La soledad del corredor de fondo

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    RESACA DE UN VIAJE

    Posted: 2-September-2008, 1:27pm CEST by José Luis Muñoz
    EL MISTICISMO DE LA INDIAFotos y texto: José Luis Muñoz
    Dicen que, inexorablemente, la India le cambia a uno, que, después de un viaje, que se considera iniciático, a la perla del Imperio Británico, ya no eres el mismo, te vuelves un místico o te replanteas la existencia desde parámetros distintos porque en ese reino de miseria profunda, que afecta a millones de seres, mientras más oscuros de piel más despreciados, solo puede brillar el espíritu.
    Quizá es que me encuentre en una etapa de la vida marcada por un profundo escepticismo y haya demorado en exceso este viaje, pero confieso haber regresado de ese país fascinante y contradictorio más o menos igual a como marché, con algunos kilos menos ? por mucho empeño que uno tenga siempre hay alguna bacteria que invade tu intestino ? y la barba más larga.
    La literatura y el cine, de una forma u otra, están en el centro de mis viajes, también en éste. Viajé imaginariamente a la India cuando era muy joven y devoraba las novelas de Rudyard Kipling, y también las de Emilio Salgari, ese novelista estejanovista que solo viajó a través del papel de sus libros; navegué por el Ganges cuando Jean Renoir me lo enseñó en su obra maestra ?El río?, que nadie edita en DVD; lo hice en cada una de esas películas de aventuras que glosaban las heroicidades de los uniformados rojos de Su Majestad en detrimento de esos bandidos oscuros y fanáticos, envueltos en sus turbantes y con puñales torvos, que justificaban sus asesinatos rituales con ofrecimientos a la sanguinaria diosa Kali. Luego Luis Malle en su ?Calcuta? y Mira Nair en su ?Sadam Bombay? me impactaron con su India de miseria y barro gris y espectros vagando por sus calles.
    La India es tan tremendamente hermosa, a nivel visual, como sucia y caótica en el tortuoso trazado de sus mal llamadas ciudades; ruidosa hasta el ensordecimiento por la sinfonía cotidiana de cláxones de camiones, autos, motos y bicicletas que se entrecruzan endiabladamente en calles desventradas, de las que huyó el asfalto sin posibilidad de retorno, sin colisionar nunca. La India puede ser tranquila y silente en los poéticos atardeceres de Udaipur, con la ciudad reflejándose en el espejo rojizo del lago Pichula mientras el tiempo se detiene, o en las barcas que remontan, con el suave aleteo de sus remos, el Ganges siguiendo la orilla escalonada de la ciudad santa de Varanasi en cuyos gaths arden los cadáveres perfumados por el humo de la madera de sándalo. La India es un conglomerado de buenos y malos olores que se confunden, viscosa por la humedad selvática alimentada por el monzón que la inunda año tras año o árida por la quemazón del desierto de Thal que se extienda al norte de Rajastán. La India es profundamente religiosa, salpicada por templos de todas las creencias, desde maravillas arquitectónicas, que hacen que miremos con otros ojos nuestras catedrales, a vulgaridades naif de colores chillones y esculturas de parque temático, desde monumentos grandiosos que descuellan en la desolación de la ruinosa edificación que pulula alrededor al más modesto templete que yergue el vecino piadoso con el arte de sus manos en cualquier esquina. La India es tremendamente colorida con la paleta de sus especias que condimentan una cocina del olfato que tizna de amarillo los labios y transforma nuestras insípidas verduras en platos suculentos; país contradictorio en los sentimientos que despierta en el viajero, incapaz de comprenderla hasta en su enrevesado pasado histórico de invasores cegados por sus riquezas que siempre detentaron unos pocos; brutal en sus contrastes entre los que lo tienen absolutamente todo, y siguen amasando sin pausa sus fortunas, regentando hoteles, palacios y fortificaciones, y quiénes no tienen absolutamente nada y su única esperanza es morir para reencarnarse en alguien más afortunado.
    Quizá haya sido eso lo que más me ha impresionado, la brutal desigualdad social ante la que parece existir un dramático conformismo transmitido generación tras generación. Y la incapacidad de vislumbrar un futuro de esperanza para esos mil millones de hindúes.
    Si hay una imagen que resuma todo ese sentimiento quizá sea ésta que capté en Udaipur por casualidad, porque los dos elementos de esa fotografía coincidieron en el campo visual de mi Nikon 200: la más miserable chabola, apenas unos palos y una tela que cualquier viento desarbola, a pocos pasos del más lujoso hotel del continente, con habitaciones de 600 euros la noche y suites de 3000, por cuyos pasillos se mueve un turismo de lujo que circula por el entramado de las caóticas calles del subcontinente indio sin apearse de su limusina? la versión moderna del palanquín con que eran transportados los marajás? y con mascarilla cuando baja la ventanilla para librarse de las miasmas de un aire espeso.
    Las estadísticas afirman que La India es un pujante tigre asiático, que va camino de convertirse en una potencia mundial. No nos tomemos en serio esa estadística, puede aconsejarnos nuestro sentido común después de viajar por un subcontinente en donde falta todo menos miseria, las carreteras son un bache continuo, que nadie se molesta en arreglar, y ratas y cucarachas campan a sus anchas por los vagones de sus trenes sin que nadie, salvo el extranjero, se inmute por ello. La estadística dice que si tu vecino se come dos pollos y, mientras, a ti el hambre te muerde el estómago, tú comes ese pollo imaginario que tranquiliza a la humanidad. Las fortunas inconmensurables de los que viven en medio de un lujo asiático ? aquí se entiende el adjetivo en toda su extensión, que es como vivir como un marajá ? maquillan la balanza de la miseria de los que se hacinan en los suburbios ? aunque casi todo sea suburbio ? de las grandes ciudades.
    Es el hindú un pueblo amable, sonriente, que no se inmuta ni alza la voz por nada ni nadie, que da, aunque no tenga, y pide por el espejismo de que quien los visita nada en la abundancia del euro o el dólar. Son los hindúes vendedores natos y tozudos capaces de vencer cualquier resistencia, insistentes hasta el agotamiento, prestidigitadores que deslumbran en el arte de exhibir su mercancía, sea ésta la que sea, en tiendas que no tienen fondo y almacenan infinitas mercaderías que se remontan al tiempo de las caravanas. Hoy las caravanas no las forman recuas de camellos sino modernos boings en donde toda esa mercadería excelsa, obra de la paciencia y manos expertas, entra en nuestro mundo a precio de saldo. Y son los hindúes mansos. Ése, el de la amable mansedumbre, el de la sonrisa que no desaparece aunque el hambre muerda el estómago, quizá sea su verdadero problema, que no puedan, o no sepan, estallar de rabia y cerrar el puño, que no sean capaces de sacudirse de encima siglos de tradiciones y costumbres que les impiden avanzar, que sigan admirando a unos marajás hacia los que sienten agradecimiento por haberles construido con su sudor y sangre palacios de mármol y oro, que tengan unos gobernantes capaces de convertirlos en potencia atómica pero incapaces de darles dignidad ciudadana, techo, comida o defenderlos de las catástrofes de la naturaleza.
    Mientras en Europa nuestros reyes y gobernantes, sin olvidar dotarse de palacios de ensueño, se afanaron en tener las ciudades más hermosas del mundo ? París, Londres, Praga, Viena, San Petersburgo??, de las que sus ciudadanos se sienten orgullosos y tienen como suyas, en la milenaria India ese tesón se empleó en ornar con oro los tejados de mármol de los innumerables palacios de los marajás dejando las mal llamadas ciudades a su suerte. La bella y caótica Jaipur, un zoológico por cuyas calles caminan personas, monos, camellos, elefantes, vacas y perros en perfecta armonía, fue pintada de rosa hace cien años, y nadie repinta sus fachadas desconchadas. Los hermosos havelis de Mandawa pierden inexorablemente sus pinturas y se desploman en ruinas en donde crece la maleza y sirve de comida a las cabras.
    Y nosotros acudimos al subcontinente indio, cegados por el brillo de ese contraste y porque esa miseria, colorida, es pasto de nuestra mirada.
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    LA RESEÑA

    Posted: 2-September-2008, 1:10pm CEST by José Luis Muñoz
    01/08/08
    Líbranos del Mal Francisco Ortíz
    [El Periódico de Villena, 1 de agosto de 2008]Abandonad toda esperanza, salmo 142º
    Un año más la Semana Negra de Gijón llegó... y convenció, pese a los agoreros que vaticinaban que el cambio de ubicación iba a empeorar considerablemente el desarrollo de las distintas actividades de esta feria multicultural que ya ha superado las dos décadas de vida. El festival arrancó, como es costumbre, con la Asturcon, que recoge las actividades protagonizadas por la fantasía y la ciencia ficción, y cuyo invitado de honor fue George RR Martin, autor de Canción de hielo y fuego, una saga que podría destronar a El Señor de los Anillos como relato de espada y brujería más popular de todos los tiempos.Pero si hubo un eje fundamental en el evento, ese fue la idea del Mal en mayúsculas: un concepto amplio al que se acercaron un gran número de narradores, mostrando tanto su repulsa hacia el mismo como la indudable capacidad de fascinación de la que ha hecho gala en multitud de libros y películas.Lo que pareció quedar claro es que el Mal se hospeda en el corazón de los hombres por naturaleza, y así lo demuestran algunos hechos reales que han sido novelados con talento por escritores del género. Este es el caso de Raúl Argemí y Retrato de familia con muerta, en donde el escritor argentino recrea un crimen real todavía no resuelto acontecido en su país a finales de 2004: una mujer es asesinada en un country -las urbanizaciones de lujo de la jet set argentina-, y se produce una verdadera conspiración de silencio para ocultar el crimen. La prosa precisa y afilada de Argemí plantea más preguntas que respuestas acerca de un caso de especulación inmobiliaria y tráfico de influencias que podría haber ocurrido en cualquier parte del mundo.Pero si hay un acontecimiento real que demuestra lo abominable de la raza humana, este es sin duda el Holocausto que desencadenó el régimen de Adolf Hitler. Estos hechos inconcebibles para toda mente lógica, pero de los que han dado testimonio escritores como Primo Levi o cineastas como Claude Lanzmann, son los que rescata José Luis Muñoz en El mal absoluto. A través de la figura de un nazi hoy enriquecido y un superviviente que malvive en soledad, ambos ya ancianos y entrevistados por una ambiciosa periodista, el autor de la negrísima Lluvia de níquel elude todo maniqueísmo y aprovecha las posibilidades evocadoras de la narrativa en una novela que debería poner mal cuerpo a todo aquel que tenga un mínimo de humanidad. Esto es, un libro no apto para almas sensibles pero indudablemente necesario.
    Dos novelas pues, justamente galardonadas (premios L?H Confidencial y Ciudad de Badajoz respectivamente) que nos reconcilian con lo mejor de la narrativa contemporánea a partir de lo peor de la raza humana. Y hablando del Mal, el crimen y la ficción: la escritora Anne Perry también visitó la ciudad asturiana. Como esto no es una columna de cotilleos ni la publica El Caso, solo les diré que investiguen acerca de esta narradora tan exitosa y vean el estupendo film de Peter Jackson Criaturas celestiales. Y luego hablamos.La XXI Semana Negra de Gijón se celebró del 11 al 20 de julio; Retrato de familia con muerta y El mal absoluto están editados por Rocaeditorial y Algaida respectivamente.

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    EL RELATO

    Posted: 2-September-2008, 12:54pm CEST by José Luis Muñoz
    Primer Premio del XX Concurso de Relatos del BIM

    TIEMPO DE TRENES
    José Luis Muñoz
    A mi tío
    El tren silba cortando el aire, una bala en un paisaje yermo por las mismas vías por dónde antes avanzara la vieja locomotora de vapor. El mismo recorrido, pero distinto tiempo, distinto viaje. Aquel viaje de antaño, que embriagaba todos mis sentidos, ahora es sólo una excursión. El mismo camino, porque la vía atraviesa los mismos parajes, la misma distancia, y algunas variaciones en el paisaje. Más que en el paisaje, en las construcciones, en las estaciones que el tren deja atrás; asépticas éstas se me antojan; aquéllas, las del pasado, dotadas de un indeterminado lirismo. Todo más bello antes, más prosaico ahora. Cuestión de años, los que van de un niño con pantalón corto y toda la vida por delante, con la mirada fascinada perdida más allá de la ventanilla del tren, a la de un hombre maduro que viaja con su desengaño a cuestas.
    El tren. Cuarenta años separan este viaje del otro. En treinta años todo cambia, nada es igual, salvo el aire, quizás, pero ni eso. Me levanto, salgo del compartimiento, estiro las piernas por el pasillo y asomo la cabeza por la rendija de una ventanilla que alguien ha olvidado cerrar. El aire limpio, fresco, del atardecer. Entonces, el aire mezclado con la humareda de la locomotora, la carbonilla que volaba y prendía en el cabello, el ritmo de las bielas transmitido al resto del convoy, sedante como el rumor de las olas.

    Sentado en un banco de madera. Hacía frío porque no funcionaba la calefacción y los inviernos antaño eran inviernos de verdad, de una crudeza que ahora nos cuesta imaginar. Y era de noche. Pero nadie apagaba la luz del compartimiento, quedaba encendida hasta el alba, un aura mortecina que subía o bajaba en intensidad según el ritmo del traqueteo del tren se hacía más brusco o suave. Yo no dormía, pero sí el otro ocupante, el que estaba a mi lado, que daba cabezadas y pronto empezaría a roncar. Abría tanto la boca que me tentaba a meterle cualquier cosa allí dentro: una bolita de papel arrugado, por ejemplo. Y mi padre, frente a mí, siempre leyendo, esta vez un libro de poemas de Machado, con las gafas clavadas en el extremo de la nariz y ese aire un poco rancio del profesor que siempre quiso ser. Lee sin apenas luz, como hacía en la biblioteca de casa; lee acomodando su cuerpo al traqueteo continuo del tren que invita al sueño. Y yo lucho por combatirlo. Como luchaba en las sobremesas, en todas y cada una de las sobremesas que seguían a las cenas, con mamá queriéndome meter en la cama y yo resistiéndome, buscando el apoyo de papá para quedarme mientras él hablaba de viajes, de libros, de luchas políticas, hasta que el sueño me vencía y me quedaba dormido con la cabeza sobre la mesa sepultada entre mis brazos, ese sueño que ahora lucha por hacerme cerrar los párpados y soñar.
    Mi compañero de viaje se aburre. Apenas hemos cruzado unos cuantos monosílabos en todo el rato relativos al tiempo y, al final, de nuestros respectivos viajes. Obligados a convivir en un espacio reducido, tan violento como la coincidencia de extraños en el ascensor del bloque de viviendas. Mi compañero de viaje, un individuo joven con aspecto de oficinista, registra los bolsillos de su chaleco hasta que encuentra un cigarro, y el cigarro lo masca, lo chupa, mientras me mira a mí, mira el letrero que prohíbe fumar, el paisaje yermo castellano que se desliza silencioso por la ventanilla del tren. Quiere hablar y yo, como no quiero, como prefiero el silencio, me embosco en el diario, me concentro en una noticia sin importancia, parapetado tras un periódico abierto de par en par que es un muro de silencio.
    Hace treinta años el tren se detenía en la estación de Sigüenza durante diez minutos, el tiempo justo para que yo bajase, papá me acompañara por la estación y me entregara al tío. El tren llegaba a las seis de la mañana, cuando aún era de noche, el sol luchaba por abrirse paso entre las tinieblas de un cielo límpido y flotaba en el aire gélido de la mañana el aroma del pan recién hecho. Y allí estaba el tío, con la boina calada hasta las cejas, ocultando el cráneo calvo, con el cigarrillo pendiendo del labio, que él liaba pacientemente, y los guantes de lana, y el abrigo gris de posguerra con las solapas levantadas protegiéndole las orejas. Y papá y el tío se fundían en un abrazo cálido, de camaradería, mientras se efectuaba ese traspaso de tutela.
    ?¡Pórtate bien, ratón! ¡Hasta el final del verano!
    ¿Por qué era tan callado? ¿Por qué era tan seco? ¿Por qué ya entonces no hablaba y sí observaba? Padre me daba un abrazo, deslizaba un beso por mi mejilla, que me avergonzaba, y me tiraba cariñosamente de las orejas. Y yo cogía la mano del tío, a través del guante, subía con él a la vespa y emprendía ese viaje mágico e iniciático, por un campo que se desperezaba de la noche, bañado por una luz plateada que se resistía a despertar, el viaje hacia el pueblo, sorteando las piedras del camino, iluminados por el haz tímido y titilante del faro. Iba de pie en la vespa, cortando el aire frío del alba con mis mejillas de niño de seis años, quieto, silencioso, emocionado, atisbando en la negrura los matorrales saturados de carámbanos, el despertar de los pájaros, el tenso silencio roto por el petardeo del motor. Y ese olor a campo que se despereza que ya no voy a olvidar, que recuerdo ahora, en este instante, reaviva mi memoria y me hace volver incesantemente una y otra vez atrás.
    ?Billete, por favor.
    Mi billete que taladra el revisor. Debo de estar cerca. Presiento ese paisaje. Lo huelo. Sobre todo lo huelo. Visualmente es distinto, aunque persistan los tonos ocres de los terrones y el dorado de los campos de trigo. El tren eléctrico llega mucho antes que la antigua locomotora de vapor. Miro por la ventanilla. Los postes de la luz siguen, y pasan, como entonces, pero más rápidos, como una exhalación, dejando apenas tiempo a vislumbrarlos. Llegaré con luz, antes de que el sol se ponga.
    No llevaba casi equipaje. Una pequeña maleta de cartón con algo de ropa. Una maleta con unas cuantas mudas. La maleta permanecía entre mis piernas cerradas que la preservaban de caer por el camino. Mi tío tampoco hablaba, era callado, pero sus silencios estaban llenos de buenos presagios; tras su semblante serio había un humor soterrado y socarrón, una cierta jovialidad y mucha complicidad. Me hablaba de sus perros, de su escopeta de caza, de los mulos que había en el pueblo, de la era, de los mantecados que cocería la tía en el horno comunal, de la gata resabiada que devoraba a sus propias crías.
    ?Si te portas bien, te llevaré a cazar.
    El tren llegaba a la estación, aminoraba la marcha y mi vecino de compartimiento guardaba en el paquete el cigarro chupado. Me levanto.
    ?Buen viaje.
    ?Gracias.
    Tardaban más en frenar. Levantaban una gran humareda y todo el andén se llenaba del humo, como si el tren ardiera. La locomotora estaba viva, mugía, escupía aliento blanco y nebuloso y brasas; la enorme caldera se estremecía como si fuera a estallar. El de ahora, en cambio, es silencioso, frena, se detiene suavemente. Mi maleta en la mano. Mi maleta de cartón en la mano. Espero que se abra la puerta y desciendo. Y lo que entonces era un salto sobre el andén ahora sólo es un paso, una flexión de la pierna antes de apoyar el zapato.
    ?Eh, ¿no me conoces?
    Nos fundimos en un abrazo. Según se ha ido haciendo mayor han aflorado los rasgos de su padre, como en mi cara dicen que han aflorado los del mío. Está calvo, pero no se cubre con ninguna gorra. Y también lleva bigote, como él, y hasta fuma, aunque los cigarrillos son rubios emboquillados. Lo abrazo con ternura, le palmeo la espalda dejando la maleta en el andén mientras el tren arranca silencioso. Y olvido las pedradas que me lanzó cuando me vio llegar en moto con su padre, incluso aquella disparada a traición que a punto estuvo de costarme el ojo.
    ?Te acompaño en el sentimiento, Juanjo-le digo.
    Y él sabe que no es una frase hecha.
    La carretera que lleva al pueblo está asfaltada. La luz declina. Atardece. Juanjo conduce despacio, como si supiera la importancia que tiene todavía para mí ese paisaje que se difumina según la tarde deja paso a la noche.
    ?¿Lo encuentras cambiado?
    ?No en esencia.
    Y, ¿qué es esencia? Ese olor que penetra por la ventanilla abierta.
    Tío volvió a sus orígenes en cuanto se jubiló de su hospital, al pueblo, a la tranquilidad de las piedras antiguas de las casas señoriales que destacaban sobre la desnudez del páramo, a la soledad de los largos inviernos y a atrapar todos aquellos recuerdos de juventud que habían quedado aprisionados entre los sillares de la vieja casa solariega. Recuerdo sus últimas palabras, el último día de Navidad, cuando me cogió el teléfono, un hilo de voz ronca, un ramillete de palabras espaciadas por pausas en las que respiraba con dificultad. ?Pues cómo quieres que esté, con un pie allá casi, preparando las alforjas, listo para reunirme con la tía?.
    Y así había quedado para siempre, mientras liaba su último cigarrillo y las hebras del tabaco se le escurrían entre los dedos. Calvo, con la boina calada, el abrigo gris de posguerra y el cigarrillo de picadura en la boca, pues yo me negué a verlo muerto.
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    LA PELÍCULA

    Posted: 2-September-2008, 12:43pm CEST by José Luis Muñoz
    FUNNY GAMES
    Michael Haneke
    En 1997, el siempre controvertido Michael Haneke? La pianista, Caché ?, realizó uno de los experimentos más provocativos de la historia del cine: Funny Games. Diez años más tarde, después de una carrera tan brillante como polémica ? Haneke es de esos realizadores que no admiten el término medio, o se le odia o se le adora ? realiza un remake estadounidense, Funny games US, literalmente, en el que reproduce plano por plano y diálogo por diálogo su propio original, y su copia no es como el pastiche filmado por Gust Van Sant de Psicosis de Hitchkock, ni aporta grandes novedades con respecto al original salvo un elenco de primeras figuras encabezada por Tim Roth, Naomi Wats y Michael Pitt, el joven descubierto por Bernardo Bertolucci en Soñadores. ¿Qué sentido tiene el film de Haneke? Uno muy claro: entrar, con su subversiva historia, en el mercado cinematográfico norteamericano, en el que no pudo hacerlo con el original, y dinamitar el sistema.


    Anna (Naomi Watts), George (Tim Roth) y su hijo Georgie (Devon Gearhart) acaban de empezar las vacaciones en su residencia de verano junto a un lago. Mientras Anna prepara la cena, reciben la inesperada visita de dos jóvenes, Paul (Michael Pitt) y Peter (Brady Corbet), vestidos de blanco y aparentemente bien educados, que vienen a pedirles una docena de huevos para sus vecinos. A partir de ese momento se inicia un perverso juego de poder en el que los recién llegados, a pesar de su apariencia idílica, resultan ser unos paranoicos que van a someter a sus víctimas a toda clase de vejaciones siguiendo los parámetros de un juego de apuestas muy similar a los juegos de rol.


    Tres puntualizaciones antes que nada. Una, que Haneke escribe su historia, precisamente, contra la banalización de la violencia en el cine, principalmente a manos del actual cine norteamericano, y la violencia que exhibe el director austriaco en su film, siempre fuera de plano? una de las piezas clave de su especial narrativa ? y, por ello, mucho más efectiva, está precisamente en las antípodas de las de Tarantino y su escuela, que hace chistes sangrantes sobre temas muy serios como el asesinato, el descuartizamiento y todo tipo de violencia física en cada una de sus películas. Dos, que el cine de terror, gore y de suspense, con el que Funny Games, aparentemente, mantiene ciertos lazos familiares, tiene una serie de normas que Haneke, en su afán provocador, se salta a conciencia, entre las que una de las más visibles es el asesinato de un niño. Tres, que el público, como muchos críticos, muerde el anzuelo tendido por el director austriaco y queda totalmente desorientado ante determinadas secuencias de Funny games; tan interesante como ver la película es comprobar la reacción de los espectadores cuando se produce la única escena de violencia explícita, al disparar Naomi Watts la escopeta de caza contra uno de los secuestradores y destrozarle el pecho en una escena a lo Peckinpah: la platea estalla en aplausos que se frustran, a continuación, cuando Haneke, manipulador nato de su historia, rebobina la cinta ? recurso que también utilizó en Caché ? y borra esa secuencia del film para conducirlo a ese desalentador final en el que el mal triunfa sobre el bien.


    Resulta paradójico que tengamos que darnos cuenta de la insoportable carga de violencia del cine actual a través de una película como ésta que huye de la escenificación de la violencia que, por reiterativa, ya no produce ningún efecto. ¿La secuencia más turbadora? Sin duda cuando uno de los dos muchachos, Brady Corbet, con un rostro que recuerda al drugo Malcolm McDowell de La naranja mecánica de Kubrick o al siniestro Joker de Batman, tira al suelo la media docena de huevos y ese acto, banal en si mismo, se convierte en el primer paso de un festín de crueldad y muerte. JOSÉ LUIS MUÑOZ

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    EL LIBRO

    Posted: 2-September-2008, 12:32pm CEST by José Luis Muñoz
    CIUDAD FINAL de Kama Gutier
    Editorial Montesinos. 208 pgs. 18 euros.

    Kama Gutier es un singular personaje. Nacida en el País Vasco pero radicada en Los Ángeles, criminóloga, autora de libros de ensayo sobre emigración, nos ofrece, con CIUDAD FINAL, una novela negra y fronteriza, una valiente denuncia sobre un hecho sangrante.

    Mucho se ha escrito sobre el feminicidio de Ciudad Juarez, el sistemático exterminio de mujeres, preferentemente jóvenes, preferentemente bellas, que trabajan en las maquiladoras, oscuros crímenes, la mayor parte de ellos horrendos, de cuya autoría poco se sabe, de los que se sospecha han sido cometidos con fines sexuales? violación seguida de asesinato ? económicos ? las muchachas son muchas veces asesinadas en sus días de cobro y, por tanto, son fácil botín?, para el rodaje de las snuff movies que tienen un lucrativo mercado, como ajuste de cuentas entre bandas de narcos que siembran sus fronteras de cadáveres de advertencia, como si fueran mojones humanos, como regalos carnales en la fiestas de onomástica o cumpleaños de los potentados, por secciones de policías corruptas que hacen el juego a la delincuencia, por enloquecidos sádicos y vampiros que se deleitan en el sufrimiento espantoso de sus víctimas, en rituales satánicos.
    Es la novela de Kama Gutier tan curiosa como absorbente, una narración en primera persona, en la que ficción y realidad se dan la mano, una detallista novela de pesquisas, una novela denuncia a través de un alter ego, que se llama Kama Gutier, con lo que me asalta la duda de si es un alter ego o es un ego a secas, criminóloga de al otro lado de la frontera, gringa de origen mexicano, contratada por las autoridades judiciales, y despedida cuando sus preguntas se hacen muy molestas.

    La novela valiente de Kama dispara en dos direcciones. Una, hacia los autores de esa masacre, que uno cree que ya actúan como franquicia, envalentonados por la ineficacia policial que detiene, de vez en cuando, a unos cuantos chivos expiatorios como Shariff, el egipcio, Coco, El Peruano, monstruos ejecutores o inocentes declarados culpables bajo la presión de la tortura, que apunta hacia el mundo de las finanzas, de los ricos, de los poderosos en connivencia con los clanes mafiosos, y otro hacia la ineficacia criminal del aparato policial y el judicial, y en este último aspecto está muy logrado el enfrentamiento continuo, desafiante, que protagonizan Kama Gutier y esa jueza Catita Lombardo, apresurada en cerrar rápidamente los casos. Desde esa óptica gringa, del norte, en donde ejerce la protagonista como criminóloga, se echa las manos a la cabeza ante la chapucería policial, ante ese lavado de cadáveres, que borra todos los vestigios criminales, esa invasión de la escena del crimen, que destruye todas las evidencias, y abunda Kama en la ineficacia policial de México, un mal endémico que arrastra desde hace décadas, que tiene sus causas en la rampante corrupción de sus cuerpos y en ese triste récord que ostenta de más de un 98 por ciento de casos sin resolver que hace que figure en el libro Guinnes de la ineficacia policial.
    Es CIUDAD FINAL una novela tan apasionante como necesaria, escrita con precisión, con personajes de carne y hueso, como la propia Kama, que me tiene al lagarto Freddy como animal de compañía, que es un grano más, incómodo, en el análisis de ese feminicidio sin fin, que tiene sus dosis de suspense, que es, sobre todo, una valiente denuncia de un hecho que esta pasando, un cruce inteligente entre ficción y realidad, del que la novela negra, desde A SANGRE FRÍA de Capote, se viene nutriendo. Una muy buena novela que deben leer, acercarse a ella.
    Recomendarles esta magnífica novela negra, esta primera novela que, para nada lo parece, escrita con soltura, formalmente perfecta, clonando con desenvoltura la peculiar habla mejicana, que es novela negra y, por eso mismo, novela social.
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    EL ARTÍCULO DEL DÍA

    Posted: 2-September-2008, 12:22pm CEST by José Luis Muñoz
    Con LA ALDEA GLOBAL, artículo de opinión publicado en El Periódico, quedé finalista en el premio José María Pemán de periodismo que convoca el Ayuntamiento de Cádiz y Unicaja. El premio, aparte de permitirme conocer la maravillosa ciudad costera, me recompensó compartiendo algunos minutos con Rafael Alberti y unas cuantas tapas y animada charla con Vicente Verdú, el ganador del certamen, y su esposa. LA ALDEA GLOBAL, cuyo contenido sigue vigente, la escribí después de un viaje por la lejana Indonesia que no lo resultó tanto. Cosas de la globalización, por supuesto.
    Publicado en El Periódico el 28/08/1994
    LA ALDEA GLOBAL
    JOSÉ LUIS MUÑOZ

    Hace unos cuantos años, durante un periplo por Indonesia, cobraron plena vigencia las teorías de McLuhan sobre la aldea global hoy tan rabiosamente de moda. Las diferencias entre un paseante de la Diagonal de Barcelona, un aguador de El Cairo o un indígena guatemalteco son cada vez más difusas una vez que las fronteras se hacen permeables y la comunicación navega libremente. En el siglo XX las distancias fueron pulverizadas por los medios de comunicación audiovisuales y los transportes aéreos que sustituyeron el concepto viajar por el de trasladar. Ya no es necesario emplear ochenta días en dar la vuelta al mundo, basta coger un boeing 747 y sin hacer apenas escalas se puede circunvalar el planeta en poco más de veinticuatro horas, y por otro lado cualquier telefilme americano puede dar una idea aproximada de lo que es U.S.A. a un tibetano. Hay una lectura positiva de todo ello que se traduce en el hermanamiento de diferentes culturas, credos y razas, pero existe otra lectura negativa, que es que los países más débiles, económica y culturalmente hablando, van sucumbiendo al influjo exterior y homogenizador de los países poderosos, lo que se traduce en una pérdida de su encanto, de su singularidad.
    Miles de occidentales desembarcan a diario por placer en los lugares más exóticos del Tercer Mundo, difundiendo su idioma y su forma de ser, con el deseo de aprehender unos paisajes supuestamente virginales y adquirir, a precios reventados, una artesanía que en sus países de origen sería un lujo inalcanzable, y a la inversa, miles de ciudadanos del Tercer Mundo, víctimas de ese falso espejismo de abundancia y bienestar que transmiten las imágenes de la televisión que reciben vía satélite, inician su viaje económico, muchas veces precario y dramático ? balseros cubanos y haitianos, pateras magrebíes, polizones centroafricanos... - buscando su paraíso en el mundo occidental que la mayor parte de las veces se traduce en una brutal esclavitud. Lo que para nosotros es un tránsito placentero, es para ellos una deseada permanencia.
    Estos flujos de personas están produciendo en los paisajes vírgenes de esos países los mismos efectos que las masivas invasiones de las montañas por parte de urbanitas irrespetuosos. Encontramos los vestigios más escandalosos de la civilización occidental en los lugares más insólitos, con lo que el ideal, heredado del romanticismo, que persigue todo viajero de descubrir rincones no hollados por pie humano, choca con la realidad de que esos lugares dejaron de existir hace mucho tiempo y sólo es posible contemplarlos en las ficciones cinematográficas o encontrarlos en los libros de Richard Burton, Robert Louis Stevenson o Sommersth Maugham. La coca-cola lo mismo la bebe un checheno que un zulú, los tejanos lo mismo cubren las piernas de un yanqui en central Park como las de un aborigen australiano, y el inglés es el esperanto que te abre hasta las puertas de la selva de Papúa.
    Pero no es la anglosajona la única cultura en expansión en el mundo. Es habitual, y se agradece, encontrar cada vez más influencia hispana en Estados Unidos, más rótulos en español y más gente hablando castellano. De hecho me siento mucho más cómodo paseando por la calle 42 de la Gran Manzana que por el Ring de Viena. Lo que ya no es tan habitual es encontrar influencia hispana en las antípodas, como en Indonesia, por ejemplo.
    Hechos. Me estaba tomando un singapoore sling en el hotel Mutiara de Yogyjakarta y la orquesta que amenizaba la noche atacó sin previo aviso melodías latinas como "Reloj que cantas las horas", "La Bamba" y "Bésame mucho", cuando yo hubiera preferido la música hipnótica del gamelán de Java. ¿Una deferencia por mi aspecto latino? Voy a cenar a un restaurante de Ujung Pandang, la capital de la extraña y distante isla de Sulawesi, y tropiezo en la carta con dos platos de inequívoco sabor español: gazpacho andaluz - apostillado en inglés como "la deliciosa sopa fría
    española" - y tortilla de patatas, pero ni que decir tiene que yo me decanto por el nasi goreng, sus exquisitos fideos de arroz. Me identifico en una tienda en las que estoy regateando la compra de unas camisas de seda como catalán, y el vendedor automáticamente me pregunta por los últimos fichajes del Barça y está mejor informado que yo. Observo la confección de estatuas de piedra en uno de los talleres de la laboriosa isla de Bali y un encargado me dice en perfecto castellano, guiñando un ojo, su fascinación por Marta Sánchez. Los masajistas ocasionales de las playas de Bali se llaman Pedro, Carmen, Adolfo y Felipe para los viajeros. En un paseo por la jungla de Sulawesi un nativo toraja, que transporta un enorme cerdo para un sacrificio ritual, va embutido en una camiseta del Barça. Cuando me detengo a contemplar un búfalo de agua hundido en un arrozal siempre hay alguien que me dice al oído: "matador". ¿Me alivia este conocimiento, aunque sea superficial, que tienen de mi mundo? Más bien me produce desazón.
    Los medios de comunicación audiovisuales y las periódicas y masivas migraciones turísticas y económicas que se producen están convirtiendo el mundo en la aldea global que predijera McLuhan. Algunos países del Tercer Mundo pierden sus encantos virginales - o los ponen a la venta - a manos de las hordas de turistas provistos de travellers cheques que arrasan con todo y se llevan en sus carretes fotográficos caras y paisajes, del mismo modo que nuestras costas pueden parecer en verano un land de Alemania.
    Desengañémonos. Los paraísos perdidos e incontaminados hace ya tiempo que dejaron de existir. Quizá una de las imágenes más brutales que podría ilustrarlo sea una foto aparecida hace un año en la prensa y que me produjo una cierta conmoción: un papua de Nueva Guinea, desnudo y con sus plumas, pinturas y abalorios tradicionales salía de una tienda con un ordenador bajo el brazo con el que seguramente iba a conectarse a Internet. Es evidente que tenía todo su derecho a hacerlo y debiera alegrarme por su acceso a la comunicación global, pero ello no impide que mi egoísta punto de vista de viajero se resienta por ello. Seguro que estoy equivocado.
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    EL APUNTE

    Posted: 2-September-2008, 12:12pm CEST by José Luis Muñoz
    BARAK OBAMA, LA GRAN ESPERANZA NEGRA
    Barak Obama, el muy joven y afroamericano senador demócrata ? aquí sí que podemos aplicar el término con todo rigor, porque las raíces de Obama están en África gracias a su padre keniata y en EEUU por parte de madre ? ya se perfila como el próximo presidente de Estados Unidos y se presenta con un discurso lleno de expectativas y buenos propósitos. Que un negro ? ¿Por qué Obama es negro y no blanco, me pregunto, habida cuenta de que su madre es blanca y su padre negro? ? alcance la presidencia de los EEUU es en sí una gran noticia; que lo haga con un discurso liberal, conciliador, dialogante, cerrando la nefasta etapa de su antecesor, seguramente junto a Nixon el peor presidente que ha tenido la gran potencia americana, es una esperanza para este mundo convulso que recibe en herencia. En lo económico el desafío de Obama es inmenso: gravar con impuestos las grandes fortunas, esto es, situarse en las antípodas de su sucesor, y destinar más dinero al gasto social. En lo geopolítico su meta es compleja: sacar a EEUU del berenjenal de Irak, acabar con Al Qaeda, algo de lo que Bush junior parece haberse olvidado, frenar a Irán, reconciliarse con el enfurecido oso ruso y recuperar el consenso internacional que el republicano dinamitó con la ayuda de algunos presidentes europeos como Blair y Aznar, el infausto trío de las Azores.
    Europa apuesta claramente por Obama, en contra de McCainn cuyo perfil ultraconservador parece querer pescar votos en el caladero de su antecesor, y Estados Unidos deberá decidir próximamente, en unas elecciones transcendentales, si Barak Obama ? un presidente de EEUU con un nombre de resonancia claramente musulmana ? debe dirigir esa gran democracia y recuperar el prestigio dilapidado en los últimos ocho años de desatinos.
    ¿Será capaz? De momento su dialéctica electrizante arrastra a las masas y a la intelectualidad norteamericana que ya le ha entregado su voto. Basta saber si su proyecto no se verá frustrado por los poderes fácticos norteamericanos ? las grandes corporaciones petroleras y armamentísticas, el verdadero poder en la sombra que perfila el mundo en beneficio de sus intereses ? y si una bala, como apuntaba hace unos días Carlos Fuentes en un magnifico artículo en El País, no se cruza en su camino y acaba con el sueño americano.
    Mi único lamento es que Hillary Clinton no vaya, finalmente, en su ticket, pero la personalidad de ambos políticos es tan fuerte que forzosamente chocarían. Un negro y una mujer rigiendo los destinos de la primera potencia es un sueño irrealizable.

   
 
       
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