LA VUELTA AL MUNDO

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    JONATHAN LETHEM: EL ARTISTA DE LA DECEPCIÓN

    Posted: 10-December-2008, 12:08am CET by JUAN FRANCISCO FERRÉ


    El relevo generacional acontecido en la última década y media en el desbordante universo de la ficción norteamericana ha generado una renovación rigurosa e inventiva de sus modos, enfoques y motivos de la mano de novelistas tan ambiciosos y originales como David Foster Wallace, Mark Danielevski, William Vollmann, A. M. Homes, Jonathan Franzen, Bret Easton Ellis, Dave Eggers, George Saunders o Richard Powers, entre otros.

    Entre todos estos innovadores de la narrativa norteamericana de última generación, sobresale Jonathan Lethem (Brooklyn, 1964), un autor de culto dotado de un dialecto narrativo extraordinariamente singular y diferenciado, por su manejo de los recursos de género y su conocimiento de la cultura y la subcultura contemporánea. En 2003, Lethem culminó con La fortaleza de la soledad[1] una trayectoria creativa ejemplar que lo había llevado de la novela negra (Gun, with Occasional Music) y la ciencia ficción paródicas (Amnesia Moon, Paisaje con muchacha o Cuando Alice se subió a la mesa[2]) a asumir las referencias subculturales con gran acierto en composiciones más ambiciosas y complejas (con Huérfanos de Brooklyn, que ganó el National Book Award en 1999, como primer logro). La obra posterior de Lethem se compone de un tercer volumen de relatos temática y formalmente vinculado a La fortaleza de la soledad (Men and cartoons; inédito en español); un libro de artículos y ensayos (The Disappointment Artist: Essays; también inédito en español) donde rinde homenaje crítico a sus pasiones culturales y literarias (Philip K. Dick, Centauros del desierto, La guerra de las galaxias, Brooklyn, sus padres, etc.) y transmite información autobiográfica crucial (como las veintiuna veces que vio en su estreno La guerra de las galaxias para disipar el dolor por la enfermedad terminal de su madre); y una nueva novela, la séptima de su carrera (You Don't Love Me Yet)[3].

    Lethem califica Todavía no me quieres, una historia de amor ambientada en la escena artística y musical alternativa de Los Ángeles, de comedia romántica. En principio concibió la historia con Amy Greenstadt para una película que no se hizo. Volcó en ella sus recuerdos como músico juvenil de una banda a comienzos de los noventa y su conocimiento íntimo de la California más bohemia. Posteriormente, se propuso consumar el proyecto en solitario y modificó el formato narrativo, en un proceso que resumiría perfectamente su idea de la literatura. El año pasado, precisamente, Lethem publicó en Harper´s un espléndido artículo (?The ecstasy of influence: a plagiarism?) donde bromeaba con el plagio creativo y la paranoia actual sobre los derechos de autor y reivindicaba sin tapujos la política del ?éxtasis de influencias?, el remix, el ?sampleado? de temas y la cita tácita como estrategias estéticas de efecto estupefaciente sobre el lector o el espectador contemporáneos (de hecho, el apéndice final incluía todas las referencias literales con que había construido su discurso a modo de strip-tease literario de desvergonzada intención e indudable eficacia crítica[4]). En este sentido, esta novela coetánea jugaba ya con las ideas paradójicas expuestas en el artículo: toda creación individual es producto de la colaboración desinteresada o involuntaria y el éxito artístico radica en el potencial de apropiación de los motivos colectivos que flotan en el aire cultural de cada época.

    Citando a Shakespeare, a Dylan o a Tarantino como paradigmas de artistas singulares que se han nutrido de referencias ajenas en sus creaciones, Lethem concibe ahora una ficción en la que un grupo de rock debutante acaba canalizando algunas ideas originales cuyo origen mismo es confuso. A través de elocuentes canciones como ?Ojos monstruosos? o ?Comida de astronauta? esta banda californiana de nombre también incierto consigue expresar, sin embargo, la soledad, el desarraigo, el narcisismo emocional y la falta de amor de sus cuatro atolondrados componentes y de un público joven aletargado por las modas culturales, la anomia vital y la carencia de referentes sólidos.

    Por otra parte, esta divertida novela es una comedia sexual, a causa, sobre todo, del alto voltaje erótico que despide su protagonista, Lucinda, la bajista del grupo. Ella sola focaliza la trama circular con su peregrinación amorosa de un amante más joven (Mathew), el solista ensimismado de identidad algo desleída, a otro amante más maduro (Carl), el misterioso ?hombre de las quejas?, un adulto excéntrico de quien se enamora tanto por su pericia sexual como por su inteligencia verbal. De hecho, el barrigudo Carl es un cerebro privilegiado y vive de inventar eslóganes por los que le pagan sumas extraordinarias. Uno de ellos seduce a Lucinda hasta el punto de que se apropia de él, como se inspira de otras ingeniosas ideas de Carl para las canciones del grupo. Con ese eslogan fascinante, como resumen de su espíritu provocativo, concluye la novela: ?No se puede ser profundo sin superficie?. Lethem se ha permitido escribir este divertimento instructivo sobre algunos de los temas más serios del presente (los entresijos más insospechados de la creación y la cultura, el plagio y la inspiración, las ilusiones y desilusiones existenciales, el afán de fama o el problemático y turbulento ?eros? contemporáneo, etc.) en el estilo chispeante y desenfadado de algunas series de televisión de moda (Californication, Weeds o Nip/Tuck, por citar las primeras que se me ocurren).

    Como anuncia el título de su magnífica colección de ensayos y artículos, Lethem es un consumado ?artista de la decepción?. Y esta novela ligera y menor entre las suyas representaría quizá la superficie más brillante y perecedera de su arte de ilusionista desencantado. La reivindicación de una alianza creativa del plagio, las modas y las artes de superficie[5].


    [1] Sobre esta extraordinaria novela escribí en el momento de su publicación española (Mondadori, 2004) esta nota crítica que hoy, tras la elección de Obama como nuevo presidente de los Estados Unidos, podría considerarse profética: ?Si hay una novela reciente donde se narre sin nostalgia el final de la hegemonía de la cultura blanca es en esta voluminosa ficción escrita por un novelista neoyorquino de origen judío y vertiginosa trayectoria literaria. Irónicamente, La fortaleza de la soledad es un artefacto narrativo capaz de condensar a través de las historias y errancias de sus múltiples personajes un vasto periodo de la historia americana como contrapunto generacional entre el predominio cultural de las formas ?blancas? (el expresionismo abstracto, el cine experimental, la música pop, los cómics y la ciencia-ficción, Hollywood, etc.) y el dominio callejero de las formas ?negras? de expresión (el jazz, el funk, el soul, el hip-hop, el rap, el graffiti, etc.).
    Por en medio de todo este panorama enciclopédico, como una alegoría de sus intenciones morales, circula una imposible historia de amistad, ambientada en la primera parte en el Brooklyn de los sesenta y setenta, entre un chico blanco (Dylan) y un chico negro (Mingus) y sus descubrimientos respectivos de la sexualidad, las drogas, la fantasía compensatoria, la integración y desintegración de los lazos sociales, el determinismo de la procedencia racial y la degeneración de la familia nuclear. Todo ello pasado por el filtro narrativo de los superhéroes de la Marvel y la DC, con un puñado de cómics desgastados, una capa voladora y un anillo de la invisibilidad como fetiches compartidos de un poder incomunicable.
    En la segunda parte, Dylan se instala en Berkeley, hace carrera como crítico musical y se enamora de una estudiante afroamericana de postgrado con quien no podrá fundar un orden de convivencia satisfactorio hasta tanto no haya resuelto los traumáticos nudos de su pasado. En cambio, la vida fracasada de Mingus lo conduce a un interminable itinerario de condenas y cárceles, resumen certero del sufrimiento y la represión asociados a las condiciones de vida de muchos afroamericanos. El desencuentro final de ambos es, en este sentido, irreversible.
    Esta novela de Lethem es la representación ambiciosa y lograda de un periodo crítico y un concepto terminal de América. En todo caso, es la primera gran novela posterior al 11 de septiembre que, sin referirse específicamente a la catástrofe, hace el balance sentimental e intelectual más honesto e implacable de la vida americana de los últimos cuarenta años y sella el final definitivo de la inocencia de toda una cultura y una sociedad?.

    [2] Con motivo de la edición en bolsillo (Debolsillo, 2005) de esta divertida y original ficción científica, escribí esta otra nota crítica: ?Ahora que se reedita en bolsillo Cuando Alice se subió a la mesa (tercera novela de Lethem que en su primera edición española de hace sólo un par de años apenas si obtuvo la atención crítica que merecía), me parece oportuno recuperar esta joya de la narrativa contemporánea, un ejemplo impecable para comprender qué novedades puede aportar todavía la novela en un contexto cultural dominado por las múltiples variantes de la narrativa audiovisual.
    Como uno de los rasgos más notorios de Lethem es su portentosa imaginación (asentada, como debe ser, en un refinado conocimiento de la enredada realidad de su tiempo), nada mejor para medir el alcance de esta fábula excéntrica que poner a prueba nuestra propia imaginación. Imaginemos, pues, que en el sofisticado laboratorio de una universidad californiana, gracias a los extraños experimentos realizados por un equipo de físicos en un acelerador de partículas, se creara un fenómeno físico similar a un agujero negro de reducido tamaño; imaginemos que sus creadores experimentales bautizaran a esta réplica monstruosa del universo como ?Ausencia? (?Lack?); imaginemos que la integrante más inteligente del equipo (Alice Coombs) se ?enamorara? perdidamente de ?Ausencia? y tratara por todos los medios de atraer su atención y aprecio; imaginemos, finalmente, que el narrador (Philip Engstrand), un antropólogo cultural dedicado a las más disparatadas investigaciones de campo, sea el novio abandonado y celoso de Alice, dispuesto a todo con tal de recuperarla, incluso a perder la cordura.
    Con estos extravagantes elementos, Lethem construye, como un virtuoso discípulo de Philip K. Dick, una asombrosa historia de amor reescrita a la luz de los presupuestos cosmológicos de la física y la astrofísica cuánticas. Sin embargo, no es imprescindible ser Stephen Hawking para disfrutar con el humor soterrado y la ironía maliciosa de esta sátira de ambientación académica sobre las perversiones de la mente y los excesos del amor.
    Precisamente, la física descarnada del amor (atracción, excitación, obsesión, insatisfacción) se vuelve literalmente metafísica cuando Alice ve radicalmente alterados sus fundamentos existenciales por la presencia paradójica de ?Ausencia? en el laboratorio. Alice se enamora de sí misma ensimismándose en ese espejo aberrante de todas sus carencias, esa alteridad despectiva que la fascina hasta absorber la totalidad de su inteligencia y emociones con su poderosa abstracción. Alejada absolutamente de todo, Alice vive sumida en un estado de trance irremediable, bajo la mirada desesperada del narrador, entregada a los síntomas desaforados de una pasión dirigida en exclusiva a esta pluscuamperfecta vacuidad que sólo le retribuye narcisismo autodestructivo e indiferencia cósmica.
    Así, Lethem consigue hacer pasar por las devoradoras dimensiones del agujero negro de la novela, como si fueran partículas subatómicas, nuestras convicciones y creencias más firmes y arraigadas a fin de enfrentarlas, sin perder el sentido cómico de la existencia, a la insignificancia comparativa de la escala macrofísica del universo. No obstante, Lethem se las arregla con ingenio ?infinito? para que la historia de este anómalo triángulo amoroso tenga un inesperado final feliz, el reencuentro inconcebible de los amantes al otro lado del espejo como la promesa de un edén renovado. Al concluir la novela, el desconcertado lector seguirá pensando, como Rimbaud, que ninguna tarea terrestre urge más que reinventar el amor, aunque sea en el agujero negro de la vida contemporánea?
    .

    [3] Todavía no me quieres (Mondadori, 2008).

    [4] Lethem por sí mismo, en version original sin subtítulos ni doblajes impostores: ?I?ve become a fan of collage art and I love appropriated sounds in music and sampling. I like it when I run into it in literary work, too. I?m always excited by overt reference and bits of appropriation in literature. This bumps into the current landscape of technological anxieties, now that digital methods make doing it a cinch. We?re at a weird crisis point with this stuff. It?s easy and typical to appropriate and collage. So now there?s a hysteria about originality, and plagiarism accusations fly readily, and there?s this sort of turmoil about authenticity?.

    [5] Precisamente, Gilles Deleuze dedicó uno de sus mejores libros, Lógica del sentido, a la superficie y los efectos de superficie: el sentido, el lenguaje, el arte, los afectos, el juego, el humor, la literatura, etc., corresponden a ese orden de realidades (simulacros, simulaciones o artificios) que sólo se manifiestan en la membrana, la piel, la textura, el tejido, la película, etc. Convocaba Deleuze en él un canon de auténticos artistas de la superficie, entre los que hoy, salvando todas las distancias, podríamos contar a Lethem: los cínicos, los epicúreos, los estoicos, Lucrecio, Lewis Carroll, Nietzsche, Klossowski, Robbe-Grillet, Valéry o Tournier, entre otros. De Valéry, el autor de ese "Fausto" superficial que es Mi Fausto, procedía uno de los eslóganes filosóficos del libro: ?Lo más profundo es la piel?. Y de Tournier, el autor de esas dos obras maestras de consagración de la superficie como dimensión recalificada de la existencia que son Viernes o los limbos del Pacífico y Los Meteoros, esta otra consideración afín que sirve perfectamente para entender la intención de Lethem al escribir esta novela y algunos aspectos incomprendidos por una parte de la crítica (siempre tan inoportunamente severa y falsamente profunda) acerca de la trama, los personajes y hasta el designio de la misma: ?Extraña postura, sin embargo, la que valora ciegamente la profundidad a expensas de la superficie y que quiere que superficial signifique no de vasta dimensión, sino de poca profundidad, mientras que profundo signifique por el contrario de gran profundidad y no de débil superficie. Y, sin embargo, un sentimiento como el amor se mide mucho mejor, me parece, por la importancia de su superficie que por su grado de profundidad?.

   
 
       
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