La soledad del corredor de fondo

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    LA CRÓNICA

    Posted: 18-June-2008, 12:24am CEST by José Luis Muñoz
    EN MADRID, CERRANDO
    LA FERIA DEL LIBRO
    Iberia se comportó ? hay que decirlo, también, cuando la compañía cumple escrupulosamente con su compromiso de llevar al viajero a su destino en el día y hora contratados ? y Madrid, sumergida en una agradable temperatura ? nada que ver con anteriores y calurosísimas Ferias del Libro de antaño en las que uno, en el interior de las casetas, se cocía a fuego lento mientras le pedían las obras completas de Paolo Coelho? deparó una estancia agradable y fructífera al sufrido escribidor que iba a enfrentarse a los lectores capitalinos.
    Paseé mis libros por ESTUDIO EN ESCARLATA, la caseta 38 de la estupenda librería madrileña especializada en género negro y fantástico, y me sentí en familia entre los acogedores libreros ? padre, madre e hijo, a cual más encantador ? que, con entusiasmo, llevan un negocio que tiene más de vocación que otra cosa. Ante una barricada de mis cinco títulos publicados en Algaida ?LIFTING, LLUVIA DE NÍQUEL, ÚLTIMO CASO DEL INSPECTOR RODRÍGUEZ PACHÓN, LA CARAQUEÑA DEL MANÍ y EL MAL ABSOLUTO ? más PUBIS DE VELLO ROJO, para salpimentar la ensalada con un toque de salvaje erotismo, me parapeté y esperé con escepticismo la llegada de lectores mientras escuchaba la queja de la librera, y extraordinaria lectora de las que leen hasta las tres de la madrugada sin que el libro se le caiga sobre los ojos, que me reprochaba lo mal parados que salían los protagonistas en mis libros, y tiene toda la razón: ninguno vive para contarlo, para generar una secuela, por lo que debo echar mano de las precuelas, ese neologismo que está a la altura de miembras pero que no causa tantos revuelos periodísticos.
    ?Pobre Rodríguez Pachón, con lo bien que me caía.
    Y a mí. Tendré que hacer algo para resucitarlo. Aunque sea para consolar a la librera de ESTUDIO EN ESCARLATA.
    Contra todo pronóstico ? sobre todo teniendo en cuenta una desastrosa Feria del Libro de Madrid en la que bordeé el cero absoluto y ello me llevó a un conato de suicidio desde la terraza de un NH de Alcalá ? lo que empezó con un lento goteo se convirtió en una imparable firma de libros, de todos, realmente, aunque más de EL MAL ABSOLUTO, quizá porque estuviera más presente o por su portada excelente que atraía a posibles compradores como un imán.
    ? ¿Es el primer libro que escribe sobre nazismo?
    ? ¿Va a escribir más?
    ? ¿Es muy negro?
    ?Negrísimo, señora, no lo sabe usted bien.
    El ritual era siempre el mismo. El posible comprador y coleccionista de mi firma tomaba el libro entre sus manos, miraba la portada, leía atentamente la contraportada, cotejaba, a continuación, la foto de la solapa con quien tenía enfrente y, según las vibraciones recibidas, compraba el libro o lo dejaba. Hubo una amplia representación transoceánica ? una venezolana rendida ante LA CARAQUEÑA DEL MANÍ, por la hermosura de su título, y tres muchachas mejicanas que diversificaron sus compras en otros tantos títulos con la intención de intercambiarlos, imagino ?, jóvenes de ambos sexos, señoras para regalarlos a sus maridos, caballeros adictos al tema del nazismo ? realmente, me doy cuenta, un subgénero no sé si dentro de la novela negra o la histórica ?, mi tía que compró, y casi agotó, las existencias de EL MAL ABSOLUTO mientras se vanagloriaba, ante el librero estupefacto, de haber leído con fruición mi PUBIS DE VELLO ROJO? pecado del que ya fue absuelta por un confesor que conocía la novela?, algún joven escritor en ciernes que me pidió consejo y lectores dubitativos que se dejaron guiar sabiamente por los libreros y acabaron haciéndose con uno de mis libros.
    ?Mire, éste es sobre Las Vegas, éste sobre Cuba, ese otro sobre Caracas y el último pasa en Munich y en Polonia.
    Falta África, me dije. Ya se andará.
    Una comida familiar, entre primos, tía y hermano, me sumió en una suave depresión, quizá porque todos ya teníamos una cierta edad, pintábamos canas, lucíamos arrugas y había que echar imaginación para vernos como aquellos niños que jugábamos en ese ignoto pueblo de Guadalajara sobre el que hay novela pendiente. Quien más quien menos habló de achaques, fobias, vértigos, cojeras, en fin, de que ya sentimos el cuerpo que, de joven, ni lo sientes, y de los exabruptos que uno deja escapar, aparte del rechinar de huesos, cuando se sienta o se levanta. Mi primo Juanjo fue muy gráfico: de pronto un día, sin saber por qué, te llaman de usted, luego señor y acaban cediéndote el asiento en el autobús. Convenimos, de mutuo acuerdo, que una de las palabras más detestables de la RAE era abuelo, o abuelito, muchísimo peor. Por fortuna, al término del espléndido ágape familiar preparado por Rosa, maravillosa anfitriona de verdad, regado con vino añejo en botella empolvada, a nadie se le ocurrió extender sobre el mantel un muestrario de pastillas de colores: no hemos llegado a esa fase.
    Ya al cierre de la Feria, y tras dar un abrazo al entrañable David Panadero que, haciendo gala de su bien probada fama de abstemio, le daba a una botella de cava mientras firmaba ejemplares de su excelente revista PRÓTESIS en ESTUDIO EN ESCARLATA, y ser abordado, sorpresiva y agradablemente, en medio de una multitud, por Javier Vázquez Losada ?amigo gracias a este blog que es muy sociable, que prepara novela ?, me situé en el otro extremo de la feria, en la caseta 117, la de Anaya, y allí esperé parapetado detrás de mi barricada de libros el ataque de los lectores ávidos de firmas mientras departía con mis dos compañeros de lucha: a mi izquierda, el malagueño Antonio Hernández, con libros taurinos y futbolísticos, y a mi derecha Francisco López?Seivane con quien, luego de terminadas nuestras obligaciones laborales, departí sobre pasiones viajeras, y es que el escritor, antropólogo y viajero, que no ha dejado tierra por pisar, por muy ignota que sea ? Papúa?Nueva Guinea es su última conquista?, es toda una fuente de sabiduría y, para los que quieran saber más, ahí están las conferencias y sus libros interesantes de alguien que pasa más tiempo volando que en su casa.
    ? ¿Dónde vives?
    ?En el avión.
    ? ¿Y no es muy cansado?
    ?Siempre viajo en bussines.
    En esas dos horas tardías, de 19 a 21, realmente las últimas de la Feria del Libro de Madrid, atendí a un matrimonio cubano que se explayó a gusto conmigo sobre el tema del Holocausto, a pesar de no comprar EL MAL ABSOLUTO ? no les llegaba el presupuesto, y me dieron toda clase de excusas: Es que quiero comprarle un libro de poesía a mi señora y no me da para más el dinero, disculpe usted. ?, a un caballero que presumía de años y experiencia militar, que me compró y demandó firma de EL MAL ABSOLUTO con voz de mando, recomendé LIFTING a una muchacha que quería leer algo más trivial ? aunque el humor de esa sátira sea muy negro, negrísimo ?, intercambié saludos y palabras con Esther, una lectora magnífica y entregada de mi última novela ? nada hay más gratificante para un escritor que el aprecio de los lectores inteligentes, y ella es de las que han captado con toda intensidad y en toda su dimensión el trhiller sobre el mayor asesinato en serie de la humanidad ?, vendí LLUVIA DE NÍQUEL a una mujer apasionada por el juego, coloqué algunas caraqueñas a otras tantas mujeres ? ellas leen más, mucho más ?y redondeé la faena con un ejemplar del duelo Gunter Meissner ?Yehuda Weiss a una desconcertante mujer que me decía que yo no era Guy de Mauppasant ? algo evidente porque, de momento, estoy vivo ? y cogía y dejaba una y otra vez mi último libro en una terrible lucha entre amor/odio, deseo/repulsión que la portada de la vía de Auschwictz y el uniforme nazi le producían.
    ? ¿Lo compro o no lo compro? Es que me da yuyu.
    ?Cómprelo, mujer.
    ?No le he dado mucho la lata, ¿verdad?
    ?No, qué va.
    ?Ni necesito un Lifting a mis cincuenta años.
    ?Está estupenda, oiga. Pero si quiere mi libro, le divertirá.
    ?A ver que me pone en la dedicatoria. Que sea algo especial.
    Dedicatorias muchas y variadas, personales, porque odio estandarizarlas y automatizarlas, con bolígrafos prestados ? y el último robado, sin conciencia de mal ?, todas fechadas, que deberán, muchas de ellas, ser descifradas con paciencia a causa de mi letra receta de médico, sobre libros que serán leídos, u olvidados? no perdamos de vista que no todo lo que se compra se lee ?en anaqueles de gente que me conoce a través de lo que escribo.
    ?No sé cómo ha sido capaz de escribir una cosa así. Yo no podría. ¡Qué horror!
    La reprimenda venía por parte de una mujer extraña que manoseaba todos mis libros y que no tenía intención de hacerse con ninguno, algo que hace bastante gente.
    ? ¿A cuál se refiere?
    ?A éste, el de la araña.
    ?La esvástica? le corregí.
    ?La araña ? insistió ?. Con esa araña bombardeaban en nuestra guerra.
    La miré. Quizá no estaba tan ida como parecía. ¿Una araña? Pues sí, una araña.
    ? ¿No lo pasó mal al escribirlo?
    ?Pues sí, realmente fue atroz. Pero hay que hacerlo. No se puede olvidar.
    Porque realmente uno se pregunta, y le preguntan, qué aporta una novela cuando hay un boom de novelas sobre el nazismo, que crecen como hongos, desde LAS BENÉVOLAS a EL NIÑO CON EL PIJAMA A RAYAS, y la única respuesta que se me ocurre es bien simple: porque tenía muchas reflexiones que hacer sobre la condición humana, sobre esa parte oscura que llevamos dentro y aflora siempre en los personajes de mis novelas, porque la ATROCIDAD, EL MAL ABSOLUTO, debe de ser recordado siempre como ejemplo de la mayor ignominia de la humanidad, de lo que es capaz de hacer el hombre, cuando da rienda suelta a lo peor que lleva dentro de sí, y todos podemos ser ese maldito nazi sin cabeza.
    Sólo una queja, al cierre de la jornada, en la habitación hiper refrigerada ? esto ya parece Estados Unidos ? de mi NH Alcalá, desde cuya terraza no voy a tirarme después de los muchos libros firmados: a mi amigo David Panadero le dieron cava; a mí, agua. Menos mal que se acerca la Semana Negra.
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    LA FIRMA INVITADA

    Posted: 18-June-2008, 12:07am CEST by José Luis Muñoz
    Poco sé de Borja Massa, salvo que es un jovencísimo autor que se acercó a la caseta de ESTUDIO EN ESCARLATA a pedirme dos cosas: una dedicatoria a mi novela EL MAL ABSOLUTO, que había comprado, y un consejo literario. Como me dijo que escribía y que le habían premiado un relato, le pedí que me lo enviara. Y aquí está, para que ustedes lo disfruten y animen a este joven autor a seguir adelante. UN VAMPIRO EN EL DOS DE MAYO Borja Massa

    Los rayos rojizos tintaban los cristales de mi atalaya, traspasando el fino ventanal, salpicando la fría pared, dándome muestras del fin del ocaso. Yo, en mí esquina oscura y húmeda, guarecido cual rata callejera acobardada por ser vista ante la multitud. Multitud que me había despertado a gritos y disparos esa misma mañana. Pude observar con gran pasividad, como una ciudad entera se veía sumida en el caos ante la apremiante tormenta que se avecinaba. Un torrente de sangre, gritos, dolor, disparos y lágrimas iba a ser derramado por las calles de Madrid. Y así pasó, a lo largo del día mis oídos no pararon de escuchar atronadores disparos y aullidos salvajes que atentaban contra la vida de los franceses.

    Por fin la oscuridad se hizo dueña de la luz diurna. Salí de mi camastro, y levanté la mirada hacia el exterior; observé cómo la oscuridad se cernía sobre la ciudad, que curiosamente estaba débilmente iluminada por las llamas de las fogatas que se habían producido en las continuas luchas callejeras contra los franceses.

    Salí de mi escondrijo y con mis andrajosos ropajes paseé por las calles madrileñas. A mi paso encontraba jóvenes corriendo de un lado para otro con el brazo alzado y gritando los más burdos improperios que se les ocurriesen, todos ellos dirigidos contra la guardia francesa, y el pueblo francés. Casi choqué contra un muchacho que no superaría los diecisiete años de edad. Tenía el pelo desgreñado y andrajoso, sus sucias calzas y su camisa manchada de polvo que me indicaron que había estado corriendo durante todo el día y que la sangre seca que había en su ropa significaba algún enfrentamiento contra algún guardia. Portaba en su mano derecha un trabuco; al pasar a mi lado alzo su puño y grito: ¡Muerte a los franceses! ¡Vivan los infantes!. Siguió corriendo por la calle tan estrecha que desembocaba en la Puerta del Sol. Contemplé al chico mientras bajaba la calle, analizaba su comportamiento y reflexionaba si merecía dar la vida por algo tan estúpido como la marcha de unos niños, de unos infantes.

    Fueren quienes fueran, esa marcha había provocado en el pueblo madrileño un estallido de rabia e ira feroz. La fiera que había estado durmiendo, aguardando este momento, había despertado y rugía fervientemente. No se daría por vencido, lucharía con todo lo que estuviese a su alcance y entregaría su vida a la muerte si fuera necesario. Y todo por qué, por unos críos mimados que al llegar a la edad adulta ni se acordarían del levantamiento de su pueblo en su honra.

    Camine calle abajo y, mientras mi cabeza ardía con estos pensamientos, un estruendoso ruido taponaba mis oídos y una humareda cegaba mis ojos, algo en mi interior reaccionó y me hizo sentir distinto, una sensación despertaba en mí, algo inesperado. Al disiparse la humareda pude ver como el muchacho de antes estaba tumbado en el suelo con múltiples disparos en el torso y la boca ensangrentada; sus ojos abiertos como platos reflejaban su miedo al ver como la guardia disparaba contra él y sus compañeros indiscriminadamente.

    Cerré mis ojos y pasee por la Plaza del Sol, plaza que ya no existía: aquello era una fosa común. A mi paso indiferente topaba con cadáveres que yacían descuartizados y la ciudad se sumía en un manto de llantos que llenaba el paisaje urbano con una musicalidad agonizante. Mis ojos se abrieron y en ellos pude notar un brillo que centelleaba, la sensación que antes me había invadido de nuevo recorrió mi cuerpo que aumentaba su temperatura hasta que la calidez que habitaba en mi estalló y de mi interior surgió un grito de dolor. Fue entonces cuando comprendí el error que había cometido al pensar en la ingenuidad de las personas. Fue entonces cuando en mi cabeza relampagueó una tormenta de pensamientos e ideas que iluminaron mi forma de comprensión.

    Nadie luchaba por la marcha de nadie, el llanto de los infantes había actuado como catalizador del enfado de un pueblo que se vio prisionero de la invasión sutil de un país extranjero, de uno de sus enemigos más odiado a lo largo de su historia. De un enemigo de Europa; el pueblo madrileño sintió como su ciudad caía en las redes del imperio napoleónico. Y, sobre todo sintió como su libertad fue arrebatada.

    Mi mirada, que hasta entonces había permanecido fría y distante, mis ojos verdosos carentes de calidez, ahora mostraban una furia interna no habitual en mí. Levanté mi cabeza y sentí como las lagrimas recorrían mi rostro haciéndose notar en la suciedad de mi cara, brillaban como dos gotas de diamantes en la oscuridad más absoluta. Sequé mi rostro y aguanté mi llanto. Me agaché, recogí un trabuco y una espada de las mortecinas manos de un joven caballero que yacía en el suelo.

    Alcé mi vista y, tras divisar a un pequeño escuadrón de la guardia francesa, sentí el impulso de abalanzarme sobre ellos y darles muerte. Cuando me quise dar cuenta mi cuerpo corría fatigosamente, mis brazos alzados y mi boca escupía gritos de ira contra ellos.

    Di un salto, al tiempo que disparaba mi trabuco. Acerté, justo en la cabeza, vi el cuerpo de aquel soldado caer, pero no me detuve en contemplar como su cuerpo tomaba tierra; estaba ocupado en degollar al siguiente y así haría con todos aquellos que se me enfrentasen. Si me daban muerte, esperaba que fuese rápido, pero mis pensamientos carecían de tranquilidad, estaba inundado por una tempestad de rabia. Actuaba por puro instinto, cual bestia intentando matar a su presa, sólo que esta presa iba a ser devorada por el acero de la espada.

    Pero ellos eran demasiados, mi número de enemigos me triplicaba, e iban armados con rifles que incluían bayonetas. Mientras atravesaba el vientre de uno de mis enemigos, vi como otro de ellos me apuntaba con el rifle y un estrepitoso sonido rugió en mis oídos. Al tiempo que cerraba los ojos, noté que mi cuerpo estaba intacto. Al abrirlos vi como, a unos veinte metros, cuatro ciudadanos madrileños habían disparado contra los franceses y me hacían señas con los brazos.

    Aliviado por la salvación alcé el brazo en signo de victoria; incomprensiblemente sus rostros no reflejaban lo mismo, incluso pude notar temor en alguna mirada suya. No lo entendí hasta que un punzante dolor me atravesó la espalda hasta llegar a mi estómago. Una espada había cruzado mi cuerpo. Súbitamente vi como unos caballos galopaban a mí alrededor y sembraban el pánico ante el pueblo madrileño. Una guardia con unos ropajes árabes. Una guardia especial, también conocida como los mamelucos.

    Mi cuerpo se desplomó y enseguida se hizo hueco entre la inmensa multitud cadáveres que cubrían los suelos madrileños. Eso nunca me importó, mi vida nunca tuvo sentido, hasta los últimos instantes en los que pude defender la libertad de un madrileño, mi libertad.

   
 
       
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