ESCALETRA

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    AL OTRO LADO DEL ESPEJO

    Posted: 26-February-2010, 10:39am CET

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    Un puñado de grandes escritores 'inmundos', por Eduardo García Rojas

    Posted: 24-February-2010, 11:05am CET
    Entre las muchas cosas buenas que tiene la literatura norteamericana del siglo pasado es que además de dar a conocer a sus mejores escritores de tanto en tanto revela también nombres de su excelente cantera de narradores que, sin ánimo despectivo, catalogo como inmundos.
    Y escribo lo de inmundos porque las geografías sentimentales que recorren estas voces pertenecen a la de las galerías subterráneas o a la de las alcantarillas, esos universos que conviven con nosotros pero que evitamos como si de una peste se tratara porque pensamos que de ahí no puede salir nada bueno.
    Afortunadamente, estos tenebrosos pasadizos cuentan, les decía, con impetuosos cronistas cuyas historias están inspiradas en su violenta existencia, como si hubieran pretendido con sus novelas vomitar sus demonios más oscuros a través de unos libros que te golpean y desarman porque están escritos con crudo realismo y sinceridad.
    En la amplia nómina de escritores estadounidenses que se han dedicado a narrar esa extraña poesía que brota del arroyo se encuentra gente como el gigantesco Jim Thompson; Charles Bukowski cuando no se pone tonto; William S. Burrroughs si deja de lado sus juegos experimentale; ese formidable perdedor que fue John Fante; el afromericano Iceberg Slim y el saxofonista de jazz Mezz Mezzrow y ahora, por fortuna encontrables en excelentes traducciones en castellano: Edward Bunker, Hubert Selby Jr. y Jack Black. Potentes voces del arrabal, la mayoría de ellos con problemas de alchohol y drogas, y que una vez estuvieron al otro lado de la ley por pura necesidad (¿o necedad?) existencial.
    Entre los aficionados al cine el nombre de Edward Bunker quizá sea el más conocido de esta pequeña lista que pronpongo porque algunas de sus obras han sido llevadas a la pantalla grande. De hecho, Bunker es un escritor de referencia para esa hornada de nuevos cineastas salvajes que están conquistando Hollywood como Quentin Tarantino, quien le dio un pequeño papel (señor Azul) en su ópera prima Reservoir Dogs.
    Escritor de infancia errante y de talante declaradamente antiautoritario, Bunker era carne de cárcel, institución en la que entró por primera vez a la tierna edad de 16 años. Gran parte de su producción literaria cuenta pues sus experiencias en estos centros, como hace en Animal Factory (llevada al cine por actor Steve Buscemi) y No hay bestia tan feroz (también con versión cinematográfica ?titulada en España como Libertad condicional? dirigida por Ulu Grosbard y protagonizada por Dustin Hoffman); así como su vida como ladrón y estafador, que describe con notable eficacia en Stark, o su trabajo como chófer de Louise Wallis, esposa del productor de cine y magnate Hal Wallis, en los años 50 y que vuelca con nervio en su extraordinaria La educación de un ladrón.
    No hay bestia tan feroz y Stark son aún conseguibles en español en la editorial Sajalin mientras que La educación de un ladrón puede encontrarse en Alba editorial.
    A Hurbert Selby Jr. ya le dedicamos un extenso post a propósito de su crudo retrato neoyorquino titulado Última salida para Brooklyn (1). Ahora y también en ediciones Sajalin, se ha editado su amarga Réquiem por un sueño. Se trata de una de esas obras que te hacen temblar las manos porque propone una invitación desgarrada al infierno de la droga. Es tan buena que incluso la extraordinaria adaptación a pantalla grande que firmó Darren Aronofsky hace diez años no hace palidecer su original literario.
    El último escritor inmundo con el que me he encontrado es Jack Black (no confundir con el actor del mismo nombre). Su novela autobiográfica Nadie gana, ediciones Escalera, cuenta con un interesante prólogo de William S. Burroughs, y es una intenso relato de perdedores que engancha nada más leer la primera página: ?Ahora soy bibliotecario en el San Francisco Call ¿Tengo aspecto de bibliotecario? Giro la silla para mirarme en el espejo. No veo el rostro de un bibliotecario. No veo una frente alta, despejada y blanca. No veo la expresión serena, apacible y formal de surcos que parecen cicatrices de cuchilladas. Hay dos arrugas verticales entre los ojos que me dan el aire de estar frunciendo siempre el entrecejo. Mis ojos quedan lo bastante separados y no son pequeños, pero sí fríos, duros y calculadores.?
    Nadie gana es una novela de demoledora sinceridad escrita por un hombre que presuntamente se ha rehabilitado de un pasado rabioso. Pero lo que es mejor, al menos para quien les escribe, es que no busca en el texto el perdón de sus lectores.
    Es una obra sencilla y directa, así que descubrirla ha sido como una especie de milagro en estos tiempos donde las cosas sencillas y directas se quieren hacer complejas y siniestras.
    Ya ven. Este ha sido el post de hoy. Un post dedicado a ese puñado de grandes escritores inmundos.
    (1) Última salida a Brooklyn también tuvo versión cinematográfica. La firmó el aleman Uli Edel.
    Saludos, como lector agradecido, desde este lado del ordenador. Publicado en El escobillón
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    Todos invitados

    Posted: 24-February-2010, 10:16am CET


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    LA CONTRACULTURA ERA ESTO, por Julio Vallejo

    Posted: 23-February-2010, 11:00am CET
    ?Ya no queda lugar para ninguna contracultura... Me temo que ni siquiera para la cultura?. Las palabras del escritor y periodista cultural Jaime Gonzalo muestran cierto grado de nostalgia por un tiempo pasado que ya sólo podemos rememorar a través del cine, la música o la literatura.
    La celebración del 40 aniversario de Woodstock, a través de lanzamientos discográficos o el largometraje Destino Woodstock, y algunos libros dedicados a la Generación Beat, los movimientos revolucionarios de los 70 o la peculiar forma de vivir el periodismo de Hunter S. Thompson nos recuerdan que hubo en tiempo en que ir a la contra era casi un deber. Sin mitosEl primer volumen de la trilogía Poder Freak. Una crónica de la Contracultura. Volumen I puede ser una estupenda manera de introducir al neófito en el universo contracultural.

    Sin mitos
    El primer volumen de la trilogía Poder Freak. Una crónica de la Contracultura. Volumen I puede ser una estupenda manera de introducir al neófito en el universo contracultural.
    Jaime Gonzalo, autor del libro, nos relata con un estilo ágil y erudito los orígenes de la cultura juvenil en Estados Unidos, el auge y caída de la Generación Beat, la irrupción del Gay Power, el nacimiento y consolidación de un grupo como Los Ángeles del Infierno, la generalización del consumo de drogas durante los 60 o los primeros pasos de tribus urbanas como los rockers o los mods, entre otros muchos asuntos. Todo ello, como el propio Gonzalo reconoce, con ánimo de ?investigar una época y unas circunstancias fascinantes, aunque a menudo mitificadas?.
    El periodista no teme señalar las contradicciones de muchos de aquellos movimientos que intentaban ir contra un orden establecido que terminó utilizando La Contracultura para sus fines mercantiles. Lo hizo fundamentalmente creando modas que vaciaban de espíritu de estos grupos para quedarse con los aspectos más superficiales y susceptibles de poder comercializarse.

    De yippie a yuppie
    Quizá la máxima traición a los ideales contraculturales la personifique Jerry Rubin. Sus experiencias juveniles, recogidas por el mismo en el recientemente editado Do it!, nos muestran a un hombre de acción dispuesto a capitanear la ?Gran Revolución Amerikana?. El estadounidense asumió para ello el concepto de espectáculo como principal arma. Entre sus imaginativos actos de protesta se incluyen la presentación de un cerdo como candidato a la presidencia de Estados Unidos o su propósito, finalmente abortado, de contaminar con LSD los depósitos de agua de la Convención Demócrata de Chicago en 1968.
    Con estos antecedentes, nada hacía presagiar que en menos de dos décadas el que fuera un gran agitador se convertiría en un conservador yuppie preocupado por la dieta sana.
    Periodismo gonzo
    Igual de revolucionario, aunque más leal a sus ideales primigenios, Hunter S. Thompson se encargó de poner patas arriba el periodismo tradicional al convertir al reportero, hasta entonces casi un simple observador de lo narrado, en un protagonista más de la noticia.
    Este peculiar estilo, bautizado como periodismo gonzo, está bien presente en Los ángeles del infierno, un mítico reportaje escrito por Thompson a mediados de los 60 y recuperado ahora por la editorial Anagrama para su colección Otra vuelta de tuerca.
    El escritor norteamericano no dudó en unirse la famosa banda de moteros para narrar sus violentísimas prácticas y su peculiar estilo de vida. Aunque evidentemente los Ángeles del Infierno no aparezcan retratados como hermanitas de la caridad, el reportaje de Thompson desprende una cierta fascinación por el grupo de jinetes sobre dos ruedas.
    Una admiración que empezó a desvanecerse cuando, como nos recuerda Jaime Gonzalo en Poder Freak. Una crónica de la Contracultura, un joven negro fue asesinado por los Ángeles del infierno durante un concierto de los Rolling Stones en donde los moteros oficiaban como encargados de la seguridad.
    Precursores de la contracultura
    No obstante, nada habría sido igual en La Contracultura sin la Generación Beat. Ellos fueron los precursores a la hora de plantar cara a la conservadora sociedad norteamericana de los cuarenta y los cincuenta. Amantes de la cultura negra norteamericana, rompedores respecto a la manera de narrar más tradicional y abiertos a nuevas formas de entender la sexualidad no siempre acordes con la moral imperante, Jack Kerouac, Allen Ginsberg, John Clellon Holmes, William Burroughs o Gregory Corso, entre otros, se convirtieron en todo un ejemplo de grupo antisistema. Recuperar ese espíritu rebelde es el que ha llevado a la jovencísima Escalera Ediciones a publicar clásicos como Go, la obra de John Clellon Holmes que hoy se considera como el primer texto genuinamente beat, o un libro fundamental de Jack Kerouac como Satori en París.
    El momento elegido para editar estos volúmenes tampoco es una cuestión baladí, como nos explica Daniel Ortiz, uno de los responsables de la editorial: ?Entendimos que la coyuntura sociocultural actual era óptima para invitar a estas voces a subir de nuevo al escenario, que en esta era internauta hacía falta poner al alcance de lectores jóvenes alternativas de ocio e inquietudes que, a la larga, pueden derivar bien en personas más lúcidas y humanas o en verdaderos yonkis tratando de escribir o vivir como ellos?. Publicado en lainformacion.com
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    Borges y Bordón en el Tres rosas amarillas

    Posted: 22-February-2010, 9:25am CET

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    Desconfío de la gente a la que no le gusta Borges

    Posted: 22-February-2010, 8:53am CET
    Desconfío de la gente a la que no le gusta Borges


    Antonio Bordón acaba de publicar el libro 'Muchachos, maten a Borges' en la editorial Escalera, donde recopila dieciséis relatos que, en su mayoría, tienen como protagonista a escritores como Nabokov o Perec.

    Lo primero que llama la atención es el título de su libro, ¿por qué "matar a Borges"?

    El título está tomado de una frase que supuestamente dijo el escritor polaco Wiltod Gombrowicz cuando abandonó Argentina donde vivió exiliado veinticuatro años: Muchachos, maten a Borges. En este caso, era la respuesta a la pregunta que le había hecho un periodista: ¿Qué tienen que hacer los argentinos para adquirir la deseada madurez literaria? En mi caso, la frase es sólo una metáfora que intenta persuadir a los escritores para que se desprendan de sus padres putativos. Aunque no lo vivo como un impedimento, sé que a la hora de escribir el amor por determinado escritor puede ser una limitación.

    ¿Cuál es la importancia del escritor argentino en el libro?

    En el libro, poca o ninguna. Sencillamente es el protagonista del primer relato titulado Rojo escarlata, donde cuenta en primera persona un episodio de su infancia totalmente ficticio. En mi educación como lector, en cambio, ha tenido bastante importancia, porque me ha enseñado a pensar más, a recordar más y a leer y escribir más. Borges para mí es como un acto de fe. Desconfío profundamente de la gente a la que no le gusta.

    El libro analiza las vidas de escritores o personajes históricos, ¿hay alguna relación entre ellos?

    Los dieciséis relatos que componen el libro están protagonizados en su mayoría por escritores, como Borges, Nabokov, Virginia Woolf, Gertrude Stein, Truman Capote, Georges Perec, y algún personaje de cómic, como Batman y Robin, o histórico, como Jesucristo. La única relación entre ellos soy yo mismo: todos han convivido conmigo desde siempre. Borges decía que toda lectura implica una colaboración y casi una complicidad. Ellos son mis cómplices.

    ¿Qué trama involucra a estos personajes?

    Cada relato es independiente. No hay una trama básica, a no ser el nexo entre sexualidad y creación literaria, entre el impulso sexual y el impulso que lleva a un escritor a escribir lo que escribe. Freud identificaba ese impulso creador con la sublimación de determinadas perversiones o vicios sexuales.

    ¿Se ha inspirado en historias de la vida personal de cada uno?

    En algunos casos he tenido en cuenta alguna anécdota o suceso de su vida, pero sólo ha sido como cimiento para construir una historia que en realidad es pura fantasía. Sin fantasía no es posible ningún conocimiento humano. La fantasía es tan importante para construir un barco como para escribir un cuento, pues ambos requieren ser planificados concienzudamente por anticipado.

    ¿Cuánto tiempo y entre qué fechas ha escrito estos cuentos?

    La mayoría están escritos entre el 2000 y 2008, pero escribo desde los catorce años, aunque deliberadamente no he querido publicar pronto. Soy muy perfeccionista. Nunca estoy satisfecho con un cuento hasta que consigo reducirlo a la mitad. Y eso demanda dosis de autismo, ausencia, distancia, necesidad que se debe manejar bien si uno no quiere caer en la autodestrucción. Escribir es un vicio solitario que a veces sin darte cuenta deviene en un mal crónico.

    ¿Qué puede adelantar de su primera novela Enterramos a Dios y vimos que se puede vivir sin él?

    Aún está en una fase intermedia, pero te puedo adelantar que es una novela que algunos calificarían de ciencia ficción, o mejor, de ciencia rudimentaria y ficción de las catástrofes, en la que conviven destellos orwellianos y algún experimento formal, con el fin de conseguir un estilo desnudo donde las frases sean ideas rápidas y los capítulos emociones.

    ¿Con la cita de Carmen Martín Gaite que contiene el prólogo quiere decir que parte de lo que cuenta en su libro es inventado?

    Todo es ficción, el ser humano es una ficción, decía el premio Nobel húngaro Kertész. Me adhiero a sus palabras. Yo mismo soy una ficción. Me dejo vivir para que el otro (que soy también yo mismo) pueda tramar su literatura. El propio Borges escribió que al otro, a Borges, era a quien le ocurrían las cosas. De ese Borges hablo en mi libro.

    Entrevista publicada en La Provincia, el 23 de junio de 2009
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    Memorias del subsuelo, por Antonio Bordón

    Posted: 18-February-2010, 9:27am CET
    NADIE GANA, novela autobiográfica de Jack Black, retrata el mundo de la delincuencia estadounidense a principios del siglo XX.



    Si bien es sabido por todos que el western cinematográfico ha dado obras maestras a la historia del cine, como La diligencia, de John Ford, La verdadera historia de Jesse James, de Nicholas Ray, o Duelo al sol, un western que jugaba con la desmesura de lugares, caracteres, peripecias y formas realizado por King Vidor -y que dicho sea de paso se encuentra entre mis favoritas-, poco se conoce su deuda con aquellos pioneros de pluma y tintero, como James Fenimore Cooper (1751-1851), Bret Harte (1836-1902) o el menos conocido escritor-forajido Jack Black (1881-1932), cuyas memorias del subsuelo patibulario acaba de publicar Ediciones escalera con el título de Nadie gana.
    Black nació en Vancouver, pero pasó su infancia en Misuri, donde vivió en una escuela-convento hasta que su padre se hizo cargo de él. Para entonces sabía leer y escribir, y aunque en aquel tiempo se decía que "una mitad del mundo ignora cómo vive la otra mitad", Black conocía la vida de todos los personajes que tipificarían al western -bandidos, predicadores, prostitutas, beatas, granjeros y chinos-, pues era aficionado a las novelas de diez y cinco centavos sobre el Salvaje Oeste. Una de aquellas novelas, Los hermanos James, cambiaría su vida: "Ahora veo claramente la influencia que tuvieron los hermanos James [Jesse y Frank] y otros como ellos para que yo dedicara mis pensamientos a la aventura, y posteriormente a la vida delincuente."
    Tanto o más que su insólita experiencia como delincuente, evocada en Nadie gana, publicada por primera vez en 1926, sorprende comprobar cómo Black materializa el modelo de novela de formación en una narración verídica tan completa y vital que deja atrás los ecos del pasado romanticismo de la frontera y se advierten rasgos de cierta literatura social del siglo XX: el escepticismo, la nulidad de las leyes, el protagonismo de las clases bajas americanas. Más allá de todo esto, Black se ve en la necesidad de exorcizar sus demonios personales haciendo una confesión ficcionada del camino que le llevó de ladrón, estafador y convicto a escritor venerado por la generación beat, en especial William S. Burroughs, quien elogió su novela autobiográfica en su obra Yonqui.
    La misma necesidad, seguramente, que le llevó a escribir un artículo para la revista Harper en 1929, donde sostenía que en el combate entre buenos y malos nadie gana, parafraseando su propio título: "Yo sostengo que más leyes y más castigos no traerán más que más delitos y más violencia... Necesitamos poner más énfasis en la prevención que en el castigo... El secreto para evitar los delitos -si es que hay alguno- reside en conocer sus causas. La gente buena se concentra en el otro lado del problema. Si dedicaran más atención a la silla del bebé, verían cómo se llena de telarañas la silla eléctrica". No sé a ustedes, pero a mí esta metáfora me levanta el ánimo. Lástima que nada fuera capaz de levantarle el suyo cuando decidió poner punto y final a su vida, arrojándose a las aguas.
    Como Hart Crane, como Arthur Cravan, como los que no temen a nada ni a nadie.
    El autor evoca sus primeros años en una escuela-convento
    "Ahora soy bibliotecario en el San Francisco Call. ¿Tengo aspecto de bibliotecario? Giro la silla para mirarme en el espejo. No veo el rostro de un bibliotecario. No veo una frente alta, despejada y blanca. No veo la expresión serena, apacible y formal del estudioso. La frente sí que tiene la suficiente altura, pero está rayada de surcos que parecen cicatrices de cuchilladas. Hay dos arrugas verticales entre los ojos que me dan el aire de estar frunciendo siempre el entrecejo. mis ojos quedan lo bastante separados y no son pequeños, pero sí fríos, duros y calculadores. Son azules, pero del matiz de azul más alejado del violeta que pueda imaginarse. Mi nariz no es larga ni afilada. Tengo una boca muy ancha, con un extremo más alto que el otro, en la que siempre parece lucir una sonrisita irónica. No tengo el entrecejo fruncido ni sonrío irónicamente; pero algo en mi cara hace que todo el mundo se lo piense antes de preguntarme por dónde se va a la iglesia del Dr. Gordon. No puedo recordar ni un solo momento de mi vida en que alguna mujer, joven o vieja, me parase por la calle para preguntarme una dirección. Pero, muy de vez en cuando, sí puede que un borracho ruede hasta donde yo estoy y me pregunte cómo se va la esquina de la calle Mission con la Veinte. Si mantengo la vista fija en el espejo el tiempo suficiente y me concentro con la suficiente fuerza, puedo invocar otro rostro. El viejo parece disolverse y en su lugar veo la cara de un colegial; una cara brillante, pulcra e inocente. Veo unas greñas de pelo blanco, un par de ojos azules y una nariz inquisitiva. Me veo a mí mismo de pie en los anchos escalones de la escuela-convento de las Hermanas. A los catorce años, después de tres en la escuela hogar, la dejo para irme a casa de mi padre y luego a otro colegio de chicos mauores. Mi profesora, una Hermana dulce y amable, una madonna, me tiene cogido de la mano. Está llorando. Debo darme prisa o me pondré a llorar yo también. La madre superiora dice adiós. Sus finos labios están apretados con tanta fuerza que apenas puedo ver la línea en que se juntan".

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    Es hora de embriagarse con poesía (y van cinco)

    Posted: 17-February-2010, 8:56am CET

    La buena noticia: ya está aquí, Es hora de embriagarse con poesía se encuentra entre nosotros (más información, sobre la fotografía).

    La mala: no hay números pa tanta gente.

    Salud, y a disfrutar de las cosas buenas que se están haciendo.
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    Epílogo a GO de John Clellon Holmes (introducción a la reedición de 1976)

    Posted: 16-February-2010, 8:33am CET
    Volver a leer tu primera novela es una suerte de reencuentro con un viejo e impetuoso amor de juventud al que no has visto en veinte años. Todo lo que no dijiste o hiciste bien entonces regresa de un soplo al evocar su rostro. Recuerdas por qué la amaste, pero también reconoces el egoísmo intrínseco al amor en edades tempranas. Es una experiencia difícil, que te hace envejecer un poco en el proceso.


    Ciertos párrafos te devuelven con alucinante claridad al día en que fueron escritos. Tu mente llameaba, las palabras brotaban solas, y al hacerlo, memorizabas para siempre la habitación de la avenida Lexington donde trabajabas, el sonido de la lluvia, la inclinación del sol por la ventana, el particular olor del café recalentado y los Chesterfields. Si el acto de escribir engulle y transforma la experiencia de lo que viviste («Hice esto y aquello, aunque en realidad digo lo otro, ¿o me lo estoy inventando?»), también guarda de forma indeleble el momento en que una verdad se abre camino. Escribir acerca de tu propia vida es plasmar, para siempre, el recuerdo en hechos. La página existe para dar por zanjado el pasado usado como inspiración, y es probablemente lo que te mantiene en la lucha contra las pérdidas.

    Releer Go ha sido así para mí. Esos tristes apartamentos, las calles abarrotadas, los bares, las continuas fiestas y las discusiones interminables? ¿Fue realmente así? ¿Nos parecíamos, en realidad, a estos enfebrecidos jóvenes, a estas descentradas muchachas que extendían la mano con torpeza en busca de amor, de esperanza, ansiosas por conocer de la vida y de su tiempo? ¿Es fidedigna esta descripción del Nueva York de mediados de siglo? Puedo afirmar que sí. Éstos eran los lugares en los que vivíamos, los acontecimientos que ocurrieron, nuestra forma de expresarnos. En este sentido, el libro es casi exacto, a veces demasiado literal para ser poéticamente cierto, que es la única verdad entendida en literatura.

    Go es, en toda su extensión, el libro de un joven. Lo comencé en agosto de 1949, cuando tenía veintitrés años, y el último borrador lo completé en septiembre de 1951, ya con veinticinco y algo más de calle a mis espaldas. Los dos años de trabajo ante la máquina de escribir sólo fueron una continuación de los dos años de experiencia vital que los precedieron.

    El libro es un roman à clef en el más estricto sentido del término, ya que muy poco en él es ficción y, a menudo, sufre de la borrosa perspectiva de ese género. Pero ahora me asombra ver lo estrictamente que se ciñe a los acontecimientos y a las personas reales. Incluso hay conversaciones completas que son textuales. Los dos años anteriores estuve guardando cuadernos de trabajo exhaustivo, y el libro fue más o menos una trascripción de estas anotaciones diarias. De hecho, el primer borrador lo escribí con los nombres verdaderos, y algunos de los protagonistas lo leyeron durante su composición. El lector tendrá pocos problemas en identificar los personajes en los que se basan Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassady, Herbert Huncke y otros escritores y personalidades asociados a la generación beat. No puedo negar que Paul Hobbes tiene un marcado parecido con el joven que yo era entonces. El personaje de Agatson lo basé en un hombre llamado Bill Cannastra, y el relato de su vida y muerte es fiel en cada detalle. Verger era un estudiante que todos conocíamos (lo último que oí es que es profesor en el Medio Oeste), y es quizá el más ficcionado de todo el libro. El incidente de Jack Waters estuvo basado en una experiencia que le sucedió a un amigo de Ginsberg, ahora un poeta muy conocido, y eso también ha sido exagerado en aras del pulso narrativo. Algunas de las chicas son una mezcla de varias personas, aunque Dinah, Christine, Winnie y Bianca son tan fidedignas a sus originales como pude. May es exacta a las chicas de la época, y seguí escribiendo sobre ella en otra novela, pero en Go es más un prototipo que una individualidad.

    Todos los acontecimientos principales en el libro sucedieron de verdad, aunque no siempre en la secuencia en que los enarbolé. La descripción de las «visiones» de Stofsky las escribí después de exhaustivas charlas con Ginsberg sobre las suyas, y él más tarde escribió su propio retrato en el poema The lion for real, que recomiendo al lector para una visión más visceral. Los poemas de Stofsky son mi versión de varios de los poemas de Allen de aquel período, la mayor parte de ellos publicados en The gates of wrath. El día que la novela de Pasternak es aceptada y la de Hobbes rechazada sucedió como se describe aquí. Una de las extrañas coincidencias que caracterizaron mi amistad con Kerouac. Los acontecimientos que rodearon el arresto de Ancke, Little Rock, Winnie y Stofsky, que conocí sólo de oídas, se ajustan a la verdad tanto como me fue posible. El único incidente completamente inventado en el libro es cuando Pasternak se acuesta con Kathryn, y esto, una vez más, lo introduje porque me pareció temáticamente correcto. Aunque soy consciente de que a lo mejor traté de trasladar responsabilidades debido a mis propios pecadillos. Está claro que Paul Hobbes se sintió atrapado entre las demandas de una vieja moralidad y las tentaciones de una nueva.


    A pesar de esta literalidad, Go debe verse como mi visión de esa época, un intento honesto que recrea mi propia experiencia y que intenta alcanzar una comprensión de ella. Naturalmente, los personajes coinciden con algunos sobre los que Ginsberg escribió más tarde: «He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricas, desnudas, hambrientas, arrastrándose por las calles de los negros buscando un pico rabioso», y a los que Kerouac se refirió cuando dijo: «La única gente para mí son los locos, los que están locos por vivir, por hablar, por ser salvados, los que lo ansían todo al mismo tiempo». Desde luego, esta mezcla de materiales ha causado cierta confusión entre los críticos y lectores a través de los años. Por ejemplo, recibí una vez una larga carta acusatoria de una joven que afirmaba que Go había sido obviamente escrita por Kerouac, porque Hart Kennedy y Dean Moriarty le parecían idénticos, y porque yo había introducido un personaje llamado Will Dennison, el nombre de ficción que Jack le había dado a Bill Burroughs en The town and the city. En realidad, hice esto con la aprobación de Jack, porque yo entonces no conocía a Burroughs, y a todos nos divirtió incluir estas enigmáticas referencias cruzadas en nuestros libros ?como Jack hizo en Maggie Cassidy, cuando alude al tema de una novela anterior mía, aún inédita entonces.


    Ahora en serio. Se ha dicho que Go no es más que una imitación machacada de On the road, y estimo que ésta es una ocasión inmejorable para archivar ese cargo. Como he dicho, Jack tuvo acceso a Go durante los dos años que tardé en escribirla, dos años durante los cuales no tuvo éxito intentando poner en el camino On the Road. En marzo de 1951, Jack leyó mi primer borrador. Entonces comenzó la versión de veinte días de su libro, que terminó en abril. No quiero sugerir ninguna conexión entre los dos. Sólo que mi visión sobre la experiencia beat era más negativa que la suya, y a lo mejor las objeciones que encontró en mi manuscrito le pudieron proporcionar el ímpetu que necesitaba para dar forma definitiva a su libro.


    En cualquier caso, ambos libros son incomparables. Kerouac había encontrado su voz propia cuando escribió On the road; mientras yo escribía Go, aún estaba luchando por aclarar mi profesión y posicionarme como escritor. Sin lugar a dudas, compartimos una actitud similar basada en experiencias comunes, y ambos tratábamos de escribir desde nuestras vidas. Aquellas vidas aderezadas con las drogas, locuras, visiones, alcohol, jazz y extravagancias sexuales. Todo esto aflora en el proceso creativo de nuestros libros. Además, cualquiera que conociera bien a Kerouac, sabe que no podría haber sido su amigo durante veinte años si él hubiera tenido la menor sospecha en cuanto a la originalidad de mis textos.

    Charles Scribner publicó Go en el otoño de 1952, de ahí que tenga la dudosa distinción de ser la primera novela beat (la publicación de On the road, debido a la incomprensión, la censura y la simple estupidez no ocurriría hasta cinco años después), y el hecho de yo usara la frase «generación beat» varias veces en mi libro, aunque cuidadosamente atribuida a Gene Pasternak, puede explicar en alguna medida la confusión sobre quién es el verdadero padre del término. De todas las maneras, Go salió, fue revisada aquí y allá, vendió más de 2.500 copias y luego se olvidó rápidamente hasta que On the road apareció en 1957.


    Se dieron muchas paradojas en la publicación de este libro. Antes de ser aceptada por Scribner había sido rechazada por A. A. Wyn, cuya subsidiaria para las ediciones de bolsillo, Ace Books, publicaría la edición en dicho formato cinco años más tarde. Scribner se puso nervioso sobre la posible censura a medida que se acercaba el lanzamiento, y sometió el juicio del libro a un abogado, que finalmente aprobó con la condición de que yo realizara algunos cambios, destinados en su mayor parte a bajar el tono de las escenas de sexo. Con considerable renuencia, acepté. Pero cuando me pidieron que redujese a tres los desesperados seis «¡Que te follen!» de Agatson en la última parte del libro, me negué. «¿Cuál es la diferencia entre tres y seis?», me pregunté. «No está hablando de sexo, está insultando al mundo». Permanecí firme y me negué. Como resultado, Scribner pensó seriamente en echarse atrás y entonces sugirió que si yo aceptaba no sacar el libro en bolsillo (donde la mayor parte de la censura se cebaba por entonces), seguirían adelante con la publicación. Mi editor allí, el bueno de Burroughs Mitchell, comprendió que mi única esperanza de hacer algún dinero estaba en la venta de la edición de bolsillo, así que resolvió el problema al conseguir que Scribner me cediera todos los derechos de las reimpresiones, con la condición de que en ninguna edición de bolsillo se mencionara que ellos habían publicado originalmente el libro. Es inútil mencionar que esto no le inspiró confianza a un joven autor con falta de linaje que necesitaba creer que su editor creía en él.

    El libro fue vendido a Bantam por la entonces munificente suma de 20.000 dólares. Ellos mismos, y de nuevo por temor a las denuncias, rechazaron su publicación dos años después, por consejo del mismo abogado que había asesorado a Scribner. Como consecuencia, a mediados de los cincuenta descubrí que había ganado diez dólares por cada ejemplar vendido de un libro a un precio de venta de tres dólares y medio. Un libro que permanecería olvidado hasta que Ace publicó una edición reducida después de la notoriedad que tomó la generación beat en 1957. Esa edición, recortada en un tercio, se publicó en Inglaterra e Italia, y el original se desvaneció en el mercado de libros raros, donde, al parecer, los escasos ejemplares que quedan se cotizan a treinta y cinco dólares.

    Unas palabras sobre el título. El manuscrito original se tituló The daybreak Boys (Los chicos del amanecer), una alusión a una pandilla ribereña en la costa del Nueva York de 1840. Sentí que era una etiqueta apropiada para un libro sobre un nuevo submundo de gente joven, pioneros en la búsqueda de lo que, en palabras de un celiniano Kerouac, «yacía al final de la noche». Pero Scribner había publicado recientemente una novela sobre relaciones públicas llamada The Build-up Boys, y rechazó el título. No pude dar con ningún otro. Fue la esposa de Burroughs Mitchell la que pensó en Go. Cuando el libro se publicó en Inglaterra, sucedió lo contrario. El editor inglés señaló que allí existía una revista de viajes llamada Go, así que el libro tendría que titularse de otra manera. Y así apareció The beat boys, y el círculo (por no mencionar la confusión) se completó. Por esto, algunos ingleses aún piensan que The beat boys es una novela diferente de la imposible de conseguir Go. Pero ahora puedo afirmar que esta nueva edición es la única del libro original, tal como lo escribí. La única disponible.

    Cualquier valoración de Go como literatura no es de mi incumbencia, pero hay unas cuantas cosas que me gustaría añadir a este relato. El libro fue un intento temerario de desenterrarme de una actitud de literatura-y-vida y enterrarme en otra. Está obviamente dominado por la perspectiva existencial de aquellos tiempos, más un encaprichamiento con Dostoievski que compartí con muchos escritores neófitos de entonces, que consideraban que los extremos del espíritu y los dramas por las creencias podían captar mejor que los cuadros costumbristas de la posguerra lo que los jóvenes de entonces percibían. Todos tratábamos de pensar sobre nosotros mismos de una manera nueva, no determinista, que pudiera ceñirse a algo más cercano a lo que en realidad sentíamos, lo que explica el sentimiento de Hobbes de que «aunque no tuviera la certeza de su (la generación beat) existencia, de alguna manera sabía que estaba allí». Recuerdo escribir esa línea, aún dividido entre precaución e intuición, y decidí apostar por lo último. A medida que el libro progresaba, me separaba más y más de Hobbes y de cómo él había vivido los acontecimientos, y conseguí ser objetivo acerca de él, y de mí. Yo era alguien diferente cuando el libro se terminó, como Hobbes también era diferente al final del mismo; Hobbes, que es blindado, reservado, cargado de culpas e inseguro, no desiste nunca de buscar alternativas.
    Cuando comencé a escribir, pensé en la novela como el primer volumen de una trilogía que estructuraría según La divina comedia, de Dante. Go debía ser mi inferno, describiendo los círculos de la incredulidad, descendiendo desde el mundo superior de los jóvenes profesionales urbanos, atravesando a los bohemios y a los beats, hacia el categórico submundo del crimen. Según escribía, vi que las mismas ansias nos activaban a todos, y la tesis se evaporó. Winnie, con el indeseado embarazo, y Kathryn, con la indeseada radio, llegaron a parecerme una consecuencia igualmente humana. Ancke y Hobbes, en sus disímiles concepciones, atestiguaban la misma percepción de que el ego ?la persona exacerbada? es un obstáculo a la realidad. Según avanzaba en la escritura, llegué a entender que aquella apasionada dedicación a la vida, a cualquier nivel, mantenía la única esperanza, que el desamor (lo que Ginsberg llama «ternura negada») era la enfermedad final, y que su origen estaba en todos los que rechazábamos el riesgo por miedo al sufrimiento.
    Supongo que, por el resultado, Stofsky es el personaje de más éxito de la novela. Primero experimenté con él la maravilla de ver cómo un personaje cobraba vida por sí mismo, aunque titubeara. Existía fuera de mí, aunque yo lo creara. Se escribió a sí mismo, y yo simplemente transcribí sus palabras. Sus «serias interferencias» llegaron a tener para mí la dignidad de las aspiraciones firmes; y para su autor permanece como el héroe del libro. Es el más consciente, el que está más preocupado que ningún otro por las consecuencias de las acciones. Al final, me di cuenta de que mi conflicto entre una manera de ser y otra se resolvió gracias al trabajo de crear y entender a este personaje. Sólo Stofsky parece capaz de una evolución futura y al terminar el libro supe que era lo esencial.

    Ahora, a mediados de los 70, Go tiene la misma edad que yo cuando lo terminé. En algunos aspectos, el tiempo no ha sido más amable con él de lo que lo fue conmigo. He recorrido senderos artísticos más allá de este libro, pero, en cierto modo, he perdido el sentido de urgente zeitgeist que aún posee. Al finalizar el original, Kerouac me escribió el 7 de marzo de 1951: «En las últimas páginas, "Paul" es tan bueno y tan humilde y tal gentil consejero de la defensa ante el gran tribunal, que dudo en llamar a nadie más en el libro un gran personaje». Obviamente, no estoy de acuerdo con este juicio ?fue hecho desde el tímido afecto que estaba en el núcleo de la naturaleza de Jack? pero ahora que Go ha vuelto otra vez al mundo, puedo decir con algún alivio:
    La defensa descansa.
    John Clellon Holmes
    Old Saybrook, Connecticut
    Febrero, 197
  • Permalink for 'GO (fragmento de la primera novela de la generación beat)'

    GO (fragmento de la primera novela de la generación beat)

    Posted: 15-February-2010, 10:42am CET

    «La semana pasada descubrí que el único propósito de mis relaciones con otras personas es advertirles de cuán frágil y falto de voluntad he llegado a ser», escribía Paul Hobbes. «No me veo bailando sin un gaitero que marque el ritmo. ¿Te lo puedes creer? En realidad, ansío que la vida sea fácil, mágica, llena de amor. Sería simplemente maravilloso, todos desnudos por el campo, como dice Gene Pasternak. Probablemente, a ti no te gustaría, pero yo confío en aprender algo de él porque ha escrito una novela irritantemente buena. Y de todas maneras, él confía en sí mismo, y también en la vida? En este momento, yo sólo creo en la primavera vista desde la ventana de la avenida Lexington, y en ti. ¿Ha llegado también la primavera a Riverside Drive? Salgamos todos desnudos al campo?»
    Furioso, Hobbes dejó de teclear, rindiéndose a la evidencia de que la carta era básicamente inútil. Sacó la hoja de la máquina, la miró un instante, la hizo a un lado y se levantó. Comenzó a pasear de un lado al otro del piso, haciendo ruido. Eran más de las cinco y Pasternak llevaba desde las nueve de la mañana durmiendo.
    Todo lo que veía impacientaba a Hobbes: las estanterías que había construido para sus libros, los cuadros prestados, sin marco, colgados de las paredes, los sillones que clamaban por un cepillado; todo lo que él y su esposa Kathryn habían acumulado y dispuesto con tanto esmero durante los últimos años. Aún así era insuficiente: ni el escritorio ni sus manuscritos ni la novela por la que se mordía hacía ya tiempo las uñas. Sólo el anochecer, floreciente como una acuarela imposible tras las torres de Manhattan, escapaba a su hastío. Sintió esa aguda inquietud neoyorquina y primaveral que parece que escondiera la promesa de devolverle a la vida un cariz agradable y cálido, y sintió que la alegría le explotaba por dentro. Y como le sucedía con estos raptos inexplicables, la frustración se abrió paso ante su incapacidad para interpretar la dicha.
    Se acercó al tocadiscos, sacó un álbum y puso un disco de jazz suave. No deseaba tranquilizarse, quería que todo comenzara; pero un desarrollado sentido del decoro le impidió entrar en el dormitorio y despertar a Pasternak para poder hablar con él y volcarle un júbilo cruel. En lugar de eso, volvió a sentarse y releyó lo que había escrito.
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