio, llevaba el pelo largo y lucía un delgadísimo y desagradable bigotito sobre una boca ancha y corta. Se parecía a Sean Penn, fue lo primero que pensé. El otro era muy moreno, llevaba el pelo algo descuidado, muy negro, y era el que me miraba más fijamente, como si tratara de que yo le reconociera, y a ser sincero su cara no me era del todo desconocida. No iban muy aseados, más bien daban asco por lo polvorientos y sucios, y a pesar de la distancia me llegaba el tufillo desagradable de su sudor. - Olvidas a los amigos. Soy Matt. ¿No te acuerdas de mí? - ¿Matt?. Aquellos tipos me habían puesto nervioso. Y uno de ellos, el que tenía un aspecto menos desalmado que el otro, el que me había saludado familiarmente con mi apodo de Elvis, me miraba fijamente, cada vez más irritado, me daba cuenta de ello, al ser yo incapaz de reconocerlo. - Mateo. El de la penitenciaria. - Pero, ¿qué haces por aquí? Claro que no te había reconocido. Llevabas barba en el trullo, una barba espesa como la de Charles Manson, y ahora pareces un pollo desplumado. Me levanté y me acerqué al moreno, con una sonrisa, le alargué la mano y él me la estrechó con el calor de un camarada al mismo tiempo que ascendía los peldaños que le separaban de mí. - Ya no te acordabas de mí, so cabrón. Me diste tu dirección, ¿te acuerdas?, y me dijiste que cuando saliera pasara por tu casa a tomarme una cerveza. Y a eso he venido. Ja. A tomarme una cerveza. Porque el día invita.  - Ya lo creo. Yo llevo tres días a dieta de cerveza - me subí ligeramente la camiseta y le mostré un vientre pálido y fofo en el que Mateo estrelló un puñetazo con cariño. El muchacho rubio que se parecía a Sean Penn me miraba mal. Estaba relegado a un segundo plano y como molesto, hasta que Mateo me lo presentó. - Mi hermano Mitch. Hermano de padre, porque nuestra madre era una gran puta. Ja. Él está limpio. - Hola, Mitch. - Hola Elvis. No nos dimos la mano. El permanecía con las manos en los bolsillos y la mirada hiriente en una gran cara roja como una zanahoria afeada por aquellos pequeños ojos azules tan brillantes como separados. - Pasad, pasad, que charlaremos. ¿Hace unas cervezas?  En prisión se hacen extrañas amistades. Me habían enchironado hacía un par de años por un asunto trivial, un asalto a una licorería con arma de fuego durante el que me puse algo nervioso y le descerrajé un disparo al chico negro de la caja que todavía estaba más nervioso que yo y no acertaba a abrirla. No lo maté. La bala le rozó la mandíbula y se le incrustó en el cuello. Al juicio fue aquel pobre desgraciado en silla de ruedas y creo que eso fue lo que más impresionó al jurado. Seis años, pero a los dos yo ya estaba con la condicional en el bolsillo y un trabajo de mecánico de coches. En la prisión había un tiparraco, que dormía dos celdas más allá de la mía, al que yo le gustaba, o mejor dicho, le gustaba mi culo. El maricón de mierda se tocaba entre las piernas cada vez que yo pasaba por su lado y se pasaba la lengua por los labios. Era una especie de buey, enorme, cien kilos abierto en canal, con más pechos que la mismísima Dolly Parton. Un día estábamos él y yo solos en la ducha y el maldito mierda se me vino encima. Intenté arrancarle las pelotas pero él se zafó y me hizo una presa en el cuello que me inmovilizó y a continuación me tumbó sobre un banco. Ya olía su pútrido aliento sobre mi cuello y le oía babear de placer cuando la presión de su mano se desvaneció y oí un ruido sordo a mi espalda, como el que hace un saco de cemento cuando cae del sexto piso de una casa en construcción. Mantecas, así le llamaba todo el mundo en la prisión, se debatía en el charco de su propia sangre mientras intentaba taponarse, sin mucho éxito, una profunda raja que era como una segunda boca en su cuello. - No te quedes ahí parado, Elvis. Vamos y calla.  El que hablaba era Mateo. Entonces llevaba una barba tan cerrada que la gente le llamaba el Manson. Me levanté como pude, corrí detrás de él y me mezclé con los reclusos del patio. Nadie se fue de la lengua y a aquella asquerosa bola de sebo la debieron convertir en hamburguesa para perros. De ahí nació mi amistad con Matt. Ahora estaba allí, en mi salón de estar, repantigado en uno de mis sofás, chupando todo el aire de un ventilador de pie, y su hermanito a su lado, mirándome como una alimaña, bebiendo mis cervezas, apestando mi hogar y yo sonriendo, sin atreverme a echarlos a patadas. - ¿Te has fugado? Se rió y su hermano me lanzó una torva mirada. - He salido con la condicional, Elvis. He sido un buen chico allí dentro y me han dejado salir. Y no quiero volver adentro. Pero tampoco quiero trabajar. ¿Tú tienes trabajo? - Sí, estoy empleado en un taller mecánico. Lo mínimo para pagar esto. - No te puedes quejar. Tienes una buena casa, con porche y jardín. Vives como un cochino yuppie de Wall Street. Pues a lo que íbamos. Mi hermano y yo queremos dar un golpe, un buen golpe, bien pensado, de los que nos retiren, y necesitamos un tío que sepa dominar cualquier buga. Es algo que éste - y señaló al rubio mudo que en aquellos momentos se deshacía en eructos - tiene muy pensado. Ahí donde le ves se pasa todo el día pensando, el muy hijoputa, maquinando todas las cabronadas que te puedas imaginar. Su padre debió ser un ingeniero de la NASA.  - Estoy retirado. No contéis conmigo. Además me he casado. No fue una buena idea hacerles esa confidencia, pero peor fue que Betsy entrara en aquel preciso momento por la puerta, con una enorme bolsa llena hasta los topes de latas de cerveza, carne y conservas. - Hola cariño - me dijo a ciegas, pues la bolsa de papel del supermercado le impedía ver más allá de las puntas de sus zapatos. - Betsy, éstos... Matt se anticipó en un gesto de caballerosidad. Le cogió la bolsa y esbozó una sonrisa terrible para tranquilizar la cara de asombro de Betsy. - Deje, señorita, que se lo llevo a la cocina. No nos han presentado. Mateo Nebraska. Matt Neb, para los amigos - alargó la mano y ante la indecisión de Betty optó por tomarle la suya - Elvis y yo somos amigos. ¿No se lo ha contado? - ¿Elvis? En dos minutos le expliqué que Elvis era yo, que aquel tipo había sido compañero mío de presidio y que el mudo rubio con cara de Sean Penn era su hermanastro. Y ella rió de forma nerviosa mientras abría la puerta de la cocina y daba instrucciones a Matt Neb sobre dónde dejar las cervezas, la carne, las enchiladas y las conservas. Betsy era la inocencia personificada, y eso era lo que más me excitó de ella cuando la conocí. Era todo lo contrario de una de esas bellezas espectaculares que figuran en las páginas centrales de Playboy; menuda como Sally Field, con cara de esa niña mocosa que se llamó Shirley Temple y un cuerpo, no por pequeño, brutalmente sexy.  Matt estaba de nuevo en su butacón, bebiendo más cerveza, y Betsy se movía por el salón como una mosquita que no sabe qué hacer con tanto calor, algo alocada, abriendo y cerrando ventanas, inventando corrientes inexistentes ante la ausencia total de brisa. - ¿De verdad que no quieren comer? Tengo nachos y salsa de frijoles si les gusta la comida mexicana. Ocurrió muy rápido, como si lo hubieran estado planeando antes de venir aquí. El rubio me tiró con precisión su lata de cerveza llena, que impactó con violencia sobre la cuenca de mi ojo derecho, yo me eché hacia atrás aullando de dolor y entonces le vi saltando por encima de la mesa, cayendo sobre mí, golpeándome como una fiera salvaje en la cara y en el hígado, abrazándome una vez hube caído al suelo e inmovilizándome con una llave ambos brazos. - ¡Pero qué joder está haciendo este tío mierda! - grité con todas mis fuerzas, revolviéndome sin conseguir liberarme de su presa y pidiendo explicaciones al hermano sensato. - Átalo y amordázalo - fueron las tranquilizadoras palabras de Matt mientras atrancaba la puerta de salida y cerraba una por una las cortinas de las ventanas. Entonces fue Betsy, que había permanecido quieta, petrificada, la que fue víctima de un ataque de histerismo y comenzó a gritar, con tanta fuerza que de haber tenido vasos de cristal por la salita esparcidos los hubiera hecho estallar. Chilló hasta que Matt le sacudió un bofetón que la arrojó directa al sofá. - ¿Qué coño quieres? - pregunté con un negro presentimiento -. Si quieres dinero para rehacer tu vida tengo algo en el garaje. Fue mi última palabra. El rubio que se parecía a Sean Penn y reía como Richard Widmark en sus peores papeles de villano, me había atado a una silla con nudos de marinero y taponaba a continuación mi boca con bolas de algodón sanitario y varias vueltas de gruesa cinta de embalar. Quedé mudo y paralizado, dolorido por los golpes, con media visión de la situación -el impacto de la lata me iba cerrando paulatinamente mi párpado derecho - y la garganta seca. Hubiera preferido que aquel salvaje me hubiera taponado también los oídos.  - No temas, Elvis, ni tú tampoco, muñequita. Allí, en presidio, no hay mujeres y las mariconas ya sabes cómo las gastan. ¿Qué te puede importar a ti quince minutos de esta preciosidad cuando tu la podrás disfrutar toda la vida? - a medida que exponía sus intenciones Betsy, muy pálida, sollozaba.-Nos la follaremos y nos iremos, así de fácil. Te la dejaremos para ti. Tú te la follas todos los días, y estos días que hace calor ella debe andar desnuda por la casa y tú la coges y te la tiras en el pasillo, en la cocina, en el porche por la noche, ¿a que sí? Permite que estos dos desgraciados se corran un poquito en su coñito. Betsy se levantó del sofá como una flecha y embistió la puerta. Rompió el vidrio pero no consiguió abrirla. Matt se abalanzó sobre ella y la golpeó una y otra vez en la cabeza hasta amansarla. - Oye, pequeña, procura facilitar las cosas. El rubio la aprisionó por los brazos mientras Matt le desabrochaba la falda y le bajaba las bragas, luego le colocó la mano en su sexo, lo estuvo sobando un buen rato antes de decidir abrirle las piernas, sacarse la polla y penetrarla. No tenían prisa. De Betsy sólo veía sus piernas arqueadas, abiertas, y en medio, abriendo el aspa de carne de mi mujer a mi antiguo amigo Matias, vestido, sólo el pantalón ligeramente bajado que permitía ver la parte superior de sus nalgas morenas y los movimientos de las mismas obteniendo el placer robado. - Hermano - le dijo a Mitch, mientras se tomaba un respiro y se bebía un botellín de cerveza -. Te la estoy preparando, te la estoy dejando a punto para que cuando la metas te corras. Tiene un coño aspirador, la muy puta. Te coge la polla y te la aspira, en serio.-se volvió riendo hacia mí.- Lo siento, colega Elvis. Normalmente no duro tanto. La culpa la tiene la cerveza. Siguió follándola. Betsy permanecía callada, como si hubiera muerto, mientras aquel animal aceleraba el ritmo de sus embestidas y su camisa se cubría de sudor. - Uff. Ya me viene. ¡Joder! Ya me viene. ¡Joder!  Se desacopló y se echó el resto de la cerveza sobre su polla hinchada. - Toma cervecita. Te lo mereces, cabrona, trabajando con este calor. Necesito aire. El rubio cortó pronto su deseo. - No seas tan gilipolla de abrir. Todo cerrado. Yo quiero intimidad. El rubio desnudó a Betsy por completo. Le sacó la blusa, le desabrochó el sujetador y sopesó sus senos con las manos antes de pellizcarlos y frotarle los pezones. - Buenas tetas, muñeca. Vas a saber lo que es follar. Te vas a morir de gusto. Parecía tomárselo muy en serio. Se desnudó por completo. Era delgado y nervudo, todo fibra y músculo, y un feo tatuaje le decoraba las nalgas. Comenzó a acariciarse con una mano la polla mientras con la otra le sobaba a Betsy las tetas. Luego la volvió sobre el sofá, le hizó levantar el trasero y le hundió tres dedos en la vulva como si fuera un pene. - Te gusta, putilla, Te gusta, ya lo creo. Te corres sobre mis dedos. ¡Esta puta se está corriendo, Elvis! Matt parecía haber perdido el buen humor. Estaba sentado en un sillón, mirando la escena y mirándome a mí, imaginando la cara que tendría yo debajo de aquella mordaza, y parecía tan beodo que presumiblemente no se tendría en pie. - Acaba ya. Follátela y vámonos. - Voy a tardar el tiempo que me salga de los cojones en tirármela -gritó furioso Mitch, volviéndose hacia su hermano-. ¿Acaso me he metido yo contigo mientras te corrías? - No hables tanto, hermano, y pon en marcha esa polla o se te va a enfriar. Ja.  Se volvió hacia Betsy, que permecía en la misma posición, tumbada de espaldas y con el culo ligeramente alzado - ¿Te han dado alguna vez por culo? Di. Pues hoy vas a saber lo que es dar por culo. Duele y gusta al mismo tiempo. Es diferente, muñeca. La pesadilla se prolongaba y se hacía interminable. Ya me veía en los titulares de los diarios del día siguiente. Dos desaprensivos violan a una muchacha ante los ojos de su marido y terminan asesinándole. Hasta es posible que lo achacaran también a la ola de calor. ¿Por qué no me mataban antes esos mal nacidos? ¿Qué diabólica satisfacción obtenían conservándome con vida y como espectador privilegiado de toda aquella sarta de vejaciones? - ¿No prefieres que te la chupe? - le dijo de pronto Betsy abandonando su postura yacente y tomando entre sus manos el pene de Mitch - La chupo muy bien. Elvis te puede decir lo bien que se la mamo. Aquel cruce espúreo de Richard Widmark y Sean Penn palideció de excitación escuchando la proposición de mi mujer, y su pene sufrió una repentina transformación. - ¿Has oído Matt? La muy puta, la muy guarra, me dice que me corra en su boca, que me folle su boca. ¿Tú que harías? - Deja que te exprima la polla y vámonos. Tiene boca de mamona tu mujer, Elvis. ¿Es de las que se retiran cuando llega el momento? Betsy había tomado la iniciativa y estaba encima del chico rubio. Estaba muy hermosa, pese a los moratones y las lágrimas que empañaban sus ojos. Le pellizcaba las tetillas al chico rubio mientras abría la boca y dejaba que su polla se asentara en su interior. El chico rubio empezó a moverse y la cabeza de Betsy también; el chico rubio empezó a jadear y Betsy le pellizcaba tanto las tetillas, sin dejar de chupársela, que parecía fuera a arrancárselas. Matt, pese a estar beodo, se levantó para no perderse el espectáculo. - ¡Joder con la puta mamona que tienes en casa! Le va la marcha a la muy puta. El chico rubio estaba quieto y Betsy era la que movía su cabeza de forma frenética entre sus muslos. Se tragaba aquella columna de carne tensa con precisión mecánica y la acariciaba propinando intensos lametones que sumían a Mitch en un placer indescriptible. Betsy la sabía chupar muy bien, era cierto. Cuando me la chupaba yo llegaba al séptimo cielo. Y ahora se la chupaba a ese maldito hijo de puta que no terminaba de correrse por culpa de la puñetera cerveza.  - Espera un momento - le dijo Betsy al chico rubio soltando la polla -. No te enfríes que ahora vengo con un poco de coca. Te la pondré en la punta del capullo y te correrás como un cabrón. Nunca le había oído hablar así a Betsy. Se la meneó durante unos segundos antes de ponerse en pie y pasar al dormitorio. El chico rubio deliraba, se miraba la polla, se tocaba las pelotas y se pellizcaba las tetillas manteniendo su erección. - Esa puta me mata. Esa puta me mata. A Matt comenzaba a hinchársele la entrepierna del pantalón. - Elvis - me dijo-. Demasiada hembra para ti. Nos vamos a quedar hasta la noche follándotela. ¿Qué son veinticuatro horas comparado con toda la eternidad que la vas a disfrutar tu, so hijo puta. Hasta, si te portas bien, dejaremos que tú también la folles. Confiaba en Betsy. Siempre había confiado en ella y ahora no me iba a defraudar. Sabía que la encontraría, en el armario, entre las mantas. Buena chica, Betsy. Salió del dormitorio tan desnuda como había entrado. Se movió con sensualidad felina por la habitación, amagando una mano en la espalda. El cuerpo le brillaba de sudor y de las babas de placer de aquellos dos indeseables, que se recalentaban al ver cómo se acercaba, con la boca abierta, los pezones de sus redondos y pequeños senos eréctiles y sus breves piernas de niña. Los primeros dos disparos fueron para el chico rubio. Uno, en la entrepierna, mató para siempre su deseo. El siguiente, de gracia, en la sien, a quemarropa, castró su imaginación diabólica. Matt se alzó del suelo e intentó alcanzar la puerta, pero la cerveza había hecho de sus piernas gomas, y cayó al suelo, con un disparo en la espalda. - ¡Piedad! Sólo queríamos follar. No os íbamos a matar. Lo juro por mi madre. - farfulló entre bocanadas de sangre. - No me mates, por Dios, no me mates - lloriqueó -. Salvé la vida a Elvis. Me debe la vida Elvis... - No jures por la puta de tu madre - le acercó la pistola a la cabeza, hasta tocarla, y disparó saltándole la tapa de los sesos. Ahora Betsy no está y yo estoy con estos dos tipos. Se vistió  malhumorada, después de liquidarlos, y ni me miró cuando abrió la puerta y se fue. Me consideraba también culpable de lo sucedido y me castigaba. El calor es atroz y el ventilador no hace otra cosa que traerme a la nariz el hedor de los cadáveres descomponiéndose. Oigo las moscas zumbar en el exterior, junto a las ventanas, y rezó para que no encuentren ninguna rendija. Trato de imaginar titulares en los diarios. Afortunadamente me encontrarán así, atado de pies y manos, amordazado, por lo que no podrán cargarme esos dos fiambres. Si es que me encuentran. La tele ha dicho que ya han muerto ciento dos personas por esta maldita ola de calor. Betsy no permitirá que yo sea la ciento tres, y no será tan hija de puta como para no llamar a la policía y dar la dirección de mi casa.
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EL MISTICISMO DE LA INDIAFotos y texto: José Luis Muñoz  Dicen que, inexorablemente, la India le cambia a uno, que, después de un viaje, que se considera iniciático, a la perla del Imperio Británico, ya no eres el mismo, te vuelves un místico o te replanteas la existencia desde parámetros distintos porque en ese reino de miseria profunda, que afecta a millones de seres, mientras más oscuros de piel más despreciados, solo puede brillar el espíritu.  Quizá es que me encuentre en una etapa de la vida marcada por un profundo escepticismo y haya demorado en exceso este viaje, pero confieso haber regresado de ese país fascinante y contradictorio más o menos igual a como marché, con algunos kilos menos ? por mucho empeño que uno tenga siempre hay alguna bacteria que invade tu intestino ? y la barba más larga.  La literatura y el cine, de una forma u otra, están en el centro de mis viajes, también en éste. Viajé imaginariamente a la India cuando era muy joven y devoraba las novelas de Rudyard Kipling, y también las de Emilio Salgari, ese novelista estejanovista que solo viajó a través del papel de sus libros; navegué por el Ganges cuando Jean Renoir me lo enseñó en su obra maestra ?El río?, que nadie edita en DVD; lo hice en cada una de esas películas de aventuras que glosaban las heroicidades de los uniformados rojos de Su Majestad en detrimento de esos bandidos oscuros y fanáticos, envueltos en sus turbantes y con puñales torvos, que justificaban sus asesinatos rituales con ofrecimientos a la sanguinaria diosa Kali. Luego Luis Malle en su ?Calcuta? y Mira Nair en su ?Sadam Bombay? me impactaron con su India de miseria y barro gris y espectros vagando por sus calles.  La India es tan tremendamente hermosa, a nivel visual, como sucia y caótica en el tortuoso trazado de sus mal llamadas ciudades; ruidosa hasta el ensordecimiento por la sinfonía cotidiana de cláxones de camiones, autos, motos y bicicletas que se entrecruzan endiabladamente en calles desventradas, de las que huyó el asfalto sin posibilidad de retorno, sin colisionar nunca. La India puede ser tranquila y silente en los poéticos atardeceres de Udaipur, con la ciudad reflejándose en el espejo rojizo del lago Pichula mientras el tiempo se detiene, o en las barcas que remontan, con el suave aleteo de sus remos, el Ganges siguiendo la orilla escalonada de la ciudad santa de Varanasi en cuyos gaths arden los cadáveres perfumados por el humo de la madera de sándalo. La India es un conglomerado de buenos y malos olores que se confunden, viscosa por la humedad selvática alimentada por el monzón que la inunda año tras año o árida por la quemazón del desierto de Thal que se extienda al norte de Rajastán.  La India es profundamente religiosa, salpicada por templos de todas las creencias, desde maravillas arquitectónicas, que hacen que miremos con otros ojos nuestras catedrales, a vulgaridades naif de colores chillones y esculturas de parque temático, desde monumentos grandiosos que descuellan en la desolación de la ruinosa edificación que pulula alrededor al más modesto templete que yergue el vecino piadoso con el arte de sus manos en cualquier esquina. La India es tremendamente colorida con la paleta de sus especias que condimentan una cocina del olfato que tizna de amarillo los labios y transforma nuestras insípidas verduras en platos suculentos; país contradictorio en los sentimientos que despierta en el viajero, incapaz de comprenderla hasta en su enrevesado pasado histórico de invasores cegados por sus riquezas que siempre detentaron unos pocos; brutal en sus contrastes entre los que lo tienen absolutamente todo, y siguen amasando sin pausa sus fortunas, regentando hoteles, palacios y fortificaciones, y quiénes no tienen absolutamente nada y su única esperanza es morir para reencarnarse en alguien más afortunado.  Quizá haya sido eso lo que más me ha impresionado, la brutal desigualdad social ante la que parece existir un dramático conformismo transmitido generación tras generación. Y la incapacidad de vislumbrar un futuro de esperanza para esos mil millones de hindúes.  Si hay una imagen que resuma todo ese sentimiento quizá sea ésta que capté en Udaipur por casualidad, porque los dos elementos de esa fotografía coincidieron en el campo visual de mi Nikon 200: la más miserable chabola, apenas unos palos y una tela que cualquier viento desarbola, a pocos pasos del más lujoso hotel del continente, con habitaciones de 600 euros la noche y suites de 3000, por cuyos pasillos se mueve un turismo de lujo que circula por el entramado de las caóticas calles del subcontinente indio sin apearse de su limusina? la versión moderna del palanquín con que eran transportados los marajás? y con mascarilla cuando baja la ventanilla para librarse de las miasmas de un aire espeso.  Las estadísticas afirman que La India es un pujante tigre asiático, que va camino de convertirse en una potencia mundial. No nos tomemos en serio esa estadística, puede aconsejarnos nuestro sentido común después de viajar por un subcontinente en donde falta todo menos miseria, las carreteras son un bache continuo, que nadie se molesta en arreglar, y ratas y cucarachas campan a sus anchas por los vagones de sus trenes sin que nadie, salvo el extranjero, se inmute por ello. La estadística dice que si tu vecino se come dos pollos y, mientras, a ti el hambre te muerde el estómago, tú comes ese pollo imaginario que tranquiliza a la humanidad. Las fortunas inconmensurables de los que viven en medio de un lujo asiático ? aquí se entiende el adjetivo en toda su extensión, que es como vivir como un marajá ? maquillan la balanza de la miseria de los que se hacinan en los suburbios ? aunque casi todo sea suburbio ? de las grandes ciudades.  Es el hindú un pueblo amable, sonriente, que no se inmuta ni alza la voz por nada ni nadie, que da, aunque no tenga, y pide por el espejismo de que quien los visita nada en la abundancia del euro o el dólar. Son los hindúes vendedores natos y tozudos capaces de vencer cualquier resistencia, insistentes hasta el agotamiento, prestidigitadores que deslumbran en el arte de exhibir su mercancía, sea ésta la que sea, en tiendas que no tienen fondo y almacenan infinitas mercaderías que se remontan al tiempo de las caravanas. Hoy las caravanas no las forman recuas de camellos sino modernos boings en donde toda esa mercadería excelsa, obra de la paciencia y manos expertas, entra en nuestro mundo a precio de saldo.  Y son los hindúes mansos. Ése, el de la amable mansedumbre, el de la sonrisa que no desaparece aunque el hambre muerda el estómago, quizá sea su verdadero problema, que no puedan, o no sepan, estallar de rabia y cerrar el puño, que no sean capaces de sacudirse de encima siglos de tradiciones y costumbres que les impiden avanzar, que sigan admirando a unos marajás hacia los que sienten agradecimiento por haberles construido con su sudor y sangre palacios de mármol y oro, que tengan unos gobernantes capaces de convertirlos en potencia atómica pero incapaces de darles dignidad ciudadana, techo, comida o defenderlos de las catástrofes de la naturaleza.  Mientras en Europa nuestros reyes y gobernantes, sin olvidar dotarse de palacios de ensueño, se afanaron en tener las ciudades más hermosas del mundo ? París, Londres, Praga, Viena, San Petersburgo??, de las que sus ciudadanos se sienten orgullosos y tienen como suyas, en la milenaria India ese tesón se empleó en ornar con oro los tejados de mármol de los innumerables palacios de los marajás dejando las mal llamadas ciudades a su suerte. La bella y caótica Jaipur, un zoológico por cuyas calles caminan personas, monos, camellos, elefantes, vacas y perros en perfecta armonía, fue pintada de rosa hace cien años, y nadie repinta sus fachadas desconchadas.  Los hermosos havelis de Mandawa pierden inexorablemente sus pinturas y se desploman en ruinas en donde crece la maleza y sirve de comida a las cabras. Y nosotros acudimos al subcontinente indio, cegados por el brillo de ese contraste y porque esa miseria, colorida, es pasto de nuestra mirada.
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01/08/08 Líbranos del Mal Francisco Ortíz [El Periódico de Villena, 1 de agosto de 2008]Abandonad toda esperanza, salmo 142º  Un año más la Semana Negra de Gijón llegó... y convenció, pese a los agoreros que vaticinaban que el cambio de ubicación iba a empeorar considerablemente el desarrollo de las distintas actividades de esta feria multicultural que ya ha superado las dos décadas de vida. El festival arrancó, como es costumbre, con la Asturcon, que recoge las actividades protagonizadas por la fantasía y la ciencia ficción, y cuyo invitado de honor fue George RR Martin, autor de Canción de hielo y fuego, una saga que podría destronar a El Señor de los Anillos como relato de espada y brujería más popular de todos los tiempos.Pero si hubo un eje fundamental en el evento, ese fue la idea del Mal en mayúsculas: un concepto amplio al que se acercaron un gran número de narradores, mostrando tanto su repulsa hacia el mismo como la indudable capacidad de fascinación de la que ha hecho gala en multitud de libros y películas.Lo que pareció quedar claro es que el Mal se hospeda en el corazón de los hombres por naturaleza, y así lo demuestran algunos hechos reales que han sido novelados con talento por escritores del género.  Este es el caso de Raúl Argemí y Retrato de familia con muerta, en donde el escritor argentino recrea un crimen real todavía no resuelto acontecido en su país a finales de 2004: una mujer es asesinada en un country -las urbanizaciones de lujo de la jet set argentina-, y se produce una verdadera conspiración de silencio para ocultar el crimen. La prosa precisa y afilada de Argemí plantea más preguntas que respuestas acerca de un caso de especulación inmobiliaria y tráfico de influencias que podría haber ocurrido en cualquier parte del mundo.Pero si hay un acontecimiento real que demuestra lo abominable de la raza humana, este es sin duda el Holocausto que desencadenó el régimen de Adolf Hitler. Estos hechos inconcebibles para toda mente lógica, pero de los que han dado testimonio escritores como Primo Levi o cineastas como Claude Lanzmann, son los que rescata José Luis Muñoz en El mal absoluto.  A través de la figura de un nazi hoy enriquecido y un superviviente que malvive en soledad, ambos ya ancianos y entrevistados por una ambiciosa periodista, el autor de la negrísima Lluvia de níquel elude todo maniqueísmo y aprovecha las posibilidades evocadoras de la narrativa en una novela que debería poner mal cuerpo a todo aquel que tenga un mínimo de humanidad. Esto es, un libro no apto para almas sensibles pero indudablemente necesario.  Dos novelas pues, justamente galardonadas (premios L?H Confidencial y Ciudad de Badajoz respectivamente) que nos reconcilian con lo mejor de la narrativa contemporánea a partir de lo peor de la raza humana. Y hablando del Mal, el crimen y la ficción: la escritora Anne Perry también visitó la ciudad asturiana. Como esto no es una columna de cotilleos ni la publica El Caso, solo les diré que investiguen acerca de esta narradora tan exitosa y vean el estupendo film de Peter Jackson Criaturas celestiales. Y luego hablamos.La XXI Semana Negra de Gijón se celebró del 11 al 20 de julio; Retrato de familia con muerta y El mal absoluto están editados por Rocaeditorial y Algaida respectivamente.
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Primer Premio del XX Concurso de Relatos del BIM TIEMPO DE TRENES José Luis Muñoz A mi tío  El tren silba cortando el aire, una bala en un paisaje yermo por las mismas vías por dónde antes avanzara la vieja locomotora de vapor. El mismo recorrido, pero distinto tiempo, distinto viaje. Aquel viaje de antaño, que embriagaba todos mis sentidos, ahora es sólo una excursión. El mismo camino, porque la vía atraviesa los mismos parajes, la misma distancia, y algunas variaciones en el paisaje. Más que en el paisaje, en las construcciones, en las estaciones que el tren deja atrás; asépticas éstas se me antojan; aquéllas, las del pasado, dotadas de un indeterminado lirismo. Todo más bello antes, más prosaico ahora. Cuestión de años, los que van de un niño con pantalón corto y toda la vida por delante, con la mirada fascinada perdida más allá de la ventanilla del tren, a la de un hombre maduro que viaja con su desengaño a cuestas. El tren. Cuarenta años separan este viaje del otro. En treinta años todo cambia, nada es igual, salvo el aire, quizás, pero ni eso. Me levanto, salgo del compartimiento, estiro las piernas por el pasillo y asomo la cabeza por la rendija de una ventanilla que alguien ha olvidado cerrar. El aire limpio, fresco, del atardecer. Entonces, el aire mezclado con la humareda de la locomotora, la carbonilla que volaba y prendía en el cabello, el ritmo de las bielas transmitido al resto del convoy, sedante como el rumor de las olas.  Sentado en un banco de madera. Hacía frío porque no funcionaba la calefacción y los inviernos antaño eran inviernos de verdad, de una crudeza que ahora nos cuesta imaginar. Y era de noche. Pero nadie apagaba la luz del compartimiento, quedaba encendida hasta el alba, un aura mortecina que subía o bajaba en intensidad según el ritmo del traqueteo del tren se hacía más brusco o suave. Yo no dormía, pero sí el otro ocupante, el que estaba a mi lado, que daba cabezadas y pronto empezaría a roncar. Abría tanto la boca que me tentaba a meterle cualquier cosa allí dentro: una bolita de papel arrugado, por ejemplo. Y mi padre, frente a mí, siempre leyendo, esta vez un libro de poemas de Machado, con las gafas clavadas en el extremo de la nariz y ese aire un poco rancio del profesor que siempre quiso ser. Lee sin apenas luz, como hacía en la biblioteca de casa; lee acomodando su cuerpo al traqueteo continuo del tren que invita al sueño. Y yo lucho por combatirlo. Como luchaba en las sobremesas, en todas y cada una de las sobremesas que seguían a las cenas, con mamá queriéndome meter en la cama y yo resistiéndome, buscando el apoyo de papá para quedarme mientras él hablaba de viajes, de libros, de luchas políticas, hasta que el sueño me vencía y me quedaba dormido con la cabeza sobre la mesa sepultada entre mis brazos, ese sueño que ahora lucha por hacerme cerrar los párpados y soñar. Mi compañero de viaje se aburre. Apenas hemos cruzado unos cuantos monosílabos en todo el rato relativos al tiempo y, al final, de nuestros respectivos viajes. Obligados a convivir en un espacio reducido, tan violento como la coincidencia de extraños en el ascensor del bloque de viviendas. Mi compañero de viaje, un individuo joven con aspecto de oficinista, registra los bolsillos de su chaleco hasta que encuentra un cigarro, y el cigarro lo masca, lo chupa, mientras me mira a mí, mira el letrero que prohíbe fumar, el paisaje yermo castellano que se desliza silencioso por la ventanilla del tren. Quiere hablar y yo, como no quiero, como prefiero el silencio, me embosco en el diario, me concentro en una noticia sin importancia, parapetado tras un periódico abierto de par en par que es un muro de silencio. Hace treinta años el tren se detenía en la estación de Sigüenza du .jpg) rante diez minutos, el tiempo justo para que yo bajase, papá me acompañara por la estación y me entregara al tío. El tren llegaba a las seis de la mañana, cuando aún era de noche, el sol luchaba por abrirse paso entre las tinieblas de un cielo límpido y flotaba en el aire gélido de la mañana el aroma del pan recién hecho. Y allí estaba el tío, con la boina calada hasta las cejas, ocultando el cráneo calvo, con el cigarrillo pendiendo del labio, que él liaba pacientemente, y los guantes de lana, y el abrigo gris de posguerra con las solapas levantadas protegiéndole las orejas. Y papá y el tío se fundían en un abrazo cálido, de camaradería, mientras se efectuaba ese traspaso de tutela. ?¡Pórtate bien, ratón! ¡Hasta el final del verano! ¿Por qué era tan callado? ¿Por qué era tan seco? ¿Por qué ya entonces no hablaba y sí observaba? Padre me daba un abrazo, deslizaba un beso por mi mejilla, que me avergonzaba, y me tiraba cariñosamente de las orejas. Y yo cogía la mano del tío, a través del guante, subía con él a la vespa y emprendía ese viaje mágico e iniciático, por un campo que se desperezaba de la noche, bañado por una luz plateada que se resistía a despertar, el viaje hacia el pueblo, sorteando las piedras del camino, iluminados por el haz tímido y titilante del faro. Iba de pie en la vespa, cortando el aire frío del alba con mis mejillas de niño de seis años, quieto, silencioso, emocionado, atisbando en la negrura los matorrales saturados de carámbanos, el despertar de los pájaros, el tenso silencio roto por el petardeo del motor. Y ese olor a campo que se despereza que ya no voy a olvidar, que recuerdo ahora, en este instante, reaviva mi memoria y me hace volver incesantemente una y otra vez atrás.  ?Billete, por favor. Mi billete que taladra el revisor. Debo de estar cerca. Presiento ese paisaje. Lo huelo. Sobre todo lo huelo. Visualmente es distinto, aunque persistan los tonos ocres de los terrones y el dorado de los campos de trigo. El tren eléctrico llega mucho antes que la antigua locomotora de vapor. Miro por la ventanilla. Los postes de la luz siguen, y pasan, como entonces, pero más rápidos, como una exhalación, dejando apenas tiempo a vislumbrarlos. Llegaré con luz, antes de que el sol se ponga. No llevaba casi equipaje. Una pequeña maleta de cartón con algo de ropa. Una maleta con unas cuantas mudas. La maleta permanecía entre mis piernas cerradas que la preservaban de caer por el camino. Mi tío tampoco hablaba, era callado, pero sus silencios estaban llenos de buenos presagios; tras su semblante serio había un humor soterrado y socarrón, una cierta jovialidad y mucha complicidad. Me hablaba de sus perros, de su escopeta de caza, de los mulos que había en el pueblo, de la era, de los mantecados que cocería la tía en el horno comunal, de la gata resabiada que devoraba a sus propias crías. ?Si te portas bien, te llevaré a cazar. El tren llegaba a la estación, aminoraba la marcha y mi vecino de compartimiento guardaba en el paquete el cigarro chupado. Me levanto. ?Buen viaje. ?Gracias. Tardaban más en frenar. Levantaban una gran humareda y todo el andén se llenaba del humo, como si el tren ardiera. La locomotora estaba viva, mugía, escupía aliento blanco y nebuloso y brasas; la enorme caldera se estremecía como si fuera a estallar. El de ahora, en cambio, es silencioso, frena, se detiene suavemente. Mi maleta en la mano. Mi maleta de cartón en la mano. Espero que se abra la puerta y desciendo. Y lo que entonces era un salto sobre el andén ahora sólo es un paso, una flexión de la pierna antes de apoyar el zapato. ?Eh, ¿no me conoces?  Nos fundimos en un abrazo. Según se ha ido haciendo mayor han aflorado los rasgos de su padre, como en mi cara dicen que han aflorado los del mío. Está calvo, pero no se cubre con ninguna gorra. Y también lleva bigote, como él, y hasta fuma, aunque los cigarrillos son rubios emboquillados. Lo abrazo con ternura, le palmeo la espalda dejando la maleta en el andén mientras el tren arranca silencioso. Y olvido las pedradas que me lanzó cuando me vio llegar en moto con su padre, incluso aquella disparada a traición que a punto estuvo de costarme el ojo. ?Te acompaño en el sentimiento, Juanjo-le digo. Y él sabe que no es una frase hecha. La carretera que lleva al pueblo está asfaltada. La luz declina. Atardece. Juanjo conduce despacio, como si supiera la importancia que tiene todavía para mí ese paisaje que se difumina según la tarde deja paso a la noche. ?¿Lo encuentras cambiado? ?No en esencia. Y, ¿qué es esencia? Ese olor que penetra por la ventanilla abierta. Tío volvió a sus orígenes en cuanto se jubiló de su hospital, al pueblo, a la tranquilidad de las piedras antiguas de las casas señoriales que destacaban sobre la desnudez del páramo, a la soledad de los largos inviernos y a atrapar todos aquellos recuerdos de juventud que habían quedado aprisionados entre los sillares de la vieja casa solariega. Recuerdo sus últimas palabras, el último día de Navidad, cuando me cogió el teléfono, un hilo de voz ronca, un ramillete de palabras espaciadas por pausas en las que respiraba con dificultad. ?Pues cómo quieres que esté, con un pie allá casi, preparando las alforjas, listo para reunirme con la tía?. Y así había quedado para siempre, mientras liaba su último cigarrillo y las hebras del tabaco se le escurrían entre los dedos. Calvo, con la boina calada, el abrigo gris de posguerra y el cigarrillo de picadura en la boca, pues yo me negué a verlo muerto.
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FUNNY GAMES Michael Haneke  En 1997, el siempre controvertido Michael Haneke? La pianista, Caché ?, realizó uno de los experimentos más provocativos de la historia del cine: Funny Games. Diez años más tarde, después de una carrera tan brillante como polémica ? Haneke es de esos realizadores que no admiten el término medio, o se le odia o se le adora ? realiza un remake estadounidense, Funny games US, literalmente, en el que reproduce plano por plano y diálogo por diálogo su propio original, y su copia no es como el pastiche filmado por Gust Van Sant de Psicosis de Hitchkock, ni aporta grandes novedades con respecto al original salvo un elenco de primeras figuras encabezada por Tim Roth, Naomi Wats y Michael Pitt, el joven descubierto por Bernardo Bertolucci en Soñadores. ¿Qué sentido tiene el film de Haneke? Uno muy claro: entrar, con su subversiva historia, en el mercado cinematográfico norteamericano, en el que no pudo hacerlo con el original, y dinamitar el sistema. Anna (Naomi Watts), George (Tim Roth) y su hijo Georgie (Devon Gearhart) acaban de empezar las vacaciones en su residencia de verano junto a un lago. Mientras Anna prepara la cena, reciben la inesperada visita de dos jóvenes, Paul (Michael Pitt) y Peter (Brady Corbet), vestidos de blanco y aparentemente bien educados, que vienen a pedirles una docena de huevos para sus vecinos. A partir de ese momento se inicia un perverso juego de poder en el que los recién llegados, a pesar de su apariencia idílica, resultan ser unos paranoicos que van a someter a sus víctimas a toda clase de vejaciones siguiendo los parámetros de un juego de apuestas muy similar a los juegos de rol.
Tres puntualizaciones antes que nada. Una, que Haneke escribe su historia, precisamente, contra la banalización de la violencia en el cine, principalmente a manos del actual cine norteamericano, y la violencia que exhibe el director austriaco en su film, siempre fuera de plano? una de las piezas clave de su especial narrativa ? y, por ello, mucho más efectiva, está precisamente en las antípodas de las de Tarantino y su escuela, que hace chistes sangrantes sobre temas muy serios como el asesinato, el descuartizamiento y todo tipo de violencia física en cada una de sus películas. Dos, que el cine de terror, gore y de suspense, con el que Funny Games, aparentemente, mantiene ciertos lazos familiares, tiene una serie de normas que Haneke, en su afán provocador, se salta a conciencia, entre las que una de las más visibles es el asesinato de un niño. Tres, que el público, como muchos críticos, muerde el anzuelo tendido por el director austriaco y queda totalmente desorientado ante determinadas secuencias de Funny games; tan interesante como ver la película es comprobar la reacción de los espectadores cuando se produce la única escena de violencia explícita, al disparar Naomi Watts la escopeta de caza contra uno de los secuestradores y destrozarle el pecho en una escena a lo Peckinpah: la platea estalla en aplausos que se frustran, a continuación, cuando Haneke, manipulador nato de su historia, rebobina la cinta ? recurso que también utilizó en Caché ? y borra esa secuencia del film para conducirlo a ese desalentador final en el que el mal triunfa sobre el bien.
Resulta paradójico que tengamos que darnos cuenta de la insoportable carga de violencia del cine actual a través de una película como ésta que huye de la escenificación de la violencia que, por reiterativa, ya no produce ningún efecto. ¿La secuencia más turbadora? Sin duda cuando uno de los dos muchachos, Brady Corbet, con un rostro que recuerda al drugo Malcolm McDowell de La naranja mecánica de Kubrick o al siniestro Joker de Batman, tira al suelo la media docena de huevos y ese acto, banal en si mismo, se convierte en el primer paso de un festín de crueldad y muerte. JOSÉ LUIS MUÑOZ
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CIUDAD FINAL de Kama Gutier Editorial Montesinos. 208 pgs. 18 euros.  Kama Gutier es un singular personaje. Nacida en el País Vasco pero radicada en Los Ángeles, criminóloga, autora de libros de ensayo sobre emigración, nos ofrece, con CIUDAD FINAL, una novela negra y fronteriza, una valiente denuncia sobre un hecho sangrante. Mucho se ha escrito sobre el feminicidio de Ciudad Juarez, el sistemático exterminio de mujeres, preferentemente jóvenes, preferentemente bellas, que trabajan en las maquiladoras, oscuros crímenes, la mayor parte de ellos horrendos, de cuya autoría poco se sabe, de los que se sospecha han sido cometidos con fines sexuales? violación seguida de asesinato ? económicos ? las muchachas son muchas veces asesinadas en sus días de cobro y, por tanto, son fácil botín?, para el rodaje de las snuff movies que tienen un lucrativo mercado, como ajuste de cuentas entre bandas de narcos que siembran sus fronteras de cadáveres de advertencia, como si fueran mojones humanos, como regalos carnales en la fiestas de onomástica o cumpleaños de los potentados, por secciones de policías corruptas que hacen el juego a la delincuencia, por enloquecidos sádicos y vampiros que se deleitan en el sufrimiento espantoso de sus víctimas, en rituales satánicos. Es la novela de Kama Gutier tan curiosa como absorbente, una narración en primera persona, en la que ficción y realidad se dan la mano, una detallista novela de pesquisas, una novela denuncia a través de un alter ego, que se llama Kama Gutier, con lo que me asalta la duda de si es un alter ego o es un ego a secas, criminóloga de al otro lado de la frontera, gringa de origen mexicano, contratada por las autoridades judiciales, y despedida cuando sus preguntas se hacen muy molestas.  La novela valiente de Kama dispara en dos direcciones. Una, hacia los autores de esa masacre, que uno cree que ya actúan como franquicia, envalentonados por la ineficacia policial que detiene, de vez en cuando, a unos cuantos chivos expiatorios como Shariff, el egipcio, Coco, El Peruano, monstruos ejecutores o inocentes declarados culpables bajo la presión de la tortura, que apunta hacia el mundo de las finanzas, de los ricos, de los poderosos en connivencia con los clanes mafiosos, y otro hacia la ineficacia criminal del aparato policial y el judicial, y en este último aspecto está muy logrado el enfrentamiento continuo, desafiante, que protagonizan Kama Gutier y esa jueza Catita Lombardo, apresurada en cerrar rápidamente los casos. Desde esa óptica gringa, del norte, en donde ejerce la protagonista como criminóloga, se echa las manos a la cabeza ante la chapucería policial, ante ese lavado de cadáveres, que borra todos los vestigios criminales, esa invasión de la escena del crimen, que destruye todas las evidencias, y abunda Kama en la ineficacia policial de México, un mal endémico que arrastra desde hace décadas, que tiene sus causas en la rampante corrupción de sus cuerpos y en ese triste récord que ostenta de más de un 98 por ciento de casos sin resolver que hace que figure en el libro Guinnes de la ineficacia policial.  Es CIUDAD FINAL una novela tan apasionante como necesaria, escrita con precisión, con personajes de carne y hueso, como la propia Kama, que me tiene al lagarto Freddy como animal de compañía, que es un grano más, incómodo, en el análisis de ese feminicidio sin fin, que tiene sus dosis de suspense, que es, sobre todo, una valiente denuncia de un hecho que esta pasando, un cruce inteligente entre ficción y realidad, del que la novela negra, desde A SANGRE FRÍA de Capote, se viene nutriendo. Una muy buena novela que deben leer, acercarse a ella. Recomendarles esta magnífica novela negra, esta primera novela que, para nada lo parece, escrita con soltura, formalmente perfecta, clonando con desenvoltura la peculiar habla mejicana, que es novela negra y, por eso mismo, novela social.
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Con LA ALDEA GLOBAL, artículo de opinión publicado en El Periódico, quedé finalista en el premio José María Pemán de periodismo que convoca el Ayuntamiento de Cádiz y Unicaja. El premio, aparte de permitirme conocer la maravillosa ciudad costera, me recompensó compartiendo algunos minutos con Rafael Alberti y unas cuantas tapas y animada charla con Vicente Verdú, el ganador del certamen, y su esposa. LA ALDEA GLOBAL, cuyo contenido sigue vigente, la escribí después de un viaje por la lejana Indonesia que no lo resultó tanto. Cosas de la globalización, por supuesto.  Publicado en El Periódico el 28/08/1994 LA ALDEA GLOBAL JOSÉ LUIS MUÑOZ  Hace unos cuantos años, durante un periplo por Indonesia, cobraron plena vigencia las teorías de McLuhan sobre la aldea global hoy tan rabiosamente de moda. Las diferencias entre un paseante de la Diagonal de Barcelona, un aguador de El Cairo o un indígena guatemalteco son cada vez más difusas una vez que las fronteras se hacen permeables y la comunicación navega libremente. En el siglo XX las distancias fueron pulverizadas por los medios de comunicación audiovisuales y los transportes aéreos que sustituyeron el concepto viajar por el de trasladar. Ya no es necesario emplear ochenta días en dar la vuelta al mundo, basta coger un boeing 747 y sin hacer apenas escalas se puede circunvalar el planeta en poco más de veinticuatro horas, y por otro lado cualquier telefilme americano puede dar una idea aproximada de lo que es U.S.A. a un tibetano. Hay una lectura positiva de todo ello que se traduce en el hermanamiento de diferentes culturas, credos y razas, pero existe otra lectura negativa, que es que los países más débiles, económica y culturalmente hablando, van sucumbiendo al influjo exterior y homogenizador de los países poderosos, lo que se traduce en una pérdida de su encanto, de su singularidad. Miles de occidentales desembarcan a diario por placer en los lugares más exóticos del Tercer Mundo, difundiendo su idioma y su forma de ser, con el deseo de aprehender unos paisajes supuestamente virginales y adquirir, a precios reventados, una artesanía que en sus países de origen sería un lujo inalcanzable, y a la inversa, miles de ciudadanos del Tercer Mundo, víctimas de ese falso espejismo de abundancia y bienestar que transmiten las imágenes de la televisión que reciben vía satélite, inician su viaje económico, muchas veces precario y dramático ? balseros cubanos y haitianos, pateras magrebíes, polizones centroafricanos... - buscando su paraíso en el mundo occidental que la mayor parte de las veces se traduce en una brutal esclavitud. Lo que para nosotros es un tránsito placentero, es para ellos una deseada permanencia.  Estos flujos de personas están produciendo en los paisajes vírgenes de esos países los mismos efectos que las masivas invasiones de las montañas por parte de urbanitas irrespetuosos. Encontramos los vestigios más escandalosos de la civilización occidental en los lugares más insólitos, con lo que el ideal, heredado del romanticismo, que persigue todo viajero de descubrir rincones no hollados por pie humano, choca con la realidad de que esos lugares dejaron de existir hace mucho tiempo y sólo es posible contemplarlos en las ficciones cinematográficas o encontrarlos en los libros de Richard Burton, Robert Louis Stevenson o Sommersth Maugham. La coca-cola lo mismo la bebe un checheno que un zulú, los tejanos lo mismo cubren las piernas de un yanqui en central Park como las de un aborigen australiano, y el inglés es el esperanto que te abre hasta las puertas de la selva de Papúa. Pero no es la anglosajona la única cultura en expansión en el mundo. Es habitual, y se agradece, encontrar cada vez más influencia hispana en Estados Unidos, más rótulos en español y más gente hablando castellano. De hecho me siento mucho más cómodo paseando por la calle 42 de la Gran Manzana que por el Ring de Viena. Lo que ya no es tan habitual es encontrar influencia hispana en las antípodas, como en Indonesia, por ejemplo. Hechos. Me estaba tomando un singapoore sling en el hotel Mutiara de Yogyjakarta y la orquesta que amenizaba la noche atacó sin previo aviso melodías latinas como "Reloj que cantas las horas", "La Bamba" y "Bésame mucho", cuando yo hubiera preferido la música hipnótica del gamelán de Java. ¿Una deferencia por mi aspecto latino? Voy a cenar a un restaurante de Ujung Pandang, la capital de la extraña y distante isla de Sulawesi, y tropiezo en la carta con dos platos de inequívoco sabor español: gazpacho andaluz - apostillado en inglés como "la deliciosa sopa fría española" - y tortilla de patatas, pero ni que decir tiene que yo me decanto por el nasi goreng, sus exquisitos fideos de arroz. Me identifico en una tienda en las que estoy regateando la compra de unas camisas de seda como catalán, y el vendedor automáticamente me pregunta por los últimos fichajes del Barça y está mejor informado que yo. Observo la confección de estatuas de piedra en uno de los talleres de la laboriosa isla de Bali y un encargado me dice en perfecto castellano, guiñando un ojo, su fascinación por Marta Sánchez. Los masajistas ocasionales de las playas de Bali se llaman Pedro, Carmen, Adolfo y Felipe para los viajeros. En un paseo por la jungla de Sulawesi un nativo toraja, que transporta un enorme cerdo para un sacrificio ritual, va embutido en una camiseta del Barça. Cuando me detengo a contemplar un búfalo de agua hundido en un arrozal siempre hay alguien que me dice al oído: "matador". ¿Me alivia este conocimiento, aunque sea superficial, que tienen de mi mundo? Más bien me produce desazón.  Los medios de comunicación audiovisuales y las periódicas y masivas migraciones turísticas y económicas que se producen están convirtiendo el mundo en la aldea global que predijera McLuhan. Algunos países del Tercer Mundo pierden sus encantos virginales - o los ponen a la venta - a manos de las hordas de turistas provistos de travellers cheques que arrasan con todo y se llevan en sus carretes fotográficos caras y paisajes, del mismo modo que nuestras costas pueden parecer en verano un land de Alemania. Desengañémonos. Los paraísos perdidos e incontaminados hace ya tiempo que dejaron de existir. Quizá una de las imágenes más brutales que podría ilustrarlo sea una foto aparecida hace un año en la prensa y que me produjo una cierta conmoción: un papua de Nueva Guinea, desnudo y con sus plumas, pinturas y abalorios tradicionales salía de una tienda con un ordenador bajo el brazo con el que seguramente iba a conectarse a Internet. Es evidente que tenía todo su derecho a hacerlo y debiera alegrarme por su acceso a la comunicación global, pero ello no impide que mi egoísta punto de vista de viajero se resienta por ello. Seguro que estoy equivocado.
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