Alfanhuí

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ISSN 2171-9985 Núm. 17 (08.10.2012)

Dentro del mundo del toreo están los llamados toreros artistas, que son aquellos que tienen el duende, el embrujo y la hondura metidos dentro de un tarro de esencias sellado y cerrado con siete candados no vaya a ser que se abra. Curro Romero, Rafael de Paula o Morante de la Puebla serían tres ejemplos de toreros artistas, aquellos que, como dicen los maledicentes, para verlos torear uno ha de formar parte de su cuadrilla, pues son poquísimos los toros a los que les hacen faena. Tienen su público y llenan o llenaban las plazas. Muy estrictos con la ortodoxia, componen la figura en el paseíllo y rezuman arte en cada uno de sus gestos cuando el toro está en los corrales. Luego sale el toro a la plaza, y que si ése me ha mirado mal, que si hoy no me encuentro yo inspirado, que si eso no es un toro sino una alimaña, que si hace aire, que si has visto qué velas tiene, y lo torean con el pico del pico del pico de la muleta y lo matan con una ballesta saliendo del albero protegidos por la Guardia Civil bajo una lluvia de almohadillas que lanzan los mismos que volverán a llenar la plaza en la siguiente oportunidad. Luego, cuando por un casual, todos los astros se alinean en una posición determinada y les sale el toro que a ellos les gusta, pues entonces les da por abrir el tarro y despliegan su toreo, su arte y su hondura y las plazas se ponen patas arriba, aumentando entonces su leyenda y posibilitando que aumenten también sus ingresos y su colección de almohadillas.

Rafael Sánchez Ferlosio escribió Industrias y andanzas de Alfanhuí cuando tenía veinticinco años. Poco tiempo después publicó El Jarama, que lo consagró y le dio un asiento en la historia de la literatura española. Más tarde escribió El testimonio de Yarfoz, que se publicaría casi treinta años después, y abandonó la novela dedicándose a partir de entonces al periodismo y al ensayo. Sobre su abandono de la narrativa existen tres teorías que él ni confirmó ni desmintió: unos afirman que se debió al aburrimiento, otros porque consideraba a la novela como poca cosa, como una tontería sin importancia, y una tercera, la de Gil de Biedma, que expone que Sánchez Ferlosio dejó de escribir novela simplemente (y textualmente) por joder. A lo mejor existe una cuarta que afirma que no escribió otra novela porque no encontró nada más que le apeteciese narrar, pero no he encontrado a nadie por ninguna parte que defendiese esa teoría, así que seguramente no sería por eso.

Industrias y andanzas de Alfanhuí es una novela difícil de catalogar. Los hay que la incluyen dentro de la picaresca española. Otros la consideran precursora del realismo mágico. También hay quien la define como una fábula infantil escrita por un Miguel de Cervantes surrealista. Pudiera ser. Más difícil sería tratar de resumirla o de hacer una sinopsis sobre ella más allá del título. Yo lo que puedo decir es que me he leído el libro. Comencé a mitad de julio. Acabo de terminarlo. Ciento veintiséis páginas. Tres partes. Cuarenta y un capítulos. Y he tenido como nunca la sensación, leyendo este libro, de haber estado siguiendo durante toda una temporada a un torero de los llamados artistas. Cada capítulo era una faena. He lanzado almohadillas. He abandonado la lectura como quien abandona la plaza renegando y jurando que nunca más. Pero siempre volvía. Siempre me engañaba. Un quite inesperado. Una tanda de naturales repentina. Un estoconazo en pleno hoyo de las agujas al final de un episodio, cuando ya estaba enarbolando mi almohadilla jurando en arameo con la boca llena de espuma. Y luego el tarro de las esencias, que se abrió dos, tres, cuatro veces, dejando capítulos imborrables, como la historia del gigante tuerto en el bosque rojo, como la muerte del buey  Caronglo. Y yo allí, con los ojos entornados, deslumbrado por la gran mentira del arte. O por la gran verdad. No sé a los demás, pero a mí el final de la lectura de un libro me llena siempre de melancolía. No deja de ser una despedida de algo o de alguien (¿los libros son objetos o son personas?) con quien has compartido tu tiempo, un trozo de tu vida. Y esa melancolía tiende a barnizar y a endulzar los recuerdos, matizando lo malo y ensalzando lo bueno.

Así, ahora que me despido de Alfanhuí y de sus ojos amarillos como los de los alcaravanes, veo que le he tomado cariño. Y también veo con sorpresa y extrañeza que Sánchez Ferlosio y su tarro de esencias me han engañado y me han seducido. Y así, pese a todo lo dicho y renegado, pese a las toneladas de almohadillas arrojadas, creo que me voy a leer El Jarama.

Balbino López Bouzas

 

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