ISSN 2171-9985
Núm. 10
12.07.2010

Horacio se durmió encima de la última página en la que estaba trabajando, la tira de El Periódico de Cataluña, 'Familia Tipo', mientras el jazz lo envolvía todo como siempre, y en sueños se encontró con El Loco Chávez, su personaje más popular. El Loco le saludó, sonrió y le ofreció un mate; y se sentaron a charlar... a dos argentinos las palabras y las historias nunca les faltan. Horacio ya lleva 45 años en activo, lápiz en ristre, de ellos más de 22 en España, y éste era uno de sus personajes más antiguos y queridos...

Horacio le dijo, «lloré cuando me despedí de ti, Loco». Loco le felicitó por su trayectoria, «en Argentina conseguiste contar tus historias y contarlas a tu manera, manteniendo tu identidad y a la vez universalizando tus argumentos. Muchos se identificaban con tus humanos personajes y divertidas situaciones cotidianas, pero la ideología fue tu motor». Horacio contestó, «Vos sabés... yo imagino un guión de historieta como si fuera un guión de cine; me gusta la cultura americana, el cine americano de los 50, su narrativa, pero no podía dibujar superhéroes en Argentina, todos sabían que si un tipo se tiraba de un edificio se hacía mierda». «Recuerdas, maestro -dijo el Loco- tu obra tenía inteligentes lecturas abiertas: en Argentina era la época en la que desaparecían personas y te decían sorprendidos "pero ¿qué habéis hecho?, ¡os jugáis el pellejo!". Cuando viniste a España, ya estabas consagrado en Argentina, pero buscabas mejorar tu vida; allí planeaba la dictadura, siempre latente, se mascaba un ambiente opresivo; en España buscabas tu Hollywood; después lo buscaste en Francia, viste que no existía, saliste enfadado de allí y acabaste de nuevo en España, trabajando en lo que te gustaba.

«Tengo más de 12.000 páginas dibujadas, en las que he priorizado la narración y el dibujo realista, siempre desde la intuición; de ellas sólo tengo un 10% de obra erótica. Mis minas son muy bellas, tu novia Pampita me sale fácil, pero aún no he conseguido dibujar una mujer madura bella... Pibe, cuando en APIC, la Asociación Profesional de Ilustradores de Cataluña, me propusieron afiliarme, les dije que no lo hacía para que me utilizaran por mi fama, yo quería ser un dibujante más y luchar a fondo para reivindicar los derechos de autoría y mejorar la profesión, más ahora con la entrada del cómic digital». Loco le sonrió y dijo: «¡pero tú eres analógico!». Horacio rió y le comentó, «El cómic digital es una nebulosa, los derechos de autor se diluyen, hay que defenderse unidos, y dialogar todos juntos sobre el futuro de la profesión. Esta profesión nos hace unos solitarios, somos unos individualistas boludos, hay que asociarse». Horacio afirmó tajante, «es lícito ser algo comercial, pero lo más importante es desarrollar una obra de autor adulta. Mi padre artístico y modelo fue Héctor Oesterheld, el padre de la Historieta Argentina con contenidos adultos, que encarnó al creador-trabajador intelectual anónimo». Loco le declaró, «¡viste, viejo!, ¡lo has conseguido, eres uno de los grandes dibujantes de la historieta mundial!». Horacio agarró del hombro a su personaje y lo abrazó, «¡Ché! Cuántas alegrías me habéis dado, ¡esta profesión me ha hecho feliz! ¡No hay nada más antiecológico que un infeliz!»

Horacio se despidió y poco a poco despertó de su ensoñación, cogió su pincel y siguió trabajando en su página del día. Si por él fuera, trabajador incansable, cambiaría la letra del tango: No es lo mismo el que labura, noche y día como un buey, que el que vive de las minas, el que mata, el que cura o está fuera de la ley.

Javier Gay



opinion c10




FILO OCULAR ISSN 2171-9985
Núm. 15
30.04.2012

Marcel Proust mojó su magdalena en el té. O igual era manzanilla. Y le dio un bocado. Y escribió siete tomos de literatura que le han hecho pasar a la historia como uno de los grandes. Una magdalena. Hay terrenos en la memoria que están vedados a la razón o al pensamiento y a los que sólo se puede acceder a través del poder evocador de los sentidos (lo de poder evocador lo he copiado). Y debe de ser muy grande ese poder. Dio un bocado a una magdalena, abandonó su vida disipada en los salones de la nobleza y la alta burguesía tratando de ser receptor de la sonrisa de alguna duquesa (y de alguna otra cosa de algún conde), se encerró en una habitación acolchada siempre cerrada y humedecida por sahumerios por aquello del asma, se puso un abrigo y tres bufandas, se metió en la cama y se dedicó a recuperar un tiempo que él pensaba que estaba perdido. O, al menos, se dedicó a buscarlo. Y catorce años estuvo, hasta su muerte, llenando y corrigiendo cuartillas, haciendo literatura (eso dicen. Yo me terminé Por el camino de Swann a golpe de puro empeño. Y tengo intención, algún lustro de estos, de continuar con A la sombra de las muchachas en flor aunque no sea más que por el título). Literatura en estado puro. Una magdalena. Por una magdalena.

El otro día me comí un Colajet. Estaban el Camyjet y el Colajet. Ambos eran polos de hielo (valga la redundancia) y tenían forma de cohete. En el Colajet la base era de cola y el resto era de limón, con una caperuza de chocolate. El Camyjet era igual pero con la base de naranja. A mí me gustaba más el Camyjet. Pensaba que ya no existían. La verdad es que llevaba mil años sin pensar en ellos, aunque, desde luego, son parte de mi infancia. Al menos me comí muchos entonces. Así, cuando el otro día, al terminar de comer, abrió Ana el frigorífico y sacó un Colajet di un grito –pero bueno, ¿y eso? –Ya ves. Cogí el Colajet, le quité el papel, lo miré fijamente y empecé a pensar – Aquí estoy, mirando cara a cara a la literatura, a la pura literatura. He aquí mi magdalena. Le voy a dar un bocado y el poder evocador de los sentidos abrirá todas las puertas de mi subconsciente. Me volveré asmático. Me saldrá bigote. Me meteré en la cama y empezaré a escribir sin parar. Tiempo perdido, allá voy. Y le di un bocado a mi Colajet. Estaba bueno. Seguía estando bueno. Cuando me quise dar cuenta ya no quedaba más que el palote. Y ni rastro del
poder evocador de los sentidos. Ni rastro del bigote. Ni rastro de la literatura. El único rastro fue un lamparón en la camisa. Decía no sé quién que el arte nace siempre de la frustración. Pues frustrado me quedé con mi palote en la mano (al que le saque punta a esta frase me lo cargo). Y no. No tiene pinta que esta frustración me vaya a llevar ni por el camino del arte, ni por el de Swann ni por el de Guermantes. Tiempo perdido, que casi mejor me quedo.

Balbino López Bouzas






  ISSN 2171-9985
Núm. 15
19.04.2012

Ella dijo que quería leer. Él le preguntó: —¿qué? Ella contestó: —“cosas cortas”. Él pensó que si leía muchas cosas cortas estaba leyendo algo largo. Ella quería concisión. Él quería café. Ella quería un micropoema. Él se amputó una estrofa y se la dio para que construyese algo con ella (nunca recordó bien el historial traumatológico de Adán y Eva). Ella le confesó que tenía un móvil como móvil. A él le seguía pareciendo una coartada miope. No entendía cómo alguien podía leer en un teléfono. Ella le espetó: —¿tú no eras el surrealista? Ahora alienarás el teléfono, ¿por qué debe conformarse sólo con llamar? —También tienes razón —pensó para sus adentros—, pero no lo exteriorizó porque es una acción limitada a monarcas.

Era un día soleado. Había unos labradores en aquella serna y a uno de ellos —Ramón Gómez— se le cayó del bolsillo una greguería. Pronto, él saltó a sus lomos y le extendió la mano a ella, desafiándole con una mirada risueña y un interrogante terco: —¿Qué te retiene aquí? Ella se quedó patidifusa, sólo murmuraba pestañeos buscando una respuesta. Él se le adelantó: —¡Corre, salta! ¡Tienes una crisis en el tobillo! Ella soltó un alarido mientras él la acomodaba. Galoparon juntos por el valle escapando del futuro. Al cabo de un rato, él comentó: —dicen que es de mala educación ir a lomos de una greguería sin leerla —y luego añadió— Yo sólo he llegado hasta ese punto y coma que quería levantarte la falda…

Ella mientras se recomponía la prenda, sonrojada, leyó:

“¿Qué está haciendo en realidad la luna? La luna está tomando el sol”

Y él impulsó a ese Pegaso a acelerar mientras decía: - Vamos a tomar el sol con ella.

Israel Pedrós






FILO OCULAR ISSN 2171-9985
Núm. 14
21.03.2012

Árboles sureños soportan frutos raros.
Sangre en las hojas y sangre en la raíz.
Cuerpos negros se balancean en la brisa sureña.
Frutos extraños cuelgan de los álamos.

Escena pastoral del galante sur.
Los ojos saltones y la boca retorcida.
Perfume de magnolias,
dulce y fresco.
Y el olor repentino a carne quemada.

Aquí está el fruto para que lo arranquen los cuervos,
para que la lluvia lo tome, para que el viento lo chupe,
para que el sol lo descomponga, para que los árboles lo tiren.
Es ésta una extraña y amarga cosecha.

Abel Meeropol, bajo el seudónimo de Lewis Allan, escribió el poema titulado “Strange fruit”. Los versos hacen referencia a los cadáveres de los negros que colgaban tras su linchamiento. Posteriormente el propio Lewis Allan lo musicó y Billie Holiday lo incluyó en su repertorio. Era Billie Holiday un personaje al cual si podía ocurrirle algo malo le ocurría, entre otras muchas razones porque estaba siempre dispuesta a tener problemas. La culpa no es siempre de los demás. En realidad pocas veces la culpa es de los demás. Pero cantaba como nadie. Y cuanto peor estaba mejor cantaba. Es “Strange fruit” una canción especial. Tal vez sea discreta, tanto que incluso podría parecer anodina. Pero sabe de su grandeza y, simplemente, espera su momento. Y suena de fondo. Suena tantas veces como haga falta. No tiene prisa. Hasta que, de repente, se te insinúa. Y empiezas a estremecerte. —Aquí está pasando algo. Y la vuelves a escuchar, esta vez detenidamente, esta vez con los ojos cerrados. “Strange fruit” siempre figura en cualquier lista que se publique de las canciones más tal y más cual. No sé para qué sirven esas listas, si es que sirven para algo. Cada uno tiene sus preferencias y sus gustos. Cada cual te puede hacer la suya. Y es tal la discreción de “Strange fruit” que, cuando pienso en mis canciones favoritas, nunca me acuerdo de ella. Pero, siempre que la escucho, al terminar tengo la sensación de no ser la misma persona que comenzó a escucharla. Siento como si me hubiese recorrido y devastado un río de lava. Un río de escarcha. Un río de silencio.

Balbino López Bouzas




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