LA VUELTA AL MUNDO

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    EL PLACER DE EXISTIR

    Posted: 1-November-2008, 1:15am CET by JUAN FRANCISCO FERRÉ
    Michel Onfray es lo mejor que le ha pasado a la filosofía en mucho tiempo. Un acontecimiento de una potencia que desborda los límites del pensamiento puro. Lo que hay de verdaderamente explosivo en Onfray es su intervención en aquello, precisamente, de lo que siempre ha tratado de evadirse el intelecto más abstracto: la vida del cuerpo. Lo inmediato, lo tangible, lo inmanente, como dimensión fundamental de la experiencia humana negada una y otra vez a lo largo de la historia por los que pretenden someter la vida a la miseria en nombre de un supuesto orden trascendente.
    Elijo este precioso libro de Onfray (Teoría del cuerpo enamorado. Por una erótica solar), reeditado ahora que otros suyos inundan el mercado español, no sólo porque es un sumario imprescindible de sus ideas, sino porque en su misma intensidad polémica, en su misma belleza estilística, en su erudito examen de la tradición occidental menos trillada, cifra uno de los alegatos más contundentes que conozco contra toda forma puritana de entender la existencia. Hace un par de años apareció su tratado ?ateológico?, de gran éxito en Francia. Más recientemente ha publicado su ?manifiesto hedonista? (La fuerza de existir), un sumario exultante y exaltante de su pensamiento, y también varios volúmenes de su ?contrahistoria? de la filosofía, basada en sus intervenciones semanales en la Universidad popular de Caen, una institución promovida por él como alternativa inconformista a la universidad más convencional.
    La intempestiva actividad de Onfray cubre así todos los ámbitos mundanos y se niega a refugiarse en los foros esclerotizados de la cultura. Y es por lo que resulta de una oportunidad excepcional la relectura de este sustancioso tratado, un catecismo libertario de valores hedónicos tan fundados en milenios de civilización y cultura paganas como en la experiencia cotidiana de los placeres y los deseos. En él Onfray nos ofrece una narrativa enciclopédica que reduce la historia a una guerra entre el libertinaje del cuerpo y la mente y la organización ascética de la existencia. Entre, de una parte, la disposición a lo material, la atracción y seducción de los cuerpos, el goce voluptuoso del presente, la exuberancia dionisíaca, el amor como ?física de las emociones? y ?pasión de las sensaciones?; y, de otra, la religión, las tristes obligaciones y sacrificios de la vida retirada, la anorexia y la constipación como estados del alma y del cuerpo, la domesticidad conyugal, la procreación, la castidad, la monogamia, la renuncia tanto como el desprecio a la carne.
    Todo su aparato conceptual moviliza, pues, una inmensa biblioteca de autores que se alinean en uno u otro bando: en el libertinaje materialista figuran excéntricos como Aristipo de Cirene (el primer apologeta del placer), Diógenes, Epicuro, Demócrito, Safo, Lucrecio, Ovidio, Horacio; mientras que en el rancio linaje del idealismo militarían Pitágoras, Platón, Aristóteles, San Agustín y todos los padres cristianos que siguieron su estela resentida. En esta historia traumática, Onfray tiene muy claro quiénes conquistaron la ciudad terrestre hace siglos e impusieron su amargo dominio sobre la mente y el cuerpo, en perjuicio de los hombres y, sobre todo, las mujeres. De ahí la impertinencia paradójica de su discurso al reivindicar la tradición hedonista excluida sistemáticamente del poder, incluso en la modernidad, rehuyendo incurrir en las simplezas de la corrección política. Exuberancia y no quejas, potencia de vida y no lastimoso victimismo, claman desde su excitante discurso.
    Pues tampoco las filosofías modernas (con la excepción del Nietzsche más solar y revolucionario) se salvan del diagnóstico libertino de Onfray. Ninguna de ellas ni de sus líderes carismáticos aceptaría la cuadratura conceptual que arma su discurso: lo real es atómico, un puro proceso de fuerzas, intercambios, energías y flujos; el vitalismo es necesario no porque la vida sea maravillosa, como quieren hacernos creer los cuentos de hadas de la espiritualidad contemporánea, sino porque debemos construirla a cada momento con materiales precarios y defectuosos; el placer es propicio, la consumación de un modo de vida gratificante, en plena comunicación con el mundo y quienes lo habitan en libertad; lo negativo es ?odioso y destructible?, por lo que debemos rechazar las visiones y acciones basadas en la violencia y la opresión, el fanatismo y el odio, en favor de un libertinaje consentido de los sexos.
    En suma, el erotismo solar de Onfray, antídoto estimulante contra todo fundamentalismo (religioso, político, moral o económico), aspira a una renovación radical del ?antiguo proyecto epicúreo: gozar del puro placer de existir?.
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    LA ESPAÑA DE MANUEL VILAS

    Posted: 1-November-2008, 12:35am CET by JUAN FRANCISCO FERRÉ
    Imaginen por un momento un canal de televisión consagrado las veinticuatro horas del día a emitir una señal que permita al telespectador hacerse una idea cabal de lo que significa ser español. Ese canal existe en parte, es cierto, se llama Somos TV y es una manera como otra cualquiera de hacerse una idea completa de lo que hemos sido, un álbum sórdido y a ratos enervante de lo que fue el imaginario de las generaciones que nos precedieron. Es cierto que esas imágenes y ficciones estaban desfiguradas por un poder dictatorial empeñado en encerrar a este país en una imagen estereotipada de lo español. Por tanto, esa imagen de España habría que considerarla una imagen residual del pasado, una fotografía avejentada de este país.

    Esto sería sólo una parte de lo que nos propone Vilas en España, este libro tan caprichoso como necesario, tan excéntrico como contundente, superpoblado de pequeñas historias que pretenden hacer Historia, o sintetizar un gran relato alegórico sobre las razones y sinrazones de que seamos lo que somos sin dejar tampoco de ser otras cosas. Estamos en la España del siglo XXI: la España descafeinada y sin sal de Zapatero, la España pedófila de la niña de los ojos de Rajoy, la España del euro en bancarrota y la banca plenipotenciaria, la España cutre en que Almodóvar es ya un millonario sesentón y no un artista rompedor, la España eurotelevisiva del infumable chiquilicuatre, así que nadie puede desconocer todo lo que ha pasado desde entonces. A la imagen de ese canal publicitado habría que añadirle muchos fotogramas nuevos, algunos muy conocidos y otros todavía por producir, para dar una idea de lo que ha pretendido su autor en este libro sobre un país apenas existente llamado España. La televisión es el modo paradójico en que Vilas, metido al oficio de antenista para sobrevivir en un país que no reconoce a sus talentos más que cuando están muertos o en coma cerebral, consigue distanciarse de lo más crudo y zafio de la realidad española, manipulando las distintas señales para ofrecer una imagen digital de la España de hoy. Y cargarse así, de paso, la imagen analógica oficial.

    No podía ser de otro modo en un libro que se titula como se titula con total descaro, sabiendo que habrá muchos que no entiendan su gesto y se pregunten, pero, por favor, ¿es que este hombre no se ha enterado de que han pasado ya más de cien años desde la generación del 98 y más de treinta de democracia como para seguir dándonos la paliza con el tema de España? Sí que se ha enterado, descuiden, Vilas está al día de lo que pasa, pero pasa que un españolito del 62 como Vilas reclama su derecho de escritor a interrogarse en los albores del siglo veintiuno por el pasado, el presente y el futuro de este país vetusto. Y se atreve a meter los dedos en la llaga sagrada de esta nación (o nación de naciones, que cada uno aplique la fórmula que más le convenza), sí, donde duele, huele y sangra la cosa española, con la libertad y la audacia que le reconocen la Constitución del 78 y el ordenamiento legal vigente.

    Ya sabíamos que el franquismo entonteció definitivamente a este país, tras muchos siglos de entontecimiento castrense, castizo y católico, lo que no teníamos tan claro es que la democracia, a pesar de todos sus esfuerzos, aún no nos había vuelto listos del todo. O nos ha hecho igualmente tontos, pero de otro modo. Será el consumo, será el capitalismo, será la televisión, cualquier cosa. En suma, que el daño cerebral causado no es tan fácil de reparar, sólo con unos cuantos baños dérmicos de modernidad y postmodernidad. Así que la España de Vilas es un gigantesco simulacro retransmitido en directo y en diferido, en abierto y en peiperviú, a todas horas y a todos los rincones de la patria cañí. La España de la televisión en blanco y negro y luego a color y luego con pantallas de plasma en alta definición. Pero esa España de Vilas, desengáñense otra vez, con toda su animación y folclore callejero, es también la de un interminable tiempo muerto.

    Si no fuera ofensivo, se diría que Vilas se atreve a meterle mano a España en el momento crítico de su defunción política como nación y su resurrección como gloriosos regionalismos autonómicos. Esa muerte funcional la declara en la novela nada menos que Fidel Castro y es que sólo el líder decrépito de una revolución esclerotizada podía legitimar semejante disparate simbólico. Y Vilas, asumiendo el diagnóstico de la necrosis con humor incomparable, juega a forense de una España literal y literariamente difunta. Vilas hace en España la autopsia del cadáver de una España que está viva todavía, o ansiando resucitar como si nada. Es una autopsia del futuro, como si España fuera ya una gran ruina arqueológica excavada desde el porvenir con tecnología chiripitifláutica y toda la ignorancia histórica que cabe esperar del futuro. ¿No se insinúa en sus páginas que la realidad de un país es una ?alucinación colectiva? consensuada por sus habitantes y sancionada por el poder dominante? ¿Y la realidad española un improvisado monitor de televisión que emite versiones de sí misma al infinito, garantizándole así una posteridad inmerecida incluso a una institución tan desfasada como la monarquía? Pero si este libro es algo, aparte de una divertidísima invitación al desahucio de los podridos fantasmas que vampirizan desde hace siglos la identidad española, formando parte ya indesligable de la sustancia desleída de lo español, es un poderoso antídoto contra todas las historias mágicas y las fabulaciones míticas que siguen legitimando los nacionalismos centrípetos y los nacionalismos centrífugos (por no hablar, como haría Julián Ríos, de los necionalismos).

    Y por si faltara algún tabú mesetario o mito ibérico por desbrozar, Vilas arremete sutilmente contra las dos Españas de la leyenda maniquea en blanco y negro, como la televisión franquista. Ni izquierdas ni derechas, no se engañen, no. En un país como éste donde ha funcionado a lo largo de la historia la más perfecta conjura de los necios y la conspiración inquisitorial, no es la adscripción ideológica la que helará el corazón del españolito nacido en cualquier década, no. Es la España gris, la España mediocre, la España mezquina, el ente que conspira desde todas las cátedras, púlpitos y puestos de poder contra la otra, perpetuamente condenada a la marginación y el exilio.

    Ahora sí que existen dos Españas. La de Vilas y la otra, la que no sale en la tele.
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    MITOS DEL PRESENTE

    Posted: 1-November-2008, 12:29am CET by JUAN FRANCISCO FERRÉ
    Comenzaré con una paradoja apropiada al caso. James Graham Ballard, más conocido como Ballard a secas entre su creciente club de fans, está a punto de dejar de ser el mejor escritor británico vivo para convertirse en el gran escritor del siglo XXI. En su reciente ?autobiografía? (Milagros de vida), traza un itinerario vital que va de la China colonial donde nació hasta el Shepperton londinense donde ya sabe que morirá pronto. Y es que poco después de publicarla anunció, sin patetismo alguno, que padecía un cáncer de próstata terminal. De ese modo, incorporaba el horizonte de la muerte personal a esas intersecciones deslumbrantes que constituyen desde siempre una de las categorías privilegiadas de toda su narrativa.
    El mundo de Ballard es de una extraordinaria originalidad. Cualquier escritor recibe influencias de otros escritores. En el caso de Ballard uno tiene la sensación de que todas sus visiones, historias y situaciones son nuevas, inventadas para declinar una versión inédita de la realidad fundada en la ciencia y en la poesía. Que ese mundo de Ballard sea nuevo no deja de ser otra paradoja ya que lo que realmente fascina a Ballard es la entropía. Este concepto termodinámico es la base de la comprensión de la realidad para Ballard desde su infancia traumática, desde que se viera inmerso en la aventura de un mundo en turbulenta descomposición como el de su Shanghai natal.
    Ballard es, en este sentido, el poeta contemporáneo de la entropía global, el cronista de la decadencia molecular, el forense desengañado del futuro tecnológico, pero también un ingenioso observador del presente en todas sus dimensiones, anomalías y perversiones. Si a los artistas pop y a los hiperrealistas les ha seducido siempre la fachada publicitaria de la realidad, el lado luminoso y artificial de las cosas, a Ballard, un híbrido de sensibilidad surrealista e inteligencia científica, lo que le atrae es ese momento en que la realidad revela su fatiga ontológica y comienza a mostrar las primeras grietas y fisuras microscópicas, en que el tiempo se enreda sobre sí mismo para volver al pasado o detenerse como un cristal en una forma muerta, en que el espacio parece dilatarse como si fuera virtual o blando, en que el reloj biológico se acelera o ralentiza para precipitar su destrucción.
    Fiebre de guerra es, sin lugar a dudas, una de las mejores vías de acceso a toda su literatura. No sólo porque estos catorce relatos contienen todos sus motivos y estilos, sino además porque funcionan internamente como un auténtico catálogo de atrocidades colectivas ideadas por su autor como comentarios de actualidad: Beirut reconvertido en laboratorio de experimentación bélica en un contexto mundial pacificado (?Fiebre de guerra?); el presidente Ronald Reagan asumiendo, en plena decrepitud, un tercer mandato a petición popular (?La historia secreta de la tercera guerra mundial?); una isla caribeña transformada por los vertidos tóxicos, contrariando el credo ecologista, en un paraíso lujuriante y autodestructivo (?Cargamento de sueños?); las antiguas instalaciones de la NASA en cabo Cañaveral entregadas a experiencias obsesivas y absurdas por parte de los antiguos héroes de la aeronáutica y la astronáutica (?Memorias de la era espacial?); o una Europa metamorfoseada en ?El parque temático más grande del mundo?, una sátira corrosiva del modo de vida europeo que prefigura su novelística última; etc.
    No obstante, donde asoma el talento de Ballard para la innovación formal es en el tríptico de relatos compuesto por ?Respuestas a un cuestionario?, una perturbadora burla de la lógica de la información aplicada al asesinato del ?hijo de Dios?; ?Notas hacia un colapso mental?, una historia conyugal patológica narrada como un criptograma fragmentario; y ?El índice?, el de narrativa más radical: un extenso glosario es el único acceso a la enigmática historia de un personaje que se relacionó con las personalidades más relevantes del siglo pasado sin dejar de ser una perfecta impostura histórica.
    No quiero terminar este recuento parcial sin mencionar dos relatos simétricos que utilizan el espacio como categoría paradójica. La fantasía doméstica de un hombre que toma la decisión de recluirse en su casa para transformarla en un lugar de experimentación fenomenológica (?El espacio enorme?); y una memorable fábula sobre el tamaño del universo, la inercia tecnológica y el descubrimiento del infinito (?Informe sobre una estación espacial no identificada?) que habría complacido, por su belleza filosófica y matemática, a Borges y a Einstein.
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    EL MUNDO SEGÚN DAVID FOSTER WALLACE

    Posted: 1-November-2008, 12:09am CET by JUAN FRANCISCO FERRÉ
    En un artículo de hace un par de años decía yo que David Foster Wallace, el escritor norteamericano de mi generación que prefiero [*], era capaz de escribir los relatos más originales y creativos que se están escribiendo en este momento en cualquier parte (el lector español está de suerte con este autor pues también se han traducido sus dos colecciones anteriores: La niña del pelo raro y Entrevistas con hombres repulsivos) y novelas que han revolucionado el género de modo que las necrológicas de la novela se traducían en muerte de la muerte de la novela (aunque sigue inédita en español su primera novela, The Broom of the System, que restituye a la filosofía analítica su imprescindible dimensión narrativa sin renunciar a una comicidad de primer grado). De hecho, si no han leído todavía La broma infinita, se están perdiendo la novela paradigmática del nuevo siglo, amasada con trillones de unidades de información, sentimiento tragicómico de la vida y sentido geopolítico del conflicto cultural entre la globalización y lo local.
    El título original de este libro es Oblivion (es decir, Olvido y no Extinción, como se titula en la, por otra parte, espléndida versión española), aludiendo con ello al gran ?efecto especial? que la cultura mediática produce en su audiencia masificada, y, en este sentido, una urgente demanda de olvido se deja percibir en el tono y los motivos de estas ficciones (un ?octaedro? narrativo compuesto de cinco novelas cortas y tres relatos), pero sobre todo en la búsqueda incesante del sentido experimentada por todos sus personajes a través de interminables procesos verbales que los extravían en la enrevesada sintaxis de sus problemas, como sucede en "Extinción?, donde el ronquido marital se transforma en el vórtice vertiginoso en que naufraga un matrimonio y toda una fosilizada forma de vida. Por su parte, ?Encarnaciones de niños quemados?, el más sintético y programático de todos, es una inquietante y breve alegoría de la vida americana, de una enorme actualidad, observada desde la perspectiva de la catástrofe y la impotencia, la locura y la supervivencia imposible. Con un personaje que es, como el propio Wallace antes de quitarse la vida, la encarnación de una herida abrasiva: ?vivió su vida sin que nadie lo habitara, una cosa más entre las cosas, su alma suspendida en lo alto como una nube de vapor, cayendo como lluvia y luego alzándose, el sol arriba y abajo como un yoyó?.
    Más que el olvido los entes narrativos protagonistas de ficciones extremas como ?La filosofía y el espejo de la naturaleza? y ?El neón de siempre? parecerían perseguir la amnesia que se encuentra tras la extinción, accidental o deliberada, de las señales de la cordura y la racionalidad en sus imposibles vidas o en sus dañados cerebros. Así, al final de ?El canal del sufrimiento?, una sátira apopcalíptica (sic) sobre el espurio mundo neoyorquino de las revistas de moda, la telerrealidad y el terrorismo de lo real, aparece ?una luz abrasadora y amorfa? como la que aniquiló el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. Localizada en las torres y sus aledaños, la ficción interrumpe entonces bruscamente su enunciación y también lo hace la emisión del canal que da título al texto (vídeos de vidas desgraciadas para consumo de sectores sociales privilegiados) o el número de septiembre de la revista Style, consagrado especialmente a la personalidad y obra de un artista anal, capaz de esculpir sus heces al tiempo que las excreta. Esta parábola grotesca, situada significativamente al final del libro, y la primera narración de la serie, ?Míster Blandito?, otra provocativa sátira sobre la publicidad y el marketing como estados de conciencia alterada, mostrarían que Wallace padece el síndrome de Thomas Pynchon en los sesenta. Después de hacerse célebre hace una década gracias a una novela elefantiásica como La broma infinita, desde entonces estaría tratando de contener su tendencia al exceso ofreciendo versiones condensadas de novelas potenciales que no escribirá por temor a ahuyentar a los lectores y ganarse la hostilidad de una parte de la crítica. No obstante, ésta no ha restado ataques al estilo exuberante y ensimismado de Wallace (desde medios culturalmente conservadores como The New York Times o El País), como si su gran contribución literaria no residiera precisamente en el modo en que dinamita desde dentro las estructuras racionalistas, comerciales y burocráticas del lenguaje contemporáneo y lo fuerza a reconocer así su colonización efectiva por los valores del capitalismo.
    Como vuelve a demostrar esta magnífica y arriesgada propuesta narrativa, David Foster Wallace sigue siendo el gran cartógrafo de la desquiciada conciencia postmoderna en la fase histórica de su hipertrofia tecnocrática y su consiguiente anhelo de anulación.


    [*] O, más bien, prefería, dado su reciente suicidio. Nada me puede obligar, sin embargo, a colocar esa preferencia en pasado, por lo que me niego a modificar el tiempo presente en que fue concebido este texto como homenaje póstumo a su figura.

   
 
       
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